ELIAB. DE NAÍN
(Novela)
CAPÍTULO 1
El camino que salía de Naín descendía lentamente entre las últimas casas de la población y los campos que comenzaban a extenderse hacia el valle, y aquella mañana avanzaba por él un cortejo silencioso cuyo único sonido constante era el de los pasos de los hombres que llevaban sobre sus hombros la camilla funeraria. El cielo estaba cubierto por una luz grisácea y todavía no hacía demasiado calor, pero Mara sentía que le faltaba el aire y que las piernas apenas podían sostenerla. Caminaba junto al cuerpo de su hijo con una mano aferrada al borde de la tela que lo cubría, como si aquel contacto pudiera impedir que la muerte se lo llevara definitivamente. Había enterrado a su esposo años atrás y había aprendido, con una dureza que nunca había querido aprender, lo que significaba regresar sola a una casa después de despedirse de alguien amado, pero aquella pérdida era diferente porque Eliab era su único hijo, el muchacho que había sido su compañía desde que enviudó, el hombre joven sobre quien había depositado las pocas esperanzas que todavía le quedaban. Algunas mujeres caminaban detrás de ella llorando, mientras otras murmuraban palabras de consuelo que Mara apenas podía escuchar. En un momento, una de ellas se acercó y le tomó el brazo para sostenerla, diciéndole que debía aceptar la voluntad de Dios, pero Mara se volvió hacia ella con los ojos llenos de lágrimas y respondió con una voz quebrada: —Sé que debo aceptar muchas cosas, pero no me pidan que acepte fácilmente la muerte de mi único hijo. No sé cómo volveré a entrar en mi casa sin él.
Fue entonces cuando escucharon que alguien se acercaba desde el camino contrario. El grupo que acompañaba a Jesús avanzaba hacia ellos, y aunque Mara no sabía quién era aquel hombre ni había tenido ocasión de conocerlo, pudo percibir que la multitud que lo seguía no era como las personas que simplemente viajaban de una población a otra. Algunos hablaban con entusiasmo, otros caminaban atentos a sus palabras y varios parecían esperar algo de él. Jesús se detuvo al ver el cortejo y durante unos instantes observó a Mara. Ella sintió una extraña incomodidad ante aquella mirada y bajó los ojos, pero escuchó entonces que él se acercaba y preguntaba quién era el joven que llevaban. Uno de los hombres respondió que era el hijo único de una mujer viuda y que había muerto recientemente, y Jesús miró nuevamente a Mara. Ella no sabía qué esperaba aquel desconocido de ella, pero cuando él le habló con una voz serena, Mara sintió que algo dentro de su pecho se quebraba.
—No llores.
Mara levantó los ojos hacia él, incapaz de comprender aquellas palabras.
—¿Cómo quiere que no llore? —respondió, dejando escapar un sollozo que apenas pudo contener—. Es mi hijo. Era lo único que me quedaba. Su padre murió hace años y yo lo crié sola. Ahora también él se ha ido. ¿Cómo quiere que deje de llorar?
Jesús no discutió con ella ni intentó explicarle lo que iba a suceder. Se acercó a la camilla y la multitud se detuvo, mientras los hombres que la transportaban permanecían inmóviles esperando alguna indicación. Mara observó el rostro de Jesús y luego miró a Eliab. Por un instante pensó que aquel hombre solamente quería acercarse para ofrecerle algún consuelo, pero entonces lo vio tocar la camilla y pedir que se detuvieran. Uno de los hombres que la llevaba miró a otro con desconcierto, pero obedeció. Mara se quedó frente a Jesús sin entender por qué aquel extraño había interrumpido el cortejo. El silencio que se produjo pareció extenderse sobre todos los presentes y, durante unos segundos, nadie se atrevió a hablar. Entonces Jesús dirigió la mirada hacia el cuerpo cubierto y pronunció unas palabras que hicieron que varios de los presentes se miraran entre sí con incredulidad.
—Joven, a ti te digo, levántate.
Durante un instante no ocurrió nada y Mara sintió que aquella escena era demasiado cruel para soportarla. Pensó que aquel hombre quizá pretendía consolarla de una manera que no comprendía, pero entonces vio que el pecho de Eliab se movía. Primero fue apenas una respiración débil, casi imperceptible, y después sus dedos se contrajeron debajo de la tela. Mara dejó escapar un grito y se acercó a la camilla mientras alguien retiraba apresuradamente la cubierta. Eliab abrió los ojos. Miró alrededor sin comprender dónde estaba, respiró con dificultad y finalmente fijó la mirada en Jesús. Mara cayó de rodillas junto a él, tomó su rostro entre las manos y comenzó a llorar de una manera completamente distinta, mientras repetía entre sollozos:
—Eliab, hijo mío, mírame, mírame, por favor, dime que me escuchas.
El joven intentó incorporarse y respondió con una voz débil que parecía venir de muy lejos:
—Madre, ¿por qué estás llorando?
Mara lo abrazó con tanta fuerza que casi volvió a derribarlo sobre la camilla, y entre lágrimas le contestó:
—Porque estabas muerto, hijo mío. Porque te llevábamos a enterrarte y ahora estás hablando conmigo. ¡Estás vivo!
Eliab la miró sin comprender. Sus ojos recorrieron los rostros de quienes los rodeaban y después volvieron a detenerse en Jesús. Sentía el cuerpo pesado, la garganta seca y una confusión profunda que le impedía ordenar los recuerdos. Sabía que había estado enfermo durante varios días, recordaba la preocupación de su madre, recordaba a Tirsa entrando en la casa y preguntando por él, recordaba la fiebre y las noches en las que apenas podía respirar, pero después todo se volvía oscuro. Había algo más, sin embargo, algo que permanecía en lo más profundo de su memoria como un sonido que no conseguía explicar. Miró nuevamente a Jesús y le preguntó con dificultad:
—¿Fuiste tú quien me llamó?
Jesús no respondió inmediatamente. Eliab respiró profundamente y volvió a hablar.
—Yo estaba en un lugar oscuro. No veía nada. No sabía dónde estaba, pero escuché una voz. No sé cuánto tiempo pasó, ni siquiera sé si pasó algún tiempo. Solo escuché una voz que me llamaba.
Jesús lo miró con serenidad.
—Entonces guarda en tu corazón aquello que has oído.
Eliab quiso preguntar qué había ocurrido después de su muerte, pero las palabras no salieron de su boca. Miró a Jesús esperando alguna explicación más, pero el Maestro se apartó para permitir que Mara se acercara nuevamente a su hijo. Eliab volvió la mirada hacia su madre y descubrió que ella seguía llorando mientras le acariciaba el rostro.
—Madre, ¿qué me ocurrió?
Mara intentó responder, pero las lágrimas le impidieron hablar durante unos segundos.
—Estabas enfermo, Eliab. Muy enfermo. Pensamos que podrías recuperarte, pero durante la noche dejaste de respirar. El médico dijo que habías muerto. Te preparamos para el entierro y salimos de la ciudad esta mañana.
Eliab la miró fijamente.
—¿Y me llevaron hasta aquí?
—Sí.
—¿Me enterraron?
Mara negó con la cabeza.
—No llegamos a hacerlo. Jesús nos encontró en el camino.
Eliab volvió a mirar al hombre que permanecía rodeado por la multitud. Sintió que necesitaba preguntarle muchas cosas, pero no sabía cómo hacerlo. Finalmente consiguió decir:
—¿Por qué?
Jesús lo miró durante un instante, pero no respondió a aquella pregunta. Eliab sintió que había algo en aquella mirada que no podía explicar. No era una mirada de alguien que quisiera darle todas las respuestas, sino de alguien que parecía saber que todavía no estaba preparado para recibirlas. Mara se acercó nuevamente a él y le tomó la mano.
—Vamos a casa, hijo.
Eliab asintió. Todavía no comprendía lo que había sucedido, pero aquella palabra, casa, le produjo una sensación de seguridad que necesitaba desesperadamente.
El regreso a Naín fue completamente diferente del viaje de salida. La gente que había acompañado el cortejo ahora caminaba alrededor de Eliab con una mezcla de temor, alegría y desconcierto, mientras algunos corrían hacia la población para contar lo sucedido. Mara no soltaba la mano de su hijo y cada pocos pasos lo miraba como si necesitara comprobar nuevamente que seguía vivo. Eliab, por su parte, caminaba lentamente y parecía estar aprendiendo otra vez a utilizar sus piernas. En un momento se volvió hacia ella y le preguntó:
—¿Cuánto tiempo estuve muerto?
Mara se quedó en silencio antes de responder.
—No lo sé, Eliab. Todo ocurrió muy rápido desde que empeoraste.
—Pero estuve muerto.
—Sí.
—¿Y no recuerdas cuándo dejé de respirar?
—Recuerdo todo —respondió ella con tristeza—. Recuerdo cómo te sostuve entre mis brazos. Recuerdo haber pedido a Dios que no te llevara. Recuerdo que pensé que iba a quedarme completamente sola.
Eliab apretó su mano.
—Yo no recuerdo nada de eso.
—Quizá sea mejor así.
—¿Por qué?
Mara lo miró y respondió con una mezcla de temor y ternura:
—Porque quizá hay cosas que no necesitamos comprender todavía.
Eliab guardó silencio durante varios pasos y finalmente dijo:
—Solo recuerdo oscuridad.
Mara volvió el rostro hacia él.
—¿Oscuridad?
—Sí. Silencio. No vi a nadie. No vi a mi padre. No vi un lugar diferente. No vi nada que pueda explicarte. Solo estaba allí, y entonces escuché una voz.
Mara no quiso preguntar más. Algo dentro de ella temía que, si seguía preguntando, pudiera descubrir que su hijo había regresado de un lugar que ella no podía imaginar.
Cuando llegaron a la casa, Tirsa estaba allí. Había pasado las últimas horas llorando junto a Mara y había supuesto que tendría que acompañarla durante el entierro. Al ver entrar a Eliab por la puerta, se quedó completamente inmóvil. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Tirsa lo miró como si no supiera si acercarse o retroceder, y Eliab sintió una emoción profunda que le cerró la garganta. Finalmente ella avanzó hacia él, pero se detuvo justo antes de abrazarlo, como si todavía temiera que aquello fuera una ilusión.
—Soy yo, Tirsa —dijo Eliab suavemente—. Soy yo.
Ella comenzó a llorar.
—No sé qué decir.
—No tienes que decir nada.
—Pensé que estabas muerto.
—Yo también lo creo.
Tirsa lo miró confundida.
—¿Cómo puedes decir eso?
Eliab respiró profundamente.
—Porque no recuerdo haber regresado. Recuerdo estar enfermo. Después recuerdo oscuridad. Luego escuché una voz y abrí los ojos. No sé qué ocurrió entre una cosa y otra.
Tirsa finalmente lo abrazó con fuerza.
—No me importa entenderlo ahora. Solo quiero saber que estás vivo.
Eliab cerró los ojos y apoyó el rostro sobre su cabello.
—Yo también quiero creer que estoy vivo.
Ella se apartó lentamente y lo miró a los ojos.
—¿Tienes miedo?
Eliab tardó en responder.
—Sí.
—¿De qué?
—De volver a cerrar los ojos.
Tirsa tomó sus manos entre las suyas.
—Entonces no los cierres todavía. Quédate aquí conmigo.
Eliab sonrió por primera vez desde que había despertado.
—Me quedaré.
Los días siguientes fueron extraños para todos. La noticia se extendió mucho más allá de Naín y comenzaron a llegar personas que querían ver al joven que había vuelto de la muerte. Algunos le preguntaban qué había visto, otros querían saber si había estado en el cielo, si había hablado con los muertos o si había recibido algún mensaje. Eliab no podía responderles. Una tarde, mientras se encontraba sentado frente a su casa, un hombre le preguntó directamente qué había después de la muerte. Eliab lo miró durante unos instantes y respondió:
—No lo sé.
El hombre pareció decepcionado.
—Pero tú estuviste muerto.
—Sí.
—Entonces viste lo que hay después.
—No vi nada.
—Eso no puede ser.
Eliab sostuvo su mirada.
—Puede ser. Estuve en oscuridad. No sé cuánto tiempo. No vi a nadie. No escuché a nadie hasta que una voz me llamó.
El hombre insistió:
—¿Y no sabes quién te llamó?
Eliab miró hacia la casa.
—Sí. Sé quién fue.
Cuando el hombre se marchó, Mara se sentó junto a él y le preguntó si aquellas preguntas lo molestaban.
—No son las preguntas de ellos lo que más me preocupa —respondió Eliab—. Son las mías.
—¿Cuáles?
Eliab bajó la mirada.
—¿Por qué yo, madre? Hay hombres que mueren y no regresan. Hay hijos que dejan a sus madres. Hay madres que mueren y dejan niños. ¿Por qué Jesús me devolvió a mí?
Mara tomó su mano.
—Quizá algún día encuentres la respuesta.
—¿Y si nunca la encuentro?
Mara permaneció en silencio durante unos segundos antes de responder:
—Entonces tendrás que aprender a vivir sin ella.
Eliab la miró sorprendido.
—¿Cómo puedo vivir sin saber por qué estoy vivo?
Mara acarició su mano.
—No lo sé, hijo. Pero sí sé algo. No desperdicies la vida que te fue devuelta intentando descubrir por qué la recibiste. Vívela.
Eliab respiró profundamente.
—No sé cómo volver a ser el hombre que era.
Mara sonrió con tristeza.
—No tienes que volver a serlo, Eliab. Tienes que aprender a ser el hombre que eres ahora.
Aquella frase permaneció en su pensamiento durante toda la noche.
Tirsa comenzó a visitarlo con frecuencia, aunque ambos descubrieron que su relación ya no podía continuar exactamente como antes. Una tarde caminaron juntos hasta las afueras de Naín y se sentaron bajo un árbol mientras el sol descendía lentamente. Tirsa permaneció un rato en silencio antes de preguntarle:
—¿Todavía quieres casarte conmigo?
Eliab volvió el rostro hacia ella.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué pareces tener miedo cada vez que hablamos del futuro?
—Porque antes pensaba que sabía cómo sería mi vida. Trabajaría, construiríamos una casa, nos casaríamos y tendríamos hijos. Ahora sé que todo puede desaparecer en un solo día.
—Eso también lo sabía antes.
—Yo no.
Tirsa tomó una pequeña piedra del suelo y la hizo rodar entre sus dedos.
—Nadie sabe cuánto tiempo tiene, Eliab. La diferencia es que ahora tú lo sabes de una manera que los demás no podemos imaginar.
—Y eso me asusta.
—¿Qué quieres hacer con ese miedo?
Eliab miró hacia el camino.
—Quiero encontrar a Jesús.
Tirsa permaneció callada.
—¿Para preguntarle por qué te devolvió la vida?
—Sí.
—¿Y si no te responde?
Eliab bajó la mirada.
—Entonces tendré que aprender a vivir con la pregunta.
Tirsa sonrió suavemente.
—Si algún día te vas a buscarlo, no quiero que lo hagas para escapar de nosotros.
—¿Por qué dices eso?
—Porque desde que regresaste parece que estás buscando algo que ninguno de nosotros puede darte.
Eliab permaneció en silencio.
Tirsa tomó su mano.
—No quiero perderte otra vez, Eliab. Pero tampoco quiero que pases el resto de tu vida huyendo de la muerte.
Él apretó suavemente sus dedos.
—Entonces quizá tenga que aprender a vivir antes de aprender por qué volví.
Tirsa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Eso me parece un buen comienzo.
Esa noche, cuando todos en Naín dormían, Eliab permaneció sentado junto a la puerta de su casa contemplando el cielo. Había muerto, había regresado y ahora tenía delante una vida que no sabía cuánto duraría. Podía intentar olvidar lo ocurrido y continuar como antes, podía convertirse en el hombre que los demás esperaban que fuera o podía emprender el camino para buscar al hombre que había pronunciado aquellas palabras sobre la camilla. Todavía no sabía qué elegiría, pero sí sabía que aquella voz que había escuchado en la oscuridad no había desaparecido de su memoria. Cerró los ojos y volvió a escucharla dentro de sí, no como una amenaza ni como un recuerdo de muerte, sino como un llamado que todavía no comprendía. Cuando abrió nuevamente los ojos, miró hacia el camino que salía de Naín y comprendió que, tarde o temprano, tendría que recorrerlo.
CAPÍTULO 2
Durante los días que siguieron al regreso de Eliab, Naín dejó de ser para él el mismo lugar en el que había vivido durante toda su vida. Las calles continuaban siendo las mismas, los vecinos seguían abriendo sus puertas al amanecer, los comerciantes colocaban sus productos en los puestos del mercado y los hombres se dirigían a sus trabajos con la misma prisa de siempre, pero ahora cada vez que Eliab salía de su casa sentía sobre sí las miradas de quienes lo reconocían y sabían que aquel joven había sido llevado muerto por el camino y había regresado caminando a su hogar. Algunos lo observaban con respeto, otros con temor y otros con una curiosidad que a veces se convertía en una insistencia difícil de soportar. Había quienes se acercaban solamente para tocarle el brazo, como si necesitaran comprobar que era realmente de carne y hueso, mientras otros buscaban respuestas que él no podía darles. Al principio Eliab procuró atender a todos con paciencia, pero pronto comenzó a comprender que su regreso había convertido su vida en una historia que pertenecía también a los demás, y aquella sensación empezó a incomodarlo profundamente. Una mañana, mientras estaba sentado frente al taller reparando una pieza de madera, Natán se acercó y permaneció unos instantes observándolo antes de decirle que nunca había visto tanta gente interesada en alguien que trabajaba con las manos, y Eliab levantó la mirada con una sonrisa cansada para responderle que tampoco él había imaginado convertirse en alguien de quien todos quisieran hablar. Natán se sentó a su lado y, después de contemplar durante unos segundos el movimiento de la calle, le preguntó si aquello le molestaba. Eliab respondió que no sabía cómo explicarlo, porque por un lado entendía que las personas estuvieran sorprendidas, pero por otro sentía que cada pregunta lo alejaba un poco más de la vida que intentaba recuperar. Natán lo miró con atención y le dijo que quizá tendría que aprender a vivir con ello, porque cuando una persona vuelve de la muerte deja de pertenecer completamente a su propia historia. Eliab dejó la herramienta sobre la mesa y respondió con cierta amargura que él no había pedido que nadie contara su historia, y Natán contestó que tampoco había pedido morir, pero que ambas cosas habían ocurrido sin consultarle.
Esa conversación quedó dando vueltas en la mente de Eliab durante todo el día. Cuando regresó a casa al caer la tarde encontró a Mara preparando la comida y se quedó un momento observándola desde la puerta. Había algo profundamente tranquilizador en aquella escena cotidiana, porque durante varios días después de su regreso había temido que cualquier momento de normalidad pudiera desaparecer de repente. Mara levantó los ojos y le preguntó si había trabajado mucho, y Eliab respondió que sí, aunque la verdad era que había pasado buena parte del día hablando con personas que querían saber qué había experimentado mientras estaba muerto. Mara dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia él.
—¿Otra vez te preguntaron qué viste?
—Sí.
—¿Y qué les dijiste?
—Lo mismo que a todos. Que no vi nada.
Mara se acercó y lo miró detenidamente.
—¿Te molesta que te pregunten?
—Me molesta no poder responderles.
—No tienes que responderles.
—Ellos creen que debería hacerlo.
—Ellos pueden creer lo que quieran, Eliab. Tú no les debes una explicación.
El joven permaneció callado durante unos instantes y después se sentó junto a la mesa.
—Madre, ¿tú crees que hice algo para merecer volver?
Mara frunció el ceño.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque todos quieren encontrar una razón. Algunos dicen que Jesús quiso mostrar su poder. Otros dicen que quizá Dios tenía un propósito conmigo. Otros me preguntan qué mensaje recibí. Y yo no tengo nada que decirles.
Mara se sentó frente a él.
—Quizá no recibiste un mensaje.
—Pero Jesús me llamó.
—Sí.
—Entonces tuvo que existir una razón.
Mara sostuvo la mirada de su hijo.
—Puede existir una razón que todavía no conocemos.
—¿Y si nunca la conocemos?
—Entonces no será menos valiosa tu vida.
Eliab bajó la mirada y comenzó a mover lentamente una pequeña pieza de madera que había traído del taller.
—A veces pienso que quizá debería dedicar el resto de mi vida a descubrirlo.
Mara respondió inmediatamente:
—No.
Eliab levantó los ojos.
—¿No?
—No quiero que conviertas lo que ocurrió en una condena. Tú no tienes que pasar todos los días preguntándote por qué Dios te devolvió. Tienes que vivir.
—¿Y si vivir no es suficiente?
Mara sonrió con una tristeza que Eliab conocía bien.
—Hijo, después de perder a tu padre aprendí algo que nunca quise aprender. La vida nunca parece suficiente cuando tenemos miedo de perderla. Pero cuando comprendemos que no podemos controlar cuánto tiempo tendremos, empezamos a valorar lo que sí podemos hacer con el tiempo que recibimos.
Eliab guardó silencio. Había escuchado palabras semejantes antes, pero ahora sonaban diferentes porque provenían de la mujer que había llorado sobre su cuerpo pensando que nunca volvería a hablar con él. Mara se levantó y continuó preparando la comida, mientras él permanecía sentado pensando que quizá su madre estaba empezando a enseñarle algo que ningún maestro podría explicarle.
Los días siguientes comenzó a intentar recuperar su trabajo con mayor seriedad. Volver al taller le produjo una sensación de normalidad que necesitaba. El olor de la madera, el sonido de las herramientas y la concentración necesaria para reparar una pieza le permitían olvidar por unas horas las preguntas que lo perseguían. Natán fue quien más lo ayudó a recuperar el ritmo, aunque no perdió la oportunidad de bromear acerca de la situación. Una mañana, mientras Eliab trataba de ajustar una pieza que había quedado torcida, Natán le preguntó si después de haber muerto había aprendido algún oficio mejor que aquel. Eliab soltó una risa y le respondió que si hubiera aprendido algo mejor, probablemente no estaría allí trabajando con él. Natán le dijo que entonces debía dejar de pensar tanto y concentrarse en la madera, porque los muertos que regresaban a la vida tenían la misma obligación que los demás de trabajar para comer. Eliab lo miró y respondió que era la primera vez desde el milagro que alguien le hablaba como si siguiera siendo el mismo hombre. Natán dejó de sonreír y contestó que quizá eso era precisamente lo que necesitaba. Eliab comprendió el significado de aquellas palabras y siguió trabajando.
Pero cuando llegaba la noche, la tranquilidad desaparecía. Eliab comenzó a despertarse con frecuencia después de sueños que no lograba recordar. Algunas veces se levantaba sobresaltado y se sentaba en la cama respirando con dificultad, convencido durante unos instantes de que estaba nuevamente en aquella oscuridad. Otras veces simplemente permanecía despierto contemplando el techo, esperando escuchar aquella voz otra vez. Una de esas noches Mara oyó sus movimientos y entró en la habitación. Se sentó a su lado sin encender la lámpara y le preguntó si estaba bien. Eliab respondió que sí, pero ella le dijo que una madre conocía demasiado bien a su hijo como para creerle cuando decía aquello. Finalmente él confesó que tenía miedo de dormir. Mara le preguntó qué temía encontrar al cerrar los ojos y Eliab respondió que no temía encontrar la muerte, sino no encontrar nada.
—Cuando estuve muerto no vi nada —dijo con voz baja—. No sé si eso debería tranquilizarme o asustarme.
Mara permaneció unos instantes en silencio antes de responder.
—Quizá no necesitas decidirlo esta noche.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
—No estoy tranquila.
Eliab la miró sorprendido.
—¿No?
—Tengo miedo desde el día en que tu padre murió. Después tuve miedo de que tú murieras. Y ahora tengo miedo de perderte otra vez. La diferencia es que he aprendido que el miedo no puede decidir por nosotros.
Eliab tomó la mano de su madre.
—No quiero que vuelvas a sufrir por mí.
—Entonces vive.
—Eso intento.
—No, hijo. No intentes solamente sobrevivir. Vive.
Eliab apoyó la cabeza sobre la pared y cerró los ojos. Por primera vez aquella noche no sintió la necesidad de luchar contra el sueño. Mara permaneció junto a él hasta que finalmente se quedó dormido.
Tirsa comenzó a pasar más tiempo con Mara y con Eliab, y aquella cercanía permitió que los tres fueran recuperando una relación que el miedo había alterado. Una tarde, mientras Mara preparaba pan y Tirsa ordenaba algunas telas, Eliab entró en la casa y las encontró conversando. Al verlo, Tirsa sonrió y Mara le dijo que había llegado justo a tiempo porque estaban hablando de él. Eliab respondió que no le gustaba cuando las mujeres hablaban de él a sus espaldas, y Tirsa se rio diciendo que no habían hablado nada que él no necesitara saber. Eliab quiso saber de qué se trataba y Mara respondió que Tirsa le había preguntado si alguna vez él había pensado seriamente en casarse. Eliab miró a Tirsa y ella fingió estar muy ocupada doblando una tela.
—¿Y qué le respondiste? —preguntó Eliab.
—Que eso debes responderlo tú.
—¿Y tú qué quieres que responda?
Tirsa levantó los ojos.
—Quiero que digas la verdad.
Eliab se quedó pensativo y finalmente dijo:
—Sí. He pensado en casarme contigo.
Mara sonrió.
—Entonces parece que la conversación va por buen camino.
Tirsa se acercó a Eliab y le dijo que no quería que él tomara ninguna decisión solamente porque había regresado de la muerte.
—Quiero que te cases conmigo porque me amas, no porque tengas miedo de que mañana ya no estés aquí.
Eliab la miró profundamente.
—Te amo.
—Entonces eso es suficiente por ahora.
—¿No quieres que te prometa nada más?
—Quiero que seas sincero conmigo. Si algún día tienes miedo, dímelo. Si quieres marcharte para buscar a Jesús, dímelo. Si no entiendes lo que te está pasando, dímelo. Pero no vuelvas a encerrarte dentro de ti como hiciste durante tus primeros días después de despertar.
Eliab tomó sus manos.
—Prometo intentarlo.
Tirsa sonrió.
—No te pedí que prometieras intentarlo.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Quiero que lo hagas.
Mara, que había estado escuchando en silencio, soltó una pequeña risa.
—Tirsa siempre ha sido más difícil de convencer que tú, Eliab.
Él respondió que empezaba a comprenderlo.
Aquella conversación produjo un cambio importante entre ambos. Eliab comenzó a hablar con Tirsa de aquello que antes guardaba en silencio, incluso de su deseo de buscar nuevamente a Jesús. Una tarde, mientras caminaban por las afueras de Naín, le confesó que sentía que el encuentro con Jesús no podía terminar con aquel milagro. Tirsa le preguntó qué esperaba encontrar si volvía a verlo y Eliab respondió que necesitaba preguntarle por qué lo había llamado. Ella insistió en saber qué haría si Jesús no le daba una respuesta y Eliab contestó que probablemente se sentiría decepcionado, pero que aun así necesitaba intentarlo. Tirsa caminó unos pasos antes de responder que podía comprenderlo, aunque no quería que aquella búsqueda terminara convirtiéndose en una forma de escapar de la vida que tenían. Eliab se detuvo y le preguntó si ella pensaba que estaba huyendo. Tirsa negó con la cabeza.
—No sé si estás huyendo, Eliab. Creo que estás buscando una explicación porque tienes miedo de vivir sin ella.
—¿Y tú qué harías en mi lugar?
—No lo sé.
—Entonces no puedes juzgarme.
—No te estoy juzgando. Estoy tratando de ayudarte a entenderte.
Eliab sonrió.
—A veces eres más difícil que mi madre.
—Porque tu madre te quiere demasiado para discutir contigo.
—¿Y tú no me quieres demasiado?
Tirsa lo miró con una sonrisa.
—Precisamente por eso discuto contigo.
Aquella respuesta hizo reír a Eliab, pero después permaneció callado. Sabía que Tirsa tenía razón en algo que le costaba admitir: una parte de él quería encontrar a Jesús no solamente para comprender el milagro, sino para asegurarse de que su segunda vida tenía un sentido. Le daba miedo pensar que podía pasar los años trabajando, casándose, teniendo hijos y envejeciendo sin descubrir nunca por qué había sido escogido entre tantos otros. No quería sentirse especial, pero tampoco podía ignorar que había ocurrido algo extraordinario.
La comunidad de Naín, entretanto, comenzaba a dividirse en sus opiniones. Algunos consideraban que Eliab era una señal de Dios, mientras otros decían que todo había sido una ilusión o que seguramente existía alguna explicación que todavía no conocían. Simón, un hombre anciano que había observado el milagro desde cerca, visitó a Mara una tarde y conversó con Eliab durante bastante tiempo. Simón no parecía interesado en conocer detalles fantásticos. Se limitó a preguntarle cómo se sentía después de lo ocurrido. Eliab respondió que se sentía agradecido y confundido. Simón le preguntó qué era lo que más le preocupaba y Eliab contestó que la gente quería convertirlo en una respuesta para preguntas que él mismo no podía contestar. Simón asintió y le dijo que eso era inevitable cuando ocurría algo extraordinario.
—La gente necesita explicaciones —dijo Simón—. Cuando no las tiene, inventa algunas.
—¿Y qué debería hacer yo?
—Decir la verdad.
—¿Aunque la verdad sea que no sé?
—Especialmente entonces.
Eliab lo miró con atención.
—¿Usted cree que Jesús me devolvió la vida por alguna razón?
Simón respondió después de unos segundos:
—Creo que ningún hombre debería despreciar una vida que ha recibido, venga como venga.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque quizá estás haciendo una pregunta que todavía no puede responderse.
Eliab suspiró.
—Todos me dicen lo mismo.
—Tal vez deberías empezar a escuchar.
La conversación con Simón hizo que Eliab comprendiera que no necesitaba construir una explicación para satisfacer a los demás. Si algún día encontraba la respuesta, tendría que ser porque esa respuesta había nacido de su propia experiencia y no porque alguien hubiera inventado una historia alrededor de él.
Sin embargo, una tarde ocurrió algo que volvió a despertar su temor. Un niño de la población enfermó gravemente y murió pocos días después. Eliab conocía a su familia y había visto al padre del niño pedir ayuda desesperadamente. Cuando el pequeño murió, Eliab asistió al duelo y sintió una angustia que no pudo explicar. Mientras permanecía sentado junto al padre, este lo miró con ojos llenos de dolor y le preguntó por qué Dios había devuelto a Eliab la vida y no a su hijo. Eliab no encontró palabras. El hombre insistió, no con rabia sino con una tristeza que parecía más profunda que cualquier enojo.
—Tú volviste —le dijo—. ¿Por qué mi hijo no?
Eliab sintió que aquella pregunta atravesaba todas las defensas que había construido desde su regreso. Finalmente respondió con honestidad:
—No lo sé.
—Tú deberías saberlo.
—No. No lo sé.
—Entonces, ¿qué sentido tiene lo que te ocurrió?
Eliab bajó la mirada.
—Todavía estoy tratando de descubrirlo.
El padre lloró y Eliab permaneció sentado a su lado sin intentar darle una explicación. Aquella noche regresó a casa devastado. Mara lo encontró sentado junto a la puerta y supo inmediatamente que algo había ocurrido. Eliab le contó la conversación y después le preguntó si no era injusto que él estuviera vivo mientras aquel niño estaba muerto.
Mara se sentó a su lado.
—Sí, duele.
—No me respondes.
—Porque no tengo una respuesta.
—¿Entonces cómo puedo creer?
Mara lo miró con lágrimas en los ojos.
—Quizá la fe no significa tener una respuesta para cada muerte.
—Entonces, ¿qué significa?
