EL ELEGIDO
(Novela)
CAPÍTULO 1
No había nacido en Cafarnaúm, pero todos en Cafarnaúm lo conocían como si lo fuera. Esa es la primera mentira que el pueblo cuenta sin querer, porque Cafarnaúm adopta a los que se quedan más que a los que nacen.
Matías había llegado desde un caserío menor hacia el norte, cerca de Caná, cuando tenía dieciséis años, acompañando a su padre que vendía vasijas y aceite. Su padre no era un gran comerciante, era de esos hombres que conocen el peso exacto de una ánfora vacía y el sonido que hace el aceite bueno al caer. Habían hecho el camino a pie, con un borrico viejo que cojeaba de la pata izquierda. Matías recordaba el polvo de aquel viaje, tan fino que se metía entre los dientes, tan distinto a la humedad del lago.
Su padre murió de fiebres dos inviernos después, en una de esas fiebres que vienen del pantano y no se van con paños fríos ni oraciones. Lo enterraron en tierra prestada, en un cementerio de extranjeros detrás de la sinagoga. Y el muchacho se quedó, no por falta de camino de regreso, sino porque el lago le había enseñado una forma de permanencia que la tierra seca de su infancia no tenía. En Caná, la tierra se resquebrajaba esperando lluvia. En Cafarnaúm, el agua siempre estaba ahí, aunque se enfureciera. Le gustaba esa fidelidad. Le gustaba despertarse y saber que el lago seguía en el mismo sitio, respirando.
Trabajaba en lo que hubiera. Esa era su definición ante los demás. Ayudaba a remendar redes en la playa al amanecer, cuando los pescadores volvían con las manos cortadas por el esparto y los ojos rojos de no dormir. Cargaba piedras para una construcción romana al mediodía, bajo un sol que hacía silbar las piedras, por un denario que a veces no llegaba. Contaba ánforas en el almacén de un griego por la tarde, un hombre llamado Cleto que lo dejaba dormir algunas noches entre los sacos si había tormenta. No era pescador, no era escriba, no era fariseo ni saduceo. No tenía la espalda ancha de los hijos de Zebedeo, ni la lengua afilada de los estudiantes de la ley. Era de esos hombres que están en el borde de todas las historias, lo suficientemente cerca para oírlas y lo suficientemente lejos para que nadie las escriba con su nombre. Los necesarios. Los que nadie cuenta.
Lo que lo distinguía, y lo que con el tiempo haría que dos hombres mayores lo miraran con atención, era una memoria extraña y una costumbre aún más extraña. Matías recordaba palabras textuales. No ideas, palabras. No el sentido de lo dicho, sino la forma exacta en que había sido dicho. Si un rabino decía una parábola en la sinagoga un sábado, él podía repetirla el miércoles mientras lavaba los pies en el patio, con las mismas pausas, con el mismo carraspeo, con el mismo error. Si una mujer regañaba a su hijo en el mercado, él podía repetir el regaño tres calles después y hacer reír a los niños. No era un truco. Era una carga. A veces se despertaba en mitad de la noche con frases ajenas en la boca, como si su cabeza fuera una vasija donde otros habían dejado su aceite.
Y su costumbre era seguir a los maestros, no para hacerse discípulo, sino para escuchar hasta el final. Los discípulos interrumpían, preguntaban, querían ser vistos. Matías no. Se quedaba hasta que el maestro se quedaba sin gente y se iba, hasta que el patio quedaba vacío y solo quedaba el eco. Quería saber cómo terminaban las historias cuando ya no había público.
Había seguido a muchos. Durante dos años siguió todo lo que pasó por Galilea. Había escuchado a los emisarios de los fariseos que venían de Jerusalén a hablar de la pureza de las manos, hombres de barba cuidada y uñas limpias que medían el agua con los ojos antes de tocar el pan. Los había oído explicar durante una hora por qué una mano podía contaminar el alma entera y se había ido con hambre en el alma, porque nadie puede vivir lavándose todo el tiempo. Había escuchado a un esenio que predicaba cerca de las salinas, un hombre flaco que anunciaba el fin del mundo para la próxima luna, con los ojos hundidos de tanto no dormir, y también se había ido con una tristeza seca, porque un fin del mundo que se anuncia cada luna nunca llega y deja a todos más cansados. Había oído a un zelote gritar contra Roma en voz baja, como si Roma pudiera oírlo desde el monte. No buscaba miedo, buscaba verdad, y la verdad que había conocido hasta entonces tenía siempre el sabor a polvo y a amenaza. Era una verdad que te decía lo que no podías hacer.
Entonces llegó el hombre de Nazaret.
Jesús no estaba predicando. Esa es la imagen que nunca se le borró. Estaba ayudando a sacar una barca que se había encallado en la orilla pedregosa después de una tormenta nocturna. El lago había estado bravo, había tirado algas y madera rota a la playa. Tenía la túnica arremangada hasta las rodillas y el agua le golpeaba los tobillos. Se le veían las pantorrillas fuertes, curtidas, con una cicatriz vieja en la izquierda. Tres pescadores tiraban de la cuerda y él empujaba desde atrás con el hombro, sin decir nada, como uno más, sin dirigir. Matías, que pasaba con un saco de cebada al hombro que le había encargado Cleto, se detuvo a mirar porque había algo desordenado en aquella escena que no entendía. Los maestros no empujaban barcas. Los maestros miraban cómo otros empujaban barcas y luego explicaban el significado de la barca.
—Vamos, vamos, que el lago no espera —dijo uno de los pescadores, un hombre mayor de barba espesa y voz ronca, que después supo que era Jonás, padre de Pedro.
Jesús se rió, con una risa corta que no buscaba ser oída, una risa que era solo aire por la nariz, como cuando uno reconoce el peso del trabajo. Matías dejó el saco en el suelo, sintiendo cómo la cebada se acomodaba, y se acercó a empujar también. No por piedad, sino porque el trabajo lo llamaba. Esa era su ley: si algo pesa, se empuja. Empujaron entre cinco y la barca cedió, deslizándose de golpe hacia el agua profunda, levantando espuma blanca y fría que les mojó la cara.
Los pescadores agradecieron a Jesús con familiaridad, sin reverencias. Uno de ellos le llamó por su nombre y le tocó el hombro mojado. Matías se quedó allí, con las manos mojadas y llenas de limo negro del fondo, mirando a aquel hombre que no se sacudía el barro como lo haría un rabino, sino que se dejaba el agua escurrir, como si no tuviera prisa por volver a estar limpio.
—Gracias —le dijo Jesús a Matías, mirándolo por primera vez. Tenía los ojos oscuros, no claros, y estaban llenos de pequeñas arrugas alrededor de tanto mirar al sol sobre el agua.
—No hay de qué —respondió Matías, incómodo de pronto, sintiéndose descubierto en su ropa remendada—. Estaba ahí nomás.
Jesús lo observó un instante más. No era una mirada que examinaba, como la de los fariseos que te pesaban. Era una que reconocía, como si dijera: ya te vi antes en otro sitio, aunque no te conozca.
—Siempre estás ahí nomás, ¿verdad? —dijo Jesús—. Te vi ayer en la sinagoga, en la última fila, apoyado en la columna. Y antes, junto al pozo, cuando hablaba mi primo Juan.
Matías sintió un calor en el cuello que le subió hasta las orejas. No sabía que lo habían notado. Él creía que su don era ser invisible.
—Escucho —dijo Matías, y le salió una voz más pequeña que la suya—. Me gusta escuchar.
—La mayoría escucha para responder —dijo Jesús, mientras se bajaba la túnica y se ataba de nuevo el cinto—. Pocos escuchan para guardar.
Y se fue caminando por la orilla, descalzo, con la túnica aún mojada pegándosele a las piernas, dejando huellas que el agua borraba al instante. Matías no supo qué responder y no dijo nada. Pero esa frase se le quedó grabada como se le grababan todas, pero con un peso distinto. No era una frase que se guardaba en la cabeza, era una que se guardaba en el pecho. Para guardar. Nadie le había dicho nunca que escuchar sirviera para algo.
A partir de ese día, Matías empezó a seguirlo de otra manera. Ya no era el curioso que se detenía al pasar. Era una sombra voluntaria. No se unió al grupo íntimo de doce que ya caminaba con él, aquellos pescadores de carácter fuerte y aquel recaudador de impuestos que todos miraban con desconfianza y que contaba con los dedos incluso cuando rezaba. Se mantuvo a veinte pasos, a treinta pasos, lo suficiente para oír la voz si el viento ayudaba y lo suficientemente lejos para no ser contado. Si se detenían, él se detenía. Si caminaban, él caminaba.
Jesús hablaba mucho caminando. No esperaba sinagogas ni pedía permiso. Hablaba mientras atravesaban campos de mostaza que le llegaban a la cintura, mientras descansaban bajo un sicómoro cuyas raíces levantaban el camino, mientras comían pan duro partido con las manos sucias. Y lo que decía no era como lo de los otros. Los otros maestros empezaban por la ley y terminaban en la culpa. Él empezaba por una semilla, por un hijo tonto, por una mujer barriendo la casa, y terminaba en un lugar donde uno quería quedarse a vivir.
Una tarde, cerca de la llanura de Genesaret, una multitud se había reunido. Habían venido de Tiro y de Decápolis, gente que había caminado días, algunos cojos que se apoyaban en palos, algunos con fiebre envueltos en mantas aunque hiciera calor. Los doce intentaban poner orden, con esa torpeza de los que quieren ayudar y estorban un poco. Matías estaba sentado sobre una piedra, un poco más arriba, con las piernas cruzadas y el mentón en las manos. Jesús no levantó la voz. No hizo un discurso sobre la ley ni citó a los profetas para impresionar. Se sentó también, a la misma altura que los enfermos, en el suelo, y empezó a hablar de un padre que tenía dos hijos.
Matías sintió que algo se le rompía adentro, pero no como se rompe una vasija, sino como se rompe la costra de una herida. No era una historia sobre obediencia. Era una historia sobre ser esperado. Él, que no tenía padre ni madre vivos, que dormía en un cuarto alquilado detrás del taller de un curtidor donde el olor a cuero no lo dejaba dormir, que había aprendido a no esperar a nadie porque nadie vuelve de la fiebre, entendió por primera vez que su orfandad no era un dato, era una herida que alguien quería tocar. Que alguien lo estaba esperando en un camino, mirando a lo lejos.
Cuando terminó, la gente se fue lentamente, como si les costara irse. Jesús se quedó hablando con una mujer que lloraba tapándose la boca con el velo. Matías bajó de su piedra y se acercó a los doce. Conocía a algunos de vista. Andrés, el de la barba rala y los ojos bondadosos, lo saludó con la cabeza.
—Tú eres el muchacho de las redes —dijo Andrés.
—A veces —dijo Matías—. A veces cargo piedras. Depende del día.
—¿Quieres seguirnos? —preguntó Andrés—. Siempre hacen falta manos. Y manos que no hablen mucho.
Matías negó con la cabeza, no por orgullo, sino por una claridad que le daba miedo y que no sabía explicar.
—Yo no puedo seguirlo como ustedes —dijo Matías—. Ustedes dejaron todo. Dejaron barcas y mesas de impuestos. Yo todavía no sé qué tengo que dejar. No tengo nada y sin embargo siento que tengo que dejar algo que no sé qué es. Pero quiero escucharlo todo.
Andrés sonrió. Era una sonrisa sin burla, una sonrisa de quien también había sentido eso.
—Entonces escucha todo —le dijo—. Pero si escuchas todo, un día tendrás que decidir. El que escucha todo no puede quedarse para siempre en el borde.
Esa noche, Matías no durmió en su cuarto. Se quedó en la playa, donde los pescadores habían encendido un fuego pequeño para espantar los mosquitos y contar las capturas. Jesús estaba allí, con Pedro y Juan, hablando en voz baja. Matías se acercó al círculo de luz, sin pedir permiso, y se sentó un poco fuera del resplandor, donde la arena ya estaba fría. Nadie lo echó. Esa era otra cosa extraña de aquel grupo: no echaban.
Pedro estaba discutiendo. Pedro siempre discutía, pero no por enojo, sino porque su corazón iba más rápido que su cabeza y su boca iba más rápido que su corazón.
—Maestro, si tú eres el Mesías, ¿por qué no vas a Jerusalén y les dices a todos quién eres? —decía Pedro, con las manos abiertas y llenas de callos—. ¿Por qué nos quedamos aquí entre pescadores? Allí están los que mandan. Si les hablas a ellos, todos creerán.
Jesús removió las brasas con un palo, con paciencia.
—Pedro, ¿tú crees que un reino se construye gritando en las plazas? —dijo Jesús—. Un reino se construye cuando un hombre perdona a su hermano sin que nadie lo vea. Cuando una mujer echa levadura en tres medidas de harina y espera.
Matías sintió que aquella respuesta no era para Pedro, era para él también, aunque Pedro fuera el que había preguntado. La guardó. La repitió en su interior dos veces para asegurarse.
Fue Juan, el más joven, el de los ojos que no paraban de mirar, el que lo notó allí en la penumbra.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Juan, sin hostilidad, con curiosidad genuina.
—Me llamo Matías —dijo, y su propio nombre le sonó pequeño junto al fuego—. Soy de Caná, pero vivo aquí. O vivo ahí nomás, como dice él.
—¿Desde cuándo nos sigues? —preguntó Pedro, curioso, volviéndose hacia él.
—Desde que empujamos la barca —dijo Matías.
Jesús levantó la vista y lo miró a través del fuego. El humo le cruzaba el rostro y le hacía entrecerrar los ojos.
—Matías —dijo Jesús, como probando el nombre, saboreándolo—. ¿Qué has oído hasta ahora?
Fue una pregunta directa. No retórica. No era una prueba. Todos se callaron. Incluso Pedro se quedó quieto. Matías sintió la boca seca y el corazón golpeándole las costillas. Podía haber repetido una parábola completa, palabra por palabra, podía haber hecho un resumen inteligente para impresionar, para ganar un lugar en el círculo. Pero entendió que no era eso lo que le pedían. No le pedían memoria, le pedían verdad.
—Oí que dijiste que los mansos heredarán la tierra —dijo Matías, con voz baja, casi avergonzado—. Y yo pensé que eso no podía ser verdad, porque los mansos nunca heredan nada, se lo quitan. Los fuertes se lo quitan. Pero después vi cómo le hablaste a la mujer que todos decían que era impura, en el mercado, y no le tuviste asco. No te apartaste. Y entonces pensé que quizás heredar la tierra no es tener más tierra, sino poder caminar por ella sin miedo. Sin tener que esconderse.
El silencio que siguió fue largo. Más largo que cualquier silencio que Matías hubiera soportado. Pedro lo miró con sorpresa, como si un niño hubiera dicho algo que los ancianos no habían entendido. Juan bajó la cabeza y sonrió. Jesús no sonrió, hizo algo más profundo. Asintió lentamente, como si alguien finalmente hubiera entendido una carta que él había escrito hacía mucho tiempo y había puesto en una botella.
—Sigue cerca, Matías —dijo Jesús—. Guarda lo que oyes.
No le dijo sígueme. No le dijo ven con nosotros. No le impuso las manos. Le dijo guarda. Y para un hombre cuya única propiedad era su memoria, cuya única riqueza eran las palabras ajenas que llevaba dentro, aquella fue una investidura. Fue como si le hubieran dado un oficio.
Los meses pasaron y Matías se convirtió en una figura constante, parte del paisaje del grupo. No estaba en la lista de los doce, no era enviado de dos en dos a predicar a las aldeas, no se sentaba a la mesa principal cuando había una casa que los acogía y les lavaban los pies. Estaba un poco detrás, siempre. Llevaba agua en un odre viejo, anotaba mentalmente cada palabra, ayudaba a traducir del arameo al griego rudimentario que hablaban algunos extranjeros que venían de la costa. Los doce lo aceptaron sin nombrarlo, como se acepta al perro que sigue al rebaño. Santiago, el mayor, lo llamaba el hermano de la sombra. Tomás, que era más suspicaz y preguntaba por todo, le preguntó una vez, una noche, por qué no se iba a su casa.
—No tengo casa a donde ir que no sea donde él esté —respondió Matías, sin pensarlo.
—¿Y qué harás cuando él se vaya? —preguntó Tomás, y su pregunta no era cruel, era temerosa.
Matías no supo responder. Era la primera vez que alguien ponía en palabras el miedo que todos tenían y nadie decía en voz alta. Todos sentían que aquel camino no iba a terminar en un trono en Jerusalén.
Una tarde, en el camino a Jerusalén, ocurrió algo que marcó su lugar para siempre. Cruzaban Samaria, una región que los judíos evitaban rodeando kilómetros, porque el odio entre primos es más viejo que el odio entre extraños. Tenían hambre y sed. El sol pegaba fuerte. Jesús se había sentado junto al pozo de Jacob, cansado, con la espalda apoyada en el brocal. Los discípulos habían ido a comprar pan a la aldea cercana, discutiendo entre ellos si debían comprar pan samaritano. Matías se había quedado, a propósito, un poco alejado, bajo un olivo retorcido, porque no quería molestar y porque intuía que cuando Jesús se quedaba solo, pasaba algo. Vio llegar a una mujer samaritana con un cántaro en la cabeza, caminando a la hora en que nadie va a por agua, para no cruzarse con nadie.
Escuchó toda la conversación. No se movió. No respiró fuerte. Jesús le pidió agua. Ella se sorprendió de que un judío le hablara, y más un rabino. Hablaron del agua viva, del marido que no era marido, de la adoración verdadera, de dónde se debe adorar. Matías contuvo la respiración, con los ojos llenos de lágrimas que no entendía. Entendió que estaba presenciando algo que no era para multitudes, era una conversación que derribaba quinientos años de odio con una sola frase, con un simple dame de beber. Cuando la mujer se fue corriendo al pueblo, dejando el cántaro, Matías se acercó, temblando, sin poder contenerse más.
—Maestro —dijo Matías, con la voz rota—. ¿Por qué le dijiste quién eras a ella y a nosotros a veces no nos lo dices claro? A nosotros nos hablas en parábolas y a ella le dijiste yo soy, el que habla contigo.
Jesús lo miró, cansado pero luminoso, con el sudor secándosele en la frente.
—Porque ella no vino a discutir si yo soy profeta —dijo Jesús—. Vino con sed. No quería tener razón, quería no tener más sed. Y al que tiene sed no se le explica el agua, se le da. Ustedes todavía quieren entender el agua. Ella solo quería beberla.
Matías cayó de rodillas, no por reverencia teatral, como hacían algunos en la sinagoga, sino porque las piernas no le sostuvieron la revelación. Comprendió entonces cuál era su cualidad, no su virtud, sino su función en el cuerpo que se estaba formando. Él no era Pedro, que sería roca y sobre el que se golpearían las olas. No era Juan, que sería fuego y escribiría con lágrimas. No era Judas, que contaba el dinero con manos hábiles y anotaba cada gasto. Él era el que guardaba. El que recordaba la conversación del pozo cuando los otros estaban comprando pan y discutiendo sobre pureza. El que podría, años después, decirle a alguien cómo había sido exactamente, palabra por palabra, cuando nadie más estuvo.
Cuando los otros discípulos regresaron con pan, discutiendo, encontraron a Matías llorando en silencio junto al pozo, con la cara entre las manos. Pedro se alarmó.
—¿Qué te pasa, muchacho? —dijo Pedro, dejándoles pan.
—Nada —dijo Matías, limpiándose la cara con la manga áspera—. Es que hoy entendí por qué camino detrás.
—¿Y por qué? —preguntó Juan, acercándose con dulzura.
—Porque alguien tiene que acordarse de todo esto cuando ustedes ya no puedan hablar —dijo Matías—. Cuando tengan miedo y se les olviden las palabras.
Nadie entendió en ese momento lo que quería decir. Les pareció tristeza de joven. Jesús sí. Lo miró y, sin que los demás lo notaran, le puso una mano en el hombro. Una mano pesada, callosa, definitiva. Una mano que no bendecía, sino que confirmaba.
Aquella noche, en el campamento, mientras todos dormían envueltos en sus mantos, con la respiración pesada, Matías se quedó despierto repitiendo en voz baja, para no olvidar, cada palabra de la conversación del pozo. Las decía una y otra vez, como quien cuenta monedas de oro para asegurarse de que no se ha perdido ninguna, como quien repasa los nombres de sus muertos para que no se mueran dos veces. No sabía que estaba ensayando para una tarea que le llegaría mucho después, cuando los once se miraran entre sí, con un lugar vacío en el círculo, con el frío de la traición todavía en la tienda, preguntándose quién había estado ahí desde el principio, desde el bautismo de Juan en el Jordán hasta la ascensión en el monte, y quién podría contar la historia completa sin añadir ni quitar, sin endulzar ni amargar.
Él no lo sabía. Pero el lago, el fuego, el pozo y el camino ya lo habían elegido.
CAPÍTULO 2
Matías no había conocido a Juan el Bautista en el desierto, lo había conocido en el Jordán cuando ya era un río de gente.
Hay una diferencia. En el desierto, Juan era una voz. Una voz sola, afilada por el viento, que gritaba contra las piedras y a veces las piedras parecían responder. Pero en el Jordán, Juan ya no era una voz sola. Era un remolino. Era un centro. Todos los que tenían hambre de algo bajaban al agua, no para lavarse el cuerpo, sino para lavarse la historia. Venían con su historia pegada a la espalda como un manto mojado y querían dejarla en el río, que se la llevara la corriente hacia el Mar Muerto.
Matías había bajado también, meses antes de empujar aquella barca en Cafarnaúm, casi un año antes, y esa fue la razón por la que Jesús lo reconoció junto al pozo. Porque Matías había estado ahí desde el principio, no desde el principio del mundo, sino desde el principio de aquel camino. Desde antes de que el camino tuviera nombre.
Había llegado al Jordán siguiendo a un grupo de hombres de su aldea que querían ver al profeta del que todos hablaban. Eran hombres mayores, de manos gruesas, que habían oído que había aparecido uno que no pedía dinero. Decían que era Elías vuelto a la vida, que vestía pelo de camello y que gritaba contra Herodes con una valentía que solo tienen los que ya no esperan nada del rey. Decían que comía langostas y miel silvestre, y eso a Matías le parecía a la vez terrible y hermoso, comer lo que la tierra da sin pedirle permiso a nadie.
Matías no esperaba a Elías. A los dieciocho años no esperaba profetas, esperaba una palabra que le ordenara la vida, porque su vida era un cuarto alquilado detrás del taller de un curtidor que olía a muerte animal, un oficio prestado que cambiaba cada semana, y un padre enterrado lejos, bajo una piedra sin nombre. Su padre había muerto sin decirle qué hacer. Solo le había dicho: cuida las vasijas. Pero no había vasijas que cuidar. Había quedado solo, con una memoria que recordaba demasiado y un futuro que no recordaba nada.
El camino hasta el Jordán lo hicieron a pie, en tres días. Durmieron bajo los olivos. Matías escuchaba a los hombres hablar de impuestos, de Roma, de la cosecha que no venía. Él no hablaba. Miraba el polvo de sus pies.
El lugar, cuando llegaron, era un caos sagrado. Esa es la única forma de describirlo. No había orden romano, no había orden fariseo. Había vida desbordada. Había fariseos con sus filacterias bien ajustadas discutiendo entre ellos en voz alta sobre si aquel bautismo era válido según Hilel o según Shamai, si el agua corriente del Jordán purificaba más que la del mikvé. Había saduceos elegantes que miraban con desprecio y tomaban notas mentales para informar a Jerusalén. Había soldados romanos mirando desde lejos, a caballo, con aburrimiento, apoyados en sus lanzas, preguntándose por qué los judíos siempre necesitaban meterse al agua para hablar con su Dios. Había mujeres con niños en brazos que lloraban porque no podían entrar, había leprosos que no se atrevían a entrar al agua pero se acercaban lo suficiente para oír, con la esperanza de que oír fuera casi como ser tocado. Había publicanos, esos traidores de su propio pueblo, con la cabeza baja. Y había gente común, la mayoría, gente como Matías, que no tenía título, que solo tenía sed.
Y en medio, metido en el agua hasta las rodillas, con la túnica de pelo de camello pegada al cuerpo flaco y la barba llena de agua del río, un hombre quemado por el sol, con una voz que no pedía permiso para sonar, que no modulaba para agradar. Juan.
Matías se quedó en la orilla, con el agua tocándole apenas los dedos de los pies, sintiendo el frío de la corriente que venía de las nieves del Hermón. No entendía del todo lo que decía, porque Juan no explicaba, proclamaba. Pero entendía el tono. No era el tono de los escribas que explicaban la ley como quien cuenta monedas y te hace sentir que siempre debes algo. Era el tono de alguien que había visto algo detrás del velo y no podía callarlo, aunque le costara la cabeza. Y le costaría.
—¡Raza de víboras! —gritaba Juan a los fariseos que se acercaban con sonrisas ensayadas—. ¿Quién les enseñó a huir de la ira venidera? ¡Hagan frutos dignos de arrepentimiento! ¡No digan dentro de ustedes, tenemos a Abraham por padre! ¡Porque yo les digo que Dios puede levantar hijos de Abraham aun de estas piedras!
Matías tembló. Nadie le hablaba así a los fariseos. Luego Juan cambiaba el tono y se volvía casi tierno con los que venían rotos.
—Yo los bautizo con agua para que se arrepientan —gritaba, pero luego bajaba la voz—. Pero viene uno detrás de mí que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de llevarle las sandalias, de agacharme para desatarle la correa. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano y limpiará su era.
Matías se quedó toda la mañana escuchando esa letanía. Vio a muchos entrar al agua. Vio a un recaudador de impuestos, un hombre gordo que todos conocían en Jericó por robar, llorar mientras Juan lo sumergía, y salir del agua con la cara lavada, no limpia, sino otra. Vio a un soldado, un centurión joven, dejar su espada y su casco en la orilla antes de entrar, como si el hierro no pudiera mojarse, como si entendiera que para entrar ahí había que desarmarse. Vio a una mujer estéril que entró abrazada a su marido. El agua del Jordán no hacía milagros visibles, pero hacía algo más difícil: hacía que la gente creyera que podía volver a empezar.
Y vio, al caer la tarde, cuando la mayoría se había ido y el río ya estaba más calmo y dorado por el sol bajo, y Juan tenía la voz ronca y los hombros caídos de tanto bautizar, a un hombre joven acercarse sin prisa por el sendero que baja de las colinas de Judea. No venía con grupo, no venía con ruido, no venía con discípulos ni con familia que lo presentara. Venía solo, con una túnica simple de lana sin teñir y el cabello aún húmedo del camino, como si hubiera caminado mucho.
Matías lo notó porque no hacía fila. Todos hacían fila, incluso los fariseos. Él no. Caminaba directo al agua, como si el agua fuera su casa.
Juan lo vio y se detuvo. Matías recuerda ese instante con una nitidez que le dolía en el pecho incluso veinte, treinta años después, cuando ya era anciano en Jerusalén. Juan dejó de hablar a mitad de una frase. Tenía la mano levantada para llamar al siguiente y la dejó caer. Su rostro cambió. No fue sorpresa, no fue curiosidad. Fue reconocimiento, como si hubiera estado esperando a ese hombre toda su vida sin saber su cara, pero conociendo su peso. Como Isaías cuando vio al siervo.
—Tú vienes a mí —dijo Juan, en voz baja, tan baja que los que estaban lejos no oyeron, pero Matías, que por su costumbre se había ido acercando hasta tener el agua hasta los tobillos, sí oyó—. Yo necesito ser bautizado por ti. Yo necesito que tú me bautices a mí.
El joven que venía no respondió con grandeza. No dijo: sí, soy yo. Respondió con una humildad que desarmaba, que hacía que toda la escena fuera al revés de lo que todos esperaban. Matías esperaba que dijera: por fin me encuentras.
—Deja ahora —dijo Jesús, y Matías no sabía su nombre todavía, pero esa voz ya tenía la misma calidad que tendría después en Cafarnaúm, la de alguien que no grita—. Conviene que cumplamos toda justicia. Toda. No solo una parte.