—Tal vez significa seguir confiando en Dios aun cuando no entiendes lo que ha permitido.
Eliab permaneció largo rato en silencio. Después preguntó:
—¿Y si un día vuelves a enfermar?
Mara sintió un estremecimiento.
—No lo sé.
—¿Y si te mueres?
—Entonces tendrás que dejarme ir.
—No quiero.
—Yo tampoco quiero que llegue ese día.
—Pero llegará.
Mara tomó su rostro entre las manos.
—Eliab, escucha. El hecho de que Jesús te haya devuelto la vida no significa que la muerte haya desaparecido del mundo. No conviertas tu milagro en una promesa de que nunca volverás a sufrir. Si haces eso, vivirás aterrorizado.
Eliab cerró los ojos.
—Tengo miedo de perderte.
—Entonces ámame mientras estoy aquí.
Aquella respuesta quedó suspendida entre ambos. Eliab abrazó a su madre y comprendió que quizá esa era una de las lecciones más difíciles que tendría que aprender: amar a alguien sin exigirle a Dios que le garantizara cuánto tiempo permanecería a su lado.
Pasaron varias semanas antes de que Eliab tomara finalmente una decisión. Una mañana, mientras trabajaba con Natán, llegó un viajero que hablaba de Jesús. Contó que había estado en distintas poblaciones y que la gente se reunía para escucharlo. Eliab dejó la herramienta y escuchó con atención. Natán lo observó y comprendió inmediatamente lo que estaba pensando.
—Quieres irte.
—Sí.
—¿A buscarlo?
—Sí.
Natán se apoyó contra la mesa.
—Entonces tendrás que hablar con tu madre.
—Lo sé.
—Y con Tirsa.
—También lo sé.
Natán lo miró durante unos segundos antes de decir:
—Solo prométeme una cosa.
—¿Qué?
—Que no vas a buscar a Jesús porque creas que él tiene que explicarte tu vida. Ve porque quieres conocerlo.
Eliab sonrió.
—¿Desde cuándo das consejos?
—Desde que mi amigo murió y volvió más complicado de lo que era antes.
Eliab soltó una carcajada y ambos continuaron trabajando. Pero aquella misma tarde, al regresar a casa, Eliab comprendió que había llegado el momento de hablar con Mara. La encontró sentada junto a la puerta, separando unas semillas. Se acercó y permaneció de pie frente a ella hasta que su madre levantó los ojos.
—Quieres irte —dijo Mara.
Eliab se sorprendió.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy tu madre.
—Quiero buscar a Jesús.
Mara dejó las semillas a un lado.
—¿Cuándo?
—Pronto.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
Mara respiró profundamente.
—Entonces tendrás que aprender algo antes de marcharte.
—¿Qué?
—Que no tienes que encontrar todas las respuestas durante el viaje.
Eliab se sentó junto a ella.
—¿No estás enojada?
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Eso no significa que debas quedarte.
Eliab la miró.
—¿Me dejarás ir?
Mara tomó su mano.
—Hijo, después de haberte perdido una vez, aprendí que no puedo vivir intentando retenerte. Si Dios te ha dado una vida nueva, también tendrás que aprender a caminar con ella.
Eliab sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Volveré.
Mara lo abrazó.
—Eso espero.
—¿Y si tardo?
—Te esperaré.
—¿Y si no encuentro a Jesús?
Mara acarició su cabello.
—Entonces vuelve a casa.
Eliab permaneció abrazado a ella durante largo rato. Aquella noche, antes de dormir, habló con Tirsa. Ella ya sabía lo que había decidido y no intentó impedirlo. Le preguntó cuándo pensaba partir y él respondió que en pocos días. Tirsa le dijo que quería acompañarlo hasta cierto punto del camino, aunque no podía ausentarse demasiado tiempo. Eliab aceptó. Después permanecieron sentados en silencio durante un rato hasta que Tirsa le preguntó si tenía miedo de lo que pudiera encontrar.
—Sí.
—¿De Jesús?
—No.
—¿Entonces?
—De descubrir que no existe ninguna respuesta.
Tirsa apoyó su mano sobre la de él.
—Quizá entonces tendrás que descubrir que la vida puede seguir siendo buena aunque no tengas todas las respuestas.
Eliab la miró y sonrió.
—Eso parece algo que diría mi madre.
—Tal vez por eso me llevo tan bien con ella.
Eliab rió suavemente y después se quedó mirando la oscuridad más allá de la puerta. Había llegado el momento de partir. Por primera vez desde que Jesús lo había llamado sobre aquella camilla, Eliab comprendió que su segunda vida no consistía solamente en haber vuelto a abrir los ojos. Consistía en decidir qué haría después de haberlos abierto. Al día siguiente volvería al taller, terminaría algunos trabajos pendientes y comenzaría a preparar el viaje. No sabía cuánto tiempo estaría fuera ni qué encontraría en el camino, pero ya no esperaba que el viaje resolviera su existencia. Quería conocer mejor a aquel hombre que había detenido un cortejo funerario, que había mirado a una madre destrozada y que había pronunciado unas palabras capaces de devolverle la vida a un joven que no sabía qué hacer con ella. Y mientras permanecía sentado junto a Tirsa, comprendió que quizá la primera respuesta no estaba al final del camino, sino en el hecho de haber decidido caminar.
CAPÍTULO 3
Eliab salió de Naín antes de que el sol apareciera por completo sobre las colinas, acompañado durante las primeras horas por Tirsa, que había insistido en caminar con él hasta el cruce donde los caminos se separaban. Mara se había levantado mucho antes para preparar algo de pan, unos frutos secos y un pequeño recipiente con agua, y aunque procuró ocultar la preocupación que sentía, Eliab había visto en sus ojos la misma expresión que tenía cuando él era niño y se alejaba demasiado de casa. Antes de partir, ella había colocado las provisiones en una bolsa y le había dicho que no intentara demostrarle nada a nadie, que no necesitaba regresar convertido en un hombre diferente y que, si encontraba a Jesús, debía recordar que lo más importante no era conseguir una explicación perfecta, sino escuchar. Eliab había prometido que lo haría, aunque sabía que la verdadera dificultad comenzaría cuando estuviera lejos de la seguridad de su casa. Ahora caminaba junto a Tirsa por un sendero todavía cubierto por la humedad de la noche, mientras el pueblo quedaba poco a poco detrás de ellos. Durante un largo trecho ninguno habló, hasta que Tirsa rompió el silencio y le preguntó si estaba pensando en la conversación que había tenido con Mara. Eliab respondió que sí y confesó que su madre había conseguido hacerle sentir que marcharse no era una traición, pero que precisamente por eso le resultaba más difícil partir. Tirsa lo miró y le dijo que quizá Mara no quería retenerlo porque comprendía que algunas preguntas solamente podían responderse caminando, y Eliab sonrió al escuchar aquello.
—¿Sabes qué me preocupa más? —preguntó después de unos minutos.
—¿Qué?
—Que cuando encuentre a Jesús quizá no sepa qué preguntarle.
Tirsa soltó una pequeña risa.
—Has pasado semanas hablando de él y preparando este viaje, y ahora descubres que no sabes qué decir.
—Tengo demasiadas preguntas.
—Entonces empieza por la primera.
—¿Cuál?
—La que te llevó a salir de Naín.
Eliab guardó silencio antes de responder.
—Quiero saber por qué me devolvió la vida.
—Entonces pregúntaselo.
—¿Y si no responde?
—Tendrás que aprender a escuchar incluso cuando no recibas la respuesta que esperabas.
Eliab la miró de reojo.
—Te pareces cada vez más a mi madre.
—Eso no debería sorprenderte. Las dos queremos que regreses vivo.
La conversación terminó en una sonrisa, pero cuando llegaron al lugar donde el camino se dividía, Tirsa se detuvo. Eliab supo que había llegado el momento de despedirse. Se miraron durante varios segundos, conscientes de que aquel viaje podía durar más de lo que ambos habían previsto. Tirsa tomó las manos de Eliab y le dijo que no olvidara que había una casa esperándolo. Él respondió que no podía olvidarlo porque llevaba esa casa dentro de sí. Después se abrazaron largamente y ella le pidió que no intentara convertirse en otra persona para justificar el milagro que había recibido. Eliab prometió que lo intentaría y Tirsa le respondió que no quería que lo intentara, sino que lo hiciera. Después se separaron y Eliab siguió solo.
El primer día de viaje fue más difícil de lo que había imaginado. Había caminado muchas veces por los alrededores de Naín, pero nunca había recorrido una distancia semejante. A medida que las horas avanzaban, el paisaje cambiaba y Eliab comenzó a comprender que salir de su pueblo significaba también abandonar muchas de las seguridades que había considerado permanentes. Ya no conocía a quienes caminaban por los mismos caminos, no sabía dónde encontrar agua ni cuánto faltaba hasta la próxima población, y cada vez que veía un grupo de viajeros se preguntaba si alguno de ellos habría conocido a Jesús. Al mediodía se detuvo cerca de un árbol y compartió parte del pan que Mara había preparado. Mientras comía, escuchó pasos detrás de él y vio a un hombre que avanzaba con dificultad. Llevaba una túnica vieja y una manta sobre los hombros, y mantenía el rostro parcialmente cubierto. Cuando estuvo cerca, se detuvo y pidió agua. Eliab tomó el recipiente y se lo ofreció sin pensarlo demasiado. El hombre bebió lentamente y después se sentó a cierta distancia.
—Gracias —dijo.
—No tienes que agradecerme.
—La mayoría de las personas no me daría agua.
Eliab lo observó con atención.
—¿Por qué?
El hombre bajó la manta y mostró parte de su rostro. Tenía marcas visibles en la piel.
—Por esto.
Eliab comprendió entonces que el hombre padecía una enfermedad que había provocado que otros lo apartaran de la comunidad. El viajero se presentó como Abner y explicó que llevaba meses viviendo prácticamente solo, porque la gente se alejaba de él. Eliab le preguntó hacia dónde se dirigía y Abner respondió que buscaba a Jesús. Aquella respuesta despertó inmediatamente el interés de Eliab.
—¿Lo conoces?
—No.
—¿Por qué quieres encontrarlo?
Abner miró hacia el camino.
—Porque dicen que no le teme a personas como yo.
Eliab guardó silencio.
—¿Quién te habló de él? —preguntó.
—Personas que lo han visto. Dicen que toca a los enfermos, que escucha a los que nadie quiere escuchar y que no mira a un hombre como si su enfermedad fuera todo lo que queda de él.
Eliab sintió que aquellas palabras le recordaban lo que Tirsa había dicho acerca de él.
—Yo también lo estoy buscando.
Abner lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
Eliab dudó antes de responder.
—Porque una vez me llamó cuando estaba muerto.
El hombre permaneció inmóvil.
—¿Tú eres el joven de Naín?
Eliab asintió.
—He oído hablar de ti.
—Entonces sabes más de mí que yo mismo.
Abner sonrió por primera vez.
—Quizá por eso debemos caminar juntos.
Eliab aceptó. Durante el resto de la tarde avanzaron uno al lado del otro. Abner hablaba poco, pero cuando lo hacía sus palabras revelaban años de soledad. Contó que antes de enfermar había tenido esposa y dos hijos, pero que después de aparecer las primeras marcas en su piel había sido obligado a abandonar su casa. No sabía si su familia todavía lo esperaba. Eliab le preguntó si no había intentado regresar y Abner respondió que sí, pero que no quería ponerlos en peligro. Después de un largo silencio, preguntó a Eliab qué había sentido al morir. Eliab no respondió inmediatamente. Finalmente dijo que no había visto lo que la gente imaginaba.
—No vi ángeles. No vi a mis familiares. No vi un lugar lleno de luz. No vi nada que pudiera describir.
—¿Qué viste entonces?
—Oscuridad.
—¿Y tenías miedo?
—No recuerdo haber sentido miedo. Recuerdo silencio.
Abner caminó unos pasos antes de preguntar:
—¿Y después?
—Una voz.
—¿La de Jesús?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
Eliab recordó aquel instante y respondió:
—Me llamó a levantarme.
Abner bajó la mirada.
—Entonces quizá también pueda llamarme a mí.
Eliab no quiso darle una esperanza que no podía garantizar.
—No sé qué hará Jesús cuando te encuentre.
Abner asintió.
—Yo tampoco.
Cuando llegaron a una pequeña población al caer la tarde, buscaron un lugar donde pasar la noche. El dueño de una casa que ofrecía alojamiento permitió que Eliab entrara, pero cuando vio a Abner se negó a recibirlo. Dijo que no quería problemas y que debía marcharse. Eliab intentó convencerlo de que Abner no representaba peligro, pero el hombre se mantuvo firme. Finalmente Eliab tomó parte de sus monedas y pagó por una habitación adicional.
—Dormirá conmigo —dijo.
El hombre lo miró sorprendido.
—Si ocurre algo, será responsabilidad tuya.
—Lo entiendo.
Cuando se alejaron, Abner preguntó por qué había hecho aquello.
—Porque necesitabas un lugar donde dormir.
—No tenías que pagar por mí.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Eliab lo miró.
—Porque alguien una vez hizo algo por mí que yo tampoco entendía.
Abner comprendió que hablaba de Jesús y no volvió a preguntar. Aquella noche conversaron durante largo rato. Abner le preguntó si después de su regreso había sentido que debía hacer algo extraordinario con su vida. Eliab respondió que sí, pero que cada día comprendía un poco más que quizá lo extraordinario no consistía en hacer cosas grandes. Abner le preguntó entonces qué quería hacer cuando regresara a Naín y Eliab respondió que quería trabajar, casarse con Tirsa y cuidar de Mara. El hombre sonrió.
—Eso no parece la vida de alguien que ha vuelto de la muerte.
—Quizá precisamente por eso sea la vida que necesito.
A la mañana siguiente continuaron el viaje. En el camino encontraron a una mujer llamada Yael que viajaba con una niña enferma. La mujer parecía agotada y la niña apenas podía caminar. Cuando se detuvieron para beber agua, Yael les contó que buscaba a Jesús porque había escuchado que podía sanar a los enfermos. Abner la escuchó con atención y Eliab sintió una presión en el pecho. Ya había aprendido que no podía prometer lo que no sabía.
—¿Qué tiene tu hija? —preguntó.
—Fiebre desde hace muchos días. Cada vez está más débil.
—¿Han buscado médicos?
—Sí. No han podido ayudarla.
Yael miró a Eliab.
—Me dijeron que tú eres el joven de Naín.
Eliab asintió.
—¿Es verdad que estabas muerto?
—Sí.
—Entonces Jesús puede salvar a mi hija.
Eliab sintió el peso de aquellas palabras.
—No puedo prometerte eso.
La mujer pareció decepcionada.
—Pero él te devolvió la vida.
—Sí.
—Entonces debe poder hacerlo otra vez.
Eliab miró a la niña, que descansaba apoyada contra su madre.
—Ojalá pudiera decirte que sí.
Yael comenzó a llorar.
—No quiero perderla.
Eliab se acercó y se sentó junto a la niña.
—No sé qué sucederá, pero no están solas.
Abner permaneció a unos pasos, observando la escena. Cuando continuaron el camino, le dijo a Eliab que había comprendido algo.
—¿Qué?
—Que la gente espera que tú tengas respuestas porque regresaste de la muerte.
—Sí.
—Y tú no las tienes.
—No.
—Quizá eso también sea parte de tu historia.
Eliab lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Quizá Jesús no te devolvió la vida para que respondieras todas las preguntas de los demás.
Aquella frase quedó en silencio entre ambos mientras avanzaban.
Al segundo día llegaron a una región donde comenzaron a escuchar noticias más precisas acerca de Jesús. Algunas personas aseguraban que había estado allí poco antes. Otras decían que se había dirigido hacia Cafarnaúm. Eliab sentía crecer dentro de él una mezcla de esperanza y temor. Cada vez que alguien mencionaba el nombre de Jesús, su corazón parecía acelerarse. Abner, en cambio, parecía cada vez más nervioso. Eliab le preguntó qué haría cuando finalmente lo encontraran y Abner respondió que no lo sabía.
—¿No tienes preparado lo que vas a decirle?
—No.
—¿Y qué quieres pedirle?
Abner permaneció callado durante un largo rato.
—Quiero que me mire.
Eliab se sorprendió.
—¿Eso es todo?
—Para ti quizá no sea mucho. Para mí significa que alguien vuelva a verme como un hombre.
Eliab comprendió entonces que la búsqueda de Jesús no significaba lo mismo para todos. Para él era una búsqueda de sentido. Para Abner era una búsqueda de dignidad. Para Yael era una búsqueda desesperada de ayuda para su hija. Otros buscaban perdón, otros esperanza y otros simplemente una oportunidad para ser escuchados. Jesús era el mismo para todos, pero cada persona llegaba ante él cargando una necesidad diferente.
Esa tarde, mientras descansaban junto a un camino, un grupo de hombres pasó hablando con entusiasmo. Uno de ellos dijo que Jesús estaba cerca. Eliab se puso de pie inmediatamente.
—¿Dónde?
El hombre señaló hacia una población que podía distinguirse a cierta distancia.
—Dicen que está allí.
Eliab miró a Abner.
—Vamos.
Caminaron con rapidez. Eliab sentía que el corazón le golpeaba con fuerza y que todas las preguntas que había acumulado durante semanas volvían a su mente. Quería saber por qué había vuelto, qué había ocurrido en aquella oscuridad y qué esperaba Jesús de él. Abner avanzaba a su lado en silencio. Cuando estuvieron cerca de la población, comenzaron a escuchar voces de una multitud. Eliab se detuvo por un instante. Había algo familiar en aquel sonido. Cerró los ojos y recordó la mañana de su muerte, la camilla, los rostros inclinados sobre él, el llanto de su madre y aquella voz que había atravesado la oscuridad.
Abner lo tocó suavemente en el brazo.
—¿Estás bien?
Eliab abrió los ojos.
—Sí.
—Pareces asustado.
—Lo estoy.
—¿De qué?
Eliab contempló la multitud que se extendía delante de ellos.
—De encontrar las respuestas.
Abner sonrió.
—Yo pensaba que tenías miedo de no encontrarlas.
Eliab respondió con una sonrisa cansada:
—Ahora empiezo a tener miedo de ambas cosas.
Continuaron avanzando hasta mezclarse con la multitud. Eliab buscó entre los rostros intentando encontrar aquel que recordaba. No lo veía todavía. Abner se mantuvo junto a él, y ambos avanzaron lentamente entre hombres y mujeres que hablaban de Jesús. Algunas personas contaban historias de enfermos sanados, otras hablaban de enseñanzas que habían escuchado y otras discutían sobre quién era realmente aquel hombre. Eliab escuchó cada palabra sin intervenir.
Finalmente, un hombre que estaba delante de ellos se volvió y dijo:
—Si buscan a Jesús, tendrán que esperar. Está atendiendo a algunas personas.
Eliab sintió que las piernas le temblaban.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Está aquí?
—Sí.
Eliab respiró profundamente. Abner lo miró y preguntó:
—¿Quieres que me quede contigo?
Eliab asintió.
—Sí. No quiero entrar solo.
Abner respondió que entonces ninguno de los dos entraría solo. Permanecieron juntos mientras la multitud avanzaba lentamente. Eliab podía escuchar cada vez con mayor claridad la voz de Jesús entre las demás voces. No distinguía todavía las palabras, pero reconocía el tono. Era la misma voz que había escuchado en la oscuridad.
Sintió un estremecimiento.
Abner lo miró.
—¿Es él?
Eliab asintió lentamente.
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
Eliab contempló el lugar donde se encontraba Jesús y respondió con una emoción que apenas pudo contener:
—Porque esa es la voz que me llamó cuando yo ya no podía responder.
Y mientras la multitud continuaba moviéndose delante de ellos, Eliab comprendió que después de semanas de búsqueda finalmente estaba a unos pasos del hombre que había cambiado para siempre el curso de su vida, aunque todavía no sabía que el encuentro que estaba a punto de producirse no le daría todas las respuestas que había venido buscando, sino que le enseñaría a formular de otra manera la pregunta que llevaba dentro desde el día en que había abierto los ojos sobre aquella camilla funeraria.
CAPÍTULO 5
Durante los primeros días después de regresar a Naín, Eliab descubrió que volver a casa no significaba necesariamente haber regresado a la vida que había dejado atrás, porque aunque las paredes eran las mismas, el taller seguía oliendo a madera, aceite y metal caliente, el camino hasta la plaza continuaba levantando polvo bajo los pies y Mara seguía dejando por las noches una pequeña lámpara encendida junto a la puerta como había hecho durante toda su infancia, había algo en él que ya no podía mirar aquellas cosas con los mismos ojos, no porque hubiera dejado de amarlas, sino porque ahora sabía cuánto podía perderse en un solo instante y cuánto dolor podía caber en una casa que desde afuera parecía completamente normal. Mara observaba aquel cambio sin preguntarle demasiado, porque comprendía que su hijo necesitaba tiempo, pero también sabía que el silencio prolongado podía convertirse en otra forma de encierro, y una mañana, mientras preparaban juntos el desayuno, dejó el recipiente sobre la mesa, se sentó frente a él y permaneció unos segundos mirándolo antes de hablar.
—No puedo seguir mirándote caminar de una habitación a otra como si estuvieras esperando que alguien venga a despertarte por segunda vez.
Eliab levantó lentamente los ojos y permaneció unos instantes en silencio antes de responder.
—No sé cómo volver a ser el hombre que era.
Mara tomó sus manos entre las suyas.
—Nadie te está pidiendo que vuelvas a ser aquel hombre.
—Pero todos esperan algo de mí. Algunos quieren que les cuente qué vi después de morir, otros quieren saber por qué Jesús me devolvió la vida y otros me miran como si yo tuviera alguna clase de conocimiento que ellos no tienen.
—¿Y tú qué tienes?
Eliab bajó la mirada.
—Preguntas.
—Entonces empieza por decir la verdad.
—¿Que no sé?
—Exactamente.
Eliab respiró profundamente.
—Tengo miedo de que todos piensen que soy ingrato. Jesús me devolvió la vida y yo debería estar agradecido, pero algunas veces no siento gratitud. Algunas veces siento miedo. Algunas veces siento que estoy viviendo en un lugar que no me corresponde.
Mara apretó suavemente sus manos.
—Eliab, una cosa es cambiar y otra muy diferente es quedarse detenido para siempre delante del lugar donde sufriste. Tú no tienes que volver a ser quien eras, pero tampoco puedes convertir aquel día en el centro de todos los días que te quedan.
—¿Y cómo se hace eso?
—Viviendo.
—No parece tan sencillo.
—No lo es. Pero tampoco es imposible.
Eliab permaneció callado.
—Tengo miedo de acostumbrarme a estar vivo —dijo finalmente— y olvidar que puedo morir en cualquier momento.
Mara lo miró con una mezcla de ternura y firmeza.
—Precisamente por eso tienes que acostumbrarte a estar vivo.
—No entiendo.
—Si pasas cada día esperando el momento en que terminará, habrás permitido que la muerte siga gobernando tu existencia incluso después de que Jesús te devolvió la vida.
Eliab la observó fijamente.
—¿Tú no tienes miedo de perderme otra vez?
—Todos los días.
—¿Entonces cómo puedes hablar así?
Mara sonrió con tristeza.
—Porque tener miedo no significa que debamos obedecerle.
Eliab bajó la cabeza.
—Yo no sé hacerlo.
—Entonces aprenderás.
Aquella conversación no terminó allí, porque Eliab llevaba demasiado tiempo guardando preguntas y Mara había aprendido que algunas de ellas solo aparecían cuando el silencio parecía seguro. Después de desayunar, mientras ordenaban la mesa, Eliab volvió a hablar del viaje que había realizado para buscar a Jesús y de lo que había sentido al alejarse de Naín, especialmente de la preocupación que había visto en el rostro de su madre.
—¿Tuviste miedo cuando me fui?
Mara dejó el paño que estaba doblando y respondió sin vacilar.
—Sí.
—¿Mucho?
—Muchísimo.
—¿Pensaste en pedirme que me quedara?
—Más de una vez.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Mara lo miró durante unos segundos.
—Porque eres mi hijo, no mi propiedad.
Eliab pareció sorprendido.
—Nunca había pensado en eso.
—Una madre puede querer proteger a su hijo hasta el punto de querer encerrarlo en una habitación para asegurarse de que nada le ocurra, pero eso no sería amor completo. Sería miedo disfrazado de amor.
—¿Y tú pudiste dejarme ir sin miedo?
—No. Te dejé ir con miedo.
Eliab permaneció pensativo.
—¿Pensaste alguna vez que quizá Jesús se había equivocado al devolverme?
Mara dejó caer lentamente el paño sobre la mesa.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—Yo sí lo he pensado.
Mara levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque algunas noches despierto sobresaltado y siento que estoy viviendo en un lugar que no me corresponde. Como si alguien hubiera abierto una puerta que debía permanecer cerrada y yo hubiera cruzado por ella sin saber qué precio tendré que pagar algún día.
Mara se acercó y volvió a tomar sus manos.
—Quizá el precio más alto sería pasar el resto de tu vida creyendo que no tienes derecho a disfrutarla.
Eliab sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Y si vuelvo a morir?
—Entonces algún día volverás a morir.
—Mamá...
—No voy a mentirte para tranquilizarte. No puedo prometerte que Jesús te devolverá la vida una segunda vez. No puedo prometerte que nunca enfermarás ni que nunca sufrirás. Lo que sí puedo decirte es que hoy estás aquí.
Eliab guardó silencio.
—Si alguna noche tienes miedo, ven a mi habitación. Si quieres hablar, háblame. Si quieres llorar, llora. Pero no conviertas tu miedo en tu casa, porque ya tienes una casa y aquí estamos nosotros.
Eliab se levantó y abrazó a su madre con fuerza.
—Tengo miedo de perderte.
Mara cerró los ojos mientras lo abrazaba.
—Yo también tengo miedo de perderte.
—Entonces estamos igual.
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque tú todavía tienes que aprender algo que yo ya aprendí.
—¿Qué cosa?
—Que amar a alguien también significa aceptar que no puedes conservarlo para siempre.
Eliab no respondió. Se quedó abrazado a ella, comprendiendo que aquellas palabras eran difíciles precisamente porque eran ciertas.
Eliab volvió al taller pocos días después y descubrió que Natán había hecho todo lo posible por devolverle una rutina que no estuviera construida alrededor del milagro. No le preguntó qué había visto al morir ni quiso escuchar nuevamente la historia que ya había escuchado de labios de otros vecinos, sino que le entregó una pieza de madera y le pidió que terminara una reparación que habían dejado pendiente antes de que Eliab enfermara. Durante varios minutos trabajaron sin hablar, hasta que Natán dejó de observarlo y comenzó a trabajar por su cuenta, como si quisiera demostrarle que allí no había nada extraordinario que contemplar.
Después de un rato, levantó la vista.
—Estás cortando demasiado despacio.
Eliab miró la pieza.
—Quizá todavía estoy aprendiendo a usar las manos.
Natán soltó una carcajada.
—Esa es una excusa ridícula.
—Después de haber estado muerto no estoy seguro de nada.
Natán dejó la herramienta sobre la mesa.
—Yo llevo toda la vida vivo y tampoco estoy seguro de nada.
Eliab sonrió.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía tranquilizarte.
—Entonces, ¿qué pretendes?
—Que trabajes.
Eliab volvió a mirar la pieza.
—Todos quieren preguntarme cosas.
—Ya lo sé.
—Algunos esperan que tenga respuestas.
—Entonces decepciónalos.
Eliab levantó la mirada.
—¿Así de sencillo?
—Sí. Si te preguntan qué viste después de morir, dices que no viste nada. Si te preguntan por qué Jesús te devolvió la vida, dices que no lo sabes. Si te preguntan qué se siente al estar muerto, les dices que no tienes intención de volver a comprobarlo.
Eliab comenzó a reír.
—No puedo decirles eso.
—¿Por qué no?
—Porque se ofenderían.
—Que se ofendan.
Eliab volvió a trabajar.
—¿Tú realmente crees que sigo siendo el mismo?
Natán lo observó durante unos segundos.
—Algunas cosas sí y otras no.
—¿Cuáles cambiaron?
—No lo sé.
—Pensé que ibas a decirme que lo sabías todo.
—No. Para eso ya tienes a la mitad de Naín.
Eliab sonrió.
Natán continuó:
—Mira, Eliab, todos parecen haber decidido que después de volver de la muerte debes comportarte como un hombre distinto, silencioso, profundo y lleno de respuestas. Pero yo te conozco desde niño.
—¿Y?
—Y sigues siendo el muchacho que discutía conmigo por quién había trabajado más horas en el taller.
—Yo siempre trabajaba más.
—Eso es precisamente lo que digo. Estás muerto y sigues siendo insoportable.
Eliab soltó una carcajada.
—Gracias.
—De nada.
Natán volvió a trabajar y después de unos segundos añadió:
—Si quieres cambiar, cambia. Si quieres hablar, habla. Si quieres casarte con Tirsa, hazlo antes de que ella se canse de esperar, pero por favor no te conviertas en una estatua para que todos podamos venir a preguntarte cómo se siente estar muerto.
La mención de Tirsa provocó que Eliab sonriera.
—Todavía no he decidido cuándo hablaré con ella sobre el matrimonio.
Natán dejó inmediatamente la herramienta.
—¿Qué estás esperando?
—No lo sé.
—Eso ya me lo imaginaba.
—Quizá primero necesito estar seguro de que no estoy intentando casarme porque tengo miedo de volver a morir.
Natán lo miró con mayor seriedad.
—Eso sí es una pregunta importante.
—¿Y cómo sé la respuesta?
—No lo sé.
Eliab pareció decepcionado.
—Pensé que ibas a darme un consejo.
—Te estoy dando uno.
—¿Cuál?
—No confundas tener miedo de perder a alguien con amar a alguien.
—¿Y cómo se distingue?
Natán se apoyó contra la mesa.
—No soy experto.
—Eso ya lo sé.
—Pero alguna vez quise mucho a una mujer.
—Nunca me contaste eso.
—Porque no es asunto tuyo.
—Ahora quiero saber.
Natán sonrió.
—Cuando pensaba en ella, no quería tenerla encerrada en mi casa para asegurarme de que no se fuera. Quería compartir con ella las cosas que me sucedían, incluso las que no podía arreglar.
Eliab quedó pensativo.
—Eso es lo que siento por Tirsa.
—Entonces deja de buscar una razón para no casarte y empieza a pensar en qué vas a decirle.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No tienes nada más profundo?
—No. Ya tienes suficientes personas intentando hablarte profundamente.
Eliab sonrió.
—Gracias, Natán.
—No me agradezcas todavía. Primero consigue que Tirsa diga que sí.
Aquella misma tarde, Eliab caminó hasta la casa de Tirsa. La encontró junto a la entrada, reparando una prenda mientras su madre conversaba con una vecina. Cuando Tirsa lo vio, dejó lo que tenía entre las manos y se acercó.
—¿Qué haces aquí?
—Quería caminar contigo.
—Eso suena sospechoso.
—¿Por qué?
—Porque tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando llevas horas pensando algo y todavía no sabes cómo decirlo.
Eliab sonrió.
—¿Siempre me has conocido tan bien?
—Desde antes de que murieras.
La frase produjo un silencio extraño entre ambos.
Tirsa bajó la mirada.
—Perdona.
—No tienes que pedir perdón.
—A veces olvido que todavía duele hablar de eso.
—A mí también me duele.
Comenzaron a caminar hacia la plaza.
—¿Pensaste mucho durante el viaje? —preguntó Tirsa.
—Demasiado.
—Eso puede ser peligroso en alguien como tú.
—¿Por qué?