Juan dudó un segundo. Matías vio la duda en sus ojos, una lucha brevísima entre su certeza profética y su humildad. Luego asintió, como un soldado que recibe una orden de un general mayor, aunque el general no tenga uniforme.
Matías entró un poco más al agua, sin pensar, sin decidirlo. El agua le llegó a las rodillas y le mojó la túnica. No era curiosidad intelectual, era una atracción física, magnética, como cuando el agua te llama desde dentro del agua.
Jesús entró al Jordán. El agua se abrió alrededor de sus piernas. Juan puso sus manos ásperas, llenas de callos del desierto, sobre sus hombros. No dijo una fórmula larga. Lo sumergió. No fue un bautismo largo ni espectacular, no hubo gritos ni cánticos. Fue breve, limpio, total. Como quien sumerge un pan en aceite. Un instante bajo el agua, un instante que pareció eterno.
Cuando Jesús salió del agua, con el cabello negro pegado a la frente y el agua escurriéndole por el rostro, por la barba incipiente, por el cuello, Matías vio algo que los otros, distraídos, cansados, o mirando hacia otro lado, no vieron o no quisieron contar después porque les pareció demasiado íntimo para contarlo.
Vio que Jesús no salió mirando al cielo, como hacen los que buscan una señal. Salió mirando a la gente de la orilla, como buscándolos. Como si lo primero que quisiera ver después de cumplir toda justicia no fuera a Dios, sino a los hombres por los que la cumplía. Buscó rostros. Y en esa búsqueda, por un segundo, sus ojos se cruzaron con los de Matías. Y Matías supo que lo había visto de verdad.
Y entonces el cielo, que había estado pálido toda la tarde, blanquecino por el polvo, pareció abrirse. No se abrió con truenos como en el Sinaí, no se rasgó con violencia. Se abrió con luz. Una luz que no cegaba, que revelaba. Como cuando se abre la puerta de una casa oscura al mediodía y de pronto ves el polvo que flota y que siempre estuvo ahí. El aire se volvió más nítido.
Y descendió algo. Juan después diría que fue como una paloma. Matías no vio una paloma. Vio luz moviéndose, cernéndose, posándose, quedándose. No sabía qué era, pero sabía que no era un pájaro.
Y una voz, que no era de Juan y no era de Jesús, que no venía de la orilla ni de las colinas, que venía de todas partes y de adentro al mismo tiempo, dijo algo que Matías guardó palabra por palabra, sílaba por sílaba, con su memoria de vasija, porque entendió en ese instante, con un terror sagrado, que si olvidaba una sílaba de aquello, estaría traicionando su propia vida, estaría rompiendo la única cosa verdadera que había oído jamás.
—Este es mi Hijo amado, en quien me complazco —dijo la voz—. En quien tengo mi alegría.
No fue fuerte. No fue un grito. Fue clara. Fue definitiva. Como la voz de un padre que llama a su hijo en un patio lleno de niños y todos saben a quién llama.
Algunos pensaron que había sido un trueno lejano sobre Moab. Otros pensaron que Juan había gritado con su voz ronca. Otros no oyeron nada, solo vieron que Jesús salía del agua. Pero Matías supo que no era nada de eso. El agua le golpeaba las piernas y de pronto sintió que no podía sostener su propio peso. Cayó de rodillas dentro del río y el agua fría le llegó hasta la cintura, empapándolo entero. Nadie lo notó, porque todos miraban a Jesús, que ya caminaba hacia la orilla opuesta, solo, con el agua chorreando, hacia el desierto, hacia el este, donde no había nada. No se despidió de Juan. No necesitaba.
Juan se quedó en el agua, temblando, no de frío. Tenía las manos todavía levantadas, vacías. Miraba hacia donde Jesús se iba.
—¿Lo viste? —le preguntó Matías a un hombre a su lado, un anciano de barba blanca que también estaba con el agua hasta las rodillas—. ¿Lo oíste?
—¿Qué cosa? —dijo el anciano, molesto, secándose la cara.
—La luz, la voz —dijo Matías, con la respiración entrecortada—. La que dijo Hijo amado.
—Yo solo vi que el profeta bautizó a otro hombre —dijo el anciano, encogiéndose de hombros—. ¿Qué más había que ver? Otro bautismo más. Mañana habrá más.
Matías no insistió. Aprendió ese día su segunda lección grande. La primera se la había enseñado el lago: que hay cosas que permanecen. La segunda se la enseñó el Jordán: que hay cosas que se ven con los ojos y cosas que se ven con el corazón, y que no todos están mirando con lo mismo, aunque estén en el mismo río. Entendió por qué su memoria era diferente. No era para recordar datos. Era para recordar lo que otros olvidaban porque no lo habían visto.
Esa noche no regresó a su aldea. No podía regresar. ¿A qué iba a regresar? Se quedó cerca del Jordán, junto a un grupo pequeño que se había quedado con Juan, acampados bajo unos tamariscos. Eran dos jóvenes pescadores de Galilea, Juan y Andrés, que no eran hermanos de sangre pero parecían hermanos de tanto estar juntos, que hablaban entre ellos con excitación, con esa excitación que tienen los que saben que su vida acaba de cambiar de dirección.
Matías se sentó cerca de su fuego, sin invitación, con su ropa mojada todavía. No lo rechazaron. En el fuego de Juan, nadie rechazaba a nadie.
—Mañana lo seguiremos —decía Andrés, que era el mayor, con los ojos brillantes—. Juan dijo que él es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. ¿Oíste lo que dijo? El Cordero.
—¿Y a dónde irá? —preguntaba Juan, el más joven, que tenía tal vez diecisiete años, menos que Matías—. ¿A Jerusalén?
—Al desierto, creo —dijo Andrés—. Los profetas siempre van al desierto primero. Moisés, Elías. Tienen que pelear con algo allí. Tienen que ser tentados.
Matías intervino, sin poder contenerse, con la voz todavía ronca por la emoción.
—¿Ustedes también oyeron la voz? —preguntó.
Andrés lo miró, evaluándolo. Vio a un muchacho flaco, empapado, con ojos de no haber dormido.
—¿Tú estabas ahí? —dijo Andrés—. Sí, creí oír algo. Como un trueno. Como una voz fuerte. Juan dijo después que era el Espíritu que descendía como paloma. Que lo vio.
—Yo oí una voz que decía que era su Hijo —dijo Matías, en voz baja, temiendo sonar loco, temiendo que lo tomaran por blasfemo—. Su Hijo amado. Que en él se complace.
Juan, el joven pescador, lo miró con interés, no con burla. Tenía una mirada limpia.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Matías —dijo—. Soy de cerca de Caná.
—Nosotros vamos a buscarlo mañana al amanecer —dijo Andrés—. Juan nos dijo que él se quedará aquí bautizando, que su trabajo es señalar, no seguir. Pero que nosotros debemos seguirlo a él. Si quieres, puedes venir con nosotros. Somos de Betsaida, pero conocemos el desierto.
—Yo no lo conozco —dijo Matías, sintiendo vergüenza—. Él no me conoce. Yo solo empujé... No, yo solo estuve ahí. No me vio.
—Él conoce a todos —dijo Juan, el pescador, con una certeza simple, sin teología, que a Matías le pareció más profunda que cualquier explicación de los fariseos—. Si lo viste, él te vio.
A la mañana siguiente, antes de que el sol saliera y el Jordán se llenara de nuevo de gente, los tres caminaron hacia el este, hacia donde Jesús había ido. El desierto de Judea no es como lo imaginan los que no lo han pisado, los que lo pintan amarillo y suave. No es solo arena, es piedra caliza blanca que corta los pies, es barranco repentino que se abre bajo tus pies, es wadis secos que pueden inundarse en minutos, es un silencio que pesa más que el ruido, un silencio que te obliga a oírte por dentro. Caminaron todo el día bajo un sol que no perdonaba, siguiendo huellas que a veces desaparecían.
Al segundo día, Matías quiso rendirse. Tenía los pies ampollados, llenos de sangre, la cantimplora casi vacía, la lengua pegada al paladar. No habían visto a nadie. Solo piedras, buitres y alguna cabra salvaje.
—Quizás no quiere ser encontrado —dijo Matías, sentándose sobre una roca caliente—. Quizás necesita estar solo. Quizás no es momento.
Andrés, que era más terco, más pescador, más acostumbrado a esperar, negó con la cabeza y le ofreció un poco de agua.
—Un hombre que va a quitar el pecado del mundo no puede estar solo mucho tiempo —dijo—. El mundo lo va a encontrar. Mejor que seamos nosotros primero.
Lo encontraron al atardecer del tercer día, cuando ya pensaban volver. Estaba sentado a la sombra de una roca grande, una roca que parecía un techo, con la espalda apoyada en la piedra. Estaba delgado, más delgado que en el río, con los labios secos y partidos por el viento, con polvo en el cabello, pero sus ojos estaban claros, terriblemente claros, más claros que el cielo del desierto. No parecía derrotado por el ayuno de cuarenta días, no parecía un asceta destruido. Parecía templado por él, como el hierro que ha pasado por el fuego y ahora es más fuerte.
Andrés y Juan se acercaron primero, con reverencia y miedo. Matías se quedó atrás, como siempre, a veinte pasos, a treinta pasos, en el borde.
—Rabí —dijo Andrés, con timidez, usando la palabra que usaban para los maestros—. ¿Dónde moras? ¿Dónde vives?
Jesús los miró y sonrió. Era la misma sonrisa de la barca que Matías vería un año después, breve y verdadera, una sonrisa que no necesitaba mostrar dientes.
—Vengan y vean —dijo Jesús. No les dio una dirección. Les dio una invitación.
Fueron y vieron. No era una casa, no era una tienda. Era una cueva pequeña, poco profunda, donde había pasado cuarenta días. No había nada, solo una estera de esparto enrollada y una vasija vacía volcada. Había huellas de lucha en la arena, como si hubiera peleado con alguien o con algo. Hablaron hasta entrada la noche. Matías no participó mucho, escuchó. Esa era su tarea. Escuchó a Jesús preguntarles por sus familias, por sus barcas, por el lago, por sus miedos. No les habló del cielo abierto ni de la voz. No les dijo soy el Hijo amado. Les habló de cosas simples, de redes que se rompen, de pan que no alcanza, de padres que esperan. Era como si quisiera asegurarse de que podían oír lo pequeño antes de contarles lo grande.
En un momento, cuando el fuego pequeño que habían encendido chisporroteaba y Andrés y Juan cabeceaban de sueño, Jesús miró hacia donde Matías estaba sentado, en la entrada de la cueva, con las rodillas contra el pecho, haciendo guardia sin que nadie se lo hubiera pedido.
—Tú eres el del río —dijo Jesús, sin sorpresa—. El que se quedó en el agua.
Matías sintió que el corazón se le detenía y luego se le aceleraba tanto que pensó que se le saldría.
—Sí —dijo Matías, y su voz se quebró.
—Te quedaste en el agua cuando todos se fueron —dijo Jesús—. Cuando todos miraron hacia otro lado. ¿Por qué?
—Porque pensé que si salía, iba a olvidar lo que oí —dijo Matías, diciendo la verdad más simple—. Y no quería olvidarlo. Nunca había oído que alguien fuera amado así.
—¿Y qué oíste? —preguntó Jesús, inclinándose hacia él. Andrés y Juan se despertaron y miraron.
—Oí que tú eres su Hijo amado —dijo Matías, y al decirlo en voz alta frente a él, por primera vez, sintió que la frase se volvía más grande que él, más grande que la cueva, más grande que el desierto—. En quien Él se complace.
Jesús se levantó y se acercó. Se sentó a su lado, en el suelo polvoriento, hombro con hombro. Olía a sol y a piedra y a sudor limpio. No olía a incienso.
—No todos oyeron eso, Matías —dijo Jesús en voz baja, solo para él, aunque los otros oyeran—. Algunos solo vieron agua. Algunos solo vieron a Juan. Algunos solo vieron un trueno. Pero tú oíste al Padre. Eso es porque tú ya estabas buscando a un padre. Los que buscan a un padre reconocen la voz de un Padre.
Matías no pudo contener las lágrimas. No lloró con ruido, no sollozó como un niño. Lloró en silencio, como lloran los hombres que no han tenido permiso para llorar de niños, con lágrimas que le quemaban el polvo de la cara.
—Yo no tengo a nadie —dijo Matías, y era la primera vez que lo decía sin vergüenza—. Mi padre murió. Mi madre murió antes, cuando yo era muy pequeño. No tengo hermanos. No tengo a nadie que diga ese es mi hijo amado. Nadie se ha complacido en mí.
—Ahora tienes hermanos —dijo Jesús, señalando hacia Andrés y Juan que los miraban desde adentro de la cueva, sin entender la conversación pero sintiendo su peso sagrado—. Y tienes un Padre que no muere. Que no se va con fiebres. Que no te deja en un cuarto alquilado.
Esa fue la primera vez en dieciocho años que alguien le dijo a Matías que no estaba solo por falta de gente alrededor, sino que estaba acompañado de otra manera, desde arriba. Que su orfandad podía ser llenada no con gente que reemplazara, sino con un amor que adoptara.
No lo hizo discípulo formal en ese momento. No le dijo deja tus redes, porque Matías no tenía redes que dejar, no tenía barca que abandonar. No tenía nada que dejar, y por eso a veces es más difícil seguir, porque no sabes qué estás dejando. Le dijo algo distinto, algo que solo él podía hacer, su investidura primera.
—Vuelve a Galilea —le dijo Jesús—. Yo volveré pronto. Ve a Cafarnaúm, que es ciudad de paso. Espérame allí. Trabaja, vive, escucha. Y cuando hables de lo que viste en el Jordán, no digas que viste una paloma, porque muchos vieron una paloma y no entendieron. Di lo que oíste. Hay muchos que necesitan oír que son amados antes de aprender a ser buenos. Primero amados, luego buenos. No al revés.
Matías regresó caminando solo. Tardó cinco días, porque no conocía bien el camino y porque se detenía a repetir. En el camino, repitió la frase de la voz cientos, miles de veces, para no olvidarla, para que no se la deformara el viento del desierto, para que no se la robara el miedo. Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Este es mi Hijo amado. Cada vez que la decía, entendía un poco más que no solo hablaba de Jesús. Hablaba de él también, de Matías, de Andrés, de Juan, de cualquier hombre que se atreviera a entrar al agua buscando ser otro, buscando ser hijo.