—Porque siempre has tenido la costumbre de convertir una duda pequeña en una pregunta enorme.
—Esta vez tengo una pregunta enorme.
—Entonces debe ser importante.
Eliab respiró profundamente.
—¿Jesús respondió lo que querías saber?
—No exactamente.
—¿Entonces para qué fuiste?
—Porque necesitaba escucharlo.
—¿Y qué te dijo?
Eliab permaneció unos segundos en silencio.
—Que no debía convertir mi vida en una deuda.
Tirsa lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Que no tengo que pasar cada día intentando demostrar que merecía volver.
—Eso parece importante.
—Lo es.
Continuaron caminando.
—También entendí que algún día volveré a morir.
Tirsa bajó la mirada.
—Eso no es fácil de escuchar.
—No.
—¿Te dio miedo?
—Mucho.
—¿Y ahora?
—También.
Tirsa sonrió levemente.
—Entonces sigues siendo Eliab.
—¿Eso te tranquiliza?
—Mucho más de lo que imaginas.
Eliab la miró.
—Quiero hacer muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Trabajar. Viajar. Estar con Mara. Ayudar a algunas personas. Conocer otros lugares.
—¿Y?
Eliab se detuvo.
—Casarme contigo.
Tirsa permaneció en silencio.
—¿Eso era lo que estabas intentando decirme?
—Sí.
—Podrías haber empezado por ahí.
—Tenía miedo.
—¿De mí?
—De lo que significa.
Tirsa tomó sus manos.
—Entonces escúchame. Yo no quiero casarme con el hombre que volvió de la muerte. Quiero casarme contigo.
—¿Aunque ahora tenga tantas preguntas?
—Precisamente porque las tienes.
—¿Aunque vuelva a tener miedo?
—Sí.
—¿Aunque algún día no sepa qué hacer?
—Entonces hablaremos.
—¿Y si algún día Jesús te pide algo que no comprendo?
Tirsa lo miró con seriedad.
—Entonces quiero que me lo cuentes.
—¿No intentarías detenerme?
—Intentaría comprenderlo.
—¿Y si finalmente tengo que irme?
—Entonces veremos juntos qué significa ese llamado. Pero no quiero ser una cadena que te impida seguir a Jesús.
Eliab apretó sus manos.
—Tampoco quiero que desaparezcas detrás de mi llamado.
Tirsa sonrió.
—Entonces tendremos que aprender a caminar juntos.
Aquella noche, sin embargo, la tranquilidad de Eliab se quebró de una manera que no había previsto. Había pasado varios días durmiendo mejor, pero cerca de la medianoche despertó sobresaltado, sentado en la cama y respirando con dificultad. Durante unos segundos no supo dónde estaba. La habitación estaba oscura y el silencio era tan profundo que recordó inmediatamente el otro silencio, aquel que había experimentado antes de escuchar la voz que lo llamó. Se llevó una mano al pecho y trató de recuperar el aliento, pero la sensación de estar atrapado regresó con tanta fuerza que se levantó y salió al patio. Mara escuchó sus pasos y apareció poco después, envuelta en un manto.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
—No me digas que nada.
Eliab se sentó junto a ella.
—Por unos momentos pensé que estaba muriendo otra vez.
Mara se sentó a su lado.
—Estás aquí.
—Lo sé.
—Estás respirando.
—Lo sé.
—Entonces mírame.
Eliab la miró.
—Estoy aquí —dijo Mara—. Tú estás aquí. Esta noche no tienes que resolver nada.
Eliab respiró profundamente.
—Tengo miedo de cerrar los ojos.
—Entonces no los cierres todavía.
—¿Y mañana?
—Mañana veremos.
—¿Nunca dejaste de tener miedo después de verme volver?
Mara negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Entonces cómo lo haces?
—No dejo que el miedo decida por mí.
—¿Y si no puedo?
—Aprenderás.
Eliab apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Recuerdo la oscuridad.
Mara permaneció en silencio.
—No había nada —continuó él—. No había camino, ni luz, ni voces. Solo silencio. Y después escuché aquella voz.
—La de Jesús.
—Sí.
—¿Y qué sientes cuando la recuerdas?
—Que quizá fui llamado para algo.
—¿Y qué crees que es?
—No lo sé.
Mara sonrió.
—Entonces todavía tienes mucho que vivir para descubrirlo.
—¿Y si nunca lo descubro?
—Quizá no tengas que descubrirlo todo.
—¿Qué quieres decir?
—Tal vez el propósito de una vida no siempre aparece como una respuesta. Algunas veces aparece en las personas que encontramos.
Eliab permaneció callado.
—Yo no sé por qué Jesús te devolvió la vida —continuó Mara—. Pero sé que desde que regresaste has aprendido a mirar el dolor de otros de una manera distinta. Quizá eso también sea parte de tu respuesta.
Eliab cerró los ojos.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Pero no quiero que el miedo sea mi casa.
Mara lo abrazó.
—Entonces no dejes que lo sea.
La relación entre Eliab y Tirsa comenzó a transformarse durante las semanas siguientes, no porque hubiera desaparecido la incertidumbre, sino porque ambos dejaron de tratarla como una amenaza. Se encontraban casi todos los días y hablaban de matrimonio, de una casa propia, de hijos que todavía no existían y de lugares que quizá nunca llegarían a conocer, pero también hablaban de cosas mucho menos importantes, como el precio de la harina, las reparaciones del taller o las discusiones de Natán con los comerciantes. Eliab descubrió que aquellas conversaciones sencillas eran precisamente las que más necesitaba, porque le demostraban que una segunda vida no tenía que estar compuesta únicamente de acontecimientos extraordinarios.
Una tarde, mientras caminaban cerca de los campos, Tirsa le preguntó qué era lo que más recordaba de su vida anterior a la muerte.
—Muchas cosas se han vuelto pequeñas en mi memoria.
—¿Pequeñas?
—Sí. Como si ahora las viera desde muy lejos.
—¿Qué recuerdas con claridad?
—La voz de Mara llamándome cuando era niño. El olor del taller. Algunas tardes contigo.
—¿Algunas?
—Muchas.
—Eso está mejor.
Eliab sonrió.
—También recuerdo una tarde en que te enfadaste conmigo porque llegué tarde.
Tirsa soltó una carcajada.
—Espero que hayas aprendido algo.
—Sí.
—¿Qué?
—Que puedo enfrentarme a la muerte y seguir teniendo más miedo de una mujer enojada.
Tirsa le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No te burles.
Después se quedó seria.
—¿Alguna vez pensaste que yo podía haber sido quien encontrara tu cuerpo?
Eliab se detuvo.
—No.
—Yo sí.
—¿Cuándo?
—Cuando me dijeron que habías muerto.
Eliab guardó silencio.
—Sentí que una parte de mi vida había terminado contigo —continuó Tirsa—. Y cuando te vi levantarte después de que Jesús te llamó, no supe si abrazarte o alejarme porque parecía imposible que fueras tú.
—Lo siento.
—No tienes que sentirlo.
—Pero te hice sufrir.
—No elegiste morir.
—Tampoco elegí volver.
—Lo sé.
Tirsa tomó sus manos.
—Desde entonces he entendido que te amo, pero también he entendido que no puedo convertirte en alguien que tengo que vigilar para asegurarme de que no vuelva a morir.
—No quiero eso.
—Entonces, si vamos a casarnos, quiero que vivamos.
—Viviremos.
—No quiero una casa construida alrededor del miedo.
—Yo tampoco.
—Entonces prométeme algo.
—¿Qué?
—Cuando tengas miedo, me lo dirás.
Eliab asintió.
—Te lo prometo.
—Y cuando yo tenga miedo, tú me escucharás.
—También.
—Entonces podremos empezar.
Sin embargo, aquella misma semana llegó a Naín una noticia que puso nuevamente a prueba todo lo que Eliab había aprendido. Un hombre llamado Joram, conocido por muchos en el pueblo, enfermó gravemente. Había trabajado durante años en los campos y tenía dos hijos pequeños. Su enfermedad avanzó rápidamente y, a pesar de los cuidados de su familia, murió antes de que terminara la semana. La noticia produjo una tristeza profunda en la población, pero para Eliab tuvo un efecto diferente. Desde que había regresado, cada muerte cercana le recordaba su propia experiencia y despertaba preguntas que todavía no sabía responder. Fue a la casa de la familia junto con Mara y Tirsa, y encontró a la esposa de Joram sentada junto al cuerpo de su marido, rodeada por sus hijos. Uno de los niños no dejaba de preguntar cuándo despertaría su padre.
Eliab tuvo que salir al exterior.
Tirsa lo siguió.
—No sé qué hacer.
—No tienes que hacer nada extraordinario.
—Pero yo volví.
—Sí.
—Entonces todos creen que debería tener una respuesta.
—No la tienes.
—Eso es lo que más me duele.
—¿Por qué?
—Porque quiero decirles algo que haga que esto duela menos.
Tirsa tomó su mano.
—Entonces diles la verdad.
—¿Cuál?
—Que no sabes.
Eliab respiró profundamente.
—Tengo miedo de entrar.
—Entonces entra conmigo.
Regresaron a la habitación. La esposa de Joram levantó la mirada y reconoció a Eliab.
—¿Tú eres el hombre que volvió de la muerte?
Eliab asintió.
—Sí.
La mujer miró el cuerpo de su esposo.
—Entonces dime por qué él no volvió.
Eliab sintió que las piernas le temblaban.
—No lo sé.
—Pero tú sí volviste.
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
La mujer comenzó a llorar.
—Entonces ¿qué sentido tiene?
Eliab se sentó junto a los niños.
—No tengo una respuesta para eso.
Uno de los pequeños tomó su mano.
—¿Mi papá puede volver como tú?
Eliab sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—No sé.
—¿Entonces nunca lo volveré a ver?
Eliab respiró profundamente antes de responder.
—No sé cómo será todo después de esta vida, pero sí sé que tu papá te amó mientras estuvo contigo, y eso nadie puede quitarte.
El niño apoyó la cabeza contra su brazo.
Eliab permaneció allí.
No intentó explicar lo que no entendía.
No intentó convertir su milagro en una promesa para todos.
Simplemente se quedó.
Aquella noche, de regreso en casa, Eliab se sentó junto a Mara.
—Hoy comprendí algo.
—¿Qué?
—Que no puedo salvar a todos.
Mara sonrió con tristeza.
—Nunca pudiste.
—Pero pensé que quizá para eso había vuelto.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que quizá volví para aprender a quedarme.
Mara lo miró.
—¿A quedarte?
—Cuando alguien sufre. Cuando no puedo arreglarlo. Cuando no tengo respuestas. Cuando solo puedo sentarme junto a esa persona.
Mara asintió.
—Eso vale más de lo que imaginas.
Eliab permaneció pensativo.
—¿Crees que Jesús me devolvió para eso?
Mara acarició su rostro.
—No sé por qué Jesús te devolvió. Pero sé que desde que regresaste has empezado a mirar a los que sufren de otra manera.
Eliab bajó la mirada.
—Quizá esa sea una parte de la respuesta.
Durante los días siguientes comenzó a visitar a la familia de Joram. Ayudó a reparar parte de la casa, llevó comida cuando pudo y acompañó a los niños al campo. Tirsa se sumó algunas veces y Mara también. Natán se burló de él por estar demasiado ocupado ayudando a todo el pueblo, pero cuando Eliab le preguntó si aquello le molestaba, respondió que no, que simplemente quería recordarle que no podía arreglar el mundo entero.
—No quiero arreglarlo.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Estar allí cuando pueda.
Natán asintió.
—Eso está bien.
—¿Pero?
—Pero también aprende a volver a casa.
—¿Por qué?
—Porque las personas que te aman también necesitan verte.
Eliab quedó en silencio.
—Tirsa me dijo algo parecido.
—Entonces deberías empezar a escucharla.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan sabio?
Natán sonrió.
—Desde que tú moriste y me dejaste con la responsabilidad de pensar por los dos.
Eliab soltó una carcajada.
—No te acostumbres.
—Tranquilo. Prefiero tenerte vivo y discutiendo conmigo.
Una tarde, mientras Eliab trabajaba en el taller, un viajero llegó con noticias de otras poblaciones. Habló de personas que seguían buscando a Jesús, de enfermos que acudían a él y de historias que crecían cada vez más alrededor de su nombre. Eliab escuchó en silencio. El viajero le preguntó si realmente era el joven de Naín.
—Sí.
—Entonces tú debes saber mucho sobre Jesús.
—Sé algunas cosas.
—¿Puede volver a levantar muertos?
Eliab dejó la herramienta sobre la mesa.
—No lo sé.
El viajero pareció decepcionado.
—Pero tú eres la prueba de que puede hacerlo.
Eliab negó lentamente con la cabeza.
—Soy una persona, no una prueba.
—Pero Jesús te devolvió la vida.
—Sí.
—Entonces deberías saber qué hará con los demás.
—No puedo saberlo.
El hombre guardó silencio.
Eliab continuó:
—Quizá la pregunta más importante no sea cuántos muertos puede devolver Jesús, sino qué hace con las personas que todavía están vivas.
El viajero se marchó poco después. Natán esperó hasta que estuvo lejos antes de hablar.
—Eso estuvo bien.
—¿Qué cosa?
—La respuesta.
—¿Crees que era correcta?
Natán sonrió.
—No sé.
Eliab soltó una carcajada.
—Ahora empiezas a hablar como yo.
Aquella noche Eliab habló con Tirsa sobre el matrimonio y finalmente le dijo que quería casarse con ella, no porque quisiera asegurarse de tener algo antes de morir, sino porque quería construir una vida junto a ella mientras tuvieran tiempo.
—Quiero casarme contigo.
Tirsa sonrió.
—Eso ya lo sabía.
—¿Cómo?
—Porque tardaste demasiado en decirlo.
—¿Entonces aceptas?
—Sí.
Eliab respiró profundamente.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Pero también estoy feliz.
—Entonces estamos bien.
—¿Eso es todo?
—No.
—¿Qué falta?
Tirsa tomó su mano.
—Aprender a vivir lo que acabamos de decidir.
Cuando Eliab regresó a casa, encontró a Mara sentada junto a la lámpara. Ella levantó la mirada y supo por su expresión que finalmente había hablado con Tirsa.
—Te casarás con ella.
Eliab sonrió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes la misma cara que tenía tu padre cuando venía a contarme algo que ya sabía que yo sabía.
—Entonces supongo que no puedo sorprenderte.
—No después de todo lo que hemos vivido.
Eliab se sentó a su lado y apoyó la cabeza sobre su hombro como cuando era niño. Mara le acarició el cabello.
—¿Estás feliz?
Eliab cerró los ojos.
—Tengo miedo.
Mara sonrió.
—Eso ya lo sé.
—Pero también estoy feliz.
Mara apoyó la mejilla sobre su cabeza.
—Entonces estás vivo.
Eliab permaneció junto a ella mientras afuera Naín continuaba con sus ruidos habituales, las voces de algunos vecinos, el movimiento de quienes regresaban de sus tareas y el sonido distante de animales en los corrales, mientras dentro de aquella casa la pequeña lámpara permanecía encendida y Mara seguía junto a él. Eliab pensó nuevamente en la oscuridad que había conocido y en la voz que lo había llamado desde ella, pero aquella noche no intentó descifrar el misterio, porque por primera vez comprendía que quizá no había sido devuelto para encontrar una explicación que pudiera pronunciar ante los demás, sino para aprender a vivir aquello que tenía delante, y mientras escuchaba la respiración tranquila de su madre, pensaba en Tirsa, en Natán, en Abner y en los niños de Joram, comprendió que el valor de un día no dependía de saber cuántos vendrían después, sino de lo que uno era capaz de hacer con el día que tenía delante, y cuando finalmente apagó la lámpara y se acostó, el miedo seguía allí, pero ya no estaba solo, porque junto a él estaban también el amor, la memoria, la esperanza y la decisión sencilla de abrir los ojos nuevamente cuando llegara la mañana.
CAPÍTULO 6
La noticia del compromiso de Eliab y Tirsa recorrió Naín con una rapidez que ninguno de los dos había previsto, porque en un pueblo donde las vidas se conocían casi tanto como los caminos que conducían a sus casas, cualquier decisión importante terminaba convirtiéndose en conversación antes de que quienes la habían tomado tuvieran tiempo de acostumbrarse a ella. Mara recibió felicitaciones de mujeres que habían compartido con ella los días más difíciles después de la muerte de su hijo y que ahora parecían encontrar en aquella boda una nueva razón para sonreír, mientras algunos hombres del pueblo se acercaban a Eliab en el taller para estrecharle la mano y preguntarle cuándo sería la celebración. Aunque la mayoría de las palabras eran afectuosas, Eliab comenzó a sentirse incómodo con una idea que aparecía una y otra vez en las conversaciones: muchas personas hablaban de su matrimonio como si fuera otra consecuencia del milagro, como si el hecho de haber muerto y regresado hubiera convertido todo lo que ocurriera después en una especie de continuación extraordinaria de aquella mañana en que Jesús había detenido el cortejo fúnebre. Una tarde, después de escuchar por tercera vez que su boda sería una señal de que Dios tenía todavía grandes cosas preparadas para él, Eliab regresó a casa con el rostro cansado y encontró a Mara acomodando unas telas que Tirsa había llevado para preparar parte de su vestido. Mara lo miró y comprendió inmediatamente que algo lo preocupaba, así que dejó las telas sobre la mesa y esperó a que él hablara.
—¿Qué sucedió?
Eliab permaneció de pie junto a la puerta durante unos instantes, como si necesitara ordenar sus pensamientos antes de responder.
—Estoy cansado.
—¿Cansado de qué?
—De que todos conviertan cada decisión que tomo en una explicación sobre mi muerte.
Mara lo observó en silencio.
—¿Qué te dijeron ahora?
—Que mi boda demuestra que Dios todavía tiene grandes cosas preparadas para mí. Otro hombre me dijo que seguramente Jesús me devolvió la vida porque tenía una misión especial y que ahora mi matrimonio era parte de esa misión. Después alguien más me preguntó si pensaba tener hijos, porque, según él, seguramente mis hijos también tendrían una historia extraordinaria.
Mara dejó las telas a un lado.
—¿Y qué les respondiste?
—Nada.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué responder.
Mara se acercó a él y le acomodó el cabello, como había hecho tantas veces cuando era niño.
—Quizá no puedas impedir que otros cuenten tu historia de la manera que quieran.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Qué cosa?
—Que algún día yo mismo termine contando mi historia como ellos la cuentan.
Mara lo miró con atención.
—¿Y cómo la cuentas tú?
Eliab bajó la mirada.
—No lo sé.
—Entonces quizá no necesitas colocarla en ningún sitio especial.
—¿Cómo?
—Tu historia forma parte de ti, Eliab. No puedes arrancarla ni fingir que nunca sucedió, pero tampoco tiene derecho a convertirse en todo lo que eres.
Eliab permaneció pensativo.
—¿Crees que puedo casarme y simplemente ser un hombre que se casa?
Mara sonrió.
—Claro que sí.
—¿Aunque haya muerto?
—Aunque hayas muerto.
—¿Aunque Jesús me haya devuelto la vida?
—Precisamente por eso tienes que aprender a vivir como un hombre y no como una historia que todos cuentan.
Aquellas palabras acompañaron a Eliab durante los días siguientes, especialmente cuando comenzó a notar que algunos visitantes llegaban a Naín solamente para verlo. Una mañana, mientras trabajaba en el taller con Natán, un hombre de una población cercana apareció acompañado por otros dos y preguntó directamente por el joven que había sido levantado de la muerte. Natán señaló a Eliab sin ninguna ceremonia, que en aquel momento estaba inclinado sobre una pieza de madera.
—Ahí está.
El visitante se acercó con una mezcla de reverencia y curiosidad que hizo que Eliab se sintiera incómodo.
—¿Tú eres Eliab?
—Sí.
—El hijo de Mara.
—Sí.
—El joven que Jesús levantó de la muerte.
Eliab dejó la herramienta sobre la mesa.
—Sí.
El hombre lo observó durante varios segundos antes de comenzar a hacer preguntas.
—¿Qué viste después de morir?
—Nada que pueda describirte.
—¿Estuviste en un lugar de luz?
—No.
—¿Viste a tus antepasados?
—No.
—¿Viste a los ángeles?
—No.
—¿Viste a Dios?
—No.
El hombre parecía cada vez más sorprendido.
—Entonces, ¿qué viste?
—Oscuridad.
—¿Solamente oscuridad?
—Y silencio.
—¿Nada más?
Eliab tardó unos segundos antes de responder.
—Una voz.
El hombre se inclinó hacia él.
—¿La voz de quién?
—De Jesús.
—¿Estás seguro?
—Reconocí su voz cuando volvió a hablarme después. No tengo otro nombre para darle.
—¿Era un ángel?
—No lo sé.
—¿Un profeta?
—No lo sé.
—¿Dios mismo?
Eliab negó lentamente con la cabeza.
—No puedo responderte eso.
—Pero tú estuviste muerto. Debiste recibir alguna revelación.
—No recibí ninguna revelación que pueda explicarte.
El visitante pareció decepcionado.
—Entonces no sabes nada especial.
Natán, que había estado escuchando desde el otro extremo del taller, intervino.
—Si has venido buscando un mapa del mundo invisible, has escogido a la persona equivocada.
El hombre lo miró con cierta molestia.
—¿Qué quieres decir?
—Que Eliab no tiene uno.
—Pero él murió.
—Sí.
—Y volvió.
—Sí.
—Entonces debería saber.
Natán se encogió de hombros.
—Pues no sabe.
El visitante permaneció unos segundos en silencio y finalmente se despidió. Cuando salió del taller acompañado por sus compañeros, Eliab se sentó junto a la puerta y permaneció mirando la calle.
—Empiezo a sentir que las personas esperan de mí algo que no puedo darles.
Natán se sentó a su lado.
—Entonces tendrás que aprender a decir que no.
—¿Y si se sienten decepcionadas?
—Que se sientan decepcionadas.
—No quiero parecer arrogante.
—Decir que no sabes algo no es arrogancia.
—Pero ellos creen que por haber regresado de la muerte tengo que saber cosas que los demás no saben.
—Eso es problema de ellos.
Eliab lo miró.
—¿Tú nunca tienes miedo de que la gente termine inventando una historia sobre mí?
Natán sonrió.
—La gente ya inventó varias.
—¿Y no te preocupa?
—Me preocupa más que olvides comer cuando estás demasiado ocupado pensando.
Eliab soltó una pequeña risa.
—Siempre consigues quitarle importancia a todo.
—No a todo. Solo a lo que no puedo solucionar.
Aquella tarde Tirsa pasó por el taller y encontró a Eliab sentado junto a la puerta, observando el movimiento de la calle. Se acercó y se sentó a su lado.
—Tienes cara de estar pensando demasiado.
—Hoy vino gente de otra población solamente para verme.
—¿Qué querían?
—Saber qué vi después de morir.
—¿Y qué les dijiste?
—La verdad.
—¿Y cuál fue?
—Que no sé.
Tirsa asintió.
—Entonces hiciste bien.
—No me gusta decepcionar a las personas.
—No tienes que convertirte en lo que ellas esperan para evitar que se decepcionen.
Eliab permaneció callado.
—Quizá necesitas proteger una parte de tu vida —continuó Tirsa.
—¿Protegerla de qué?
—De las preguntas de los demás.
—¿No sería egoísta?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí. Poner límites no significa dejar de amar a las personas. Significa reconocer que hay cosas que todavía te duelen.
Eliab respiró profundamente.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Quiero preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Estás realmente preparada para casarte conmigo?
Tirsa lo miró sorprendida.
—¿Por qué me preguntas eso ahora?
—Porque no quiero que nuestra boda sea una manera de demostrar que mi vida volvió a la normalidad.
—¿Y quién dijo que tiene que demostrar eso?
—Todos parecen pensar que después de casarme todo estará bien.
—¿Y tú qué piensas?
Eliab tardó en responder.
—Creo que algunas noches seguiré despertando con la sensación de estar otra vez en aquella oscuridad.
Tirsa tomó su mano.
—Entonces tendrás que decírmelo.
—¿Qué?
—Cuando ocurra.
—¿No te cansará?
—Quizá algunas veces.
—¿No tendrás miedo?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué quieres casarte conmigo?
Tirsa permaneció en silencio unos instantes antes de responder.
—Porque no necesito un hombre sin heridas.
Eliab levantó la mirada.
—¿No?
—No. Necesito un hombre que pueda hablar de sus heridas sin dejar que ellas gobiernen su vida.
Eliab apretó suavemente su mano.
—¿Alguna vez pensaste en no casarte conmigo por todo esto?
Tirsa no respondió inmediatamente.
—Sí.
Eliab bajó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque amar a alguien que volvió de la muerte significa aprender a convivir con preguntas que quizá nunca tendrán respuesta.
—¿Y qué te hizo quedarte?
Tirsa lo miró directamente.
—Que cuando te miro ya no veo al joven que fue levantado de un féretro.
—¿Qué ves?
—Veo al hombre que amaba antes de aquella mañana.
Eliab sonrió.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy aprendiendo a amarlo de una manera más profunda.
La preparación de la boda llevó a Eliab a una etapa extraña de su vida. Había momentos en que se sentía feliz de una manera sencilla y otros en que una tristeza inexplicable aparecía en medio de los preparativos. Mientras Natán ayudaba a reparar una mesa que sería utilizada durante la celebración, Eliab le confesó que nunca había imaginado que su vida pudiera llegar hasta aquel punto después de haber estado muerto.
—Nunca imaginé que llegaría a casarme.
Natán siguió trabajando.
—Nadie imagina las cosas importantes antes de que ocurran.
—¿Crees que debería celebrar sin pensar demasiado en el futuro?
—Sí.
—¿Por qué?
—No porque el futuro no importe, sino porque ningún hombre puede vivirlo antes de que llegue.
Eliab permaneció unos segundos en silencio.
—Hay algo que me preocupa.
—¿Qué?
—Siento que tengo que aprovechar cada instante.
Natán dejó la herramienta.
—¿Por qué?
—Porque me devolvieron la vida.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—La deuda.
Eliab frunció el ceño.
—¿Qué deuda?
Natán lo miró directamente.
—Te comportas como si tuvieras que compensar a alguien por estar vivo.
Eliab no respondió.
—Trabajas hasta agotarte, visitas a gente enferma, quieres resolver problemas que no son tuyos, te preocupas por tu madre, quieres ayudar a todo el que te cuenta una desgracia y ahora estás intentando construir una vida perfecta con Tirsa.
—No quiero una vida perfecta.
—Entonces deja de actuar como si tuvieras que demostrarle al mundo que Jesús hizo bien en levantarte.
Eliab bajó la mirada.
—¿Y qué debería hacer?
—Si quieres trabajar, trabaja. Si quieres ayudar, ayuda. Si quieres descansar, descansa.
—¿Y si estoy desperdiciando la vida que me fue devuelta?
Natán negó con la cabeza.
—Descansar no es desperdiciarla.
—Pero podría hacer más.
—Siempre podrías hacer más. Ese es precisamente el problema.
Eliab levantó los ojos.
—¿Entonces qué quieres que haga?
Natán sonrió.
—Vive.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
—Eso es lo que todos me dicen.
—Porque quizá es lo único que necesitas escuchar.
Aquella noche Eliab habló con Tirsa y le contó lo sucedido. Ella escuchó con atención.
—¿Crees que Natán tiene razón?
—Sí.
—¿Alguna vez has pensado que quizá tu deseo de hacer el bien puede convertirse en otra forma de miedo?
Eliab frunció el ceño.
—No entiendo.
—Si sientes que debes aprovechar cada instante para justificar que regresaste, terminarás agotándote.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Que podrías alejarte precisamente de las personas que más amas.
Eliab permaneció pensativo.
—¿Crees que estoy haciendo eso?
—Algunas veces.
—¿Y tú?
—Yo no quiero competir con todos los que necesitan de ti.
—No tendrías que hacerlo.
—Entonces quiero pedirte algo.
—¿Qué?
—Después de la boda quiero días normales.
Eliab sonrió.
—¿Normales?
—Sí.
—¿Qué significa eso?
—Levantarnos, comer, trabajar, hablar, discutir por alguna tontería, reconciliarnos, dormir y despertar al día siguiente.
—Eso no parece muy emocionante.
—Precisamente por eso.
Eliab la miró.
—Nunca pensé que los días comunes pudieran ser algo que uno debía aprender a valorar.
Tirsa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Ahora lo sabes.
Mientras avanzaban los preparativos, Eliab recibió una visita inesperada de Simón. El anciano se sentó con él fuera del taller y durante un largo rato hablaron de asuntos cotidianos antes de que finalmente preguntara cómo estaba.
—Estoy bien.
Simón levantó una ceja.
—Esa respuesta es demasiado sencilla para un hombre que ha atravesado lo que tú has atravesado.
Eliab sonrió.
—Estoy aprendiendo a no convertir cada conversación en una explicación sobre la muerte.
Simón asintió.
—Eso es sabio.
—¿Tú crees?
—Sí.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Por supuesto.
—¿Crees que hice bien en buscar a Jesús?
—¿Tú qué crees?
Eliab tardó unos segundos.
—Creo que necesitaba verlo.
—Entonces hiciste bien.
—Pero no obtuve todas las respuestas.
—¿Esperabas obtenerlas?
—Una parte de mí sí.
Simón sonrió.
—Muchas personas cometen el error de pensar que la fe consiste en tener respuestas para todo.
—¿Y no es así?
—No necesariamente.
—Entonces, ¿en qué consiste?
Simón miró hacia el camino.
—Quizá también consiste en aceptar que no todas las respuestas están disponibles para nosotros.
—¿Eso significa que debo dejar de hacer preguntas?
—No.
—Entonces, ¿qué diferencia hay?
—Preguntar puede ser una forma de buscar la verdad. Pero hay una diferencia entre preguntar para comprender y preguntar para obligar al mundo a darnos seguridad.
Eliab permaneció callado.
—Creo que yo he hecho lo segundo.
—¿Qué buscabas?
—Una garantía.
—¿De qué?
—De que nunca volvería a morir.
Simón lo miró con serenidad.
—Ningún hombre puede recibir esa garantía.
—Lo sé.
—Y quizá aprender a vivir significa aceptar precisamente eso.
La boda se acercaba y con ella crecía la alegría de Mara. Había momentos en que la mujer parecía olvidar por completo que meses atrás había acompañado el cuerpo de su hijo hacia el lugar donde sería enterrado, y otros en que una mirada perdida revelaba que aquella memoria seguía viva dentro de ella. Una tarde, mientras preparaban juntos algunas cosas para la celebración, Eliab le preguntó si estaba feliz.
—Sí.
—¿Solamente feliz?
Mara sonrió.
—No.
—¿Qué más?
—Triste también.
—¿Por qué?
—Porque una madre puede sentir muchas cosas al mismo tiempo.
Eliab dejó sobre la mesa lo que tenía entre las manos.
—¿Piensas en papá?
—Sí.
—¿Mucho?
—A veces.
—¿Alguna vez pensaste que tu vida fue injusta?
Mara permaneció unos segundos en silencio.
—Sí.
—¿Y cómo dejaste de sentirlo?
—No dejé de sentirlo.
Eliab la miró.
—¿Entonces?
—Aprendí que puedo reconocer una injusticia sin permitir que me robe todas las cosas buenas que todavía tengo.
—¿Y yo soy una de ellas?
Mara sonrió.
—Tú eres una de las más grandes.
Eliab sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Te sientes capaz de dejarme formar una familia?
—No.
—¿No?
—Probablemente seguiré preocupándome por ti hasta el último día de mi vida.
Eliab sonrió.
—Eso sí lo creo.
—Pero una madre no puede criar a un hijo para que permanezca siempre junto a ella.