Cuando llegó a Cafarnaúm, flaco, barbudo, quemado, la gente le preguntó de dónde venía. Él no supo qué decir. No podía explicar el desierto ni la voz sin que lo tomaran por loco.
—Solo estuve en el Jordán —dijo—. Y vi al que Juan anunciaba.
—Otro profeta más —dijo el curtidor, su casero, encogiéndose de hombros mientras raspaba una piel—. Cada año aparece uno que dice que es el Mesías. El año pasado fue uno que decía que haría caer las murallas de Jerusalén gritando.
—Este es distinto —dijo Matías, con una firmeza que no se conocía.
—¿En qué es distinto? —preguntó el curtidor, por primera vez curioso.
Matías pensó en la barca que aún no había empujado, en el pozo de Samaria que aún no había presenciado, en las parábolas que aún no había oído, en la cruz que aún no había visto, en todas las cosas que aún no habían pasado pero que ya estaban contenidas en aquel primer día en el río, como una semilla contiene el árbol.
—En que no te pide que cambies para acercarte —dijo Matías, encontrando las palabras en su memoria nueva—. Te deja acercarte para que puedas cambiar. Los otros te dicen límpiate y luego ven. Él te dice ven como estás y yo te limpiaré.
El curtidor no entendió, pero no se burló. Vio algo en los ojos del muchacho. Matías se fue a su cuarto, ese cuarto pequeño detrás del taller que olía a cuero y a humo, y por primera vez en dos años, no sintió que dormía en casa ajena, no sintió que era un inquilino del mundo. Sintió que dormía en un lugar que alguien le estaba guardando, que alguien le había dicho espérame allí.
Desde ese día, su espera tuvo un nombre. Ya no esperaba una idea, ya no esperaba una doctrina, ya no esperaba una explicación. Esperaba a una persona. Y cuando esa persona apareció un año después empujando una barca, con la túnica mojada y riéndose por la nariz, Matías supo, con una certeza que le hizo temblar las manos llenas de limo, que su vida había dejado de ser una serie de trabajos sueltos, de días sin conexión, para convertirse en un camino. Un camino que seguía a otro hombre, sí, pero que por primera vez era suyo, porque había sido llamado por su nombre en el desierto.
Pasaron casi dos años desde el Jordán hasta que entendió por qué lo habían hecho esperar en el borde. Fue necesario estar en el Jordán para poder creer en Cafarnaúm. Fue necesario oír al Padre decir Hijo amado en el río, para poder entender después por qué ese Hijo se sentaba a comer con pecadores y publicanos en Galilea sin asco. Fue necesario ver la luz abrirse sobre el agua para poder soportar ver la oscuridad cerrarse sobre la cruz. Y fue necesario no ser uno de los doce al principio, no ser contado, no ser importante, para poder ser el que recordaba todo lo que los doce, ocupados en discutir quién era el mayor y en temer a los romanos y a los fariseos, a veces olvidaban, a veces no oían.
Matías no lo sabía aún, no podía saberlo, pero en Jerusalén, en un aposento alto, con las ventanas cerradas por miedo a los judíos, unos meses después de una muerte y una resurrección que romperían el mundo en dos, once hombres asustados orarían y echarían suertes entre dos nombres, Barsabás y él. Y su nombre estaría allí, no por ser famoso, no por ser poderoso, no por haber predicado multitudes, sino por haber estado ahí desde el bautismo de Juan, desde el principio, guardando cada palabra, cada gesto, cada silencio, cada risa corta, para cuando hiciera falta contarlo completo.
Y haría falta. Haría falta un hombre que no hubiera buscado protagonismo para poder contar la historia sin protagonismo. Haría falta un hombre del borde para contar la historia del centro.
CAPÍTULO 3
Cafarnaúm era una ciudad que vivía de miradas. Esa es la verdad que nadie escribe en los mapas. Los pescadores miraban el cielo cada mañana, antes que el sol saliera, para saber del viento, si el viento vendría del Hermón y traería frío o si vendría del desierto y traería calma traicionera. Los recaudadores miraban las barcas desde la aduana, no por admiración, sino para calcular el impuesto, para contar los peces antes de que los peces fueran contados. Los fariseos miraban las manos de la gente, las manos sucias de los niños, las manos callosas de los pescadores, para medir su pureza, para saber quién podía sentarse con quién. Y los niños miraban todo sin entender nada y por eso veían más que todos.
Matías había aprendido a mirar de otra manera. Una manera que no servía para ganar dinero ni para ganar discusiones. Miraba para guardar. Miraba como quien recoge espigas después de la cosecha, cuando los segadores ya se han ido y queda lo que otros consideran que no vale la pena. Él recogía gestos. Recogía tonos. Recogía la forma en que Jesús se quedaba callado después de una pregunta difícil.
Después del encuentro en el Jordán, que había sido su bautismo invisible, y después de la barca empujada en la orilla, que había sido su segundo llamado sin palabras, su vida se organizó alrededor de una distancia precisa, una medida que él mismo inventó y que cuidaba como un escriba cuida los márgenes de un rollo. No era la distancia de los extraños, que es fría e indiferente, que pone un muro. Era la distancia de los que pertenecen sin hacer ruido, como los perros buenos que siguen al rebaño sin necesidad de que el pastor los llame, porque saben que su sitio es detrás, cuidando que ninguna oveja se quede atrás. Caminaba detrás de Jesús y de los doce, nunca adelante, nunca al lado, siempre lo suficientemente cerca para oír si el viento estaba a favor, y lo suficientemente lejos para no estorbar cuando Jesús quería hablar a solas con Pedro o con Juan.
Al principio, los doce no sabían qué hacer con él. No lo habían invitado, pero tampoco se iba. Era como una sombra que había decidido tener cuerpo. Pedro, que era el portero del grupo, el que decidía quién entraba y quién no, lo saludaba con un gesto brusco de la cabeza, como se saluda a un pariente lejano que uno no sabe bien dónde poner en la mesa de la fiesta, pero al que no se puede echar porque es familia. Andrés, que tenía el corazón más blando, le ofrecía agua de su propia cantimplora, sin preguntar. Santiago el mayor, hijo de Zebedeo, que era serio y tenía las cejas siempre fruncidas, a veces le pedía que cuidara las sandalias mientras ellos entraban a una casa de algún principal, y Matías las cuidaba como si fueran suyas, alineándolas, quitándoles el polvo. Juan, el joven, el discípulo que Jesús amaba, lo miraba con curiosidad profunda, porque Juan notaba todo, notaba cuando Jesús estaba triste aunque sonriera, notaba cuando una palabra había dolido.
Y Judas Iscariote, el de Queriot, el único que no era galileo, fue el único que desde el principio le habló como si fuera un igual, como si lo hubiera estado esperando.
Judas era distinto a los demás en todo. No era galileo, era de Judea, de cerca de Hebrón, donde el aire es más seco y la gente habla más duro. Hablaba mejor, con un arameo más pulido, casi con acento de Jerusalén, y a veces metía palabras en griego cuando hablaba con extranjeros, cosa que los pescadores no sabían hacer. Vestía un poco mejor, no mucho, pero su túnica no tenía remiendos visibles. Sabía de números y de letras, sabía escribir rápido, sabía llevar cuentas. Llevaba la bolsa del grupo, la bolsa común, y anotaba gastos con una precisión que a Pedro le parecía excesiva y a Mateo, el ex publicano, le parecía familiar. Tenía una inteligencia rápida, filosa, capaz de ver la segunda intención de una parábola antes que los demás, y una sonrisa que llegaba tarde a los ojos, como si primero la sonrisa pidiera permiso para aparecer.
Una mañana, mientras el grupo descansaba cerca de Magdala, la ciudad de María, al borde del lago, y Jesús había ido a hablar con unas mujeres que lavaban ropa y que no se atrevían a acercarse al grupo de hombres, Judas se sentó junto a Matías a la sombra de un tamarindo grande que daba sombra a toda la orilla. Matías estaba repasando en voz bajísima las palabras que Jesús había dicho el día anterior sobre el perdón setenta veces siete, para no olvidar el número.
—Tú no eres pescador —dijo Judas, sin preámbulo, sin buenos días, como si continuara una conversación que había empezado en su cabeza.
—No —dijo Matías, sobresaltado.
—Se nota —dijo Judas, mirándole las manos—. Los pescadores tienen las manos marcadas de otra forma. Se les corta la piel entre el pulgar y el índice por la cuerda. Tienen una marca de quemadura de sol permanente aquí. Tú tienes manos de quien ha hecho de todo y de nada. Manos de borde.
Matías no se ofendió. Era verdad. Nadie le había dicho una verdad tan precisa sobre sus manos.
—Trabajo en lo que hay —dijo Matías—. Lo que me den.
—Yo también —dijo Judas, y por primera vez se recostó, como si se relajara—. Solo que mi trabajo ahora es asegurarme de que estos galileos no gasten todo en un día. Pedro cree que si hoy tenemos dos denarios hay que gastarlos hoy porque mañana Dios proveerá. Dios provee, pero también hay que contar. ¿Sabes contar? ¿Sabes sumar sin que te tiemble la mano?
—Un poco —dijo Matías—. Sé contar ánforas y contar panes. Sé contar hasta cien en griego.
—Entonces algún día podrías ayudarme —dijo Judas, mirando hacia donde estaban los demás—. Necesitamos gente que sepa sumar y restar sin emocionarse. Pedro suma con el corazón, siempre le sobra o le falta. Mateo suma con miedo, porque todavía piensa que Roma lo mira. Yo sumo como hay que sumar.
Matías sonrió por primera vez con Judas. Había algo tranquilizador en que alguien hablara de sumas en medio de tanto milagro.
—¿Y tú cómo sumas? —preguntó Matías.
—Yo sumo como suma el mundo —dijo Judas, tomando una ramita y dibujando números en la arena—. Con interés. Si das algo, esperas algo de vuelta. Es justo. Si inviertes tiempo, esperas fruto. Si das misericordia, esperas lealtad. Si das un reino, esperas un trono. Es el orden. Es justo.
—Jesús no suma así —dijo Matías, sin querer sonar a reproche, solo constatando un hecho que había observado durante meses—. Él resta para multiplicar. Da y no pide de vuelta. Perdona y no lleva cuenta.
Judas lo miró fijamente, largo rato, como evaluando si aquel muchacho delgado, de memoria extraña, era ingenuo o peligroso. Si era un tonto o un profeta.
—Por eso lo sigo —dijo Judas, después de una pausa que se hizo incómoda—. Porque quiero aprender a sumar como él. Porque mi forma de sumar me ha dejado solo toda la vida y estoy cansado de estar solo. Pero todavía no me sale. Todavía hago las cuentas viejas sin querer.
Esa conversación se le quedó a Matías grabada palabra por palabra, no por la simpatía momentánea que Judas le había mostrado, sino porque fue la primera vez que entendió, con una claridad que le dio escalofríos, que seguir a Jesús no era garantía de entenderlo. Que se podía caminar a su lado todos los días, comer de su mismo pan, dormir bajo su mismo manto, y seguir pensando con la cabeza vieja. Que se podía estar en el centro y tener el corazón en el borde. Y también al revés.
El ministerio en Galilea crecía como el fuego en verano cuando sopla el viento del sur. Cada día había más gente. Ya no eran solo los de Cafarnaúm. Venían cojos de Decápolis que habían oído que había un hombre que tocaba y los huesos se enderezaban, venían ciegos de Tiro que querían ver por primera vez la cara de sus hijos, venían madres con niños febriles envueltos en paños húmedos, venían curiosos que querían ver si era verdad que multiplicaba panes, venían escribas enviados desde Jerusalén con preguntas trampa escritas en tablillas de cera.
Jesús no rechazaba a nadie, pero Matías, que lo miraba desde su distancia precisa, notó que cada vez estaba más cansado. No era un cansancio del cuerpo, aunque caminaban mucho y dormían poco. Era un cansancio del alma, el cansancio de que le pidieran milagros y no le pidieran el corazón. De que le trajeran cuerpos para curar y no le trajeran la vida para ser curada. Una tarde, después de un día entero de curaciones en Betsaida, donde había tocado a tantos que hasta sus propias manos temblaban, el grupo se retiró a un monte bajo, un collado de hierba seca, para dormir. No tenían casa, tenían mantos y el cielo lleno de estrellas que parecía caerse.
Jesús se apartó unos pasos, como hacía siempre, a una roca más alta, para orar. Los doce, agotados, molidos, se quedaron dormidos rápido, roncando, hablando en sueños, con Pedro murmurando todavía una discusión con algún fariseo imaginario. Matías se quedó despierto, con la espalda contra una roca fría, mirando las estrellas y repasando en su cabeza las palabras del día para que no se le perdieran.
Juan, el joven, el hijo de Zebedeo, tampoco dormía. Se acercó en silencio y se sentó a su lado, abrazándose las rodillas. Tenía tal vez diecinueve años, pero parecía más joven de noche.
—¿Tú también no puedes dormir? —preguntó Juan en voz baja.
—No —dijo Matías—. Hay noches que las palabras pesan más que el cuerpo.
—¿En qué piensas? —preguntó Juan, mirando a Jesús a lo lejos, de rodillas, recortado contra la noche.
—Pienso en que hoy tocó a mucha gente —dijo Matías—. Tocó a un leproso que nadie quería tocar. Le tocó la cara. Pero nadie le preguntó cómo estaba él. Nadie le tocó a él. Nadie le dijo Maestro, ¿estás cansado? ¿Quieres agua?
Juan lo miró sorprendido, con los ojos muy abiertos. Era una observación que no había esperado de alguien que no era del círculo íntimo, una observación que ni siquiera los doce habían hecho.
—Es verdad —dijo Juan, y su voz se quebró un poco—. Siempre nos pide que no digamos quién es, que callemos los milagros, que no lo hagamos famoso. Pero la gente solo quiere el milagro, no al que lo hace. Quieren el pan, no la mano que lo parte.