Mara tomó su rostro entre las manos.
—Te perdí una vez, Eliab, y quizá por eso ahora entiendo mejor que nunca que no puedo retenerte.
—Mamá...
—Si amas a Tirsa, ve con ella. Construyan su casa, tengan sus propios problemas y sus propias alegrías.
—¿Y si te necesito?
—Esta casa seguirá siendo tu casa.
—¿Aunque me case?
—Especialmente entonces.
La boda se celebró pocos días después. No hubo grandes riquezas ni ceremonias excesivas, pero sí una alegría profunda que se extendió por todo el pueblo. Natán se encargó de mantener ocupados a los hombres que intentaban hacer demasiados discursos, mientras Mara lloró cuando vio a Eliab acercarse junto a Tirsa. Eliab, por su parte, sintió una emoción difícil de describir. Durante un instante recordó la mañana en que había sido llevado muerto por aquellas mismas calles y comprendió que ahora caminaba por ellas junto a la mujer que amaba. No pensó que aquello fuera una victoria sobre la muerte, porque sabía que la muerte seguía existiendo y que algún día volvería a encontrarse con ella, pero sí sintió que la vida había recuperado un espacio que el dolor había ocupado por demasiado tiempo.
Después de la ceremonia, cuando la mayoría de los invitados conversaba y comía, Eliab se apartó unos momentos hacia un lugar tranquilo. Tirsa lo encontró allí y se acercó.
—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba respirar.
—¿Estás arrepentido?
Eliab la miró sorprendido.
—No.
—¿Seguro?
—Nunca he estado tan seguro de una decisión.
Tirsa sonrió.
—Entonces deja de mirar hacia atrás.
—No quiero olvidar.
—Recordar no significa vivir atrás.
Eliab la miró durante unos segundos.
—¿Sabes qué sentí cuando te vi durante la ceremonia?
—¿Qué?
—Paz.
Tirsa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Quizá sea suficiente por hoy.
Los primeros meses de matrimonio fueron sencillos y, precisamente por eso, profundamente importantes para Eliab. La casa que compartieron no era grande, pero tenía una pequeña habitación para ellos, un espacio donde Tirsa guardaba sus cosas y una cocina donde muchas veces terminaban conversando durante horas después de haber terminado la comida. Eliab continuó trabajando con Natán y Tirsa ayudaba a Mara con frecuencia. Aprendieron pronto que el matrimonio no estaba compuesto únicamente por momentos de ternura, sino también por cansancio, desacuerdos, preocupaciones económicas y decisiones pequeñas que podían provocar discusiones inesperadas. Una noche discutieron porque Eliab había pasado demasiadas horas ayudando a una familia del pueblo y había olvidado reparar una parte del techo que Tirsa le había pedido revisar. Cuando regresó, encontró a su esposa molesta.
—Te pedí que arreglaras el techo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?
—Había una familia que necesitaba ayuda.
—Siempre hay alguien que necesita ayuda.
—¿Y qué querías que hiciera?
—Que recordaras que nosotros también existimos.
Eliab se quedó callado.
—No quiero impedirte ayudar —continuó Tirsa—, pero no puedes estar siempre disponible para todos mientras olvidas las necesidades de tu propia casa.
—Solo intentaba hacer lo correcto.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás enojada?
Tirsa respiró profundamente.
—Porque tengo miedo.
—¿De qué?
—De que sigas sintiendo que tienes que salvar a todo el mundo porque tú fuiste salvado una vez.
Eliab no respondió.
—No quiero competir con las personas que sufren —continuó ella—. Pero tampoco quiero convertirme en la mujer que espera todas las noches mientras tú intentas arreglar la vida de los demás.
Eliab bajó la mirada.
—Quizá tienes razón.
Tirsa se acercó.
—No quiero que dejes de ayudar.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que recuerdes que también tienes una vida aquí.
Eliab la abrazó.
—Perdóname.
—Yo también debería haber hablado antes.
—Mañana arreglo el techo.
Tirsa sonrió.
—Mañana lo arreglamos juntos.
—¿Juntos?
—Sí.
—Entonces será más fácil.
—No necesariamente.
Eliab soltó una pequeña risa.
—Ya estoy aprendiendo.
Poco después llegó a Naín una noticia que volvió a despertar la inquietud de Eliab. Se decía que Jesús había pasado por una población cercana y que había realizado nuevas curaciones. Algunas personas afirmaban haber visto cosas extraordinarias y otras discutían sobre quién era realmente aquel hombre. Eliab escuchó las conversaciones sin intervenir, pero sintió nuevamente el deseo de buscarlo. Tirsa lo notó una noche, mientras estaban sentados frente a su casa.
—Quieres volver a verlo.
Eliab la miró.
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Qué esperas encontrar esta vez?
—No busco otra explicación sobre mi muerte.
—¿Entonces?
—Quiero saber cómo continúa la historia de aquel hombre que cambió la mía.
Tirsa permaneció unos segundos en silencio.
—Puedes ir.
Eliab la miró sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿No tienes miedo?
—Claro que tengo miedo.
—Entonces, ¿por qué me dices que vaya?
—Porque no quiero que confundas mi amor con una cadena.
Eliab tomó su mano.
—No quiero abandonar la vida que construimos.
—Entonces no la abandones.
—Quiero caminar, no huir.
Tirsa sonrió.
—Entonces algún día caminaremos juntos.
Sin embargo, antes de que pudieran emprender otro viaje, un acontecimiento inesperado llegó a la casa de Mara. La mujer comenzó a sentirse débil y durante varios días trató de ocultarlo para no preocupar a Eliab. Finalmente cayó enferma y tuvo que permanecer en cama. Eliab sintió que todo lo que había aprendido sobre aceptar la incertidumbre se desmoronaba de golpe. La posibilidad de perder nuevamente a su madre despertó en él un miedo mucho más intenso que el que había sentido ante su propia muerte. Se quedó junto a ella durante horas, buscando médicos, preparando agua, preguntando qué podía hacer y tratando de controlar algo que no estaba bajo su control. Tirsa tuvo que recordarle que descansar también era necesario, y Natán se encargó de algunas tareas del taller para que Eliab pudiera permanecer con Mara.
Una noche, mientras ella dormía, Eliab salió al patio y se quedó mirando el cielo.
—Señor, si puedes sanarla, sánala.
Su voz se quebró.
—No quiero perderla.
Permaneció un momento en silencio.
—Pero si no ocurre como yo quiero, ayúdame a no dejar de confiar en ti.
Cuando volvió a entrar, Mara estaba despierta.
—¿Qué estabas haciendo?
Eliab se sentó junto a ella.
—Preguntando por qué.
Mara sonrió débilmente.
—Esa es una pregunta que pareces decidido a hacer durante toda tu vida.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Jesús me devolvió la vida. Quizá pueda devolverte la tuya.
Mara permaneció unos segundos en silencio.
—No conviertas tu fe en una exigencia.
—No quiero perderte.
—Yo tampoco quiero irme.
—Entonces...
—Si Jesús decide sanarme, estaré agradecida.
—¿Y si no?
Mara tomó su mano.
—También quiero estar en paz.
Eliab comenzó a llorar.
—No sé si puedo.
—No tienes que saberlo todo esta noche.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿Mucho?
—Sí.
—Entonces, ¿cómo puedes estar tan tranquila?
Mara lo miró.
—Porque no quiero que el miedo sea lo último que compartamos.
Eliab apoyó la frente sobre la mano de su madre.
—Te quiero.
—Lo sé.
—No quiero perderte.
—Entonces ámame mientras estoy aquí.
Durante las semanas siguientes, Mara comenzó lentamente a recuperarse. No fue una curación espectacular ni ocurrió en medio de una multitud, sino mediante días de descanso, cuidados y una recuperación gradual que permitió a Eliab comprender algo que hasta entonces había olvidado: no todos los milagros tenían que parecerse al suyo. La recuperación de su madre no respondió sus preguntas, pero sí le enseñó que la vida podía regresar lentamente, sin una voz que ordenara levantarse y sin una multitud observando. Cuando finalmente Mara pudo caminar nuevamente hasta la puerta de la casa, Eliab la acompañó y ambos permanecieron allí mirando el camino.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Todavía estoy aquí.
Eliab sonrió.
—Sí.
—Entonces no desperdiciemos el día.
Eliab la tomó del brazo.
—Eso es lo que llevas diciéndome desde que regresé.
Mara sonrió.
—Y parece que finalmente empiezas a entenderlo.
Caminaron lentamente hacia la casa. Aquella noche, mientras cenaban con Tirsa y Natán, hablaron de cosas sencillas y rieron por una historia absurda del taller. Eliab observó a las tres personas que estaban junto a él y sintió algo que no podía convertir en una explicación teológica ni en una respuesta definitiva sobre la muerte. Era simplemente gratitud. Comprendió que su segunda oportunidad no estaba compuesta únicamente por los momentos en que Jesús intervenía de manera extraordinaria, sino también por aquellas noches en las que podía escuchar la risa de quienes amaba, compartir el pan, preocuparse por una enfermedad que finalmente pasaba, discutir por un techo que necesitaba reparación y despertar al día siguiente junto a Tirsa sabiendo que todavía había trabajo por hacer.
Más tarde, cuando todos se habían retirado, Eliab salió nuevamente al exterior y se quedó sentado frente a la casa. Pensó en el día de Naín, en la voz que lo había llamado, en Abner y en las personas que había encontrado durante el camino, en Jesús y en la pregunta que todavía no tenía una respuesta completa. Ya no necesitaba repetirla cada noche. Sabía que quizá nunca conocería por qué había sido él, pero también sabía que la pregunta había comenzado a transformarse dentro de él. Ya no era solamente «¿por qué me devolviste la vida?», sino «¿qué haré con el tiempo que me fue devuelto?». Y mientras escuchaba los pasos de Tirsa acercándose por detrás, antes de que ella dijera nada, Eliab comprendió que quizá algunas respuestas no llegaban como palabras pronunciadas desde el cielo, sino como personas que permanecían a nuestro lado cuando el miedo nos decía que estábamos solos.
CAPÍTULO 7
El invierno llegó a Naín con mañanas más frías y noches en las que el viento descendía desde las colinas llevando consigo un aire seco que obligaba a cerrar temprano las puertas de las casas, y durante aquellas semanas Eliab y Tirsa comenzaron a acostumbrarse a la tranquilidad de su vida matrimonial, descubriendo que la felicidad que habían imaginado no consistía en vivir sin dificultades, sino en aprender a atravesarlas juntos sin permitir que cada problema se convirtiera en una amenaza para lo que habían construido. Eliab continuaba trabajando con Natán, Tirsa ayudaba a Mara y, cuando el tiempo lo permitía, ambos caminaban al atardecer por los alrededores de Naín hablando de la posibilidad de tener hijos algún día, de ampliar la pequeña casa y de viajar nuevamente para buscar a Jesús si las noticias confirmaban que se encontraba cerca. Había algo nuevo en aquellos paseos porque, después de todo lo que habían vivido, ya no necesitaban hablar constantemente de la muerte para saber que formaba parte de sus vidas; podían conversar sobre el futuro, imaginar una habitación para un niño, discutir sobre qué parte de la casa necesitaba una reparación y hasta bromear acerca de quién de los dos sería peor padre, y esa normalidad que antes Eliab habría considerado insignificante comenzaba a parecerle uno de los regalos más grandes que había recibido.
Una mañana, mientras Eliab trabajaba en el taller con Natán, llegaron al pueblo varios viajeros que traían noticias inquietantes acerca de una enfermedad que había comenzado a extenderse por algunas poblaciones cercanas, especialmente entre los niños. Nadie podía explicar exactamente cómo se transmitía, y las versiones cambiaban de una persona a otra, pero todos coincidían en que había familias enteras que habían comenzado a encerrarse en sus casas por temor a que la enfermedad alcanzara a los más pequeños. Algunos hablaban de fiebres muy altas, otros de debilidad y dificultad para respirar, y otros aseguraban que habían visto niños recuperarse después de varios días, mientras que también había historias de familias que habían perdido a sus hijos. Eliab escuchó aquellas conversaciones mientras trabajaba, pero trató de no concederles demasiada importancia, porque las noticias que llegaban desde lugares distantes solían crecer y deformarse al pasar de boca en boca. Sin embargo, esa misma tarde Tirsa regresó a casa con el rostro preocupado y, apenas entró, Eliab comprendió que había algo más que contar.
—¿Qué ocurrió?
Tirsa dejó sobre la mesa lo que llevaba entre las manos.
—Me encontré con Miriam.
—¿Está enferma?
—No. Pero recibió noticias de su hermana.
—¿Qué le pasó?
—Uno de sus hijos está enfermo.
Eliab permaneció en silencio.
—¿Dónde viven?
—En una población que está a pocos días de aquí.
—Entonces la enfermedad ya está más cerca de lo que dicen.
Tirsa asintió.
—Eso parece.
Eliab caminó lentamente hasta la ventana.
—¿Crees que llegará a Naín?
—No lo sé.
—¿Y Mara?
—Por eso estoy preocupada.
Eliab se volvió hacia ella.
—¿Crees que deberíamos irnos?
—¿Adónde?
—A algún lugar donde haya menos gente.
Tirsa negó lentamente con la cabeza.
—No sabemos si eso serviría.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Esperamos y tenemos cuidado.
Eliab bajó la mirada.
—No me gusta esperar.
—Lo sé.
—Siempre siento que debería hacer algo.
Tirsa se acercó.
—No siempre hacer algo significa correr hacia el problema.
—¿Y si llega aquí?
—Entonces veremos qué podemos hacer cuando llegue.
Eliab permaneció unos segundos en silencio.
—Tengo miedo.
Tirsa tomó su mano.
—Yo también.
—Pensé que después de todo lo que vivimos tendría menos miedo.
—Quizá no se trata de tener menos miedo.
—¿Entonces?
—De aprender qué hacemos con él.
Aquella conversación quedó suspendida entre ambos durante varios días, hasta que la enfermedad apareció finalmente en Naín. La primera familia afectada fue precisamente una de las que Eliab y Tirsa conocían bien. Se trataba de Matías, un artesano que había trabajado algunas veces con Eliab y que tenía una hija pequeña llamada Dina, una niña de unos siete años que solía acercarse al taller para observar cómo trabajaban la madera y que siempre preguntaba a Natán por qué algunas herramientas eran tan pesadas. Dina tenía una curiosidad incansable y había desarrollado una particular simpatía por Eliab porque le gustaba escuchar las historias que contaba sobre las diferentes maderas y porque él nunca se burlaba de sus preguntas, por extrañas que fueran.
Cuando Dina enfermó, la familia intentó mantenerla aislada dentro de la casa, pero su fiebre aumentó rápidamente y Matías comenzó a recorrer las casas buscando ayuda. Eliab sintió inmediatamente el deseo de acercarse, pero Tirsa lo detuvo antes de que saliera.
—Espera.
—Tengo que ir.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me detienes?
—Porque Mara todavía está recuperándose.
Eliab se quedó quieto.
—Puedo tener cuidado.
—No dudo de eso.
—Entonces...
—No quiero que te enfermes.
—Tirsa, Dina está muy enferma.
—Lo sé.
—Matías necesita ayuda.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué quieres que haga?
Tirsa se acercó y le tomó las manos.
—Quiero que pensemos antes de actuar.
—No puedo quedarme sentado.
—No te estoy pidiendo que te quedes sentado.
—Entonces dime qué hacer.
—Podemos llevarles comida, podemos hablar con Matías, podemos averiguar qué necesita la familia, pero debemos tener cuidado.
Eliab respiró profundamente.
—Tengo miedo de estar pensando demasiado en mí.
—No estás pensando solamente en ti.
—Pero siento que debería entrar en esa casa.
—¿Por qué?
—Porque sé lo que significa estar frente a alguien que no puede hacer nada.
Tirsa lo miró con ternura.
—Entonces quizá precisamente por eso puedas ayudar sin entrar en la habitación.
Eliab bajó la mirada.
—¿Tú también tienes miedo?
—Muchísimo.
—¿Y aun así quieres ir?
—Sí.
—¿Eso es fe?
Tirsa permaneció unos segundos en silencio.
—No sé si puedo llamarlo así.
—¿Entonces qué es?
—Quizá es hacer lo correcto aunque tengas miedo.
Al día siguiente ambos fueron hasta la casa de Matías llevando comida, agua y algunas hierbas que una mujer mayor del pueblo había recomendado para aliviar la fiebre. No pudieron entrar directamente en la habitación de Dina, porque Matías había decidido mantener la puerta cerrada y reducir al mínimo el contacto con quienes llegaban desde fuera, pero permanecieron junto a la familia durante varias horas. La madre de la niña estaba agotada y apenas podía hablar sin llorar, mientras Matías caminaba de un lado a otro sin encontrar una solución que pudiera darle tranquilidad. Eliab se sentó junto a él y trató de escuchar antes de hablar.
—No sé qué hacer.
—No tienes que decidirlo todo ahora.
—Algunos me dicen que la saque del pueblo.
—¿Y tú qué piensas?
—No lo sé.
—¿Hay algún lugar donde puedan atenderla mejor?
—Dicen que sí, pero está lejos.
—Entonces averigüemos primero qué posibilidades tienes.
Matías se pasó las manos por el rostro.
—Tengo miedo de equivocarme.
—Yo también tendría miedo.
—Tú has visto cosas que yo no he visto.
Eliab negó lentamente con la cabeza.
—No tanto como crees.
—Pero tú volviste de la muerte.
—Sí.
—Entonces deberías saber qué hacer.
—No.
Matías lo miró.
—¿No?
—No sé qué hacer con tu hija. No puedo prometerte que va a sanar. No puedo decirte que Jesús va a intervenir. Pero sí puedo decirte que no tienes que enfrentar esto solo.
Matías comenzó a llorar.
—Eso no parece suficiente.
—Quizá no lo sea para quitarte el miedo.
—Entonces, ¿para qué sirve?
—Para que no tengas que tener miedo solo.
Matías bajó la cabeza.
—Gracias.
Tirsa permaneció mientras tanto junto a la madre de Dina, que lloraba en silencio.
—No sé si voy a poder soportarlo.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
—Soy su madre.
—Precisamente por eso tienes derecho a llorar.
—Tengo miedo de que muera.
—Lo sé.
—¿Y si no puedo hacer nada?
Tirsa le tomó la mano.
—Entonces estaremos aquí contigo.
Aquella tarde, cuando regresaron a casa, Tirsa estaba agotada. Se sentó junto al fuego y permaneció unos minutos sin hablar. Eliab se acercó y se sentó frente a ella.
—¿Te arrepientes de haber ido?
Tirsa negó con la cabeza.
—No.
—¿Aunque tengas miedo?
—Sí.
—Yo también.
—¿Qué es lo que más te asusta?
Eliab tardó en responder.
—Que Dina muera.
—A mí también.
—Y que después vuelva a preguntarme por qué Jesús me devolvió a mí.
Tirsa levantó la mirada.
—¿Crees que eso cambiaría lo que hiciste hoy?
—No.
—Entonces no tienes que resolver mañana lo que hoy todavía no ha ocurrido.
Eliab permaneció callado.
—¿Qué significa creer cuando uno pide algo y no sabe si Dios va a responder como espera?
Tirsa respiró profundamente.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
—Quizá estamos aprendiendo juntos.
Aquella noche se arrodillaron juntos por primera vez desde que se habían casado. No fue una oración larga ni llena de palabras difíciles, porque ninguno de los dos sabía exactamente qué decir. Tirsa comenzó pidiendo por Dina y por sus padres, mientras Eliab permanecía con la cabeza inclinada. Después de unos momentos, ella terminó y ambos quedaron en silencio.
Tirsa abrió los ojos.
—¿No vas a pedir que sane?
Eliab tardó en responder.
—Sí.
—No lo dijiste.
—Lo pensé.
—¿Por qué no lo dijiste?
Eliab levantó la mirada.
—Porque tengo miedo.
—¿De qué?
—De pedir un milagro y después tener que enfrentarme a que no ocurra.
Tirsa tomó su mano.
—¿Y crees que no pedirlo te protegerá?
—No lo sé.
—Eliab, puedes pedir que Dina sane sin convertir esa petición en una condición para seguir creyendo.
—¿Cómo?
—Puedes decirle a Dios exactamente lo que quieres y también decirle que confías aunque la respuesta sea diferente.
Eliab permaneció en silencio.
—¿Tú lo harías?
—Sí.
—¿Aunque no sepas qué ocurrirá?
—Precisamente porque no lo sé.
Eliab cerró nuevamente los ojos.
—Entonces quiero pedirlo.
Tirsa apretó su mano.
—Hazlo.
Eliab inclinó la cabeza.
—Señor, sana a Dina. Si puedes hacerlo, hazlo. Y si no entendemos lo que ocurra, ayúdanos a seguir confiando.
Después permanecieron en silencio.
Durante los días siguientes la situación de Dina empeoró. La fiebre aumentó y la niña comenzó a debilitarse hasta el punto de que Matías tomó la decisión de llevarla a otra población donde había un hombre conocido por tratar enfermedades con mayor experiencia. Eliab y Tirsa ayudaron a preparar el viaje, consiguieron mantas, agua y alimentos, y organizaron con otros vecinos lo necesario para que la familia pudiera desplazarse. Antes de partir, Matías tomó a Eliab del brazo y lo llevó unos pasos aparte.
—Quiero preguntarte algo.
—Dime.
—¿Crees que Jesús puede sanar a mi hija?
Eliab sintió nuevamente el peso de las expectativas que otros depositaban sobre él.
—Sí.
Matías lo miró con esperanza.
—¿Entonces se sanará?
Eliab negó lentamente con la cabeza.
—No puedo prometerte eso.
—Pero acabas de decir que puede.
—Sí, puede.
—Entonces, ¿por qué no puedes decirme que lo hará?
Eliab respiró profundamente.
—Porque yo no soy Jesús.
Matías bajó la mirada.
—Perdona.
—No tienes que disculparte.
—Es que no sé qué hacer.
—Lo sé.
—¿Por qué te devolvió a ti?
La pregunta golpeó a Eliab con fuerza.
—No lo sé.
—¿Y por qué a ella no?
—Tampoco lo sé.
—Entonces, ¿qué sentido tiene creer?
Eliab permaneció largo rato en silencio.
—No tengo una respuesta que pueda quitarte el dolor.
—Necesito algo más que eso.
—Quizá sí.
—¿Qué?
—Pero no quiero mentirte.
Matías comenzó a llorar.
—No sé si tengo una fe tan fuerte como la tuya.
Eliab negó con la cabeza.
—No sé si mi fe es fuerte.
—Pero tú volviste.
—Eso no significa que nunca tenga miedo.
—¿Entonces qué haces?
—A veces simplemente digo que todavía quiero confiar mientras estoy llorando.
Matías se quedó en silencio.
—Quizá eso sea suficiente para empezar —dijo Eliab.
La familia partió y Eliab y Tirsa quedaron en Naín esperando noticias. Pasaron dos días sin recibir ninguna. Durante la segunda noche, Tirsa despertó y encontró a Eliab sentado junto a la puerta de la casa, mirando hacia el camino oscuro.
—¿Estás pensando en Dina?
—Sí.
Tirsa se sentó a su lado.
—No has dormido.
—No puedo.
—Ven.
—Quiero quedarme aquí.
—Entonces me quedo contigo.
Eliab apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Siento una terrible impotencia.
—Lo sé.
—Yo estuve muerto.
—Sí.
—Y aun así no puedo hacer nada por esa niña.
Tirsa permaneció unos segundos en silencio.
—Tú nunca tuviste poder para devolverle la vida a nadie.
—Pero yo volví.
—Porque Jesús te llamó.
—Lo sé.
—Entonces no intentes repetir lo que él hizo.
Eliab cerró los ojos.
—Quizá he estado intentando comportarme como si tuviera que hacerlo.
—No tienes que hacerlo.
—¿Y si puedo?
—No puedes.
Eliab la miró.
Tirsa le sostuvo la mirada.
—Tú no eres Jesús, Eliab.
Él bajó los ojos.
—Lo sé.
—Y no tienes que serlo para que tu vida tenga valor.
Eliab permaneció en silencio.
—Si puedes ayudar, ayuda. Si puedes acompañar, acompaña. Si puedes orar, ora. Pero no cargues sobre tus hombros una responsabilidad que nunca te fue entregada.
Eliab respiró profundamente.
—¿Y si Dina muere?
—Lloraremos con ellos.
—¿Y si vive?
—Daremos gracias.
—¿Y si no entiendo por qué?
—No tendrás que entenderlo esa misma noche.
Eliab tomó su mano.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por recordarme quién soy.
A la mañana siguiente llegó finalmente un mensajero. Dina había sobrevivido a la peor noche y comenzaba lentamente a mejorar. Matías enviaba agradecimiento a quienes habían ayudado a su familia y prometía regresar cuando la niña estuviera suficientemente fuerte. Eliab sintió un alivio tan profundo que tuvo que sentarse. Tirsa lo abrazó y ambos lloraron, pero aquella alegría también estaba acompañada por una comprensión nueva. Eliab sabía que la recuperación de Dina no significaba que todas las familias recibirían la misma respuesta, y eso hizo que su gratitud fuera más humilde. No podía convertir la recuperación de aquella niña en una fórmula que explicara todos los sufrimientos del mundo.
Esa noche volvieron a orar juntos.
—Gracias.
Tirsa abrió los ojos y miró a Eliab.
—¿Eso es todo?
Eliab sonrió.
—Por ahora.
—¿No vas a preguntar por qué?
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no necesito una explicación para estar agradecido.
Tirsa apretó su mano.
—Eso también es aprender.
Unos días después, cuando Dina regresó a Naín todavía débil pero caminando junto a sus padres, se acercó a Eliab y le entregó una pequeña figura de madera que había tallado durante su recuperación. Era sencilla, imperfecta y tenía marcas de una herramienta demasiado grande para sus pequeñas manos.
—¿Qué es?
—Tú.
Eliab sonrió.
—¿Yo?
—Sí.
—No me parezco mucho.
Dina frunció el ceño.
—Porque todavía no terminé.
Eliab soltó una carcajada.
—Entonces esperaré.
La niña le entregó la figura.
—La hice porque mi papá dijo que tú te quedaste con nosotros cuando yo estaba enferma.
Eliab miró a Matías.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Dina volvió a hablar.
—Quiero ir al taller.
—¿Para qué?
—Para aprender a trabajar la madera.
Natán, que estaba cerca, intervino.
—Primero tendrás que aprender a no tocar mis herramientas.
Dina lo miró desafiante.
—¿Por qué?
—Porque algunas son demasiado pesadas.
—Yo puedo levantarlas.
Natán soltó una carcajada.
—Eso habrá que verlo.
—¿Cuándo?
—Cuando seas mayor.
—No quiero esperar.
Todos rieron.
Eliab guardó cuidadosamente la pequeña figura.
Aquella noche, Eliab y Tirsa caminaron juntos hasta las afueras del pueblo. El frío había disminuido un poco y el cielo estaba despejado. Durante largo rato caminaron sin hablar, hasta que Tirsa finalmente preguntó:
—¿Entiendes mejor ahora lo que significa tener fe?
Eliab sonrió.
—No estoy seguro.
—¿Qué aprendiste entonces?
Eliab permaneció unos momentos pensando.
—Que puedo tener miedo y seguir confiando.
Tirsa asintió.
—Continúa.
—Que puedo pedir un milagro y aceptar que Dios decida otra cosa.
—Sí.
—Que puedo alegrarme cuando una persona sana sin pensar que quien no sana fue abandonado.
Tirsa tomó su mano.
—¿Y qué más?
—Que puedo acompañar a alguien sin tener el poder de solucionar su dolor.
—Eso es mucho.
—También aprendí que no necesito tener todas las respuestas para seguir caminando.
Tirsa sonrió.
—Eso me parece todavía más importante.
Eliab miró las luces de Naín a lo lejos.
—Antes pensaba que tener fe significaba estar seguro.
—¿Y ahora?
—Creo que quizá significa seguir caminando incluso cuando no estás seguro.
Tirsa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces quizá estamos aprendiendo.
—¿Los dos?
—Los dos.
—Me alegra.
—¿Por qué?
—Porque no quiero aprender solo.
Tirsa sonrió.
—Yo tampoco.
Cuando regresaron a casa, Mara los esperaba en la puerta.
—¿Por qué tardaron tanto?
Tirsa sonrió.
—Estábamos caminando.
—¿Hasta dónde?
—Hasta las afueras del pueblo.
Mara miró a Eliab.
—¿Y de qué hablaron?
Eliab sonrió.
—De muchas cosas.
—Eso significa que no quieres contármelo.
—No.
Mara soltó una pequeña risa.
—Entonces entra. Hace frío.
Ya dentro de la casa, Tirsa le contó lo ocurrido con Dina. Mara escuchó en silencio y después miró a Eliab.
—¿Sabes qué debes recordar?
—¿Qué?
—La fe no es una garantía de que nunca volverán a llorar.
Eliab asintió.
—¿Entonces qué es?
Mara lo miró con serenidad.
—Una razón para no dejar de caminar cuando lleguen las lágrimas.
Eliab se acercó y abrazó a su madre.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque siempre consigues decirme lo que necesito escuchar.
Mara sonrió.
—No siempre.
—Casi siempre.
—No te acostumbres.
Tirsa los observó con una sonrisa.
Aquella noche, antes de dormir, Eliab volvió a pensar en la voz que lo había llamado desde la oscuridad. Recordó la sensación de silencio, la ausencia de todo lo conocido y aquella llamada que había atravesado la oscuridad cuando él ya no podía responder. Durante mucho tiempo había pensado que encontrar el propósito de su vida significaba descubrir por qué había sido elegido para regresar, pero ahora comenzaba a comprender que quizá nunca recibiría una respuesta completa a esa pregunta. Tal vez la segunda oportunidad no consistía en recibir una vida sin dolor, una vida protegida de la enfermedad, de la pérdida o del miedo, sino precisamente en aprender a atravesar todo aquello sin permitir que el sufrimiento destruyera su capacidad de amar. Había visto a Matías llorar junto a su hija, había sentido el temor de Tirsa, había recordado el miedo de Mara y había descubierto que algunas veces ayudar no significaba sanar, sino permanecer. Y mientras cerraba los ojos junto a Tirsa, comprendió que todavía tenía muchas preguntas y que probablemente tendría más en el futuro, pero ya no sentía que necesitaba responderlas todas para continuar caminando, porque había empezado a entender que una vida recibida como un regalo no se mide solamente por los milagros que contiene, sino también por la manera en que una persona permanece junto a otros cuando el dolor llega y las respuestas parecen desaparecer.
CAPÍTULO 8
El invierno no terminó cuando Dina comenzó a recuperar sus fuerzas, aunque para Eliab y Tirsa durante algunos días pareció que la vida había decidido concederles una tregua después de tantas noches de preocupación. La niña volvió a caminar por las calles de Naín acompañada de su padre, todavía más delgada que antes y con el rostro pálido, pero suficientemente fuerte como para detenerse frente al taller de Natán y mirar durante largos minutos cómo las manos del hombre transformaban un pedazo de madera en una pequeña caja. Desde la puerta, Eliab la observaba con una sonrisa que no necesitaba explicación, porque cada vez que Dina aparecía parecía recordarles que algunas historias podían terminar de una manera diferente a la que el miedo había anunciado, aunque ninguno de los dos se atrevía a convertir aquello en una regla para las demás historias. Tirsa había aprendido a desconfiar de las certezas demasiado rápidas, y Eliab todavía más. La recuperación de Dina no había borrado las preguntas que la enfermedad había dejado detrás, sino que las había vuelto más profundas. Habían rezado por ella, habían llorado junto a su padre, habían pasado noches enteras esperando que la fiebre bajara, y finalmente la niña había mejorado. Pero en la misma semana en que Dina volvió a salir de su casa, otra noticia llegó a Naín y esa noticia hizo que la alegría de Eliab se mezclara nuevamente con un temor que creía haber aprendido a controlar.