—Yo guardo lo que dice cuando no hace milagros —dijo Matías, confesando por primera vez su oficio secreto—. Esas cosas me parecen más milagrosas que los milagros. Cuando dice que perdonemos. Cuando dice que miremos los lirios.
—Como qué —preguntó Juan, interesado de verdad—. ¿Qué guardaste hoy?
—Como cuando le dijo a Pedro que lo amaba aunque lo negara —dijo Matías, sin darse cuenta de que estaba diciendo algo que aún no había pasado, algo que había oído en una oración lejana de Jesús—. Eso todavía no pasó, pero ya lo dijo una vez, como si lo supiera, como si ya hubiera perdonado algo que aún no le han hecho. Yo lo guardé porque me pareció que era para Pedro, pero también para mí.
Juan se estremeció. No entendió la frase cronológicamente, pero sintió, con ese instinto que tendría toda su vida y que lo haría escribir el evangelio más profundo, que aquel hombre del borde tenía una memoria que era también una profecía. Que recordaba el futuro.
—Matías —dijo Juan, en voz muy baja para no despertar a los otros, como si compartiera un secreto—. ¿Por qué no le pides ser uno de nosotros? Él te diría que sí. Estoy seguro. Yo se lo he oído decir a Andrés. Eres fiel. Estás desde el principio. Desde el Jordán.
—Porque si le pido ser uno de ustedes, voy a querer ser importante —dijo Matías, con una honestidad brutal que lo hizo bajar la cabeza—. Y si soy importante, voy a dejar de escuchar. Voy a empezar a hablar. Voy a empezar a discutir quién es el mayor, como ustedes hacen a veces cuando creen que él no oye. Prefiero ser el que escucha. Si todos hablan, ¿quién guarda?
Juan no respondió. Se quedó mirando a Jesús, que seguía orando de rodillas, con las manos abiertas hacia el cielo oscuro, como un hombre que recibe lluvia aunque no llueva. Y entendió que Matías había elegido un lugar que era más difícil que el de los doce.
Al amanecer, bajaron del monte y encontraron una multitud que los había seguido incluso de noche, que había dormido en el camino para no perderlos. Había más de cinco mil personas, según el cálculo rápido y nervioso de Judas, que contaba cabezas como quien cuenta monedas para ver si alcanza para un impuesto. No tenían comida, no tenían nada, solo niños con hambre.
Los discípulos estaban nerviosos, superados. El desierto no tiene panaderías.
—Maestro, despídelos —dijo Felipe, que era práctico—. Que vayan a las aldeas a comprar algo. Se va a hacer tarde y esta gente se va a desmayar.
Jesús miró a Felipe y luego, por encima del hombro de Felipe, miró a Matías, que estaba detrás, sosteniendo un saco vacío que le habían dado para recoger algo.
—¿Qué tenemos? —preguntó Jesús, con calma.
—Nada —dijo Felipe, abriendo las manos—. Bueno, casi nada. Un muchacho tiene cinco panes de cebada y dos peces secos, pero qué es eso para tantos. Es una burla.
Jesús tomó los panes. Matías vio el gesto de cerca, a tres pasos. No hubo espectáculo, no hubo palabras grandilocuentes, no hubo invocación de ángeles. Jesús levantó los panes, que eran duros y pequeños, dio gracias como se da gracias en una casa pobre, con gratitud real por poco, no con la bendición larga y recitada de los fariseos, y los partió. Y los panes empezaron a alcanzar. No de golpe, no como una explosión. Sino a medida que las manos los repartían, como si el pan obedeciera a las manos que lo daban. Matías repartió también. Caminó entre la gente con un pedazo de pan en las manos que no se acababa, que pesaba cada vez lo mismo, y veía cómo los niños comían y guardaban un poco en sus túnicas para sus madres, cómo los ancianos lloraban porque hacía años que no comían hasta saciarse.
Cuando todos se saciaron, cuando la multitud quedó en silencio, llena, sobraron doce cestas. Doce, una por cada uno de los apóstoles, como si el milagro quisiera contarlos. Matías recogió una de esas cestas con Judas. No hablaron mientras lo hacían. El silencio era demasiado grande.
—Esto no tiene sentido —dijo Judas en voz baja, mirando la cesta llena, con el ceño fruncido, haciendo cuentas que no cerraban—. Esto rompe todas las cuentas. Cinco más dos no son cinco mil. Esto no es economía, es locura. Si esto se puede hacer, ¿para qué trabajar?
—Por eso es un milagro —dijo Matías, con sencillez—. Porque no tiene sentido. Si tuviera sentido, sería una cuenta.
—Los milagros no deberían romper las cuentas —dijo Judas, casi enojado—. Deberían hacerlas más claras. Deberían probar que Dios es ordenado. Este pan que sobra me da miedo, Matías. Porque si puede sobrar pan así, también puede faltar de golpe. No hay seguridad.
Matías no supo qué responder. Guardó la frase de Judas también, en el mismo lugar donde guardaba las de Jesús, porque entendía, con una intuición que le dolía, que las frases que duelen, las frases que anuncian grietas, también hay que guardarlas. Que un día harían falta para entender una traición.
Meses después, la tensión empezó a sentirse en el aire, como antes de una tormenta sobre el lago. Ya no estaban solo en Galilea, donde los querían. Empezaban a ir más seguido a Judea, a Jerusalén, donde los fariseos y los saduceos vigilaban cada palabra, cada sábado, cada mano lavada o no lavada. Jesús hablaba cada vez más abiertamente de que debía morir, de que lo entregarían a los gentiles, de que lo matarían, de que al tercer día resucitaría. Los decía caminando, sin detenerse, como quien dice algo que no quiere decir pero debe.
Los doce no querían oír eso. Pedro lo reprendía abiertamente, tomándolo del brazo.
—Lejos de ti, Señor —decía Pedro, con los ojos llenos de lágrimas de miedo—. Eso no te acontecerá. No lo permitiremos. Tenemos gente. Tenemos espadas.
Y Jesús le respondía con una dureza que Matías nunca le había visto usar con nadie más, ni siquiera con los fariseos más duros.
—Apártate de mí, Satanás —le decía—. Me eres tropiezo. Porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
Matías entendía por qué Pedro se asustaba. Todos se asustaban. Era más fácil creer en un Mesías que multiplicaba panes y que podía alimentar ejércitos, que en un Mesías que sería colgado como un esclavo, desnudo, en una cruz romana. Un Mesías muerto no sirve para echar a Roma. Pero Matías, que había oído la voz del Padre en el Jordán decir Hijo amado, empezaba a entender, en noches largas sin dormir, que el amor que no está dispuesto a morir por el amado no es amor, es conveniencia, es contrato. Y que Jesús había venido a hacer un pacto, no un contrato.
Una noche, en el camino a Efraín, una aldea pequeña donde se escondieron porque en Jerusalén ya querían apedrearlo, Jesús se detuvo en un cruce de caminos y miró a todos, a los doce y a los que caminaban detrás, que ya eran como setenta, entre ellos Matías y otro hombre llamado José, al que apodaban Barsabás, por ser hijo de Sabas, un sabio respetado.
—¿Quién dicen los hombres que soy yo? —preguntó Jesús, sin introducción.
Los setenta respondieron cosas diversas, como un murmullo. Unos decían que era Juan el Bautista resucitado, porque Herodes lo había matado y la gente creía que los profetas volvían. Otros que era Elías, que había de venir antes del fin. Otros que era Jeremías o uno de los profetas antiguos. Matías calló, porque sabía que la pregunta no era para la multitud, que era una pregunta para medir la temperatura.
Entonces Jesús miró a los doce, a los ojos, uno por uno.
—Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
Hubo un silencio. Pedro, impulsivo como siempre, incapaz de guardar silencio cuando su corazón explotaba, se adelantó dos pasos.
—Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente —dijo Pedro, con voz temblorosa pero firme.
Jesús lo miró con amor y con tristeza al mismo tiempo, como si esa confesión fuera a costarle a Pedro la vida.
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás —dijo Jesús—. Porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia.
Matías sintió que el aire se detenía y que su propia sangre dejaba de circular. Esa frase, Hijo del Dios viviente, era la misma que él había oído en el río, en el Jordán, guardada durante dos años en su pecho como una brasa. Pero ahora era dicha por boca de un pescador de Galilea, sin haber estado en el río. Entendió que la revelación no era solo para los que habían estado en el agua, era para todos, pero había que tener el valor de decirla en voz alta, aunque te llamaran loco.
Esa misma noche, Barsabás, el otro hombre del borde, el otro guardián de memoria, se acercó a Matías mientras hacían guardia. Barsabás era mayor que Matías, tenía treinta y cinco años, tenía esposa y dos hijos en Jerusalén, a los que veía poco. Había seguido a Jesús desde que lo vio curar a su hijo enfermo de fiebre en una visita a Judea. Era un hombre justo, temeroso de Dios, que cumplía la ley con exactitud, no por miedo, sino por amor.
—¿Oíste lo que dijo Pedro? —preguntó Barsabás, en voz baja, todavía impresionado.
—Sí —dijo Matías—. Lo guardé.
—Yo no me hubiera atrevido —dijo Barsabás, confesando su miedo—. Decir eso en voz alta es peligroso. En Jerusalén te matan por menos. Decir Hijo del Dios viviente es blasfemia si no es verdad. Y si es verdad, es todavía más peligroso.
—Pero es verdad —dijo Matías, con simpleza.
—Lo sé —dijo Barsabás—. Por eso da más miedo que sea verdad.
Se quedaron callados mirando el fuego.
—¿Tú crees que él va a morir de verdad? —preguntó Barsabás, después de mucho rato, diciendo lo que nadie se atrevía a preguntar—. ¿Como lo dice?
—Creo que él dice la verdad siempre —dijo Matías—. Si dice que va a morir, es porque va a morir. Y si dice que va a resucitar, es porque va a resucitar. No sabe mentir.
—Entonces, ¿qué haremos nosotros cuando lo maten? —preguntó Barsabás, y su voz era la voz de un padre que piensa en sus hijos—. ¿Qué haremos nosotros, los que no somos doce?
—Guardaremos lo que podamos —dijo Matías—. Guardaremos las palabras para cuando no esté, para que sus hijos y los hijos de tus hijos sepan que esto pasó. Para que no digan que fue un sueño.
Los dos hombres se miraron y entendieron que compartían el mismo oficio invisible, el oficio más humilde y más necesario. No eran apóstoles, no eran evangelistas aún, no eran profetas. Eran guardianes de memoria. Y los guardianes no brillan, no se sientan en tronos, no hacen milagros, pero sin ellos el tesoro se pierde, se lo lleva el viento, se lo comen los ratones.
La última semana en Galilea, antes de subir definitivamente a Jerusalén para la Pascua, la Pascua que sería la última, Jesús hizo algo que Matías no olvidó nunca y que confirmó su vocación de hombre del borde. Llamó a los setenta y los envió de dos en dos a predicar, a preparar el camino. No a los doce, a los setenta. A los del borde.
—Vayan —les dijo Jesús, con una autoridad serena—. No lleven bolsa ni alforja ni calzado de repuesto. No saluden a nadie por el camino con saludos largos. Digan en cada casa: paz a esta casa. Digan que el Reino de los cielos se ha acercado. Curen enfermos. Y si no los reciben, salgan de esa ciudad y sacudan el polvo de sus pies como testimonio contra ellos. Pero sepan que el Reino se acercó igual.
Matías fue enviado con Barsabás. Fue la primera vez que caminó delante. Fue la primera vez que habló en nombre de otro.
Caminaron por aldeas pequeñas que los doce no habían visitado, aldeas de pastores, aldeas de cuatro casas. No hicieron milagros grandes, no resucitaron muertos, pero vieron cosas que valían más que los milagros. Vieron a una anciana viuda que los recibió con agua fresca y con el único pan que tenía, y que lloró cuando le dijeron que Dios se había acordado de ella, que no estaba olvidada. Vieron a un jefe de sinagoga que los echó con insultos porque no traían cartas de recomendación de Jerusalén, porque no eran nadie. Y vieron cómo, al decir que el Reino se había acercado, la gente, aunque fuera por un instante, levantaba la cabeza, como si alguien les hubiera dicho que la puerta de su prisión, que siempre habían creído cerrada con llave, estaba abierta y siempre lo había estado.
Al regresar, los setenta estaban eufóricos, como niños que vuelven de una aventura. Contaban que hasta los demonios se les sujetaban en el nombre de Jesús. Que habían curado fiebres. Que los habían recibido. Jesús los escuchó y sonrió con esa alegría que pocas veces se le veía, pero luego se puso serio, como un padre que quiere enseñar lo importante.
—No se alegren de que los espíritus se les sujeten —dijo—. Alégrense de que sus nombres están escritos en los cielos. Que nadie los puede borrar de ahí. Ni Roma, ni Herodes, ni los fariseos.
Matías no dijo nada en esa reunión de alegría. Pero cuando todos se fueron a dormir, agotados, se acercó a Jesús, que estaba lavándose las manos en una vasija de barro a la luz de una lámpara.
—Maestro —dijo Matías, con timidez, con la voz del niño que no tuvo padre—. Mi nombre, ¿está escrito? ¿De verdad está escrito? Porque yo no he hecho milagros. Yo solo escuché.
Jesús lo miró y, en lugar de responderle con palabras, le secó las manos en su propia túnica, un gesto íntimo, doméstico, que no tuvo testigos más que la noche. Un gesto de madre.
—Matías —dijo Jesús, pronunciando su nombre como si lo estuviera escribiendo—. Tu nombre significa regalo de Dios. ¿Crees que un padre olvida el nombre de un regalo que él mismo dio? ¿Crees que un padre escribe un regalo en el cielo y luego lo borra? Tu nombre está escrito con tinta que no se borra. No por lo que hiciste, sino porque eres mi regalo. Y yo no pierdo mis regalos.
Matías bajó la cabeza. No lloró esa vez. Sonrió. Fue la primera vez en toda su vida que entendió que su nombre no era casualidad, no era el nombre que su padre le puso porque no tenía otro. Era vocación. Era destino. Regalo de Dios. El que guarda.