El hombre que llegó aquella tarde se llamaba Baruc y era conocido por algunos comerciantes del pueblo porque viajaba entre aldeas llevando telas, aceite y pequeños objetos de uso cotidiano. Había llegado con el rostro cubierto de polvo y una expresión que no correspondía con la tranquilidad habitual de quien regresa de un viaje. Buscó a Eliab directamente, preguntando por él en la plaza, y cuando finalmente lo encontró junto a Tirsa, permaneció unos instantes mirándolo como si no supiera cómo empezar. Eliab reconoció enseguida aquella clase de silencio. Era el silencio de alguien que traía una desgracia y no encontraba una manera menos dolorosa de pronunciarla.
—¿Qué ocurre? —preguntó Eliab, dejando sobre el banco la herramienta que tenía entre las manos—. Si has venido a buscarme, supongo que no es por algo pequeño.
Baruc miró a Tirsa antes de responder, como si quisiera asegurarse de que no estaba hablando delante de alguien que no debiera escuchar, pero Tirsa dio un paso hacia ellos y le hizo comprender que no pensaba marcharse.
—Es tu madre —dijo finalmente—. No sé cómo decírtelo de otra manera. Mara está enferma.
Durante unos segundos Eliab no respondió. Había escuchado muchas veces aquella palabra desde que regresó de la muerte, pero nunca había sentido que pudiera caer sobre él con semejante peso. Enferma. Una palabra sencilla para quienes la pronunciaban desde lejos, una palabra capaz de abrir un abismo para quien amaba a la persona que llevaba dentro. Miró a Tirsa y vio en sus ojos exactamente lo mismo que estaba ocurriendo dentro de él. Ella también había comprendido que aquello era distinto de la enfermedad de Dina. No porque necesariamente fuera más grave, sino porque ahora era Mara, la mujer que había llorado junto al cadáver de su único hijo y que después había recibido de vuelta al mismo hijo que creía perdido. Mara era para Eliab mucho más que su madre. Era el vínculo más fuerte con la vida que había dejado atrás y, al mismo tiempo, la persona que más había insistido en que no debía vivir esclavo del miedo a perderla.
—¿Qué tiene? —preguntó Eliab.
—No lo saben con certeza —respondió Baruc—. Empezó con fiebre hace dos días, pero hoy empeoró. Tuvo dificultad para levantarse y pidió que no fueran a buscarte porque dijo que seguramente estabas ocupado.
Eliab cerró los ojos un instante.
—¿Y tú decidiste desobedecerla?
—Sí.
—Gracias.
Tirsa tomó la mano de Eliab antes de que él pudiera moverse.
—Vamos juntos.
Él asintió, pero antes de dar el primer paso se volvió hacia Baruc.
—¿Quién está con ella?
—Una vecina. También Simón pasó un rato, pero dijo que necesitaba descansar.
Eliab comenzó a caminar con rapidez y Tirsa tuvo que acelerar el paso para mantenerse a su lado. Durante los primeros minutos ninguno dijo nada. La plaza quedó atrás y las casas comenzaron a sucederse alrededor de ellos mientras la tarde se apagaba lentamente. Eliab sentía que el corazón le golpeaba con fuerza, pero no era solamente miedo por Mara. Había algo más profundo, algo que le resultaba difícil reconocer incluso ante sí mismo. Desde que Jesús lo había devuelto a la vida, había temido exactamente aquel momento. Había intentado no pensar en él, había tratado de aceptar que Mara algún día moriría, había escuchado sus palabras cuando ella le dijo que no podía mantenerlo encerrado para impedir que algo sucediera, pero una parte de él había seguido esperando que la segunda oportunidad significara que tendría más tiempo con ella. No sabía cuánto tiempo. No sabía cuánto podía pedir. Sin embargo, había comenzado a imaginar que la vida que le habían devuelto también protegería, de alguna manera, a las personas que más amaba.
—Tienes miedo —dijo Tirsa cuando ya habían dejado atrás las últimas casas de la plaza.
—Sí.
—Yo también.
—No sé qué hacer con este miedo.
Tirsa apretó su mano.
—Podemos hacer lo mismo que hicimos con Dina.
Eliab se detuvo.
—No.
Tirsa lo miró con sorpresa.
—¿No?
—Con Dina sabíamos que debíamos ayudar. Pero ahora es mi madre. No puedo mirarla como miré a Dina. No puedo quedarme junto a su cama esperando que ocurra algo mientras intento convencerme de que todo estará bien.
—Nadie te está pidiendo que te convenzas de eso.
—Pero eso es lo que todos esperan de mí desde que volví. Que tenga una respuesta. Que sepa qué significa la enfermedad, qué significa la muerte, qué hace Dios cuando alguien sufre. Y ahora, si Mara muere, habrá personas que me preguntarán por qué Jesús me devolvió a mí y no la salvó a ella.
Tirsa sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder.
—Eliab, si llega ese momento, no tendrás que responderles.
—¿Y si tengo que responderme a mí mismo?
Ella se acercó un poco más.
—Entonces tampoco tendrás que hacerlo esta noche.
Él respiró profundamente y siguieron caminando.
Cuando llegaron a la casa, encontraron a Mara acostada. Tenía el rostro enrojecido por la fiebre y respiraba con dificultad, pero al ver a su hijo intentó incorporarse. Eliab cruzó la habitación en dos pasos y se arrodilló junto a ella.
—No debieron llamarte —murmuró Mara.
—Claro que debieron hacerlo.
—Estoy enferma, no muerta.
La frase pretendía ser una broma, pero Eliab no sonrió. Le tomó la mano y comprobó que estaba caliente.
—No vuelvas a decir eso.
Mara lo miró durante unos segundos y luego volvió la mirada hacia Tirsa.
—Tú sí puedes hablarle con sensatez, porque cuando tiene miedo deja de escucharme.
Tirsa se acercó y sonrió débilmente.
—Lo intentaré.
—No intentes demasiado. Ya es bastante difícil.
La vecina que cuidaba a Mara explicó lo poco que sabía. La fiebre había comenzado dos días antes, acompañada de un fuerte dolor en el pecho y una debilidad que había aumentado durante aquella jornada. Habían enviado por alguien que conociera de remedios y esperaban que llegara por la mañana. Eliab escuchó cada palabra como si fueran golpes. Quería hacer algo inmediatamente, pero no sabía qué. Podía preparar agua, cambiar las mantas, buscar alimento, llamar a alguien con experiencia, permanecer sentado junto a su madre, pero ninguna de esas cosas podía responder la pregunta que comenzaba a crecer dentro de él.
¿Y si no era suficiente?
Aquella noche, cuando la vecina se retiró y Tirsa se quedó en la casa, Eliab permaneció junto a Mara mientras ella dormía. Tirsa estaba sentada cerca de la puerta, observándolo. Habían decidido turnarse para descansar, pero ninguno de los dos parecía dispuesto a cerrar los ojos.
—¿Estás pensando en pedirle a Jesús que la sane? —preguntó Tirsa.
Eliab tardó en responder.
—Sí.
—Entonces hazlo.
—Tengo miedo.
—Ya me lo dijiste.
—No, Tirsa. Tengo miedo de pedirlo.
Ella guardó silencio.
—¿Por qué?
—Porque sé lo que significa esperar un milagro. Sé lo que la gente espera después de haber visto lo que ocurrió conmigo. Si le pido que la sane y no sucede, no sé qué voy a pensar.
Tirsa se levantó y se acercó a él.
—Puedes pedirlo sin convertirlo en una promesa.
Eliab levantó la mirada.
—¿Cómo?
—Puedes decirle a Dios que quieres que tu madre viva. Puedes pedirle que la sane. Puedes llorar si tienes miedo. Puedes incluso decirle que no entiendes por qué está pasando esto. Pero no tienes que decirle qué debe hacer para demostrarte que está contigo.
Eliab bajó la cabeza.
—Eso parece muy sencillo cuando lo dices tú.
—No es sencillo. Solamente es lo que puedo hacer.
—¿Y si mañana está peor?
—Entonces mañana veremos qué hacemos.
—¿Y si muere?
Tirsa respiró lentamente antes de contestar.
—Entonces lloraremos.
Eliab la miró sorprendido.
—¿Eso es todo?
—No. Pero será lo primero.
La respuesta lo desarmó más que cualquier palabra religiosa. Había esperado que Tirsa le hablara de confianza, de esperanza, de la posibilidad de otro milagro. En cambio, ella había dejado espacio para la posibilidad que más temía.
—No quiero perderla —dijo él.
Tirsa se arrodilló frente a él.
—Lo sé.
—Después de todo lo que pasó, pensé que tendría más tiempo.
—Todos pensamos eso cuando amamos a alguien.
Eliab apretó los labios para contener el llanto, pero finalmente dejó que las lágrimas cayeran.
—Jesús me devolvió a mí —susurró—. ¿Cómo puede ser que ahora no pueda hacer nada por ella?
—Porque tú no eres Jesús.
Las palabras fueron suaves, pero firmes.
—Ya me lo dijiste con Dina.
—Y tendré que repetírtelo todas las veces que haga falta.
—¿Y si mi fe no alcanza?
Tirsa tomó su rostro entre las manos.
—Tu fe no es una moneda con la que compras milagros, Eliab.
Él cerró los ojos.
—Entonces, ¿para qué sirve?
Tirsa no respondió inmediatamente. Miró a Mara, que continuaba dormida, y luego volvió hacia él.
—Quizá para permanecer cuando no puedes controlar lo que sucede.
Eliab se quedó callado.
—Y si un día no puedes permanecer —continuó Tirsa—, yo permaneceré contigo.
Aquella noche oraron. No fue una oración larga ni ordenada. Eliab comenzó hablando con dificultad, diciendo que quería que Mara viviera, que no estaba preparado para perderla y que no entendía por qué la enfermedad había llegado precisamente ahora. Tirsa añadió unas palabras y luego guardaron silencio. Eliab no pidió una señal. No pidió que Jesús apareciera. No exigió una respuesta. Solamente dijo que tenía miedo y que necesitaba ayuda para no dejar que ese miedo destruyera todo lo que todavía tenía.
La fiebre continuó durante la madrugada.
Al amanecer, Mara empeoró.
El hombre que habían enviado a buscar llegó finalmente a la casa y examinó a Mara con atención. Habló poco, pidió agua caliente, cambió algunos remedios y recomendó reposo absoluto. Eliab permaneció junto a él mientras trabajaba, preguntando una y otra vez qué podía hacer.
—Esperar —respondió el hombre.
—Eso ya lo sé.
—Entonces hazlo.
—¿No hay nada más?
—Sí. Cuídala.
Aquella respuesta volvió a herirlo.
Cuidarla.
Era demasiado poco para alguien que había aprendido a pensar que los milagros resolvían lo imposible. Sin embargo, durante las horas siguientes comprendió que cuidar a alguien enfermo era mucho más exigente que pronunciar una oración desesperada. Había que cambiar el agua, sostener la cabeza de Mara cuando bebía, limpiar su rostro, ayudarla a incorporarse, escucharla cuando deliraba, soportar el silencio cuando no podía hablar y aceptar que algunas horas parecían no avanzar.
Al mediodía, Mara abrió los ojos.
—Eliab.
Él se inclinó inmediatamente.
—Estoy aquí.
—¿Has dormido?
—No.
—Entonces eres más tonto de lo que pensaba.
Él sonrió por primera vez en muchas horas.
—Me parezco a ti.
—Eso es peor.
Tirsa, que estaba preparando una infusión, soltó una pequeña risa.
Mara la miró.
—No le des la razón.
—No lo haré.
—Bien.
Mara volvió los ojos hacia Eliab.
—Tienes miedo de perderme.
No era una pregunta.
—Sí.
—Yo también tengo miedo de morir.
Eliab sintió que aquella confesión era más difícil de escuchar que cualquier diagnóstico.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no quiero oírlo.
Mara sonrió débilmente.
—Entonces estás aprendiendo algo que yo aprendí hace mucho tiempo.
—¿Qué?
—Que amar a alguien significa aceptar que no puedes conservarlo para siempre.
Eliab negó con la cabeza.
—No quiero aprender eso todavía.
—Yo tampoco quería.
Mara hizo una pausa para respirar.
—Pero escucha bien, porque quizá esto sea lo más importante que puedo decirte. Cuando Jesús te devolvió la vida, yo pensé que me había quitado para siempre el miedo de perderte. Después comprendí que no. Solamente me había dado otra oportunidad de tenerte. No una garantía.
Eliab sintió que algo dentro de él se quebraba.
—No quiero otra oportunidad si después tengo que perderte.
—Eso no depende de ti.
—Entonces ¿qué depende de mí?
Mara lo miró fijamente.
—Amarme mientras estoy aquí.
Eliab bajó la cabeza hasta apoyar la frente sobre la mano de su madre.
—Te amo.
—Lo sé.
—No quiero que te vayas.
—Lo sé.
—Tengo miedo.
—También lo sé.
Mara acarició sus cabellos con una mano temblorosa.
—Entonces quédate conmigo mientras tienes miedo.
Tirsa escuchó aquella conversación desde el otro lado de la habitación sin intervenir. No necesitaba hacerlo. Había aprendido que algunas conversaciones no necesitaban testigos ni respuestas.
Los días siguientes fueron una sucesión de incertidumbres. Mara tuvo momentos de mejoría y otros en que la fiebre regresó con fuerza. Eliab dejó de medir el tiempo por las horas y comenzó a medirlo por las respiraciones de su madre. Tirsa se ocupó de la casa, preparó comida, buscó agua y mantuvo el taller funcionando con ayuda de Natán. Natán apareció una tarde con provisiones y se quedó un largo rato junto a Eliab.
—No tienes que estar aquí todo el tiempo —le dijo.
—Sí tengo.
—No.
—Es mi madre.
—Precisamente por eso no puedes destruirte tú también.
Eliab lo miró con irritación.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que vaya al taller mientras ella está así?
—Quiero que comas.
—No tengo hambre.
—Entonces come sin hambre.
—Natán.
—No te estoy pidiendo que dejes de quererla. Te estoy diciendo que si piensas quedarte a su lado, necesitas fuerzas para hacerlo.
Eliab guardó silencio.
Natán se sentó a su lado.
—Sé lo que estás pensando.
—No lo sabes.
—Estás pensando que si haces todo perfectamente, quizá Dios la deje vivir.
Eliab levantó los ojos.
—¿Y si lo pienso?
—Entonces estás cargando con algo que no te corresponde.
—¿Y qué hago con eso?
—Lo sueltas.
—¿Así de fácil?
—No. Pero empiezas.
Eliab respiró lentamente.
—Tengo miedo de que si dejo de pedir, sea como rendirme.
Natán negó con la cabeza.
—No tienes que dejar de pedir. Solamente tienes que dejar de creer que todo depende de que pidas de la manera correcta.
Aquella tarde llegó una noticia que alteró todavía más el ánimo de Eliab. Un hombre que había viajado desde una aldea cercana dijo que Jesús se encontraba nuevamente en la región. No sabía exactamente dónde, pero aseguraba haber visto a personas que lo buscaban.
Eliab escuchó la noticia y sintió una reacción inmediata.
Jesús.
Por un instante pensó que debía salir en su búsqueda. Si Jesús había devuelto su vida, quizá podía sanar a Mara. La idea apareció en su mente con una fuerza tan intensa que casi se puso de pie inmediatamente.
Tirsa lo detuvo.
—No.
—Tengo que ir.
—¿Para qué?
—Para encontrarlo.
—¿Y Mara?
Eliab miró hacia la habitación.
—Si Jesús puede salvarla...
—No sabes si lo hará.
—Pero puede.
—Sí.
—Entonces tengo que intentarlo.
Tirsa se acercó.
—¿Y si sales y cuando vuelvas ya no está?
Eliab quedó paralizado.
—No puedes hacerme elegir.
—No te estoy haciendo elegir. Te estoy preguntando qué necesita Mara ahora.
—Necesita a Jesús.
—Quizá. Pero ahora mismo también te necesita a ti.
Eliab cerró los ojos.
—No puedo soportar esto.
—Entonces no lo soportes solo.
—¿Qué quieres decir?
—Que si decides buscarlo, iremos juntos. Pero no porque Jesús te deba otro milagro, sino porque tú quieres poner tu necesidad delante de él.
—¿Y si no lo encontramos?
—Volveremos.
—¿Y si lo encontramos y no viene?
Tirsa sostuvo su mirada.
—Entonces tendrás que decidir si todavía puedes confiar.
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Aquella noche, Eliab se sentó junto a Mara y le contó que había escuchado que Jesús estaba cerca.
Mara tardó unos segundos en responder.
—¿Quieres ir?
—Sí.
—Entonces ve.
—Pero tú...
—No quiero que te quedes conmigo por culpa.
—No es culpa.
—Entonces ¿por qué?
—Porque eres mi madre.
Mara sonrió.
—Y precisamente por eso quiero que hagas lo que creas que debes hacer.
—Tengo miedo de dejarte.
—Yo tengo miedo de que te vayas y no vuelvas.
Eliab se quedó inmóvil.
—Mamá...
—Pero el miedo no puede decidir por nosotros toda la vida.
Eliab tomó su mano.
—Volveré.
Mara no respondió con una promesa. Solamente apretó sus dedos.
Al amanecer, Eliab y Tirsa salieron de la casa para buscar a Jesús.
No sabían cuánto tardarían ni si lo encontrarían. No sabían si Mara seguiría viva cuando regresaran. No sabían si Jesús podría o querría hacer por ella lo mismo que había hecho por Eliab. Solamente sabían que estaban caminando hacia una posibilidad que podía cambiarlo todo, mientras detrás de ellos quedaba una mujer enferma que había enseñado a su hijo que amar no significaba poseer.
Después de una hora de camino, Eliab se detuvo.
—No puedo seguir.
Tirsa se volvió.
—¿Por qué?
—Porque estoy haciendo exactamente lo que Mara me dijo que no hiciera.
—¿Qué?
—Estoy intentando controlar lo que no puedo controlar.
Tirsa esperó.
—Quiero encontrar a Jesús porque tengo miedo —continuó Eliab—. No porque quiera hablar con él, sino porque quiero obligarlo a salvarla.
—Entonces quizá debamos volver.
Eliab miró el camino que habían recorrido.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—No.
Tirsa sonrió con tristeza.
—Eso parece más honesto.
Regresaron.
Cuando llegaron a Naín, encontraron a Natán esperándolos en la entrada de la casa. Su expresión era diferente. Eliab lo supo antes de que hablara.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Natán se acercó.
—La fiebre bajó.
Eliab no respondió.
—Está despierta —continuó Natán—. Preguntó por ti.
Eliab cerró los ojos y dejó escapar el aire que parecía haber estado reteniendo durante todo el camino.
Entró en la casa y encontró a Mara sentada, apoyada contra varias almohadas. Estaba débil, pero consciente. Cuando lo vio, levantó una ceja.
—Te dije que no tardaras demasiado.
Eliab se arrodilló junto a ella y la abrazó con cuidado.
—Volví.
—Ya lo veo.
Tirsa se acercó y tomó la mano de Mara.
—¿Cómo te sientes?
—Como si hubiera peleado con un burro y hubiera ganado por poco.
Tirsa rió.
Eliab también, y por primera vez en varios días la risa no pareció una traición al miedo.
Pero aquella misma noche, cuando Mara dormía y Tirsa descansaba junto a él, Eliab permaneció despierto mirando la oscuridad. Había querido encontrar a Jesús para conseguir una respuesta, una garantía, un milagro que le permitiera creer que todo estaría bien. En cambio, había regresado a casa con algo mucho más difícil: la certeza de que podía pedir, esperar, amar y confiar sin tener el poder de decidir el resultado.
Tirsa abrió los ojos.
—¿Sigues despierto?
—Sí.
—¿Qué estás pensando?
Eliab miró hacia la habitación donde dormía Mara.
—Que quizá la fe sea más difícil cuando Dios no hace exactamente lo que uno quiere.
Tirsa permaneció unos segundos en silencio.
—Quizá.
—Y también más verdadera.
Ella buscó su mano debajo de la manta.
—No sé si puedo llamarla verdadera o de otra manera. Solo sé que sigo aquí.
Eliab entrelazó sus dedos con los de ella.
—Yo también.
Afuera, Naín estaba en silencio. La noche cubría las casas y el camino que conducía fuera del pueblo parecía perderse en la oscuridad. Eliab sabía que algún día volvería a recorrerlo para buscar a Jesús, no solamente para preguntarle por qué había regresado de la muerte, sino para comprender qué debía hacer con el tiempo que todavía le quedaba. Pero aquella noche no necesitaba salir. Su madre respiraba detrás de aquella puerta, Tirsa sostenía su mano y el miedo seguía allí, sin desaparecer, pero tampoco consiguiendo expulsarlos de la vida que todavía tenían delante.
CAPÍTULO 9
Durante las semanas que siguieron a la enfermedad de Mara, Eliab descubrió que la recuperación podía ser tan desconcertante como la enfermedad misma, porque mientras el cuerpo de su madre comenzaba lentamente a recuperar las fuerzas, el suyo permanecía atrapado en una especie de vigilancia constante que le impedía descansar por completo. Se despertaba durante la noche para comprobar que ella respiraba, escuchaba cualquier movimiento dentro de la casa con una atención exagerada y, cuando Mara se levantaba para caminar hasta el patio, él aparecía inmediatamente detrás de ella dispuesto a sostenerla aunque ella protestara y le recordara que todavía sabía caminar sola. Tirsa observaba aquel comportamiento con una mezcla de ternura y preocupación, porque comprendía que Eliab no estaba simplemente cuidando a su madre, sino intentando retrasar con todas sus fuerzas la posibilidad de una nueva pérdida, como si la experiencia de haber muerto le hubiera dejado una herida invisible que se abría cada vez que alguien que amaba enfermaba. Mara, por su parte, había recuperado suficiente energía para volver a enfrentarlo con la franqueza que siempre la había caracterizado, y una mañana, mientras él insistía en llevarle una jarra de agua que ella podía transportar perfectamente, decidió poner fin a aquella vigilancia.
—Eliab, deja esa jarra y siéntate.
—Puedo llevártela.
—Sé que puedes.
—Entonces no entiendo por qué...
—Porque no necesito que estés detrás de mí cada vez que me levanto.
Eliab dejó la jarra sobre la mesa, pero permaneció de pie.
—Me asusté mucho.
—Lo sé.
—Pensé que podía perderte.
Mara lo miró con una expresión serena.
—Y yo pensé que después de casi perderte a ti entenderías que no podemos vivir tratando de impedir que la vida termine.
—No quiero impedirlo. Quiero estar preparado.
—Nadie está preparado.
—Yo estuve muerto.
Mara guardó silencio unos segundos.
—No confundas haber muerto con haber aprendido todo sobre la muerte.
Aquella frase hizo que Eliab bajara lentamente la mirada.
—No aprendí casi nada.
—Aprendiste que puedes volver a abrir los ojos cuando crees que todo terminó.
—Eso fue Jesús.
—Sí.
—Y por eso sigo preguntándome por qué.
Mara se acercó a él y apoyó una mano sobre su hombro.
—Tal vez porque todavía no has terminado de vivir.
Eliab levantó los ojos.
—Eso es demasiado sencillo.
—Las cosas importantes suelen parecer sencillas después de haber sufrido mucho para comprenderlas.
—Pero yo necesito saber qué espera el Señor de mí.
—¿Por qué?
—Porque no quiero desperdiciar lo que me dio.
Mara sonrió.
—Entonces empieza por no desperdiciar esta mañana.
Eliab quiso responder, pero no encontró palabras. Aquella conversación quedó dentro de él durante todo el día, aunque al principio no comprendió por qué. Había pasado meses buscando una explicación extraordinaria para una experiencia extraordinaria, imaginando que el motivo de haber sido devuelto de la muerte debía ser igualmente extraordinario. Había pensado que quizá tendría que convertirse en alguien diferente, abandonar el taller, recorrer caminos anunciando lo que había sucedido o encontrar alguna tarea que justificara ante Dios y ante los hombres el hecho de haber recibido una segunda oportunidad. Sin embargo, cada vez que intentaba convertir su vida en algo grandioso, aparecía la voz de Mara recordándole que todavía había cosas pequeñas que hacer, personas a las que escuchar y heridas que acompañar. La pregunta seguía siendo la misma, pero comenzaba a cambiar dentro de él. Ya no preguntaba únicamente por qué Jesús lo había devuelto, sino para qué podía utilizar él la vida que había recibido.
El cambio comenzó a hacerse evidente en el taller. Natán había vuelto a tratarlo como antes, aunque en los últimos meses había aprendido a reconocer cuándo debía bromear y cuándo debía guardar silencio. Aquella mañana estaban reparando una mesa perteneciente a una familia de Naín cuando apareció un hombre que Eliab conocía de vista. Se llamaba Eleazar y tenía aproximadamente la misma edad que su padre habría tenido si hubiera vivido. Traía una pequeña silla rota entre los brazos y permaneció varios minutos observando el trabajo antes de atreverse a hablar.
—¿Puedes arreglarla?
Natán tomó la silla y examinó una de las patas.
—Sí, aunque tardará unos días.
Eleazar negó con la cabeza.
—No tengo varios días.
Natán lo miró con atención.
—¿Para qué la necesitas?
Eleazar tragó saliva.
—Era de mi hijo.
Eliab dejó de trabajar.
El hombre continuó hablando con dificultad.
—Murió hace tres noches.
Nadie respondió inmediatamente. Natán dejó la silla sobre el banco y preguntó si quería que la repararan para conservarla. Eleazar asintió y luego miró a Eliab. Era inevitable. Desde que había regresado de la muerte, muchas personas buscaban sus ojos cuando hablaban de alguien muerto, como si esperaran encontrar en ellos una respuesta que él no poseía.
—Tú sabes lo que es perder a alguien —dijo Eleazar.
Eliab sintió un nudo en la garganta.
—Sí.
—No. Tú sabes lo que es volver.
La frase quedó suspendida en el taller.
—También sé lo que es que alguien llore por ti —respondió Eliab después de unos segundos.
Eleazar bajó la mirada.
—Mi esposa no deja de llorar.
Eliab rodeó el banco y se acercó a él.
—No sé qué decirte.
—Pensé que tú sí.
Eliab respiró profundamente.
—No tengo una explicación para la muerte de tu hijo.
Eleazar lo miró con tristeza.
—Entonces ¿qué aprendiste al volver?
La pregunta lo acompañó durante el resto de la jornada. Cuando Eleazar se marchó, Natán terminó de trabajar en silencio. Eliab continuó reparando la mesa, pero sus manos se movían lentamente.
—No puedes responderle a todo el mundo —dijo finalmente Natán.
—Lo sé.
—Pero tampoco tienes que apartarte cada vez que alguien viene con dolor.
Eliab levantó la mirada.
—Eso es precisamente lo que no sé hacer.
—Quizá no se trata de saber hacerlo.
—¿Entonces?
—De estar.
Eliab recordó las palabras de Tirsa. Recordó a Abner. Recordó a Yael y a su hija. Recordó a Joram y a su viuda. Recordó a Dina. Había una especie de hilo que unía todas aquellas historias y, hasta ese momento, había pensado que el hilo era el milagro. Ahora comenzaba a sospechar que quizá no era así.
Aquella tarde fue a buscar a Tirsa al lugar donde ayudaba a una vecina a preparar alimentos. Caminaron juntos hacia la casa y, durante un largo trecho, ninguno habló. Finalmente Eliab decidió contarle lo que había ocurrido.
—Hoy un hombre me preguntó qué aprendí al volver de la muerte.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no sabía.
—Fue una buena respuesta.
—Pero estoy cansado de decir que no sé.
Tirsa sonrió ligeramente.
—Entonces tendrás que empezar a descubrirlo.
—Eso es lo que quiero.
—¿Qué descubriste hoy?
Eliab miró el camino.
—Que cuando alguien sufre, la gente espera que yo tenga una explicación.
—Y tú no la tienes.
—No.
—Entonces quizá puedas ofrecerles algo distinto.
—¿Qué?
Tirsa se detuvo y lo miró directamente.
—Tu presencia.
Eliab permaneció callado.
—Cuando murió Joram, tú no pudiste devolverlo —continuó ella—. Cuando Dina estuvo enferma, tampoco pudiste curarla. Cuando Mara enfermó, no pudiste impedirlo. Pero estuviste allí. Te quedaste. Escuchaste. Ayudaste. Eso no es poco.
—Pero no explica por qué Jesús me devolvió.
—Quizá no tenga que explicarlo todo de una sola vez.
—¿Y si ese es el llamado?
Tirsa frunció ligeramente el ceño.
—¿Cuál?
—Estar con quienes sufren.
Ella lo observó durante unos segundos.
—Podría ser.
—No quiero inventarme una misión porque necesito sentir que todo tiene sentido.
—Entonces no la inventes. Mira lo que está ocurriendo.
Eliab guardó silencio.
—Desde que volviste —continuó Tirsa—, las personas que sufren se acercan a ti. No porque puedas resolver lo que les ocurre, sino porque sabes algo que ellos no pueden explicar: sabes lo que significa estar al borde de perderlo todo y abrir nuevamente los ojos.
—Pero yo no quiero que mi vida sea solamente la historia de un hombre que murió y volvió.
—Entonces no permitas que lo sea.
—¿Cómo?
Tirsa tomó su mano.
—Haz que esa historia se convierta en una forma de amar.
Eliab la miró durante largo rato. Aquella frase no parecía una respuesta definitiva, pero por primera vez no necesitó que lo fuera.
Pocos días después, ocurrió algo que hizo que aquella intuición adquiriera una forma más concreta. Una familia que vivía en las afueras de Naín perdió su casa después de que un incendio destruyera buena parte de sus pertenencias. No hubo muertos, pero una mujer llamada Débora quedó con dos hijos pequeños y un esposo herido que apenas podía caminar. La noticia llegó a la plaza y durante unas horas todos hablaron de ellos. Algunos llevaron alimentos, otros ropa, pero al caer la tarde la mayoría regresó a sus casas.
Eliab y Tirsa fueron de los pocos que permanecieron.
Natán llevó madera para reparar una parte de la vivienda. Simón consiguió mantas. Mara, todavía débil, preparó comida y se molestó cuando Eliab quiso impedirle ayudar.
—No estoy inválida —le dijo.
—No dije eso.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que necesitas descansar.
—Y yo estoy pensando que tú necesitas dejar de decidir por mí.
Tirsa sonrió.
—Tiene razón.
—No te pongas de su lado.
—No me estoy poniendo de ningún lado.
Mara la miró.
—Sí te estás poniendo de mi lado.
—Tal vez un poco.
La conversación terminó en una risa que alivió por unos instantes la tensión de aquellos días. Pero cuando Eliab llegó a la casa de Débora, la situación era más dura de lo que había imaginado. Los niños permanecían sentados sobre unas mantas mientras su padre descansaba con una pierna vendada. Débora intentaba decidir qué debía salvar primero.
—No sé por dónde empezar —dijo.
Eliab miró alrededor.
—Por lo que necesites esta noche.
—¿Y mañana?
—Mañana veremos.
Ella lo miró.
—¿Eso es todo?
—No tengo una respuesta mejor.
Débora comenzó a llorar.
—Todos me dicen que tenga fe.
Eliab sintió que aquellas palabras lo atravesaban.
—¿Y tú quieres que alguien te diga eso ahora?