Tres días después, emprendieron el camino a Jerusalén. El camino final. Matías iba detrás, como siempre, con Barsabás a su lado, con la cesta vacía que una vez se llenó de pan milagroso colgando de su hombro como un recordatorio. No sabía que iba caminando hacia una traición, hacia una noche de sudor y sangre en Getsemaní, hacia una cruz levantada entre dos ladrones, hacia un aposento alto donde once hombres temblarían y orarían y dirían que hacía falta un doceavo testigo, uno que hubiera estado desde el bautismo hasta la ascensión.
No lo sabía, pero cada paso que daba, cada palabra que había guardado en el Jordán, cada pan repartido en el monte, cada conversación con Judas que había archivado en su corazón, cada pregunta de Juan en la noche, lo estaba preparando para ocupar un lugar que había estado vacío desde antes de que el mundo fuera mundo, el lugar del que escucha hasta el final y guarda todo, para que la historia no se interrumpa, para que la memoria no se rompa cuando uno de los protagonistas decide, en un campo de sangre, ahorcarse porque no supo sumar como Jesús sumaba.
Él era el que caminaba detrás. Y los que caminan detrás son los que ven cómo termina realmente el camino.
CAPÍTULO 4
El camino a Jerusalén no era un camino, era una subida. No solo porque la ciudad está en lo alto, a casi ochocientos metros sobre el nivel del mar, sobre roca dura, sino porque todo lo que va hacia Jerusalén sube, incluso el corazón, incluso el miedo. Matías lo sintió en las piernas y en el pecho desde la primera jornada. Cada aldea que dejaban atrás en Galilea era más pobre, cada rostro que veían en Samaria era más desconfiado, cada piedra del desierto de Judea parecía advertirles que no había regreso fácil, que el que sube a Jerusalén en Pascua no siempre baja.
Jesús caminaba delante, pero ya no caminaba como en Galilea. En Galilea caminaba rápido, con la urgencia de quien tiene mucho que decir y poco tiempo, con la túnica arremangada, casi corriendo entre los campos de mostaza. Ahora caminaba despacio, con una lentitud deliberada, deteniéndose a mirar los almendros en flor que explotaban blancos a los lados del camino, tocando la cabeza de los niños que salían al borde del camino corriendo descalzos, bendiciendo higueras que aún no daban fruto. Era como si quisiera guardar él también, por última vez, el mundo que había amado, como si quisiera despedirse de cada piedra, de cada sombra.
Los doce lo seguían con una mezcla de excitación y miedo que Matías podía oler en el aire, como se huele la lluvia antes de caer. Pedro hablaba alto, demasiado alto, de que esta vez sí, esta vez el Maestro entraría como rey y echaría a los romanos al mar, y que ellos estarían a su lado con espadas. Santiago y Juan, los hijos del trueno, discutían en voz baja, pero no menos intensa, sobre quién se sentaría a la derecha y quién a la izquierda cuando llegara el reino, haciendo cuentas de gloria como Judas hacía cuentas de dinero. Judas Iscariote contaba el dinero una y otra vez, abriendo y cerrando la bolsa, y anotaba en una tablilla encerada cuánto costaría comprar un cordero sin defecto para la Pascua en la ciudad, cuánto costaría el vino, cuánto el aceite, porque en Jerusalén todo se encarecía en Pascua y había que ser previsores. Solo Juan, el joven de ojos limpios, y Andrés, el de corazón sencillo, parecían entender que algo distinto estaba pasando, algo que no encajaba con las historias de reyes, algo que tenía más que ver con un cordero que con un león.
Matías y Barsabás iban al final del grupo de los setenta, que ya se había reducido, porque muchos de los seguidores ocasionales, los de los milagros y los panes, se habían quedado en sus aldeas al ver que el camino se ponía peligroso, al ver que ya no hablaba de pan sino de cruz. Matías llevaba consigo una pequeña bolsa de cuero que le había regalado Cleto el griego, atada a su cinturón, donde guardaba trozos de pergamino recortados, no pergamino bueno, sino recortes que encontraba en el suelo del almacén, y que había empezado a escribir, no con tinta, que no podía comprar, sino con carbón de los fuegos, con una letra torpe, infantil, porque no sabía escribir bien en griego y mucho menos en hebreo, pero quería anotar palabras sueltas para no olvidarlas, para no traicionar su oficio. Era su tesoro secreto. Su primer intento de dejar de ser solo memoria viva y ser también memoria escrita. Anotaba: Este es mi Hijo amado. Anotaba: Alégrense de que sus nombres están escritos. Anotaba: Vengan y vean.
Una tarde, a la altura de Jericó, la ciudad de las palmeras, la ciudad más baja del mundo, donde el calor se estanca y hace temblar el aire, Jesús se detuvo a comer bajo un sicómoro enorme, de esos árboles que parecen tener cien años por cada rama. Hacía un calor que levantaba espejismos del suelo y que hacía que el polvo se pegara a la garganta. La gente de Jericó salió a verlo, porque todos habían oído del que había resucitado a Lázaro a dos millas de allí.
Un hombre pequeño, casi enano, se había subido al árbol para verlo por encima de la multitud. Era Zaqueo, un jefe de recaudadores, el jefe de todos los publicanos de la zona, odiado por todos, rico por robar a su propio pueblo para Roma. Tenía una túnica fina y las manos sudorosas de tanto agarrarse a la rama.
Jesús lo miró hacia arriba, entre las hojas, y lo llamó por su nombre, aunque nadie en el grupo se lo había dicho, aunque Zaqueo no se había presentado.
—Zaqueo, baja pronto —dijo Jesús, con esa voz que no juzgaba—. Hoy es necesario que me quede en tu casa. Hoy tengo que estar en tu casa.
La gente murmuró. Matías estaba lo suficientemente cerca para oír el murmullo, que era como un zumbido de abejas molestas, de moscas sobre carne.
—Mira a quién va a hospedarse —decía un fariseo que había venido siguiendo al grupo desde Galilea, con su manto limpio—. Con un pecador. Con el más pecador de Jericó. Si fuera profeta sabría quién es.
Zaqueo bajó temblando, con la cara roja de vergüenza y de alegría, una mezcla que solo los que han sido muy odiados conocen. Bajó torpemente y casi se cae. Matías vio cómo Jesús no le pidió que devolviera nada primero, no le puso condiciones, no le dijo primero arrepiéntete y luego entraré. Entró a su casa, una casa grande y fresca, con patio, y comió con él, se sentó a su mesa, bebió de su copa. Y durante la comida, sin que nadie lo presionara, sin sermón, Zaqueo se levantó, con lágrimas en los ojos, y dijo, como si se le hubiera roto algo dentro que lo tenía atado:
—Mira, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
No fue una negociación. Fue una explosión de libertad.
Matías, que ayudaba a servir agua en esa casa porque los sirvientes de Zaqueo no daban abasto, se acercó a Barsabás y le susurró, con la voz llena de asombro, al oído.
—¿Ves? —dijo Matías—. ¿Ves lo que hizo? Él no le dijo arrepiéntete y luego te acepto. Le dijo te acepto, y por eso pudo arrepentirse. Le dio primero el honor de su visita y por eso Zaqueo quiso ser honorable.
Barsabás asintió, con los ojos húmedos, porque Barsabás había sido también un hombre que había tenido que restituir mucho en su vida, que había sido duro y que había aprendido a la fuerza.
—Esa es la diferencia entre Juan y Jesús —dijo Barsabás, con su sabiduría de hombre mayor—. Juan decía arrepiéntanse para que venga el Reino. Porque si no se arrepienten, el Reino no vendrá. Jesús dice el Reino ya vino, ya está aquí, en esta casa de pecador, por eso pueden arrepentirse. Uno es por miedo, el otro es por amor.
Matías guardó esa frase en su bolsa de cuero, escrita con carbón tembloroso, con letras que se emborronaban con su sudor. Arrepentirse no por miedo, sino por haber sido recibido. Le pareció que con esa frase se podía entender toda la vida de Jesús.
Cuando llegaron a Betania, a dos millas de Jerusalén, ya se veía el polvo de la ciudad santa en el horizonte, un polvo que no era polvo, era gente. Se quedaron en casa de Lázaro, Marta y María. Lázaro, el que había estado muerto cuatro días y había vuelto a vivir envuelto en vendas, no hablaba mucho. Tenía la mirada de alguien que había visto algo que no se puede contar con palabras humanas, que había estado en un lugar sin tiempo. Marta servía, nerviosa, atareada, como siempre. María, su hermana, hizo algo que nadie esperaba.
Se sentó a los pies de Jesús, en silencio, y rompió un frasco de alabastro de nardo puro, carísimo, de trescientos denarios, el salario de un año entero de un obrero, y le ungió los pies, y los secó con su cabello suelto, un gesto que en esa cultura era escandaloso, íntimo, de esposa.
El perfume llenó toda la casa, toda la casa de Betania olió a cielo. Era un olor que no se podía ignorar.
Judas se indignó. Fue el primero en hablar, y su voz sonó fuerte en el silencio perfumado.
—¿Para qué este derroche? ¿Para qué este desperdicio? —dijo Judas, en voz alta para que todos lo oyeran, para que su indignación pareciera justicia—. Podía haberse vendido por trescientos denarios y dado a los pobres. ¡Trescientos denarios! ¿Cuántos pobres comerían con esto?
Matías miró a Judas y vio que no estaba mintiendo del todo, pero tampoco estaba diciendo toda la verdad. Su preocupación por los pobres era real, Judas tenía un corazón para los pobres que los demás no tenían, pero había otra cosa detrás, un cálculo que se le había metido en el corazón como una espina, una amargura que crecía. Era como si dijera: si él es rey, ¿por qué permite que le gasten el tesoro de la revolución en perfume? Si va a morir, ¿para qué guardar perfume para su entierro?
Jesús defendió a María con una ternura feroz.
—Déjenla —dijo Jesús, mirando a Judas directamente, sin enojo—. ¿Por qué la molestan? Ha hecho una obra hermosa conmigo. Ella ha guardado esto para el día de mi sepultura. A los pobres siempre los tendrán con ustedes, y cuando quieran les podrán hacer bien, pero a mí no siempre me tendrán. Ella se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura.
Matías sintió un frío que le recorrió la espalda desde la nuca hasta los talones, a pesar del perfume caliente. Día de mi sepultura. Lo había dicho en voz alta, sin parábolas, sin rodeos, en una casa llena de amigos. Nadie quiso oírlo. Pedro se levantó bruscamente a buscar más agua, como si no hubiera oído. Santiago el mayor tosió fuerte. Andrés miró al suelo y jugó con una miga de pan. Solo María siguió ungendo, llorando en silencio, con su cabello empapado en nardo y lágrimas, porque ella sí había entendido, porque las mujeres a veces entienden la muerte antes que los hombres, porque aman con los pies y no con las ideas.
Esa noche, Matías no pudo dormir en el patio de la casa de Lázaro, bajo la higuera. El olor a nardo no se iba. Salió a caminar por el huerto y encontró a Jesús solo, de pie, mirando Jerusalén a lo lejos, cuyas luces de miles de lámparas de Pascua se veían como un collar de fuego tembloroso en la colina oscura. Jerusalén de noche es hermosa y terrible.
—Maestro —dijo Matías, sin atreverse a acercarse mucho, quedándose a tres pasos, como siempre—. ¿De verdad vas a morir? ¿Lo de la sepultura es verdad?
Jesús no se sorprendió de verlo. Parecía esperarlo, como si supiera que los que caminan detrás son los que hacen las preguntas de noche.
—Sí —dijo Jesús, sin volverse, con voz tranquila.
—¿Y no hay otro camino? —preguntó Matías, y su voz era la de un niño—. Tú calmas tormentas. Tú resucitaste a Lázaro. ¿No puedes no morir?
—Hay muchos caminos para no morir —dijo Jesús, volviéndose por fin hacia él—. Hay muchos caminos para salvar la piel. Puedo volver a Galilea. Puedo callarme. Puedo irme al desierto otra vez. Pero solo hay uno para amar hasta el final. Solo hay uno para amar sin medida. Y yo he venido a amar hasta el final. Si no muero así, mi amor tendrá medida, tendrá un límite. Y yo no quiero amar con límite.
—¿Y nosotros? —dijo Matías, y se le quebró la voz—. ¿Qué haremos sin ti? Yo no sé hacer nada sin ti. Yo solo sé seguirte.
Jesús se acercó y se sentó en el muro bajo de piedra que separaba el huerto, a su lado. Todavía olía a nardo. Le puso una mano en la rodilla a Matías.
—Ustedes harán lo que yo hice —dijo Jesús—. Recordarán. Contarán. Sanarán. Un hombre no muere mientras alguien cuente su historia con verdad. Mientras alguien diga: yo estuve ahí, y era así.
—Yo no sé contar bien —dijo Matías, con vergüenza de su letra torpe y su lengua tartamuda—. Solo sé guardar. Soy bueno guardando.
—Guardar ya es contar —dijo Jesús, sonriendo en la oscuridad—. El que guarda, tarde o temprano tiene que entregar lo que guardó. El que guarda pan, un día tiene que repartirlo. Tú guardas palabras. Llegará el día que tendrás que decirlas todas.
La entrada a Jerusalén fue al día siguiente, y fue todo lo que Pedro había soñado durante tres años y todo lo que Jesús no quería. La gente había oído que el que había resucitado a Lázaro venía, y salió a recibirlo como se recibe a un rey que va a liberar la ciudad. Salieron con ramas de palma, que solo se usan para los reyes, gritando Hosanna, Bendito el que viene en nombre del Señor, Bendito el reino de nuestro padre David que viene. Le pusieron mantos en el camino, mantos de colores, para que su burrito no pisara el polvo. Jesús entró montado en un burrito prestado, no en un caballo blanco de guerra, no en un carro romano, sino en un pollino hijo de asna, como decía Zacarías.
Matías, que caminaba detrás, entre la turba que gritaba y lloraba, lloró él también, pero no de alegría, de comprensión. Entendió el contraste brutal, profético. El pueblo quería un rey que pisara, que aplastara. Jesús venía en un animal que carga, que lleva el peso de otros, que es humilde. El pueblo gritaba Hosanna que quiere decir sálvanos ahora, y él sabía que la forma de salvarlos era muriendo.