—No sé lo que quiero.
Eliab se sentó junto a ella.
—Entonces no tienes que saberlo.
—Tengo hijos.
—Lo sé.
—Tengo que ser fuerte.
—No delante de mí.
Débora lo miró con sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque yo también tuve momentos en los que no pude ser fuerte.
Ella reconoció entonces quién era él.
—Tú eres el joven de Naín.
Eliab asintió.
—Sí.
—Dicen que moriste.
—Es verdad.
—Y que Jesús te devolvió la vida.
—También.
Débora bajó los ojos.
—Entonces debes saber por qué Dios permite estas cosas.
Eliab negó lentamente.
—No.
La mujer pareció decepcionada, pero Eliab continuó.
—Lo que sí sé es que no estás sola esta noche.
Aquella frase cambió algo en el rostro de Débora. No solucionó la pérdida, no reconstruyó la casa, no curó la pierna de su esposo ni eliminó el miedo de sus hijos, pero permitió que aquella mujer dejara de luchar durante unos minutos contra la necesidad de parecer fuerte.
Mientras regresaban a Naín, Tirsa caminó en silencio junto a Eliab.
—¿Qué piensas? —preguntó él.
—Que hoy entendí algo.
—¿Qué?
—Que quizá tu llamado no consiste en tener respuestas.
Eliab sonrió débilmente.
—Eso ya lo sabía.
—No. Hoy lo viste.
Él la miró.
—¿Y cuál sería entonces?
—Tal vez ayudar a las personas a no sentirse abandonadas mientras atraviesan preguntas que no pueden responder.
Eliab dejó de caminar.
—Eso es demasiado grande.
—Entonces empieza pequeño.
—¿Cómo?
—Una persona a la vez.
Aquella noche Eliab no pudo dormir. Salió al patio y se sentó bajo el cielo despejado. La oscuridad ya no era para él solamente el recuerdo de la muerte. Ahora podía mirar la noche sin sentir que estaba regresando a aquel silencio del que Jesús lo había llamado. Sin embargo, había ocasiones en que una sensación extraña recorría su cuerpo cuando cerraba los ojos. No era miedo exactamente. Era memoria.
Recordó la oscuridad.
Recordó el silencio.
Recordó la voz.
No podía explicar de dónde había venido aquella voz, ni cuánto tiempo había estado en aquel estado, ni qué había ocurrido entre el momento en que dejó de sentir su cuerpo y el instante en que volvió a escuchar el mundo. Solamente recordaba una certeza: había sido llamado.
Durante meses había interpretado aquel llamado como una orden para volver a vivir. Ahora comenzaba a preguntarse si había sido también una invitación para aprender cómo vivir.
—¿No puedes dormir? —preguntó Tirsa desde la puerta.
Eliab se volvió.
—No.
Ella se sentó a su lado.
—¿Pensando otra vez?
—Sí.
—¿En qué?
—En la voz.
Tirsa no hizo ninguna pregunta inmediata.
—Cuando Jesús me llamó —continuó Eliab—, yo estaba muerto. No podía responder. Y, sin embargo, escuché.
—¿Crees que aquella voz fue solamente para devolverte la vida?
—No lo sé.
—¿Qué piensas ahora?
Eliab miró hacia el cielo.
—Pienso que quizá fui llamado dos veces.
—¿Dos veces?
—La primera para volver. La segunda todavía está ocurriendo.
Tirsa lo miró con atención.
—¿Y qué crees que te está llamando a hacer?
Eliab respiró lentamente.
—A dejar de vivir preguntando cuánto tiempo me queda y empezar a preguntarme qué puedo hacer con el tiempo que tengo.
Tirsa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Eso suena más a ti.
—¿Qué quieres decir?
—Que cuando dejaste de intentar descubrir un significado extraordinario, comenzaste a ver las necesidades que estaban delante de ti.
Eliab permaneció en silencio.
—¿Te das cuenta de algo? —continuó ella—. Después de que volviste, muchas personas vinieron a preguntarte qué había después de la muerte. Pero tú terminaste caminando con personas que todavía estaban intentando sobrevivir a esta vida.
Eliab sintió un estremecimiento.
—Abner.
—Sí.
—Dina.
—También.
—Joram.
—Su familia.
—Mi madre.
Tirsa lo miró.
—Y yo.
Eliab sonrió.
—Tú sobre todo.
Ella apoyó su mano sobre la de él.
—Entonces quizá ya tienes parte de la respuesta.
A partir de entonces, Eliab comenzó a hacer algo que al principio no consideró un llamado. Sencillamente empezó a visitar a quienes estaban sufriendo. No esperaba que lo llamaran. Preguntaba por ellos. Visitaba a enfermos, acompañaba a viudas, ayudaba a familias que tenían dificultades, reparaba junto a Natán lo que podía repararse y, cuando no podía arreglar algo, aprendió a decirlo sin sentir vergüenza. Algunas personas querían hablar con él sobre la muerte y otras sobre Jesús. Algunas querían saber qué había visto. Otras solamente necesitaban que alguien las escuchara.
Una tarde, Simón lo encontró sentado junto a un hombre anciano cuyo hijo había muerto hacía poco. Cuando terminó la visita, Simón caminó con él hacia la plaza.
—Estás haciendo algo diferente.
—¿Qué cosa?
—Antes buscabas una explicación. Ahora buscas personas.
Eliab sonrió.
—¿Eso significa que estoy aprendiendo?
—Significa que estás cambiando.
—¿Es lo mismo?
—No necesariamente.
Eliab guardó silencio.
—Hay una cosa que debes cuidar —continuó Simón.
—¿Cuál?
—No conviertas tu llamado en orgullo.
Eliab frunció el ceño.
—No creo sentirme orgulloso.
—No hablo de orgullo por ser admirado. Hablo del orgullo de creer que eres indispensable.
Eliab comprendió inmediatamente.
—Tienes razón.
—No puedes salvar a todos.
—Lo sé.
—Y tampoco puedes acompañar a todos.
—Eso me cuesta más.
—Entonces aprende a recibir ayuda de otros. Incluso Jesús caminó acompañado.
Aquella noche, Eliab habló con Tirsa sobre aquello.
—Simón me dijo que no soy indispensable.
—Tiene razón.
—No esperaba que estuvieras de acuerdo tan rápido.
—No eres indispensable para mí porque no necesito que seas perfecto.
Eliab sonrió.
—Eso sonó peor de lo que querías.
—No, sonó exactamente como quería.
Ella se acercó a él.
—No quiero que tu segunda oportunidad termine convirtiéndote en un hombre que se siente obligado a salvar a todo el mundo.
—¿Qué quieres entonces?
—Quiero que seas mi esposo. Quiero que trabajes. Quiero que discutamos por cosas pequeñas. Quiero que envejezcamos. Quiero que tengamos días aburridos. Quiero que cuando alguien necesite ayuda podamos ayudarlo, pero también quiero que sepamos regresar a casa.
Eliab la miró con una emoción profunda.
—Eso es lo que más miedo me daba imaginar cuando volví.
—¿Qué cosa?
—Una vida normal.
Tirsa sonrió.
—Pues tendrás que acostumbrarte.
Él la abrazó.
—Creo que empiezo a quererla.
Los meses siguientes fueron construyendo una nueva etapa en su vida. La gente de Naín comenzó a acostumbrarse a verlo no como el joven que había regresado de la muerte, sino como Eliab, el hombre que trabajaba en el taller, que ayudaba cuando podía, que discutía con Natán por el precio de la madera, que caminaba con Tirsa por las tardes y que algunas noches se quedaba sentado junto a alguien que sufría sin intentar explicar lo inexplicable. El milagro no desapareció de la memoria de nadie, pero dejó de ocupar cada conversación.
Una tarde, mientras trabajaba en una puerta rota, un muchacho llegó corriendo al taller.
—Eliab.
—¿Qué ocurre?
—Mi madre necesita ayuda.
Eliab dejó inmediatamente la herramienta.
Natán lo miró.
—Ve.
—¿Y esto?
—Puede esperar.
Eliab salió detrás del muchacho. Al llegar a la casa encontró a una mujer desesperada porque su esposo había sufrido una caída. No era una situación que pudiera resolver con un milagro. Necesitaba ayuda médica, agua, cuidado y tiempo. Eliab organizó lo que pudo, pidió a alguien que buscara al hombre que conocía de heridas, ayudó a mover al enfermo y permaneció allí hasta que la familia recuperó algo de tranquilidad.
Cuando finalmente regresó al taller, ya estaba oscureciendo.
Natán lo esperaba.
—¿Lo ves?
—¿Qué?
—Antes pensabas que tu segunda vida tenía que llevarte a algún lugar extraordinario.
Eliab dejó las herramientas sobre el banco.
—Y ahora creo que quizá me lleva a las personas.
Natán asintió.
—Eso parece.
Eliab miró sus manos.
—¿Crees que Jesús me devolvió la vida para esto?
Natán se encogió de hombros.
—No lo sé.
Eliab sonrió.
—Yo tampoco.
—Pero estás empezando a vivir como si lo supieras.
Aquella frase permaneció con él durante toda la noche.
Más tarde, junto a Tirsa, Eliab volvió a hablar de la voz que había escuchado en la oscuridad. Esta vez no lo hizo con temor.
—Quizá nunca sepa por qué fui elegido aquel día —dijo.
—Tal vez no.
—Quizá tampoco sepa por qué otros no volvieron.
—Probablemente no.
—Pero creo que estoy empezando a entender algo.
Tirsa lo miró.
—¿Qué?
—Cuando desperté, pensé que la pregunta era por qué Jesús me había devuelto la vida. Ahora creo que la pregunta correcta es qué hago yo con esa vida después de haberla recibido.
—¿Y qué vas a hacer?
Eliab tomó su mano.
—Quiero estar donde alguien piense que está solo.
Tirsa apretó sus dedos.
—Entonces tendremos que hacer sitio en nuestra vida para mucha gente.
—Sí.
—Y espero que también haya sitio para nosotros.
Eliab sonrió.
—Siempre.
Aquella noche se acostaron tarde. Mara dormía tranquilamente en la habitación contigua y el pueblo permanecía en silencio. Eliab cerró los ojos y, durante unos instantes, regresó mentalmente a aquel lugar sin luz donde había escuchado una voz cuando ya no podía responder. Por primera vez desde que había vuelto, no sintió la necesidad de reconstruir lo ocurrido allí ni de descubrir qué había después de la muerte. La oscuridad seguía siendo un misterio, pero ya no era el centro de su vida. La voz también seguía siendo un misterio, pero ahora comenzaba a comprender que quizá el llamado no consistía solamente en haber regresado, sino en aprender a reconocer el dolor de los demás, permanecer cuando otros tenían miedo, amar sin exigir garantías y utilizar cada día recibido como una oportunidad para que alguien pudiera descubrir que todavía no estaba solo. Abrió los ojos y miró a Tirsa, que dormía junto a él, y luego pensó en Mara, en Natán, en Abner, en Dina, en Eleazar, en Débora y en todas las personas cuyos nombres habían entrado en su vida después de aquel día en Naín. Entonces comprendió que no necesitaba una voz del cielo para saber cuál era el siguiente paso. Bastaba con escuchar el dolor que tenía delante y decidir no pasar de largo.
CAPÍTULO 10
El llamado que Eliab comenzaba a reconocer dentro de sí no llegó acompañado de una señal extraordinaria, ni de una voz que descendiera desde el cielo para indicarle exactamente qué debía hacer, y quizá por eso durante algún tiempo tuvo la sensación de que podía estar equivocándose. Había imaginado que, después de haber muerto y vuelto a la vida por la intervención de Jesús, el propósito de aquellos días adicionales tendría que ser evidente, algo imposible de confundir con cualquier otra cosa, pero lo que encontraba cada mañana era mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente: personas necesitadas, familias cansadas, enfermos, viudas, hombres que habían perdido el trabajo, niños que preguntaban por qué alguien había muerto y vecinos que buscaban una palabra que no siempre podía ofrecer. El problema era que cada vez que intentaba ayudar a una persona aparecía otra que también necesitaba algo, y pronto Eliab comenzó a descubrir que el llamado que había empezado a considerar como una bendición podía convertirse fácilmente en una carga si no aprendía a discernir cuándo debía actuar y cuándo debía permitir que otros ocuparan su lugar. Tirsa fue la primera en advertirlo, porque comenzó a verlo llegar a casa después de la puesta del sol con los hombros agotados, los ojos cansados y una preocupación nueva que antes no estaba allí, una preocupación que no provenía solamente de sus propios problemas sino de todos los problemas ajenos que parecía llevar consigo.
—Estás intentando estar en todas partes —le dijo una noche mientras preparaba la comida—, y eso no es posible.
Eliab dejó sobre la mesa un pequeño paquete de madera que había llevado del taller.
—No estoy en todas partes.
—Hoy estuviste con Eleazar, después fuiste a ver a la familia de Débora, luego acompañaste a Simón a visitar a un enfermo y finalmente pasaste por la casa de la viuda de Joram porque su hija necesitaba ayuda para reparar una ventana.
—Lo necesitaban.
—No estoy diciendo que no.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
Tirsa dejó el recipiente sobre la mesa y lo miró directamente.
—El problema es que llegaste aquí cuando ya era de noche y no habías comido desde la mañana.
Eliab quiso responder, pero ella levantó una mano.
—Y antes de que digas que puedes soportarlo, recuerda que yo también te conozco. Te vi cuando estabas enfermo antes de morir, te vi cuando regresaste, te vi cuando Mara enfermó y sé cómo te comportas cuando tienes miedo de perder algo. Ahora estás haciendo lo mismo, solamente que con otras personas.
—No tengo miedo de perderlas.
—Sí lo tienes.
—No.
—Tienes miedo de que si no haces todo lo posible, alguien muera y tú vuelvas a preguntarte por qué no pudiste salvarlo.
Eliab permaneció en silencio.
Tirsa se acercó y suavizó la voz.
—Tu llamado no puede convertirse en una manera de castigarte por haber vivido.
La frase lo golpeó con fuerza.
—No me estoy castigando.
—Entonces dime por qué nunca dices que no.
Eliab abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Porque puedo ayudar.
—Eso no responde.
—Porque sé lo que significa necesitar que alguien se quede.
—Tampoco responde.
Eliab bajó la mirada.
—Porque cuando yo estaba muerto, no pude hacer nada por mí mismo.
Tirsa se sentó frente a él.
—Y ahora crees que tienes que hacer algo por todos.
—Quizá.
—Eliab, Jesús te devolvió la vida, pero no te convirtió en el salvador de nadie.
Él respiró profundamente.
—Lo sé.
—Entonces tienes que empezar a vivir como alguien que lo sabe.
Aquella conversación no terminó con una solución. Eliab comió, descansó y al día siguiente volvió al taller, pero las palabras de Tirsa continuaron acompañándolo. Durante los días siguientes intentó establecer límites, aunque al principio no sabía cómo hacerlo. Cuando alguien llegaba con una necesidad, su primer impulso era levantarse y actuar. Si alguien le pedía que visitara a un enfermo, decía que sí. Si una familia necesitaba ayuda con una reparación, ofrecía su tiempo. Si una viuda quería hablar, se sentaba con ella. Pero empezó también a preguntar quién más podía ayudar, y aquella pregunta resultó ser más difícil de pronunciar de lo que esperaba.
Un mediodía, mientras trabajaba con Natán, apareció un joven llamado Micaías. Era conocido en Naín por su carácter impulsivo y por haber tenido varios problemas con otros hombres del pueblo. Su padre había muerto años atrás y desde entonces había vivido haciendo trabajos ocasionales. Aquella vez llegó con una petición distinta.
—Necesito hablar contigo.
Natán miró a Eliab y luego decidió dejarlos solos.
—¿Qué sucede? —preguntó Eliab.
Micaías permaneció de pie.
—Quiero irme.
—¿Adónde?
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque aquí todos saben quién soy.
Eliab lo miró con atención.
—Eso no es necesariamente malo.
—Para mí sí.
—¿Qué has hecho?
Micaías se encogió de hombros.
—Cosas de las que no estoy orgulloso.
—Entonces puedes cambiar.
El joven soltó una risa amarga.
—Todos dicen eso. Pero cuando alguien ha hecho algo malo, nadie olvida.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero que me acompañes.
Eliab sintió inmediatamente aquella vieja necesidad de responder que sí.
—¿Adónde?
—Fuera de Naín.
Eliab permaneció callado.
—Necesito empezar de nuevo —continuó Micaías—. Y pensé que quizá tú entenderías eso mejor que nadie.
Aquellas palabras tocaron una parte profunda de Eliab. Él también había tenido que comenzar de nuevo. También había regresado a un pueblo donde todos lo miraban como si fuera la misma persona y, al mismo tiempo, alguien completamente diferente.
—¿Qué esperas que haga?
—Que vengas conmigo.
Eliab miró hacia el taller. Pensó en Tirsa, en Mara, en Natán y en todas las personas que dependían de su trabajo cotidiano. Durante unos instantes sintió que aquella petición podía ser precisamente la prueba que estaba esperando. Si su llamado consistía en acompañar a quienes sufrían, quizá debía abandonar todo lo demás y marcharse con aquel joven.
—Dame un día para pensarlo —respondió.
Micaías pareció decepcionado.
—Pensé que dirías que sí.
—No puedo prometerte algo sin pensarlo.
—Entonces quizá no eres quien creía.
La frase dolió más de lo que Eliab esperaba.
Cuando Micaías se fue, Natán regresó.
—¿Qué quería?
Eliab le contó.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé.
Natán se apoyó contra el banco.
—Bien.
—¿Bien?
—Por fin una decisión que no puedes tomar inmediatamente.
Eliab sonrió.
—Todos parecen pensar que debo aprender a decir que no.
—No exactamente.
—¿Entonces?
—A veces el verdadero desafío es descubrir a qué sí debes decir que sí.
Aquella tarde Eliab habló con Mara. Ella estaba sentada en el patio, trabajando lentamente en una prenda.
—Un muchacho quiere que lo acompañe fuera del pueblo.
—¿Por qué?
—Dice que necesita empezar de nuevo.
—¿Y tú quieres ir?
—Una parte de mí sí.
—¿Y otra?
—Piensa en todo lo que dejo aquí.
Mara dejó la costura.
—¿Crees que Dios te llama a abandonar a todos cada vez que alguien te necesita?
—No.
—Entonces no confundas compasión con obediencia.
Eliab se sentó a su lado.
—¿Cómo sé cuál es cuál?
—No siempre lo sabrás.
—Eso no ayuda.
—La vida no siempre ayuda.
Él sonrió.
—Tú tienes una respuesta para todo.
—No. Tengo muchos años de equivocarme.
—¿Y cómo sabes cuándo estás equivocada?
Mara volvió a tomar la costura.
—Cuando intento hacer por otros lo que solamente Dios puede hacer.
Eliab quedó en silencio.
—Tú puedes acompañar a Micaías —continuó ella—, pero no puedes convertirte en su nueva vida. Si él necesita comenzar de nuevo, tendrá que aprender a caminar sin ti.
—Entonces ¿qué hago?
—Habla con él.
—¿Y si se marcha solo?
—Entonces quizá sea parte de su camino.
Eliab no quedó completamente satisfecho, pero comprendió que estaba empezando a hacer algo diferente. En lugar de actuar inmediatamente, estaba aprendiendo a escuchar.
Al día siguiente buscó a Micaías.
Lo encontró junto a la puerta oriental de Naín, con una pequeña bolsa sobre el hombro.
—¿Ya decidiste? —preguntó el joven.
—Sí.
—¿Vienes?
Eliab negó lentamente.
Micaías bajó la mirada.
—Lo sabía.
—No dije que no quisiera ayudarte.
—Es lo mismo.
—No. Quiero ayudarte de otra manera.
—¿Cómo?
—Puedo caminar contigo durante el primer tramo del camino. Puedo hablar con personas que conozco en el siguiente pueblo para que encuentres trabajo. Puedo decirte dónde conseguir alojamiento. Pero no voy a vivir tu vida por ti.
Micaías permaneció en silencio.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
—Porque si hago todo por ti, nunca sabrás si realmente puedes comenzar de nuevo.
El joven levantó la mirada.
—¿Y si fracaso?
—Entonces tendrás que volver a levantarte.
—¿Y si nadie me ayuda?
Eliab respiró profundamente.
—Entonces búscame.
Micaías pareció sorprendido.
—¿Volverías?
—Sí.
—Entonces no quieres abandonarme.
—No.
—Solo no quieres caminar por mí.
Eliab sonrió.
—Exactamente.
Aquel día caminaron juntos durante varias horas. Eliab no abandonó su vida en Naín, pero tampoco ignoró la necesidad de Micaías. Cuando finalmente llegaron a la siguiente aldea, habló con un hombre que conocía y consiguió que le permitieran quedarse unos días trabajando. Antes de despedirse, Micaías abrazó a Eliab.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
—Porque tendrás que hacer tu parte.
—La haré.
Eliab regresó solo.
Durante el camino de vuelta comprendió algo que hasta entonces no había visto con claridad. El llamado no consistía simplemente en acudir cuando alguien sufría. Consistía también en ayudar a las personas a recuperar su capacidad de caminar. No debía reemplazarlas. No debía convertirse en indispensable. No debía ocupar el lugar que correspondía a Dios, ni siquiera el lugar que correspondía a las propias decisiones de cada persona.
Cuando llegó a Naín, encontró a Tirsa esperándolo.
—¿Cómo fue?
—Difícil.
—¿Te arrepientes?
—No.
—Entonces aprendiste algo.
—Sí.
—¿Qué?
—Que ayudar a alguien no significa cargarlo sobre los hombros.
Tirsa sonrió.
—Eso sí parece un avance.
Pero el verdadero desafío llegó pocos días después, y esta vez no fue una persona desconocida quien puso a prueba su comprensión del llamado, sino alguien muy cercano.
Mara volvió a enfermar.
No fue una enfermedad tan intensa como la anterior, pero bastó para que Eliab sintiera que el suelo desaparecía nuevamente bajo sus pies. Una fiebre leve, una tos persistente y varios días de cansancio fueron suficientes para despertar en él todos los temores que había intentado dominar. La diferencia fue que esta vez no abandonó todo para vigilarla. Se quedó a su lado cuando podía, pidió ayuda cuando era necesario y continuó trabajando. Pero interiormente estaba librando una batalla mucho más profunda.
Una noche, Mara lo encontró sentado junto a su cama.
—¿Qué haces?
—Mirándote.
—Eso ya lo sé.
—Tengo miedo.
—También lo sé.
—Pensé que había aprendido.
Mara sonrió.
—Aprender no significa dejar de tener miedo.
—Entonces no aprendí nada.
—Aprendiste a no obedecerle.
Eliab la miró.
—¿Crees que el Señor me está enseñando algo con esto?
Mara tardó en responder.
—No sé si Dios envía cada enfermedad para enseñarnos una lección.
—Entonces ¿cómo sé qué está haciendo?
—Quizá no necesitas saber qué está haciendo Dios en cada momento. Quizá necesitas decidir qué harás tú.
Eliab se quedó callado.
—Eso es lo que has estado intentando aprender desde que regresaste —continuó Mara—. Siempre miras hacia arriba buscando una explicación, cuando muchas veces la respuesta está delante de ti.
—¿Cuál?
—Ama. Sirve. Perdona. Trabaja. Descansa. Cuida a quienes puedas cuidar. Y cuando no puedas hacer nada, quédate.
Eliab sintió que las palabras de su madre confirmaban algo que había comenzado a crecer dentro de él.
—¿Y eso puede ser mi llamado?
Mara sonrió.
—Puede ser una parte.
—¿Y la otra?
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
La fiebre de Mara desapareció después de algunos días y su salud se estabilizó, pero Eliab no salió de aquella experiencia igual que antes. Había comprendido que el llamado no era una tarea aislada, sino una manera diferente de mirar la vida. Sin embargo, todavía faltaba una prueba que no había previsto.
Una tarde llegó a Naín un grupo de viajeros procedentes de una región lejana. Entre ellos había una mujer llamada Hadassa, cuyo esposo había muerto durante el viaje. Tenía un niño pequeño y ningún familiar cerca. Había escuchado hablar de Eliab y pidió verlo.
Cuando se encontraron, Hadassa no comenzó preguntándole por su muerte ni por Jesús. Solamente dijo:
—No sé adónde ir.
Eliab recordó inmediatamente a Micaías.
—Podemos ayudarte a encontrar un lugar.
—Eso es lo que todos me dicen.
—¿Qué necesitas realmente?
Hadassa comenzó a llorar.
—Necesito que alguien me diga que no estoy loca por querer seguir adelante.
Eliab sintió que aquellas palabras eran más importantes que cualquier otra cosa.
—No estás loca.
—Mi esposo murió hace menos de una semana.
—Lo sé.
—Y algunos piensan que debería quedarme llorando.
—Puedes llorar.
—Pero también quiero vivir.
—Entonces vive.
Hadassa lo miró.
—¿Así de sencillo?
—No. Pero puedes empezar.
Eliab buscó ayuda entre las familias de Naín. Una mujer aceptó recibirla temporalmente. Un comerciante ofreció trabajo. Simón habló con varias personas para conseguir alojamiento. Tirsa se ocupó del niño mientras Hadassa organizaba sus cosas. Cuando todo terminó, Hadassa tomó las manos de Eliab.
—Pensé que tú tendrías una respuesta porque regresaste de la muerte.
Eliab sonrió.
—Yo también pensaba que tendría respuestas.
—¿Y qué tienes ahora?
Eliab miró a las personas que estaban ayudándola.
—Tengo gente.
Hadassa sonrió entre lágrimas.
—Eso es bastante.
Cuando se marchó, Eliab permaneció un largo rato en silencio.
Tirsa se acercó.
—¿Qué pasa?
—Creo que finalmente estoy entendiendo.
—¿Qué cosa?
—Quizá Jesús no me devolvió para que yo explicara su milagro.
Tirsa esperó.
—Quizá me devolvió para que mi vida fuera una respuesta diferente.
—¿A qué pregunta?
Eliab miró hacia el camino por donde Hadassa acababa de marcharse.
—A la pregunta de qué puede hacer una persona cuando recibe otra oportunidad.
Tirsa tomó su mano.
—¿Y qué puede hacer?
—Puede amar mejor. Puede quedarse. Puede ayudar a otro a levantarse. Puede perdonar antes de que sea demasiado tarde. Puede dejar de desperdiciar tiempo en cosas que no importan.
Tirsa sonrió.
—Y puede venir a casa antes de que anochezca.
Eliab rió.
—Eso también.
Pero aquella noche, cuando todos dormían, Eliab volvió a sentir algo que no podía explicar. No era una voz audible, ni una visión, ni una señal que pudiera mostrar a otra persona. Era una convicción profunda que parecía crecer dentro de él con cada experiencia. El llamado que había comenzado como una pregunta se estaba transformando lentamente en una dirección.
No sabía cuánto tiempo tendría.
No sabía si volvería a enfermar.
No sabía cuándo moriría.
No sabía qué ocurriría con Mara, con Tirsa, con Natán ni con las personas que había aprendido a amar.
Pero sabía algo que antes no sabía: no necesitaba conocer la duración de su vida para darle sentido. El tiempo que tenía delante no necesitaba ser infinito para ser valioso.
Al amanecer, Eliab se levantó antes que los demás y salió al camino que bordeaba Naín. Desde allí podía ver las primeras luces sobre las colinas. Pensó nuevamente en aquel día en que había sido llevado muerto, en el llanto de Mara, en la voz que había pronunciado su nombre y en el instante imposible en que había abierto los ojos. Durante mucho tiempo había pensado que el milagro había terminado cuando se incorporó sobre aquel lecho. Ahora comenzaba a comprender que quizá aquel había sido solamente el comienzo. El verdadero desafío no había sido regresar de la muerte, sino aprender a vivir después de haber estado allí, aprender a mirar a los demás sin creer que debía salvarlos, aprender a servir sin convertirse en esclavo de las necesidades ajenas, aprender a amar sin exigir garantías y, sobre todo, aprender a confiar en que una vida no se mide únicamente por los años que dura, sino también por aquello que deja en quienes tuvieron la oportunidad de caminar junto a ella.
Tirsa apareció detrás de él poco después.
—Sabía que estarías aquí.
Eliab sonrió.
—¿Cómo?
—Porque cuando estás pensando demasiado, vienes al camino.
Ella se colocó a su lado.
—¿Y ahora qué estás pensando?
Eliab tardó en responder.
—Que quizá ya no necesito preguntarle al Señor por qué me devolvió la vida.
Tirsa lo miró.
—¿Por qué?
—Porque creo que poco a poco me está mostrando para qué.
—¿Y qué te está mostrando?
Eliab contempló las casas de Naín, todavía dormidas.
—Que la vida que recibí no me pertenece solamente a mí.
Tirsa permaneció en silencio.
—No significa que tenga que abandonar nuestra casa ni convertirme en alguien que vive para todos —continuó él—. Significa que cada persona que encuentre puede convertirse en una oportunidad para hacer algo con el tiempo que me fue devuelto.
—Eso parece un llamado difícil.
—Lo es.
—¿Y estás dispuesto?
Eliab tomó su mano.
—No siempre.
Tirsa sonrió.
—Eso me gusta más que si hubieras dicho que sí sin pensarlo.
—¿Por qué?
—Porque significa que todavía eres humano.
Eliab la miró y ambos comenzaron a caminar de regreso hacia Naín. El sol ya había empezado a iluminar las casas y, desde el taller, se escuchaba el sonido lejano de Natán moviendo herramientas. En algún lugar del pueblo una mujer llamaba a sus hijos, un hombre abría la puerta de su negocio y un niño corría detrás de una gallina que acababa de escaparse. Nada de aquello parecía extraordinario, y sin embargo Eliab lo contempló con una gratitud nueva. Había esperado que el sentido de su segunda vida se encontrara en algo grandioso, pero comenzaba a descubrir que el Señor podía estar llamándolo precisamente a entrar profundamente en lo cotidiano, allí donde las personas sufrían, amaban, perdían, comenzaban de nuevo y necesitaban que alguien les recordara, no con discursos sino con su presencia, que todavía podían dar el siguiente paso.
Cuando llegaron a la casa, Mara estaba en el patio.
—¿Dónde estaban?
—Caminando —respondió Tirsa.
Mara miró a su hijo.
—¿Pensando?
Eliab sonrió.
—También.
—Entonces entra y desayuna antes de que tu esposa tenga que recordarte que no puedes vivir solamente de pensamientos.
Tirsa soltó una carcajada.
—Gracias, Mara.
—No le agradezcas. Es tu deber.
Eliab entró con ellas y por un momento todo pareció completamente ordinario. Una mesa, pan, agua, voces conocidas, una mañana más en Naín. Pero mientras se sentaba entre las dos mujeres que más amaba, Eliab sintió que aquella normalidad no era lo contrario de su llamado. Era parte de él. Y comprendió que, si el Señor le había devuelto la vida, quizá no lo había hecho para apartarlo de la vida de los demás, sino para enseñarle a entrar en ella con los ojos abiertos, con el corazón dispuesto y con la memoria permanente de que cada día podía ser una oportunidad que un hombre que había muerto una vez no tenía derecho a tratar como algo insignificante.
CAPÍTULO 11
Tirsa había amado a Eliab antes de que Jesús lo llamara desde aquel lecho funerario, antes de que Naín aprendiera a pronunciar su nombre como si perteneciera a una historia imposible y antes de que las personas comenzaran a mirarlo buscando en sus ojos alguna respuesta sobre la muerte. Lo había amado cuando era solamente el joven reservado que trabajaba en el taller, cuando hablaba de su futuro con cierta inseguridad y cuando todavía podía imaginar una vida sencilla junto a ella sin preguntarse constantemente qué significado tenía cada día. Por eso, al principio, había recibido con alegría los cambios que se produjeron después de su regreso. Le parecía hermoso verlo más atento a los demás, más dispuesto a escuchar, menos preocupado por las cosas pequeñas y más consciente del valor de la vida. Pero con el paso del tiempo comenzó a descubrir algo que la inquietaba profundamente: el hombre al que amaba seguía siendo Eliab, pero había dentro de él una dirección nueva que ella no siempre comprendía, y cuanto más claramente aparecía aquel llamado, más miedo sentía de que algún día el camino de él dejara de coincidir con el suyo.
No quiso admitirlo durante semanas. Cada vez que aquella preocupación aparecía, la rechazaba inmediatamente porque le parecía egoísta. ¿Cómo podía sentirse incómoda porque su esposo quería ayudar a otras personas? ¿Cómo podía pedirle que pensara menos en quienes sufrían después de todo lo que había vivido? ¿Cómo podía decirle que algunas veces necesitaba que fuera simplemente Eliab, el hombre con quien había decidido compartir su vida, cuando sabía que la experiencia de la muerte había cambiado profundamente su manera de mirar el mundo? Sin embargo, una noche, mientras estaban sentados en el patio después de cenar, comprendió que esconder aquella inquietud no la hacía desaparecer. Eliab había pasado buena parte del día acompañando a una familia que atravesaba una pérdida, luego había trabajado hasta el cansancio y finalmente había recibido a un hombre que necesitaba hablar con él. Cuando llegó la noche apenas tenía fuerzas para conversar, pero aun así, antes de acostarse, preguntó si alguien había vuelto a buscarlo.
Tirsa lo miró.
—¿Nunca termina?
Eliab levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—La gente que necesita algo de ti.
—No sé.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Él dejó a un lado la pequeña pieza de madera que estaba reparando.
—¿Te molesta que ayude?
—No.
—Entonces no entiendo.
Tirsa respiró lentamente.
—No me molesta que ayudes. Me preocupa que algún día no quede nada de ti para nosotros.
Eliab permaneció callado.
—No quiero que pienses que estoy compitiendo con tu llamado —continuó ella—. No quiero ser la mujer que te diga que dejes de ayudar a otros porque quiero tenerte solamente para mí. Pero tampoco quiero convertirme en alguien que espera todas las noches a que regreses de resolver los problemas de los demás.
—Nunca te dejaría de lado.
—Lo sé.
—Entonces...
—Pero tú tampoco sabes hasta dónde te llevará esto.
La respuesta lo dejó pensativo.
—No —admitió.
Tirsa bajó la mirada.
—Eso es lo que me asusta.
Eliab se acercó a ella.
—Tirsa, no sé qué espera el Señor de mí dentro de un año, ni dentro de diez, ni siquiera mañana. Pero sé que te amo.
—Yo también sé eso.
—Entonces confía en mí.
Ella levantó los ojos.
—Estoy intentando hacerlo.
Aquella noche durmieron juntos, pero Tirsa permaneció despierta durante mucho tiempo. No estaba dudando del amor de Eliab. Lo que le producía miedo era algo más difícil de explicar: la posibilidad de que el amor de él hacia los demás comenzara a ocupar un espacio que antes pertenecía a ellos. Había visto cómo su esposo se quedaba junto a personas que sufrían, cómo podía escuchar durante horas a un desconocido y cómo, después de hacerlo, regresaba a casa con una expresión diferente, como si cada dolor que encontraba dejara una huella en él. Tirsa admiraba aquella sensibilidad, pero también sabía que nadie podía vivir absorbiendo continuamente el sufrimiento ajeno sin terminar transformándose. Y ella comenzaba a preguntarse si algún día tendría que elegir entre acompañarlo y proteger la vida que ambos habían construido.
La respuesta llegó de una manera inesperada.
Una mañana, mientras preparaba pan, recibió la visita de una mujer llamada Miriam, que necesitaba ayuda con su esposo enfermo. Tirsa conocía a la familia y sabía que Eliab seguramente iría cuando se enterara. Miriam comenzó a hablar de la situación, pero antes de terminar preguntó:
—¿Dónde está Eliab?
—En el taller.
—Necesito que venga.
Tirsa sintió una incomodidad que inmediatamente le dio vergüenza.
—¿Por qué él?
Miriam pareció sorprendida.
—Porque dicen que sabe acompañar a las personas.
Tirsa sintió que aquella frase confirmaba precisamente lo que temía.
—Yo también puedo acompañarte.
Miriam sonrió.
—Lo sé, Tirsa, pero él entiende ciertas cosas.
La mujer se marchó poco después y Tirsa quedó sola frente a la mesa. Se sintió culpable por haberse molestado, pero también herida. Había pensado que las personas acudirían a ambos, pero cada vez con mayor frecuencia parecían acudir a Eliab como si él poseyera algo especial que ella no tenía.
Cuando Eliab regresó, notó inmediatamente que algo ocurría.
—¿Qué pasó?
—Miriam vino.
—¿Qué necesita?
—A ti.
Eliab dejó sobre la mesa las cosas que llevaba.
—¿Está enfermo su esposo?
—Sí.
—Voy a ir.
Tirsa lo miró.
—Claro.
Él se detuvo.
—¿Qué significa ese “claro”?
—Nada.
—Tirsa.
Ella cerró los ojos.
—Estoy cansada de que todos te necesiten.
Eliab permaneció inmóvil.
—Y estoy más cansada todavía de sentir que no debería estar cansada de eso.
—No tienes que sentir culpa.
—Pero la siento.
—¿Por qué?
—Porque te amo. Porque quiero acompañarte. Porque sé que lo que haces tiene valor. Pero algunas veces quiero que cuando alguien pregunte por ti, puedas decir que estás conmigo y que no puedes ir.
Eliab se acercó lentamente.
—Puedo decirlo.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Aunque alguien sufra?
—Sí.
Tirsa comenzó a llorar.
—No quiero convertirme en el obstáculo de aquello para lo que Dios te llamó.
—No eres un obstáculo.
—¿Cómo puedes estar seguro?
Eliab tomó sus manos.
—Porque tú eres una de las razones por las que puedo hacerlo.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando estaba muerto, no sabía si volvería a abrir los ojos. Cuando desperté, todo era confusión. Tú fuiste una de las personas que me ayudó a recordar que todavía podía vivir. Si ahora quiero acompañar a otros, no es para alejarme de ti. Es porque aprendí contigo que una vida puede sostener a otra.
Tirsa lloró en silencio.
—Entonces prométeme algo.
—Lo que pueda.
—No decidas siempre solo.
Eliab asintió.
—Te lo prometo.
—Si alguna vez crees que debes irte lejos, no me lo anuncies cuando ya hayas decidido. Háblame antes.
—Lo haré.
—Y si alguna vez necesitas dedicar mucho tiempo a alguien, dime cuánto puedes dar sin destruir nuestra vida.
—Lo haré.
—Y si algún día sientes que el Señor te pide algo que significa dejarme, no tengas miedo de decirme la verdad.
Eliab la miró profundamente.
—Eso es lo que más me cuesta prometer.
—¿Por qué?
—Porque no quiero imaginar una vida en la que tú no estés.
Tirsa apoyó la frente contra su pecho.
—Entonces caminemos juntos mientras podamos.
Aquella conversación cambió algo entre ellos. Tirsa no dejó de sentir temor, pero comenzó a comprender que acompañar a Eliab no significaba desaparecer detrás de su llamado. Ella también podía formar parte de él sin convertirse en una sombra. Durante los días siguientes empezó a visitar enfermos por su cuenta, a ayudar a mujeres que atravesaban pérdidas y a acompañar a familias que necesitaban alimentos o simplemente alguien que las escuchara. Descubrió que algunas personas hablaban con ella de cosas que jamás habrían dicho delante de Eliab, porque su manera de escuchar era diferente. No tenía respuestas extraordinarias ni una historia de resurrección que hiciera que todos la miraran, pero tenía paciencia, sensibilidad y una comprensión profunda de lo que significaba amar a alguien cuya vida había cambiado de manera inesperada.
Una tarde, después de regresar de visitar a una mujer viuda, Tirsa encontró a Eliab en el patio.
—Hoy aprendí algo.
—¿Qué?
—Que no necesito hacer lo mismo que tú para acompañarte.
Eliab sonrió.
—Eso me alegra.
—Pero también descubrí algo más.
—¿Qué?
—Que quizá el Señor no solamente te llamó a ti.
Eliab la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Que quizá también me está enseñando a mí cuál es mi lugar.
Él permaneció en silencio.
—No sé cuál será todavía —continuó Tirsa—, pero sé que no quiero limitarme a seguirte. Quiero caminar contigo.
Eliab tomó su mano.
—Eso es diferente.
—Mucho.
—¿Y te da miedo?
—Sí.
—A mí también.
Tirsa sonrió.
—Entonces estamos empezando bien.
Con el paso de los días, ambos comenzaron a comprender que el llamado de Eliab no era una amenaza para su matrimonio, pero sí una prueba para él. Le exigía aprender a servir sin abandonar a quienes amaba, y a Tirsa le exigía aprender a acompañarlo sin intentar controlar el rumbo que Dios podía estar marcando para su vida. Ninguno tenía todas las respuestas, y precisamente por eso las conversaciones entre ellos se hicieron más profundas. Una noche, mientras caminaban por las afueras de Naín, Tirsa se detuvo y miró hacia el camino que tantas veces había visto alejarse a Eliab.
—¿Te irías si algún día sintieras que debes hacerlo?
Eliab tardó en responder.
—No lo sé.
Tirsa respiró hondo.
—Gracias por decir la verdad.
—¿Te duele?
—Sí.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas. Quiero que lo entendamos juntos.
Eliab se acercó.
—Entonces, si algún día llega ese momento, no caminaré sin ti hasta que sepamos qué significa.
Tirsa lo miró.
—Eso es suficiente por ahora.
Volvieron a casa tomados de la mano. No habían resuelto el futuro, pero ya no necesitaban hacerlo aquella noche. Tirsa había comprendido que amar a Eliab después de su regreso significaba aceptar que el hombre que había amado antes de Naín ya no podía existir exactamente de la misma manera, pero también había descubierto que aquello no significaba perderlo. Quizá amar consistía precisamente en aprender a reconocer a la persona que el otro estaba llegando a ser, incluso cuando ese proceso despertaba temores propios. Eliab, por su parte, comprendió que el llamado que sentía no podía ser vivido correctamente si para obedecerlo tenía que destruir el vínculo con la mujer que había permanecido junto a él desde antes de que comprendiera el significado de aquella segunda oportunidad.
Aquella noche, antes de dormir, Tirsa tomó la mano de Eliab y la sostuvo entre las suyas.
—No sé adónde te llevará el Señor —dijo.
—Yo tampoco.
—Pero si algún día el camino se hace difícil, no quiero ser la persona que te obligue a regresar.
Eliab la miró.
—Y yo no quiero ser el hombre que te obligue a seguirme.
Tirsa sonrió.
—Entonces tendremos que aprender a caminar juntos.
Él acercó su frente a la de ella.
—Sí.
Afuera, la noche cubría nuevamente Naín, pero esta vez Tirsa no sintió que el futuro fuera solamente una amenaza. Seguía teniendo miedo, pero había comenzado a comprender que su compromiso no consistía en seguir a Eliab ciegamente ni en impedir que respondiera al llamado que estaba descubriendo, sino en permanecer a su lado con suficiente amor para decirle cuándo estaba perdiéndose y con suficiente confianza para caminar con él cuando el camino no fuera claro.
CAPÍTULO 12
La primavera llegó lentamente a Naín, como si el paisaje necesitara tiempo para recuperarse del invierno y de todas las preocupaciones que habían pasado por las casas durante aquellos meses. Los campos comenzaron a recuperar el color, los caminos dejaron de estar cubiertos de barro y en las mañanas se podía escuchar nuevamente el movimiento de los comerciantes que llegaban desde las aldeas cercanas. Para Eliab y Tirsa, sin embargo, aquella estación no significó simplemente un cambio en el clima. Había algo distinto en la manera en que ambos miraban el futuro, porque después de las conversaciones que habían tenido sobre el llamado que Eliab sentía y sobre el lugar que Tirsa quería ocupar en ese camino, ya no podían fingir que su vida permanecería exactamente como antes. Eliab seguía trabajando con Natán, ayudando a quienes lo necesitaban y visitando a personas enfermas o en duelo, pero cada vez escuchaba con mayor frecuencia noticias sobre Jesús y sobre los lugares por donde pasaba. Algunas noticias eran imprecisas, otras estaban exageradas por quienes las contaban, pero todas despertaban en él la misma inquietud que había sentido desde el día de su regreso: una necesidad de volver a encontrarse con aquel hombre cuya voz había atravesado la oscuridad de su muerte.
Tirsa comenzó a notar que Eliab escuchaba con especial atención cada vez que alguien mencionaba que Jesús estaba cerca. No era una obsesión como la de los primeros meses, cuando parecía necesitar encontrarlo para obtener respuestas, sino algo más profundo y silencioso. Ahora Eliab no buscaba solamente una explicación para su resurrección. Quería comprender si aquel llamado que sentía dentro de sí tenía alguna relación con el camino que Jesús estaba recorriendo. Una tarde, mientras estaban sentados frente a la casa, llegó Natán con una noticia que cambiaría el rumbo de los días siguientes.
—Dicen que Jesús estará pronto en una aldea al norte —comentó mientras dejaba un saco de herramientas junto a la puerta.
Eliab levantó la mirada.
—¿Quién te lo dijo?
—Un comerciante que llegó esta mañana.
—¿Estás seguro?
—No estoy seguro de casi nada de lo que dicen los comerciantes.
Tirsa sonrió.
—Eso sí es sensato.
Natán se sentó junto a ellos.
—Pero esta vez hay algo diferente. No viene solo.
—¿Quiénes están con él? —preguntó Eliab.
—Algunos discípulos, según dicen. Y mucha gente lo sigue.
Eliab quedó en silencio.
Tirsa observó su rostro y supo inmediatamente qué estaba pensando.
—Quieres ir.
Eliab la miró.
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé exactamente.
Natán se levantó.
—Entonces quizá no deberías ir todavía.
Eliab frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque cuando dices “no sé” con esa cara, normalmente significa que estás a punto de hacer algo que todavía no entiendes.
Tirsa soltó una pequeña risa.
—Tiene razón.
Eliab los miró a ambos.
—Quiero verlo otra vez.
—Eso sí lo entiendo —respondió Tirsa—. Pero quiero saber qué esperas de ese encuentro.
—Nada.
—No te creo.
Eliab bajó la mirada.
—Quiero preguntarle si lo que estoy haciendo tiene sentido.
Tirsa tomó su mano.
—¿Y si te dice que sí?
—Seguiré.
—¿Y si no?
Eliab tardó en responder.
—Entonces tendré que escuchar.
Aquella respuesta fue suficiente para que Tirsa comprendiera que no podía pedirle que ignorara aquella necesidad. Durante los días siguientes comenzaron a preparar un viaje corto. Mara se mostró tranquila cuando se lo comunicaron, aunque en el fondo de sus ojos apareció la preocupación que Eliab conocía demasiado bien.
—¿Cuánto tiempo estarán fuera?
—No lo sé —respondió él.
Mara levantó una ceja.
—Esa respuesta no me gusta.
Tirsa sonrió.
—A mí tampoco.
—Entonces prométanme que no convertirán un viaje corto en una nueva vida sin hablar conmigo primero.
—Lo prometo —dijo Eliab.
Mara se acercó y lo abrazó.
—No te estoy pidiendo que renuncies a lo que sientes que debes hacer.
—Lo sé.
—Pero recuerda que tener un llamado no significa que quienes te aman dejen de necesitarte.
Eliab asintió.
—Lo recordaré.
Partieron tres días después. No viajaron solos. Natán decidió acompañarlos durante parte del trayecto porque debía entregar herramientas a un hombre de otra aldea, y aquella compañía hizo que el camino resultara menos solemne de lo que Eliab había imaginado. Durante las primeras horas hablaron de asuntos cotidianos, del trabajo, de una disputa entre dos comerciantes y hasta de la cantidad de pan que habían llevado. Pero conforme se acercaban a la región donde supuestamente estaría Jesús, el ánimo de Eliab cambió.
Tirsa lo notó.
—Estás nervioso.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no quiero preguntarle por qué me devolvió la vida.
—¿Entonces qué quieres preguntarle?
—Quiero saber si estoy entendiendo bien lo que está ocurriendo conmigo.
Natán caminaba unos pasos delante de ellos.
—Tal vez deberías preguntarle algo más sencillo.
Eliab lo miró.
—¿Qué?
—Dónde conseguir comida.
Tirsa rió.
—Ese sí es un problema real.
Eliab sonrió, pero después volvió a ponerse serio.
—No quiero convertirlo en una conversación sobre mí.
Tirsa respondió con calma.
—Entonces escucha más de lo que hablas.
Aquella recomendación resultó ser más importante de lo que Eliab imaginaba.
Cuando finalmente llegaron a la aldea, encontraron una multitud mucho mayor de la esperada. Había enfermos, personas que viajaban desde lejos, familias con niños, hombres que querían escuchar y otros que simplemente querían ver con sus propios ojos lo que habían escuchado contar. Eliab sintió inmediatamente que el lugar tenía algo familiar. Volvió a experimentar aquella mezcla de esperanza y temor que había sentido la primera vez que se acercó a Jesús.
No tuvieron oportunidad de hablar con él de inmediato.
La multitud se movía continuamente y varias personas intentaban acercarse. Eliab observó a los discípulos organizando a la gente y vio a hombres que cargaban enfermos, mujeres que sostenían niños y personas que esperaban durante horas.
—¿Qué hacemos? —preguntó Tirsa.
Eliab la miró.
—Esperamos.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Pero mientras esperaban, una mujer comenzó a llorar cerca de ellos. Era joven y llevaba un niño pequeño en brazos. Eliab la observó durante unos segundos antes de acercarse.
—¿Necesitas ayuda?
La mujer levantó la mirada.
—Mi hijo tiene fiebre desde ayer.
Eliab sintió un estremecimiento.
—¿Has conseguido que alguien lo examine?
—No.
Tirsa se acercó.
—Ven con nosotros.
Durante la siguiente hora se ocuparon del niño. No sabían si Jesús llegaría a atenderlo ni si aquel encuentro ocurriría. Encontraron a alguien que conocía de enfermedades y consiguieron agua. Eliab permaneció junto a la madre mientras Tirsa buscaba alimento.
Cuando finalmente el niño comenzó a respirar con mayor tranquilidad, la mujer tomó las manos de Eliab.
—Pensé que tú podrías hacer algo.
Eliab sintió la vieja presión.
—No puedo curarlo.
—Pero tú...
—Jesús me devolvió la vida. Eso no significa que yo pueda hacer lo que él hace.
La mujer bajó los ojos.
—Entonces ¿por qué te quedaste?
Eliab miró a Tirsa.
—Porque podía quedarme.
Aquella respuesta lo acompañó hasta el momento en que finalmente pudo acercarse a Jesús.
Cuando lo vio, no sintió la emoción que había imaginado. No hubo necesidad de correr hacia él ni de decir inmediatamente todo lo que había pensado durante meses. Simplemente permaneció unos instantes observándolo. Jesús parecía cansado. A su alrededor había personas que hablaban, preguntaban y pedían. Sin embargo, cuando sus ojos se encontraron, Eliab tuvo la sensación de que lo había reconocido.
—Eliab.
Escuchar su nombre volvió a estremecerlo.
—Maestro.
Jesús miró a Tirsa.
—Y tú has venido con él.
Tirsa inclinó la cabeza.
—Sí.
Jesús volvió la mirada hacia Eliab.
—¿Qué buscas?
Eliab respiró profundamente.
—No sé si busco algo.
Jesús esperó.
—Quiero entender.
—¿Qué?
—Lo que significa estar vivo después de haber muerto.
Jesús guardó silencio.
—Y quiero saber si estoy haciendo lo que debo hacer.
Jesús lo miró durante unos instantes.
—¿Qué estás haciendo?
Eliab respondió:
—Acompañando a personas.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué otra cosa hacer con la vida que recibí.
Jesús permaneció en silencio y luego dijo:
—Entonces no la conviertas en una deuda.
Eliab sintió que aquellas palabras entraban profundamente en él.
—¿Y si siento que debo hacer más?
—Entonces escucha antes de correr.
Tirsa miró a Eliab.
Jesús continuó:
—No puedes cargar con todos.
—Lo sé.
—Todavía estás aprendiendo.
Eliab bajó la cabeza.
—Sí.
Jesús miró a Tirsa.
—Y tú también.
Ella pareció sorprendida.
—¿Yo?
—Acompañar a alguien no significa desaparecer detrás de él.
Tirsa sintió que aquellas palabras tocaban directamente aquello que había estado luchando por comprender.
—Tengo miedo de no saber cómo hacerlo.
—El miedo no siempre indica que debes detenerte.
Jesús volvió a mirar a Eliab.
—Pero tampoco siempre significa que debes avanzar.
Ambos permanecieron en silencio.
—Entonces ¿cómo sabremos? —preguntó Tirsa.
Jesús respondió con sencillez:
—Escuchando.
No hubo una explicación mayor. No hubo una profecía sobre el futuro de Eliab ni una misión detallada. Jesús no le dijo que debía abandonar su hogar, ni que debía convertirse en alguien distinto. Solamente les recordó algo que ambos habían olvidado algunas veces: el llamado debía ser discernido, no perseguido con desesperación.
Antes de marcharse, Eliab se atrevió a hacer una última pregunta.
—¿Por qué me llamaste aquel día?
Jesús lo miró.
—Porque estabas muerto.
Eliab quedó inmóvil.
—¿Eso es todo?
—Para comenzar, sí.
Aquella respuesta parecía demasiado sencilla, pero Eliab comprendió que detrás de ella había algo que todavía no podía abarcar.
Jesús añadió:
—Ahora estás vivo.
Y luego se volvió hacia otras personas.
Eliab regresó junto a Tirsa sin decir una palabra.
—¿Estás decepcionado? —preguntó ella.
—No.
—¿Entonces?
—Creo que esperaba una respuesta más grande.
Tirsa sonrió.
—Quizá por eso te dio una respuesta pequeña.
Eliab la miró.
—¿Pequeña?
—Sí. Para que puedas vivirla.
Regresaron a Naín varios días después. Durante el camino, Eliab habló mucho menos que de costumbre. No estaba confundido de la misma manera que antes. Por primera vez comenzaba a aceptar que quizá nunca recibiría una explicación completa sobre su muerte y su regreso. Pero tampoco necesitaba una explicación completa para seguir caminando.
Cuando llegaron a casa, Mara los esperaba.
—¿Y?
Tirsa sonrió.
—Pregúntale a él.
Mara miró a su hijo.
—¿Qué te dijo?
Eliab se sentó junto a ella.
—Que estoy vivo.
Mara soltó una risa.
—Eso ya lo sabía.
—Yo también.
—Entonces ¿qué aprendiste?
Eliab miró a Tirsa.
—Que quizá el llamado no consiste en descubrir por qué fui elegido.
Mara esperó.
—Consiste en decidir qué haré con lo que recibí.
Mara tomó su mano.
—Ahora sí estás empezando a entender.
Aquella noche, Eliab y Tirsa caminaron juntos por las calles de Naín. Habían salido buscando respuestas y habían regresado con algo menos espectacular, pero mucho más profundo: una dirección. Eliab sabía que el camino no sería fácil y que su llamado seguiría desafiándolo, especialmente porque no siempre sabría distinguir entre compasión y obligación, entre servicio y sacrificio innecesario, entre obediencia y huida. Tirsa también sabía que tendría que luchar contra sus propios temores y aprender a acompañarlo sin perderse a sí misma. Pero ambos habían comprendido algo esencial: no necesitaban conocer todo el camino para dar el siguiente paso.
Mientras caminaban, Tirsa apoyó la cabeza sobre el hombro de Eliab.
—¿Qué harás mañana?
Eliab sonrió.
—Trabajar.
—¿Y después?
—Volver a casa.
—¿Y si alguien necesita ayuda?
Eliab la miró.
—Entonces veremos juntos qué podemos hacer.
Tirsa sonrió.
—Eso me gusta.
Continuaron caminando mientras la tarde desaparecía detrás de las colinas. Eliab volvió la mirada hacia el camino que conducía fuera de Naín, sabiendo que probablemente volvería a recorrerlo muchas veces, quizá para buscar a Jesús, quizá para ayudar a alguien, quizá porque el llamado que sentía todavía tenía cosas que enseñarle. Pero aquella noche no tenía necesidad de irse. El Señor le había devuelto la vida, y por primera vez Eliab empezaba a comprender que responder a ese regalo no significaba abandonar aquello que amaba, sino aprender a amar con mayor profundidad, a servir sin apropiarse del destino de otros y a caminar junto a quienes Dios colocara delante de él, siempre recordando que estar vivo no era una deuda que debía pagar, sino una oportunidad que debía aprender a recibir cada día.
CAPÍTULO 13
El invierno había comenzado a retirarse de Naín sin que nadie pudiera señalar con exactitud el día en que había sucedido. Las mañanas seguían siendo frías y algunas noches obligaban a mantener encendido el fuego durante varias horas, pero en los campos empezaban a aparecer señales discretas de una estación diferente, pequeños brotes verdes entre la tierra oscura, pájaros que regresaban a los árboles y una luz distinta al caer la tarde, menos dura que la de los meses anteriores. Eliab había aprendido a observar esas cosas con una atención que antes no tenía. Después de haber muerto, muchas cosas sencillas habían adquirido para él una importancia que jamás habría imaginado. El sonido de una herramienta golpeando la madera, la voz de Tirsa mientras trabajaba junto a él, el modo en que Mara ordenaba la casa aunque no hubiera ninguna necesidad de hacerlo, incluso el ruido de Natán entrando en el taller y quejándose de algo que, según él, solamente él parecía capaz de hacer correctamente, todo aquello formaba parte de una vida que ya no podía considerar garantizada.
Aquella mañana Eliab estaba terminando un trabajo en el taller cuando Natán entró con una expresión poco habitual. No parecía preocupado por una herramienta, ni por algún encargo que se hubiera retrasado, ni siquiera por las discusiones que últimamente se escuchaban entre algunos hombres acerca de los impuestos y de la situación política de la región. Se quedó unos instantes junto a la entrada, mirando a Eliab como si estuviera buscando la manera adecuada de comenzar una conversación que no sabía cómo sostener.
—¿Qué ocurre?
Natán dejó sobre una mesa el pequeño paquete que llevaba en la mano y se sentó.
—Han llegado viajeros de Jerusalén.
Eliab continuó trabajando, aunque su mano se detuvo durante un instante.
—¿Y?
—Hablan de Jesús.
Eliab levantó lentamente la mirada.
—¿Qué dicen?
Natán respiró hondo.
—Que las cosas se están poniendo difíciles.
Aquella frase no parecía suficiente para explicar la expresión de su rostro, pero Eliab entendió inmediatamente que no se refería a una discusión cualquiera. Desde hacía meses llegaban noticias contradictorias. Unos hablaban de personas sanadas, otros de enseñanzas que habían transformado sus vidas, otros de multitudes que seguían a Jesús por los caminos. También habían llegado relatos de enfrentamientos con hombres religiosos que cuestionaban lo que hacía y decía, y de personas poderosas que empezaban a considerarlo una amenaza.
—¿Qué significa «difíciles»?
—Que algunos quieren detenerlo.
Eliab dejó la herramienta sobre la mesa.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Eliab había imaginado muchas veces que volvería a encontrarse con Jesús. Había pensado en las preguntas que todavía llevaba dentro, en aquello que no había entendido de la voz que escuchó cuando todo parecía terminado, en la extraña responsabilidad de haber recibido una vida que no esperaba volver a vivir. Sin embargo, nunca había imaginado seriamente que Jesús pudiera estar en peligro de muerte. En su mente, de una manera que ahora le parecía ingenua, aquel hombre había quedado asociado para siempre con la autoridad de quien había vencido su propia muerte. Le resultaba difícil aceptar que alguien pudiera intentar quitarle la vida.
—¿Quién podría detenerlo? —preguntó.
Natán se encogió de hombros.
—Los hombres que tienen autoridad siempre encuentran alguna manera cuando creen que alguien amenaza el orden que conocen.
Eliab bajó la mirada hacia sus manos.
—Pero Jesús no está haciendo daño a nadie.
—Eso no significa que todos estén de acuerdo contigo.
La conversación terminó poco después, pero las palabras de Natán permanecieron en la mente de Eliab durante todo el día. Al regresar a casa encontró a Tirsa junto a Mara. Su madre estaba sentada cerca de la ventana y parecía más cansada que de costumbre. No era una enfermedad como aquella que meses atrás había hecho temblar a toda la casa, pero su rostro mostraba una debilidad que Eliab reconoció inmediatamente.
—Has llegado temprano —dijo Tirsa.
—Quería verte.
Tirsa sonrió, pero notó enseguida que algo preocupaba a su esposo.
—¿Qué pasó?
Eliab miró a Mara antes de responder.
—Han llegado noticias de Jerusalén.
Mara levantó los ojos.
—¿Sobre Jesús?
Eliab asintió.
—Dicen que quieren detenerlo.
Mara guardó silencio. Después apoyó las manos sobre su regazo y miró hacia la ventana.
—Sabía que algún día podía ocurrir.
—¿Cómo puedes decirlo con tanta tranquilidad?
—No estoy tranquila.
Eliab se sentó frente a ella.
—Entonces, ¿por qué pareces estarlo?
Mara lo observó durante unos segundos antes de responder.
—Porque una cosa es tener miedo y otra permitir que el miedo decida lo que creemos.
Eliab recordó conversaciones parecidas, pero esta vez no quiso llevarlas hacia la enfermedad, la muerte o su propia experiencia. Había aprendido que algunas preguntas no necesitaban convertirse siempre en otra lección sobre sí mismo.
—Quiero verlo otra vez —dijo.
Mara no respondió inmediatamente.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué está ocurriendo.
—Eso no siempre se arregla viendo a una persona.
—Quiero escuchar su voz.
Mara sonrió débilmente.
—Entonces quizá debas hacerlo.
Tirsa se acercó y tomó la mano de Eliab.
—Pero no te marches sin pensar.
—No estoy pensando en marcharme ahora.
—Te conozco.
Eliab la miró y sonrió.
—Eso es cierto.
Aquella noche Mara tuvo fiebre ligera. No fue una situación grave, pero Eliab permaneció despierto durante varias horas, sentado cerca de ella. Tirsa intentó convencerlo de que descansara.
—No puedes quedarte toda la noche mirándola.
—No estoy asustado.
Tirsa lo observó con paciencia.
—No te pregunté si estabas asustado.
Eliab sonrió apenas.
—Entonces sí, estoy un poco asustado.
—Lo imaginaba.
—Pero no quiero hacer de esto lo que hice antes.
—¿Qué hiciste antes?
Eliab tardó en responder.
—Quise controlar lo que no podía controlar.
Tirsa se sentó junto a él.
—Eso ya lo aprendiste.
—Lo estoy aprendiendo.
—Hay una diferencia.
Eliab miró a Mara, que dormía.
—Si se enferma, quiero ayudarla. Si necesita un médico, quiero buscarlo. Si necesita compañía, quiero quedarme. Pero ya no quiero convertir cada síntoma en una batalla contra la muerte.
Tirsa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Entonces quizá realmente estés cambiando.
Mara se recuperó durante los días siguientes. La fiebre desapareció y volvió poco a poco a sus actividades, aunque Eliab insistió en que descansara más. Ella protestó porque, según decía, la estaban tratando como si fuera una anciana incapaz de levantarse de una silla.