Los fariseos estaban furiosos, pálidos de rabia, entre la multitud.
—Maestro, reprende a tus discípulos —le gritaron a Jesús, ofendidos por los gritos mesiánicos—. ¡Hazlos callar!
—Si estos callaran —respondió Jesús, mirando a los fariseos con pena—, las piedras clamarían.
Matías miró las piedras del camino de Betfagé a Jerusalén, las piedras blancas y calientes, y pensó que era verdad, que toda la creación, desde el Jordán hasta aquel camino polvoriento, estaba esperando aquel momento desde hacía siglos, conteniendo la respiración.
Durante tres días, Jesús enseñó en el templo. Matías estaba allí cada día, desde el amanecer hasta que los guardias cerraban las puertas, en el atrio de los gentiles, donde podían estar los que no eran judíos puros, escuchando cómo discutía con saduceos que no creían en la resurrección y querían atraparlo con preguntas sobre una mujer que se casó siete veces, y con fariseos que querían atraparlo con preguntas sobre el tributo al César, si era lícito pagarle a Roma.
Jesús respondía con una sabiduría que dejaba a todos en silencio, no porque fuera más inteligente en argumentos, sino porque respondía desde otro lugar, desde un lugar donde no había trampa, donde no había miedo.
—Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios —dijo una vez, sosteniendo una moneda romana con la cara de Tiberio, y todos se quedaron callados porque entendieron que con esa frase se podía gobernar una vida entera, una conciencia entera.
Matías anotó aquella frase con carbón en su pergamino más grande, porque le pareció que era una brújula.
La tensión crecía cada hora. Se podía cortar con un cuchillo. Judas ya no caminaba con el grupo, se adelantaba, desaparecía por horas, volvía con la cara desencajada. Una tarde, en el atrio, Matías lo vio hablar con unos hombres del templo, con los sirvientes del sumo sacerdote Caifás, hombres de ropas finas y ojos fríos. No oyó lo que decían, porque hablaban en voz baja, pero vio cómo uno de ellos, un hombre gordo con anillos, le puso algo en la mano a Judas, algo que sonó a metal, que tintineó. Treinta monedas. Matías no contó, pero oyó el sonido.
Cuando Judas regresó, pálido, con la mano cerrada en el bolsillo, Matías se le acercó, temblando.
—¿Estás bien? —le preguntó Matías, tomándolo del codo—. Te ves mal.
Judas lo miró con ojos que parecían no dormir desde hacía días, ojos rojos, con ojeras profundas.
—Estoy haciendo lo necesario —dijo Judas, con una voz que no era la suya—. Este sueño se nos está yendo de las manos, Matías. ¿No lo ves? Él habla de morir. Si muere, todo se acaba. Si muere como un criminal, todos seremos criminales. Si lo entregan, quizás se vea obligado a mostrar su poder. ¿No lo entiendes? A veces hay que forzar a Dios a actuar. A veces hay que darle un empujón al Mesías para que sea Mesías. Si lo acorralan, tendrá que llamar a los ángeles. Y entonces todos verán.
—Judas —dijo Matías, apretando su brazo, con lágrimas en los ojos—. No lo hagas. Por favor. No lo entregues. Hablemos con Pedro. Hablemos con Juan.
—¿Tú qué sabes? —dijo Judas, soltándose con brusquedad, con violencia contenida—. Tú siempre miras, nunca actúas. Tú siempre estás detrás. Yo actúo. Yo hago que las cosas pasen. Alguien tiene que hacer que pasen.
Matías no insistió. No porque no quisiera, sino porque Judas ya se había ido por dentro. Se quedó con la mano vacía en el aire y con un dolor agudo en el estómago, como si hubiera tragado piedras. Corrió a buscar a Pedro, a Juan, pero no los encontró. Todos estaban ocupados preparando la Pascua, comprando hierbas amargas, buscando el aposento alto que un amigo había ofrecido.
La cena de Pascua fue en un aposento alto que un hombre había prestado en la ciudad alta, con vistas a las murallas. Matías no estaba invitado a la mesa de los doce, porque no era de los doce, porque su lugar era el borde. Pero estaba en la casa, en la cocina, ayudando a la mujer del dueño a llevar agua y pan sin levadura, a calentar el cordero. Desde la puerta entreabierta, agachado, podía oír y ver todo.
Vio cómo Jesús se levantó de la mesa, en mitad de la cena, se quitó el manto, se ciñó una toalla de siervo a la cintura, y se puso a lavar los pies de los discípulos, uno por uno, empezando por Pedro. Era el trabajo del esclavo más bajo. Vio cómo Pedro se negaba al principio, avergonzado, y luego pedía que le lavara también las manos y la cabeza. Vio cómo Jesús se detuvo frente a Judas, el último, y le lavó los pies también, con la misma delicadeza, con la misma agua, mirándolo a los ojos, sin decirle nada que los otros pudieran oír. Judas no pudo sostenerle la mirada. Bajó la cabeza.
Luego oyó las palabras que partieron la noche en dos.
—Uno de ustedes me entregará —dijo Jesús, con voz baja, pero que retumbó en el aposento—. Uno que come conmigo.
El silencio fue total, absoluto, como si el aire se hubiera ido de la habitación. Los doce se miraron entre sí, horrorizados, pálidos, con el pan en la mano.
—¿Seré yo, Señor? —decían uno tras otro, uno tras otro, hasta Pedro—. ¿Seré yo?
Matías sintió que las piernas le fallaban y tuvo que apoyarse en la pared de la cocina. Desde la puerta, vio cómo Jesús tomó un bocado de pan, lo mojó en la salsa de hierbas amargas, y se lo dio a Judas Iscariote. Era el bocado de honor, el que da el dueño de casa al invitado principal.
—Lo que vas a hacer, hazlo pronto —le dijo Jesús, en voz tan baja que solo Judas y quizás Juan lo oyeron.
Judas tomó el bocado, se levantó, y salió. Era de noche. Era completamente de noche afuera. La puerta de madera se cerró tras él con un golpe seco y el aire frío y polvoriento de Jerusalén en primavera entró por un instante, apagando una lámpara.
Matías quiso gritar, quiso correr detrás de él, quiso detenerlo en la calle, pero entendió, con una lucidez dolorosa, que había cosas que ni siquiera Jesús detenía, porque el amor no encadena, porque el amor deja ir incluso al que va a traicionar, porque si lo detuviera a la fuerza, ya no sería amor.
Después de la cena, cantaron un himno y fueron al huerto de Getsemaní, al otro lado del torrente Cedrón, al pie del Monte de los Olivos. Matías los siguió de lejos, con otros de los setenta que también habían ido, escondidos entre los olivos viejos. Vio a Jesús apartarse con Pedro, Santiago y Juan para orar, y vio su angustia. Nunca había visto a un hombre orar así, con el cuerpo entero, con sudor que en la luz de la luna parecía sangre, cayendo al suelo, diciendo Padre, si es posible, pase de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
Vio a los discípulos dormirse, vencidos no por el sueño sino por la tristeza, porque la tristeza da más sueño que el cansancio.
Y vio llegar a Judas con una turba, con antorchas que chisporroteaban, con espadas, con soldados del templo y con guardias romanos, y vio el beso. El beso. La señal más íntima, la señal de amor y respeto que un discípulo da a su maestro, convertida en la señal de la traición, en la contraseña para el arresto.
—Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? —dijo Jesús, con una voz que Matías no olvidaría nunca, una voz que no tenía rencor, solo dolor infinito.
No hubo respuesta. Lo ataron con cuerdas como a un ladrón y se lo llevaron a empujones.
Pedro sacó una espada corta que llevaba escondida y cortó la oreja de un siervo del sumo sacerdote llamado Malco. Jesús lo detuvo al instante.
—¡Basta! ¡Guarda tu espada! —dijo Jesús, y tocando la oreja del herido, lo curó, incluso en ese momento, incluso a su enemigo, incluso mientras lo arrestaban.
Luego todos huyeron. Todos. Pedro corrió hacia un lado, Juan hacia otro. Todos huyeron como ovejas sin pastor. Matías también corrió, no por cobardía calculada, sino porque el pánico es un viento que arrastra, que no te deja pensar. Se escondió detrás de unos olivos retorcidos, jadeando, con el corazón a punto de salirse, y vio cómo se llevaban a Jesús a casa de Caifás, a empujones, en la noche.
Lo siguió a distancia, a una distancia mayor que nunca, porque ahora seguirlo era peligroso. Vio el juicio nocturno, ilegal, con testigos falsos que se contradecían, con el sumo sacerdote rasgándose las vestiduras. Vio cómo Pedro, que había jurado morir con él, que había dicho aunque todos te dejen yo no te dejaré, lo negaba tres veces junto a un fuego en el patio, diciendo con maldiciones yo no conozco a ese hombre, yo no soy de ellos. Y vio a Juan, el único de los doce que se quedó cerca, valiente por amor, junto a María, la madre de Jesús, que no se movía.
Matías no negó, porque nadie le preguntó. Nadie lo conocía lo suficiente para preguntarle si era discípulo de aquel Galileo. Esa fue su protección y su vergüenza más profunda. Pudo quedarse hasta el final, hasta la pretorio, hasta el patio de Pilato, porque era invisible. Era el hombre del borde. Vio la flagelación, oyó el látigo romano. Vio la corona de espinas, vio el manto púrpura de burla, vio a Pilato lavarse las manos con agua en una palangana, diciendo yo soy inocente de la sangre de este justo.
Y vio la cruz.
No en primera fila, no al pie como Juan y las mujeres, sino desde una calle lateral, entre mujeres que lloraban y se mesaban los cabellos y soldados romanos que se burlaban y echaban suertes sobre su ropa. Vio a Jesús caer bajo el peso del madero, levantarse con las rodillas sangrando, caer otra vez. Oyó las siete palabras, aunque el viento de Jerusalén, lleno de polvo, se llevaba algunas y solo llegaban fragmentos. Guardó cada una como pudo, con su memoria rota por el llanto. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Mujer, he ahí tu hijo, hijo, he ahí tu madre. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Tengo sed. Todo está cumplido. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Cuando Jesús murió, a la hora nona, a las tres de la tarde, cuando el sol debería estar más alto, el cielo se oscureció a mediodía como si fuera de noche. Hubo un temblor. Matías sintió que el suelo temblaba bajo sus sandalias llenas de polvo de Jerusalén, y que su propia memoria temblaba con él, porque ¿cómo se guarda una muerte así? ¿Cómo se guarda el silencio de Dios muriendo? ¿Cómo se guarda un grito que dice todo está cumplido?
José de Arimatea, un hombre bueno del concilio, pidió el cuerpo a Pilato y lo puso en un sepulcro nuevo, cavado en la roca, en un huerto cercano. Matías ayudó a llevar aromas, junto a Nicodemo, que trajo cien libras de mirra y áloe, sin que nadie se lo pidiera. Era lo único que podía hacer, lo único que sabía hacer desde el principio: cargar peso, llevar agua, guardar.
Regresó a la ciudad con el manto manchado de polvo y de algo más que polvo, con sangre que no era suya pero que sentía suya. Se encerró en el aposento alto donde los discípulos se habían escondido, no porque fuera uno de ellos, sino porque no tenía otro lugar a donde ir en Jerusalén. No tenía casa. Estaban todos allí, con la puerta cerrada y atrancada por miedo a los judíos, por miedo a que los buscaran a ellos también. Pedro lloraba en un rincón, con la cabeza entre las manos, repitiendo como un mantra roto yo lo negué, yo lo negué, yo dije que no lo conocía. Juan consolaba a María, la madre, que no lloraba a gritos, lloraba en silencio, con una dignidad que partía el alma. Los demás no hablaban. Tomás miraba la pared.
Matías se sentó en el suelo, junto a la puerta, en el borde, como siempre, y por primera vez en tres años, sacó su bolsa de cuero y vació sobre el suelo frío de piedra los trozos de pergamino con carbón, desordenados. Palabras sueltas, frases incompletas, la voz del Jordán, la risa de la barca, el pan que no se acababa, el nardo derramado, la moneda del César, el perdón setenta veces siete. Todo estaba allí, sucio, emborronado, pero estaba. Era todo lo que quedaba.
Barsabás, que también se había escondido allí, lo miró desde el otro rincón y entendió sin palabras. Se arrastró hasta él.
—Ahora es cuando tenemos que guardar más que nunca —dijo Barsabás en voz baja, para que solo Matías lo oyera por encima de los sollozos de Pedro—. Ahora que parece que todo se perdió, es cuando más hay que guardar.
—Sí —dijo Matías, con los ojos llenos de lágrimas que por fin le dejaban ver—. Porque si olvidamos, si dejamos que el polvo de Jerusalén tape todo esto, entonces ellos ganan. Si olvidamos cómo lavó pies, cómo perdonó, cómo nos llamó amados, entonces la cruz fue solo madera.
Afuera, Jerusalén seguía celebrando la Pascua como si nada hubiera pasado, con miles de corderos sacrificados en el templo, con calles llenas de peregrinos borrachos y cantando, con polvo levantado por miles de pies. Adentro, en un cuarto cerrado, con olor a miedo y a sudor, once hombres rotos y dos que habían caminado detrás esperaban sin saber qué esperaban, sin saber que al tercer día el polvo se movería, que la piedra se correría, y que todo lo guardado tendría que ser dicho a gritos. Pero por ahora, guardaban. Guardaban el polvo de Jerusalén en sus sandalias, que era el polvo del único camino que había valido la pena caminar, el polvo de los pies de un Dios que quiso tener pies.
CAPÍTULO 5
El sábado fue el día más largo de la vida de Matías, más largo que los días del desierto de Judea cuando buscó al Bautista, más largo que las noches en que su padre había agonizado con fiebre en aquel cuarto alquilado detrás de la sinagoga, más largo incluso que el viernes que acababa de pasar. Fue largo porque no pasó nada, y cuando no pasa nada después de que ha pasado todo, el tiempo se vuelve espeso como miel vieja, como barro que no deja caminar.