—No estoy hecha de barro, Eliab.
—Nunca dije eso.
—Lo piensas.
—Pienso que eres mi madre.
Mara sonrió.
—Eso sí es cierto.
La recuperación de Mara fue sencilla y sin dramatismo, precisamente como muchas de las cosas que habían aprendido a valorar. No hubo una señal extraordinaria ni una respuesta que pudiera convertirse en relato para los viajeros. Hubo descanso, alimento, tiempo y cuidados. Eliab comprendió que la vida también estaba hecha de esas pequeñas victorias que nadie contaba porque no parecían milagros.
Pero las noticias procedentes de Jerusalén se volvieron cada vez más inquietantes.
Un hombre que había pasado por Naín contó que Jesús había llegado a Jerusalén acompañado de sus discípulos. Otro aseguró que había sido recibido por una multitud. Después llegaron relatos confusos acerca de discusiones, acusaciones y amenazas. Cada noticia parecía contradecir a la anterior. Algunos hablaban de triunfo; otros, de peligro.
Eliab escuchaba todo sin saber qué creer.
Una tarde Natán apareció en el taller mucho más tarde de lo habitual.
—Lo arrestaron.
Eliab sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
—¿A Jesús?
—Sí.
Durante unos segundos el taller pareció quedarse sin aire.
—¿Estás seguro?
—Eso dicen los viajeros.
Eliab dejó lentamente la herramienta que tenía en la mano.
—¿Dónde está?
—En Jerusalén.
—Entonces iré.
Natán se quedó mirándolo.
—¿Ahora?
—Sí.
—No puedes llegar a Jerusalén antes de que decidan qué hacer con él.
—Lo sé.
—Entonces, ¿para qué quieres ir?
Eliab abrió la boca, pero no encontró una respuesta sencilla.
—Porque estuvo allí cuando yo estaba muerto.
Natán comprendió que no necesitaba decir más.
Cuando Eliab llegó a casa, Tirsa supo por su expresión que algo había ocurrido.
—Lo arrestaron.
Ella no preguntó a quién.
—¿Vas a ir?
—Sí.
—¿Y qué harás cuando llegues?
Eliab se quedó en silencio.
—No lo sé.
Tirsa se acercó.
—Entonces ve sabiendo eso.
—¿No vas a intentar detenerme?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que algún día mires atrás y pienses que te pedí que te quedaras cuando necesitabas estar allí.
Eliab la abrazó.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Podría ser peligroso.
—Lo sé.
—Podría no volver a verlo.
Tirsa cerró los ojos.
—Eso es lo que más me preocupa.
Mara escuchó la conversación desde la otra habitación y apareció lentamente.
—No vas a ir solo.
Eliab la miró sorprendido.
—Madre...
—No he dicho que vaya contigo. He dicho que no vas a ir solo.
Tirsa comprendió.
—Yo iré.
Eliab quiso protestar, pero Mara lo detuvo.
—No intentes proteger a quienes te aman decidiendo por ellos.
Aquella frase quedó entre los tres durante unos instantes. Finalmente Eliab asintió.
Pero antes de que pudieran partir llegaron nuevas noticias.
Jesús había sido condenado.
Después llegó otra noticia.
Había sido llevado fuera de la ciudad.
Y luego llegó la noticia que Eliab no estaba preparado para recibir.
Jesús había muerto.
La información entró en la casa sin ruido, como si alguien hubiera abierto una puerta hacia un lugar donde el aire era distinto. El hombre que la llevó no quiso entrar. Se quedó en el umbral, con la cabeza inclinada, y repitió lo que había escuchado.
Eliab no respondió.
Tirsa tomó su mano.
Mara cerró los ojos.
Durante largo rato nadie habló.
Eliab caminó hasta la puerta y salió. Necesitaba aire. El cielo estaba oscureciendo y sobre los campos comenzaba a extenderse una luz rojiza. Se quedó allí, inmóvil, intentando ordenar algo que no podía ordenar.
Recordó el camino de Naín.
Recordó el rostro de Mara cuando lo vio abrir los ojos.
Recordó las manos de Jesús sobre el féretro.
Recordó aquella voz.
—Joven, a ti te digo, levántate.
Eliab cerró los ojos.
Había pasado años intentando comprender por qué Jesús le había devuelto la vida, pero nunca había considerado que aquel mismo hombre pudiera morir de una manera tan brutal. De pronto, su pregunta parecía insignificante frente a algo mucho más grande.
No sabía qué significaba.
No sabía por qué Dios había permitido aquello.
No sabía por qué alguien que había sanado a tantos no había sido protegido de sus propios enemigos.
No sabía por qué el hombre que lo había llamado desde la muerte había terminado en una cruz.
Y por primera vez Eliab comprendió que no necesitaba convertir inmediatamente aquellas preguntas en respuestas.
Podía simplemente llorar.
Tirsa salió y se colocó a su lado.
—No sé qué decirte.
Eliab respiró profundamente.
—Yo tampoco.
—¿Quieres que volvamos adentro?
—Todavía no.
Tirsa tomó su mano.
—Entonces me quedo.
Eliab la miró.
—¿No tienes preguntas?
—Tengo muchas.
—¿Y no quieres respuestas?
—Claro que quiero.
—¿Entonces?
Tirsa miró hacia el horizonte.
—Podemos tener preguntas juntos.
Eliab apretó su mano.
—Me hubiera gustado volver a escucharlo.
—Lo sé.
—Quería preguntarle tantas cosas.
—Quizá algún día entiendas algunas.
Eliab negó lentamente con la cabeza.
—Ahora mismo no entiendo nada.
—Entonces no finjas entender.
Aquella noche nadie durmió bien.
Al amanecer llegó un viajero que traía noticias todavía más extrañas. Había mujeres que habían ido al sepulcro y aseguraban que no habían encontrado el cuerpo. Algunos discípulos decían haber visto al Señor vivo.
Eliab escuchó el relato sin moverse.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó finalmente.
El hombre repitió la historia.
—Dicen que el sepulcro estaba vacío.
—¿Y quién lo vio?
—Las mujeres que fueron al sepulcro. Después comenzaron a hablar los discípulos.
Eliab miró a Tirsa.
—¿Crees que es posible?
Ella no respondió.
—No lo sé —dijo finalmente—. Pero tú tampoco deberías responder antes de tiempo.
Eliab se quedó pensando.
Había estado muerto.
Había conocido la oscuridad.
Había escuchado una voz cuando ya no podía responder.
Si alguien le hubiera contado aquella historia antes de morir, habría pensado que era imposible. Ahora sabía que algunas cosas que parecían imposibles podían ocurrir, pero también sabía que una experiencia extraordinaria no convertía todas las historias extraordinarias en verdad.
—Necesito ir a Jerusalén.
Mara lo miró desde su silla.
—Esta vez no vas solamente para encontrar a Jesús.
Eliab sintió que aquellas palabras lo alcanzaban profundamente.
—No.
—¿Entonces para qué?
Eliab tardó en responder.
—Para saber qué pasó.
Mara asintió.
—Entonces ve.
Tirsa se acercó.
—Yo voy contigo.
Eliab quiso decir algo, pero no encontró palabras.
—No sé qué encontraremos.
—Yo tampoco.
—Puede que no encontremos nada.
—Entonces volveremos juntos.
—Puede que encontremos algo que cambie todo.
Tirsa sostuvo su mirada.
—Entonces también lo enfrentaremos juntos.
Eliab volvió los ojos hacia Mara.
—¿Y tú?
Mara sonrió.
—Yo estaré aquí.
—No quiero dejarte.
—No me estás dejando. Estás caminando.
Eliab se acercó y se arrodilló junto a ella.
—Tengo miedo de perderte.
Mara le acarició el cabello.
—Lo sé.
—No quiero que mueras.
—Yo tampoco quiero morir todavía.
Los dos sonrieron entre lágrimas.
—Pero no puedes convertir mi vida en una razón para dejar de vivir la tuya.
Eliab cerró los ojos.
—Me enseñaste eso hace mucho.
—Entonces no lo olvides ahora.
Cuando llegó el momento de partir, Eliab salió de Naín junto a Tirsa. No llevaba la misma inquietud que cuando había salido la primera vez buscando respuestas sobre su propia resurrección. Aquella vez había partido con una pregunta que quería resolver. Ahora caminaba hacia Jerusalén sabiendo que quizá encontraría más preguntas.
Mientras avanzaban por el camino, Tirsa permaneció en silencio durante un largo trecho. Finalmente habló.
—¿En qué estás pensando?
Eliab observó el camino delante de ellos.
—En la voz.
—¿La de Jesús?
—Sí.
—¿Qué recuerdas?
—Muy poco.
—¿Y qué recuerdas exactamente?
Eliab tardó en responder.
—La oscuridad. El silencio. Y después su voz.
—¿Crees que esa voz puede volver a hablarte?
—No lo sé.
—¿Te gustaría?
Eliab sonrió con tristeza.
—Más que nunca.
Continuaron caminando.
El sol comenzaba a elevarse y la distancia hacia Jerusalén parecía todavía enorme. Eliab no sabía qué encontraría al final del camino, ni si las noticias sobre el sepulcro vacío serían ciertas, ni qué significaría para él descubrir que Jesús estaba realmente vivo, ni cómo cambiaría aquello todo lo que había pensado desde el día de su propia muerte.
Por primera vez desde que había abierto los ojos en aquel féretro, Eliab no estaba buscando una explicación para sí mismo.
Estaba buscando a Jesús.
Y mientras caminaba junto a Tirsa, comprendió que algunas respuestas no comenzaban cuando uno encontraba una explicación, sino cuando tenía el valor de seguir avanzando aun sin tenerla.
CAPÍTULO 14
El camino hacia Jerusalén se hizo más largo de lo que Eliab había imaginado. No porque la distancia fuera diferente de la que otros viajeros habían recorrido antes que ellos, sino porque cada jornada parecía estar cargada de una incertidumbre que hacía más lento el paso. Habían salido de Naín con las noticias todavía recientes de la crucifixión y de aquel sepulcro que, según algunos, había sido encontrado vacío, y mientras avanzaban Eliab llevaba dentro una mezcla difícil de ordenar. Había momentos en que pensaba que todo aquello era imposible y que los hombres habían confundido rumores, deseos y dolor; otros en que recordaba el día en que él mismo había sido llevado muerto por las calles de Naín y comprendía que, después de haber experimentado algo que nadie habría considerado posible, ya no podía descartar con facilidad aquello que otros estaban contando. Tirsa caminaba junto a él sin presionarlo para que hablara, sabiendo que había preguntas que necesitaban tiempo antes de convertirse en palabras. De vez en cuando se rozaban las manos y continuaban andando, como si aquel gesto sencillo bastara para recordarle a Eliab que, aunque todo lo que había conocido parecía estar cambiando, todavía había alguien caminando a su lado.
Cuando finalmente llegaron a Jerusalén, la ciudad estaba llena de voces. Había viajeros que hablaban de la Pascua, personas que regresaban a sus lugares de origen, hombres que discutían en las esquinas y grupos que parecían buscar desesperadamente a alguien que pudiera confirmar lo que habían oído. La noticia de la muerte de Jesús ya no era un rumor. Muchos sabían de ella, aunque cada uno contaba los acontecimientos de una manera diferente. Algunos hablaban de él con tristeza, otros con miedo, otros con desprecio, y algunos evitaban pronunciar siquiera su nombre.
Eliab y Tirsa preguntaron por los discípulos. No fue fácil encontrarlos. Después de varios intentos llegaron hasta una casa donde algunos seguidores de Jesús permanecían reunidos. La puerta se abrió con cautela y un hombre los observó durante unos segundos antes de permitirles entrar. Eliab explicó que venían de Naín y que buscaban saber qué había ocurrido.
—¿Naín? —preguntó el hombre.
—Sí.
—¿Conoces a Jesús?
Eliab sostuvo su mirada.
—Él me conoce a mí.
El hombre pareció confundido.
—¿Cómo?
Eliab respiró profundamente.
—Yo soy el joven que resucitó en Naín.
El hombre quedó inmóvil.
Tirsa observó cómo cambiaba su expresión. Había sorpresa, pero también reconocimiento. La historia de Eliab había viajado mucho más lejos de lo que él imaginaba.
—Entonces entra —dijo finalmente—. Tienes que hablar con ellos.
Dentro había varias personas. Algunas conversaban en voz baja y otras permanecían sentadas sin hablar. Eliab sintió inmediatamente que allí había ocurrido algo que había dejado una herida profunda. No era solamente el dolor de haber perdido a un maestro. Había una tensión extraña, una mezcla de temor y esperanza que no sabía cómo interpretar.
Uno de los hombres se acercó.
—¿Eres Eliab?
—Sí.
—Yo he escuchado hablar de ti.
Eliab asintió.
—Yo también he escuchado hablar de ustedes.
El hombre sonrió con tristeza.
—Entonces ambos hemos escuchado historias difíciles de creer.
Eliab se sentó.
—Quiero saber qué pasó.
Nadie respondió inmediatamente.
Finalmente uno de ellos comenzó a contarle lo ocurrido. Habló del arresto, de la condena, del camino hacia el lugar de la crucifixión, de la muerte de Jesús y de su sepultura. Eliab escuchaba con los ojos fijos en el suelo. Aunque ya había oído buena parte de aquello durante el viaje, escucharlo de alguien que había estado cerca hacía que todo pareciera distinto.
Después habló del sepulcro.
—Las mujeres fueron primero.
Eliab levantó la mirada.
—¿Estaban seguras?
—Sí.
—¿Y qué encontraron?
—La piedra removida.
—¿El cuerpo?
El hombre negó con la cabeza.
—No estaba allí.
Tirsa se acercó un poco más a Eliab.
—¿Y después?
—Algunos de nosotros pensamos que habían confundido el lugar. Otros pensamos que alguien había llevado el cuerpo. Nadie sabía qué pensar.
—¿Y ahora?
El hombre guardó silencio.
—Ahora algunos de nosotros dicen que lo han visto.
Eliab sintió un escalofrío.
—¿Tú?
El hombre bajó la mirada.
—No quiero hablar de algo que todavía estoy intentando comprender.
—Lo entiendo.
—Pero hay otros que aseguran haberlo visto.
Eliab se quedó en silencio.
Durante toda la noche escuchó testimonios. No todos eran iguales. Algunos habían visto a Jesús en distintos lugares; otros hablaban de conversaciones que habían tenido con él. Había confusión, emoción, miedo y una alegría que todavía parecía demasiado grande para ser aceptada sin reservas.
Eliab no salió de aquella casa convertido en alguien que comprendía todo. Salió con más preguntas que antes.
Tirsa caminó junto a él por una calle estrecha.
—¿Qué piensas?
—No lo sé.
—¿Eso es todo?
—Es lo único que puedo decir.
Tirsa sonrió.
—Entonces es suficiente por ahora.
Eliab miró hacia el cielo.
—Si realmente está vivo...
No terminó la frase.
—¿Qué?
—Entonces todo cambia.
—Sí.
—Pero no sé cómo.
Tirsa tomó su mano.
—Quizá no tengas que saberlo esta noche.
Aquella misma tarde escucharon que Jesús había sido visto nuevamente. Eliab quiso ir, pero no logró encontrar el lugar exacto. Los rumores se cruzaban unos con otros. Unos aseguraban que estaba con sus discípulos; otros decían que había aparecido en otro sitio. Eliab recorrió varias calles, preguntó a diferentes personas y regresó finalmente al lugar donde se hospedaban.
No había encontrado a Jesús.
Y, extrañamente, aquella ausencia no le produjo la misma desesperación que habría sentido años atrás.
Se sentó con Tirsa y permaneció largo rato en silencio.
—¿Estás decepcionado? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Mucho?
—Menos de lo que esperaba.
—¿Por qué?
Eliab pensó antes de responder.
—Porque durante mucho tiempo creí que necesitaba volver a verlo para entender por qué me había devuelto la vida.
—¿Y ahora?
—Ahora empiezo a pensar que quizá nunca necesitó explicármelo.
Tirsa lo observó.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando estaba muerto, no podía preguntarle nada. Cuando desperté, quise convertir aquel milagro en una respuesta para toda mi vida. Quizá él solamente me devolvió la vida y después me dejó aprender a vivirla.
Tirsa apretó su mano.
—Eso parece algo que llevas mucho tiempo intentando descubrir.
—Sí.
Al día siguiente volvieron a buscar noticias. Finalmente Eliab escuchó el testimonio de un hombre que había visto a Jesús después de la crucifixión. No fue una conversación larga, ni una escena extraordinaria. El hombre habló con sencillez, todavía emocionado, como quien cuenta algo que apenas ha empezado a comprender.
Eliab lo escuchó hasta el final.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿No pudo ser otra persona?
—Pensé eso al principio.
—¿Y después?
El hombre sonrió.
—Después dejó de importarme lo que yo pensaba que era posible.
Eliab bajó la mirada.
Aquella frase permaneció con él.
No regresó a Naín con todas las respuestas que había buscado. Regresó con algo diferente: una certeza todavía imperfecta, una esperanza que no dependía de poder explicarlo todo. Jesús había muerto. Eso era cierto. Había sido visto vivo después de su muerte. Muchos lo afirmaban. Eso también era cierto para quienes habían sido testigos. Eliab no necesitaba convertir sus propias preguntas en una respuesta apresurada.
El viaje de regreso fue más silencioso.
Cuando volvieron a Naín, Mara estaba esperándolos en la puerta.
Eliab la abrazó durante largo rato.
—Pensé que nunca llegarían.
—El camino fue más largo de lo que imaginaba.
—¿Y lo encontraste?
Eliab miró a su madre.
—No.
Mara no pareció decepcionada.
—Pero escuché a quienes estuvieron con él.
—¿Y?
Eliab respiró profundamente.
—Dicen que está vivo.
Mara cerró los ojos.
—Entonces quizá algún día vuelvas a verlo.
Eliab sonrió.
—Quizá.
Los meses que siguieron fueron tranquilos en apariencia, aunque dentro de Eliab algo había cambiado definitivamente. Ya no necesitaba hablar de Jesús cada vez que alguien le preguntaba por su propia resurrección. Tampoco sentía la necesidad de explicar lo que no entendía. Cuando alguien quería saber qué había después de la muerte, seguía diciendo que no lo sabía. Cuando alguien preguntaba por qué Jesús lo había levantado, respondía con la misma honestidad que había aprendido desde el principio.
—No lo sé.
Pero ahora aquella frase ya no le parecía una derrota.
Mara comenzó a envejecer con mayor rapidez. No apareció una enfermedad repentina que pudiera convertir sus últimos meses en una carrera desesperada. Simplemente empezó a caminar más despacio, a cansarse con facilidad y a permanecer más tiempo sentada junto a la ventana. Eliab lo notaba aunque ella intentara ocultarlo.
Una tarde, mientras Tirsa preparaba la comida, Eliab encontró a Mara observando el patio.
—¿En qué piensas?
—En tu padre.
Eliab se sentó junto a ella.
—¿Lo extrañas?
—Todos los días.
—¿Todavía?
Mara sonrió.
—El amor no desaparece porque pase el tiempo.
Eliab guardó silencio.
—¿Tienes miedo? —preguntó finalmente.
Mara lo miró.
—A veces.
—¿De morir?
—Sí.
Aquella respuesta sorprendió a Eliab.
—Pensé que no tenías miedo.
—Nunca dije eso.
—Siempre hablas de la muerte con mucha tranquilidad.
—Hablar tranquilamente no significa no tener miedo.
Eliab tomó su mano.
—Yo todavía tengo miedo de perderte.
—Lo sé.
—No quiero volver a pasar por eso.
Mara acarició sus dedos.
—Eliab, tú ya pasaste por eso.
Él comprendió.
—Y Jesús me devolvió la vida.
—Sí.
—Pero no te la devolverá a ti.
Mara lo miró con ternura.
—No lo sabemos.
Eliab levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—No sabemos lo que Dios hará. Pero tampoco debemos vivir esperando que cada persona que amamos sea arrancada de la muerte como lo fuiste tú.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Mara sonrió.
—La amamos mientras está.
Eliab sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Te quiero.
—Yo también.
—Mucho.
—Eso ya lo sé.
Con el tiempo, las fuerzas de Mara fueron disminuyendo. Tirsa cuidaba de ella con la paciencia de quien no necesita convertir el cuidado en una tragedia. Natán aparecía con frecuencia y fingía tener algún encargo para poder ayudar en la casa sin que Mara sintiera que estaba siendo atendida por lástima. Eliab trabajaba menos horas y permanecía más tiempo con su madre.
Una tarde, mientras el sol descendía detrás de las colinas, Mara llamó a Eliab.
—Siéntate.
Eliab obedeció.
—Quiero hablar contigo.
—Aquí estoy.
—Cuando Jesús te devolvió la vida, yo pensé que te había recuperado para siempre.
Eliab bajó la cabeza.
—Yo también lo pensé durante mucho tiempo.
—Después comprendí que no.
—¿Qué comprendiste?
Mara respiró con dificultad, pero su voz permaneció firme.
—Que Jesús te devolvió unos años, Eliab. No te devolvió la eternidad.
Las palabras lo atravesaron.
—¿Y eso no te parece poco?
Mara sonrió.
—Al principio sí.
—¿Y ahora?
—Ahora pienso que unos años pueden ser muchísimo si uno sabe vivirlos.
Eliab tomó su mano.
—¿Tienes algo más que decirme?
—Sí.
Mara lo miró directamente.
—No permitas que tu miedo a morir te impida vivir.
Eliab cerró los ojos.
—Lo intentaré.
—No. Hazlo.
Él sonrió entre lágrimas.
—Lo haré.
—Ama a Tirsa.
—La amo.
—Díselo.
—Se lo digo.
—Díselo cuando estén cansados, cuando discutan y cuando tengas miedo.
Eliab asintió.
—Lo haré.
—Ayuda a quien puedas.
—Sí.
—Pero no intentes salvar a todos.
Eliab sonrió.
—Eso me lo has dicho muchas veces.
—Porque todavía no lo has aprendido del todo.
Ambos rieron suavemente.
Después Mara añadió:
—Y sigue a Jesús.
Eliab levantó los ojos.
—¿Aunque no entienda todo?
—Especialmente entonces.
La respiración de Mara se hizo más lenta.
—¿Qué significa seguirlo?
Ella cerró los ojos un instante.
—Amar cuando sería más fácil endurecerse. Perdonar cuando todavía duele. Decir la verdad cuando una mentira parece más cómoda. Permanecer cuando otros se marchan. Ayudar sin esperar que todos sepan que ayudaste. Y no dejar que el miedo sea quien decida por ti.
Eliab apretó su mano.
—Madre...
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Entonces quédate conmigo.
Mara abrió los ojos y sonrió.
—Estoy contigo.
Esa noche permanecieron juntos durante largo tiempo. Tirsa entraba y salía de la habitación, llevando agua, acomodando las mantas y permaneciendo unos momentos junto a Mara. Natán pasó por la casa, pero no entró. Comprendió que aquella noche pertenecía a la familia.
Al amanecer, Mara estaba más débil.
Eliab se sentó junto a ella.
—¿Estás cómoda?
—Sí.
—¿Necesitas algo?
—No.
—¿Tienes dolor?
—Un poco.
Tirsa se acercó y le acomodó la almohada.
Mara la miró.
—Cuídalo.
Tirsa sonrió mientras las lágrimas le llenaban los ojos.
—Lo haré.
—Y deja que él también te cuide.
—Lo haré.
Mara cerró los ojos.
Eliab sintió que su mano se volvía más ligera entre las suyas.
—Madre.
Ella abrió los ojos una última vez.
—Estoy aquí.
—Gracias.
—¿Por qué?
Eliab tragó saliva.
—Por haberme enseñado a vivir después de morir.
Mara sonrió.
—Yo solo te enseñé a vivir.
Eliab inclinó la cabeza sobre su mano.
Mara respiró lentamente.
Después volvió a decir:
—Sigue caminando.
Y esa fue la última frase que Eliab escuchó de su madre.
Su respiración se hizo cada vez más suave hasta que finalmente dejó de respirar.
Eliab permaneció inmóvil, sosteniendo su mano.
No hubo milagro.
No hubo una voz que llamara desde otro lugar.
No hubo una mano que tocara el lecho y pronunciara una orden.
Solo hubo silencio.
El mismo silencio que Eliab recordaba de aquel día lejano en que había muerto.
Pero esta vez comprendió algo que antes no había podido comprender.
La muerte seguía siendo muerte.
Dolía.
Separaba.
Dejaba una casa más vacía y una silla que nadie ocuparía de la misma manera.
Sin embargo, aquella mañana Eliab no sintió que todo terminara.
Lloró.
Lloró como no había llorado desde niño.
Tirsa lo abrazó y permaneció con él.
Después llegó Natán.
Y después llegaron otros.
Naín volvió a reunirse alrededor de una casa en duelo.
Eliab acompañó el cuerpo de su madre hasta el lugar donde sería enterrada. Mientras caminaba, recordó otro camino, muchos años atrás, cuando él mismo era llevado sobre un féretro. Recordó a Mara llorando. Recordó a la multitud. Recordó a Jesús acercándose.
Y recordó la voz.
—Joven, a ti te digo, levántate.
Esta vez nadie lo llamó.
Esta vez Eliab caminó por sus propios pies hasta la tumba de su madre.
Cuando terminó el entierro, permaneció unos minutos en silencio.
Tirsa se colocó a su lado.
—¿Quieres irnos?
Eliab miró la tierra recién removida.
—Todavía no.
Ella esperó.
—Ella tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Me devolvieron unos años.
Tirsa tomó su mano.
—Y los viviste.
Eliab la miró.
—No todos bien.
—Nadie vive todos sus años bien.
—Tuve miedo.
—Sí.
—Quise entender demasiado.
—Sí.
—Intenté salvar a personas que no podía salvar.
Tirsa sonrió suavemente.
—También.
—Y aun así...
—¿Qué?
Eliab miró hacia la tumba.
—Valió la pena.
Tirsa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Sí.
Pasaron los años.
Eliab siguió trabajando. Tirsa permaneció a su lado. La casa cambió con el tiempo, como cambian todas las casas que conocen nacimientos, enfermedades, celebraciones, discusiones y despedidas. Hubo días de alegría y otros de cansancio. Hubo pérdidas que no esperaban y personas nuevas que llegaron para llenar espacios que antes estaban vacíos. Eliab continuó ayudando a quienes podía, pero aprendió a aceptar que no siempre podía solucionar el dolor ajeno. Algunas veces solamente se sentaba junto a alguien. Otras veces llevaba comida. En ocasiones acompañaba a una familia al cementerio. A veces hablaba de Jesús. Otras veces simplemente escuchaba.
Nunca volvió a olvidar la oscuridad.
Nunca dejó de recordar aquella voz.
Pero tampoco volvió a vivir como un hombre que esperaba que la muerte apareciera detrás de cada puerta.
Con el paso del tiempo, su cabello se volvió blanco. Sus manos se hicieron más lentas. Tirsa envejeció junto a él.
Una tarde, muchos años después, Eliab estaba sentado frente a su casa cuando un niño se acercó y se quedó mirándolo con la curiosidad que los niños reservan para las historias que han escuchado demasiadas veces.
—Abuelo.
Eliab sonrió.
—¿Qué quieres?
—¿Es verdad que estuviste muerto?
Eliab miró a Tirsa, que estaba cerca de la puerta.
—Eso dicen.
El niño se sentó junto a él.
—¿Y qué viste?
Eliab permaneció en silencio.
Durante tantos años había respondido esa pregunta de muchas maneras, pero ahora sabía que no necesitaba adornarla.
—Oscuridad.
El niño frunció el ceño.
—¿Nada más?
—Silencio.
—¿Y después?
Eliab miró hacia el camino que salía de Naín.
—Después escuché una voz.
—¿De quién?
Eliab sonrió.
—De Jesús.
El niño se acercó más.
—¿Qué te dijo?
Eliab tardó unos segundos en responder.
—Me llamó.
—¿Por tu nombre?
—Sí.
—¿Y qué sentiste?
Eliab miró sus propias manos envejecidas.
—No lo sé. En aquel momento no sabía lo que estaba pasando.
—¿Tenías miedo?
—Mucho.
—¿Y después dejaste de tener miedo?
Eliab levantó la mirada.
—No.
El niño pareció sorprendido.
—¿Nunca?
—Nunca dejé de tener miedo.
—Pero Jesús te había resucitado.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué seguías teniendo miedo?
Eliab sonrió.
—Porque estar vivo no significa no tener miedo.
El niño pensó unos segundos.
—¿Entonces qué significa estar vivo?
Eliab miró a Tirsa.
Ella sonreía.
—Significa que todavía tienes tiempo para amar.
El niño pareció satisfecho con la respuesta, aunque probablemente no comprendía todavía todo lo que significaba.
Se levantó y salió corriendo hacia la casa.
Eliab permaneció sentado.
Tirsa se acercó lentamente y se sentó a su lado.
—Siempre termina preguntando lo mismo.
—Algún día dejará de hacerlo.
—No creo.
Eliab sonrió.
—Quizá sea bueno que no deje de preguntar.
Tirsa tomó su mano.
Habían pasado muchos años desde aquella mañana en Naín. El recuerdo del féretro parecía pertenecer a otra vida, aunque Eliab sabía que era la misma. Había aprendido que una segunda oportunidad no significaba recibir una existencia sin dolor, ni una vida protegida contra las pérdidas, ni una promesa de que las personas amadas permanecerían para siempre. Significaba algo mucho más sencillo y mucho más difícil: recibir cada día como un tiempo verdadero, amar mientras se pudiera amar, pedir perdón antes de que fuera demasiado tarde, acompañar cuando no hubiera soluciones, confiar cuando las respuestas no llegaran y seguir caminando aun cuando el camino estuviera cubierto de preguntas.
Tirsa se puso de pie y le ofreció la mano.
—¿Vamos?
Eliab la miró.
—Vamos.
Ella lo ayudó a levantarse.
Comenzaron a caminar despacio por el camino de Naín, el mismo camino que tantos años atrás había visto pasar un cortejo fúnebre y, después, el asombro de una multitud que no comprendía lo que estaba viendo. Eliab avanzaba junto a la mujer que había decidido permanecer a su lado cuando él todavía no sabía cómo vivir después de haber muerto. No necesitaba volver a Jerusalén. No necesitaba buscar otra señal. No necesitaba encontrar una explicación perfecta para todos los años transcurridos.
Había amado.
Había perdido.
Había llorado.
Había tenido miedo.
Había recibido perdón y había aprendido a perdonar.
Había acompañado a otros en sus propias noches oscuras.
Y había seguido caminando.
Mientras el sol descendía lentamente sobre las colinas, Eliab levantó los ojos hacia el horizonte. La muerte seguía existiendo. Sabía que algún día llegaría también para él. No intentó negarlo. No necesitaba hacerlo.
Pensó entonces en aquella voz que había escuchado muchos años atrás, cuando todo lo que conocía parecía haber terminado.
No recordaba haber visto el cielo.
No recordaba haber conocido los secretos de la eternidad.
Solo recordaba oscuridad.
Silencio.
Y una voz que lo llamó por su nombre.
Ahora, después de tantos años, Eliab comprendía que quizá aquella había sido la primera respuesta que recibió y que durante mucho tiempo no supo reconocer.
Jesús no le había devuelto la vida para explicarle la muerte.
Le había devuelto la vida para que aprendiera a vivir.
Y mientras Tirsa caminaba a su lado, Eliab siguió avanzando por el camino, sin saber cuánto quedaba por recorrer, pero sin necesidad de conocerlo para dar el siguiente paso.
Fin

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