La ley judía mandaba reposo absoluto en sábado, y más en un sábado de Pascua, y el reposo se cumplió al pie de la letra, porque nadie tenía fuerzas para romperlo. Pero no fue descanso, no fue shabat. Fue una vigilia de piedra. Fue un velorio sin cuerpo, porque el cuerpo estaba en un sepulcro prestado y ellos estaban encerrados en otro sepulcro prestado.
El aposento alto olía a encierro, a sudor frío secado en la ropa, a aceite de lámpara consumido que chisporroteaba y a miedo humano, que tiene un olor propio, agrio. Las ventanas estaban cerradas con mantas gruesas para que no se viera luz desde fuera, para que nadie supiera que allí había gente reunida, porque en Jerusalén, después de crucificar a un Galileo, los soldados buscaban a sus seguidores. La puerta estaba atrancada con un banco pesado y con una barra de madera cruzada, como si una barra pudiera detener a Roma.
Once hombres estaban allí, aunque Tomás había salido al amanecer del sábado y no había vuelto, diciendo que necesitaba aire, que se ahogaba entre cuatro paredes, que no podía estar con gente que solo sabía llorar. Nadie lo juzgó. Con ellos estaban algunas mujeres, las valientes, las que no habían huido: María madre de Jesús, que no decía nada y que tenía los ojos secos de tanto haber llorado en la cruz; María Magdalena, la de Magdala, de la que todos sabían que había sufrido mucho; María la madre de Santiago el menor, y Salomé, la madre de los hijos de Zebedeo, y también algunos de los setenta, entre ellos Matías y Barsabás, que no se habían movido de la puerta, sentados en el suelo, con la espalda contra la madera, como si custodiar la puerta, ser cerrojo humano, fuera su única forma de ser útiles, su único apostolado posible en ese momento.
Nadie hablaba de lo que había pasado el viernes. Nadie podía. Hablaban en susurros de cosas sin importancia, para llenar el silencio, porque el silencio era insoportable. Hablaban de si quedaba pan ácimo suficiente para todos hasta el domingo, de si el agua de la vasija de barro alcanzaba hasta la noche, de si los soldados romanos habían retirado ya la guardia del sepulcro que Pilato había mandado poner a petición de los principales sacerdotes. Pero cada frase, cada susurro, era una forma de no decir la única frase que estaba en el corazón de todos, latiendo como un tambor, que era hemos fracasado, está muerto, y nosotros huimos, y todo se acabó.
Pedro no se levantaba del rincón más oscuro del aposento, donde daba la sombra aunque hubiera poca luz. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar sin lágrimas, porque a veces el llanto se seca y deja solo dolor, un dolor que quema sin agua. Se había quitado las sandalias y tenía los pies sucios del camino a Getsemaní. Juan, el joven, se acercaba de vez en cuando y le ponía una mano en el hombro, sin decir nada, sin versículos, sin explicaciones, porque Juan había aprendido de Jesús, en tres años de caminar detrás, que hay dolores que no se consuelan con palabras, solo con presencia, solo con quedarse al lado aunque no sepas qué decir.
Matías miraba a Pedro desde su puesto en la puerta y recordaba la noche del fuego en el patio de Caifás, la noche anterior. Él había estado allí, escondido entre los sirvientes y los guardias que se calentaban las manos, con la capucha puesta, y había visto la escena completa, con su memoria maldita que no olvidaba detalles. Había visto cómo una criada, una muchacha joven, le decía a Pedro tú también estabas con Jesús el galileo, y Pedro, con la voz cambiada por el miedo, respondía no sé lo que dices. Había visto cómo otra criada lo reconocía por su acento galileo y decía este es de ellos, y Pedro juraba no conozco al hombre. Y había visto la tercera negación, cuando los que estaban allí dijeron verdaderamente tú eres de ellos porque eres galileo, y Pedro empezó a maldecir y a jurar no conozco a ese hombre. Y justo entonces cantó el gallo, y Jesús, que pasaba siendo llevado de una sala a otra, se volvió y miró a Pedro. Solo lo miró. No le dijo nada. Lo miró. Y Pedro salió fuera y lloró amargamente.
Matías había querido intervenir esa noche, decir sí, yo también estaba con él, yo también soy su discípulo, pero el miedo le cerró la boca, le secó la garganta, le hizo invisible otra vez. Y ahora ese silencio compartido, esa cobardía compartida, lo unía a Pedro más que cualquier discurso de valentía. Eran dos negadores, uno a gritos y otro en silencio.
Al caer la tarde del sábado, cuando el sol empezaba a bajar y se podía ver una raya naranja por debajo de la manta de la ventana, María Magdalena se levantó. No había llorado como las otras, no había hecho lamentos. Había estado sentada todo el día con la mirada fija en la pared de adobe, como si estuviera viendo algo que los demás no veían, como si estuviera viendo más allá de la pared.
—Tengo que ir al sepulcro —dijo, con voz ronca, sin mirar a nadie—. Al amanecer, en cuanto acabe el sábado y se pueda caminar.
—Es peligroso —dijo Andrés, levantando la cabeza—. Hay guardia romana. Pusieron sello. Y la piedra es muy grande, muy pesada. No podremos moverla.
—Tengo que terminar de ungirlo —dijo María Magdalena, como si no hubiera oído la objeción—. No lo ungimos bien el viernes porque se hacía de noche y venía el sábado, lo envolvimos rápido, sin amor, como se envuelve a un extraño. No puedo dejarlo así. Mi Señor no puede quedarse sin ser ungido como merece. Yo lo vi cuando estaba vivo, tengo que ungirlo ahora muerto.
Las otras mujeres asintieron, María la madre de Santiago y Salomé. Habían comprado aromas con las pocas monedas que les quedaban el viernes al anochecer, corriendo antes de que cerraran las tiendas, nardo y mirra y áloe, no tan caros ni tan abundantes como el frasco de María de Betania, pero suficientes para un muerto, para mostrar amor.
Matías se acercó a ella, desde la puerta. No la conocía mucho, solo la había visto algunas veces siguiendo al grupo desde Magdala, una mujer de la que decían que Jesús había expulsado siete demonios, lo que para Matías, que había visto muchos demonios de tristeza y miedo en la gente, significaba que había sufrido siete infiernos y había sido liberada siete veces, que conocía la oscuridad mejor que nadie.
—Yo te acompaño —dijo Matías, en voz baja—. Puedo ayudar con la piedra. Puedo cargar los aromas. Conozco el camino al huerto de José, yo ayudé a llevarlo.
María Magdalena lo miró con gratitud profunda, con ojos que por primera vez se enfocaban en el presente, pero negó con la cabeza, con dulzura.
—No —dijo—. Quédense aquí. Quédense encerrados. Si nos detienen a nosotras, que nos detengan a nosotras. Las mujeres no cuentan para Roma. Ustedes tienen que vivir. Ustedes tienen que contar después lo que pasó. Si nos matan a todos, ¿quién contará?
Matías entendió que no era rechazo, era protección, era estrategia de amor. Se sentó de nuevo, con el peso de la impotencia. Otra vez el borde. Otra vez mirar.
La noche del sábado al domingo fue la noche más oscura que Jerusalén había conocido, aunque no hubiera tormenta. No hubo luna, el cielo estaba cubierto. Jerusalén estaba en silencio, porque el sábado es silencio obligatorio, pero en el aposento alto el silencio era distinto, era un silencio que esperaba ser roto por algo, por alguien, aunque no sabían por qué.
Antes del amanecer, cuando aún estaba oscuro, tan oscuro que no se distinguía la mano, las mujeres se levantaron. Matías las oyó moverse en puntillas, con sus mantos oscuros, abrir la puerta con un cuidado infinito para que la barra de madera no hiciera ruido, deslizarse por las escaleras de piedra hacia la calle vacía. El frío de la madrugada entró por la puerta entreabierta. Quiso seguirlas, su cuerpo se levantó, pero Barsabás, que estaba a su lado y tampoco dormía, le puso una mano firme en el brazo.
—Déjalas —susurró Barsabás, con voz ronca—. Ellas son más valientes que nosotros esta noche. Ellas amaron más. Deja que el amor haga lo que el miedo no deja.
Se fueron. La puerta se cerró con suavidad. El grupo se quedó en penumbra, contando los minutos, cada minuto era una hora. Pedro se había quedado dormido por fin, vencido por el agotamiento, con la cabeza apoyada en la pared, roncando suavemente. Juan oraba en voz baja, de rodillas, repitiendo salmos que había aprendido de niño en Betsaida, salmos de confianza: aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno.
Pasó una hora que pareció un año, dos años, toda una vida. Matías contaba sus respiraciones para no volverse loco. De pronto, cuando ya empezaba a entrar una luz grisácea por debajo de la manta, se oyó un golpe en la puerta de abajo, en la calle, fuerte, desesperado, no el toque discreto y temeroso de las mujeres al salir, sino un golpe de quien corre, de quien no puede respirar, de quien trae una noticia que no cabe en el pecho.
Todos se pusieron de pie de un salto, como si el golpe hubiera sido una espada. Santiago el menor tomó un palo que había en un rincón, el único arma que tenían. Andrés, con manos temblorosas, quitó el banco que atrancaba la puerta superior.
Era María Magdalena. Estaba despeinada, con el manto torcido y manchado de rocío, sin los aromas, sin la vasija, jadeando como si hubiera corrido todo el camino desde el huerto de José hasta la ciudad alta sin detenerse, cuesta arriba. Tenía los ojos abiertos de una forma que Matías no había visto nunca en un ser humano, no de miedo, no de tristeza, sino de una sorpresa tan grande que no cabía en el cuerpo, que hacía que el cuerpo temblara.
—Se han llevado al Señor del sepulcro —dijo, casi gritando, casi sin voz, agarrándose a la puerta—. Y no sabemos dónde lo han puesto. La piedra... la piedra no está.
El aposento estalló en confusión, en gritos ahogados, en preguntas superpuestas. Pedro se levantó de golpe del suelo, como si lo hubiera despertado un trueno, como si lo hubiera levantado una mano invisible. Se tambaleó.
—¿Qué dices? ¿Qué dices, mujer? —dijo Pedro, tomándola de los hombros—. ¿Qué piedra?
—La piedra está removida —dijo María Magdalena, tomándolo de las manos, clavándole las uñas—. Fui al amanecer y vi el sepulcro abierto y vacío. El sepulcro está vacío, Pedro. Vacío. Corrí a decírselos. Pensé que habían robado el cuerpo. ¡Han robado a mi Señor!
Juan no esperó más explicaciones, no hizo preguntas. Salió corriendo. Literalmente corriendo, descalzo, con la túnica a medio poner. Pedro salió detrás de él, con su manto torcido, corriendo como podía, con sus piernas cortas y fuertes de pescador. Matías y Barsabás los siguieron, porque correr era mejor que quedarse en aquel cuarto de muerte, porque correr hacia un sepulcro vacío era mejor que quedarse en un cuarto lleno de miedo.
Corrieron por las calles de Jerusalén que empezaban a despertar, con los primeros vendedores poniendo sus puestos de hierbas amargas para la Pascua, con los fariseos yendo al templo envueltos en sus mantos, con los romanos cambiando guardia. Nadie les prestó atención, eran cuatro hombres corriendo como locos, como borrachos, hacia la puerta de Gennat, hacia las afueras. Juan, que era más joven, más ligero, corría más rápido que Pedro, aunque Pedro tenía más fuerza y más desesperación. Juan volaba.
Llegaron al huerto de José de Arimatea, un huerto pequeño y cuidado, con olivos jóvenes, que Matías conocía porque el viernes había ayudado a llevar el cuerpo envuelto, con Nicodemo. La escena era imposible.
La piedra, una piedra redonda y enorme, de más de una tonelada, que necesitaba dos o tres hombres fuertes y palancas para moverse y que habían visto colocar el viernes con gran esfuerzo, estaba corrida a un lado, no un poco, no a medias, sino completamente, dejando la entrada negra, abierta, como una boca que hubiera gritado. Los soldados romanos que Pilato había puesto, la custodia, no estaban en su puesto, o estaban más lejos, tirados en el suelo, pálidos como muertos, temblando, según contaría después María y según contarían ellos mismos que un ángel les apareció. El sello romano estaba roto.
Juan llegó primero, se asomó a la entrada baja del sepulcro, jadeando, pero no entró, por respeto o por miedo, por reverencia judía a los muertos. Pedro llegó un segundo después, jadeando mucho más, con la cara roja, sudando, y entró directamente, sin dudar, sin pedir permiso, como hacía todo en la vida, rompiendo el protocolo. Matías entró detrás de ellos, con el corazón golpeándole el pecho hasta dolerle, hasta pensar que se le iba a romper, con Barsabás agarrándolo del brazo.
El sepulcro estaba vacío. No vacío como una casa abandonada que han saqueado, vacío como una habitación que ha sido ordenada a propósito por alguien que se ha ido pero que quiso dejar todo en su sitio. Los lienzos con los que habían envuelto a Jesús, las sábanas largas de lino con aromas, estaban allí, en el suelo, en el banco de piedra, desinflados, como si el cuerpo se hubiera evaporado de dentro de ellos, doblados, no tirados con violencia. Y el sudario que había estado sobre su cabeza, el pañuelo que le cubría el rostro, estaba aparte, enrollado, doblado en un lugar distinto, con cuidado, con una delicadeza intencional, como si alguien hubiera tenido tiempo, todo el tiempo del mundo, de doblarlo antes de irse.
—Se lo han llevado —dijo Pedro, confundido, tocando los lienzos vacíos con manos temblorosas—. Alguien robó el cuerpo. Los sacerdotes. Dijeron que lo harían. Nos lo quitaron para que no lo veneremos.
—No —dijo Juan, en voz baja, con una luz que empezaba a encenderse en su voz, tocando el sudario doblado—. Si lo hubieran robado, si fueran ladrones o soldados, no dejarían los lienzos así. Los ladrones no pierden tiempo doblando sudarios. Y no se tomarían el trabajo de desenrollar un muerto. Se lo llevarían envuelto. Esto... esto no es robo. Esto es otra cosa.
Matías se arrodilló lentamente y tocó los lienzos. Olían aún a mirra y a sangre y a aloe, pero no había cuerpo, no había peso. Y entonces entendió, no con la cabeza, no con lógica, sino con la memoria, con esa memoria que Dios le había dado. Recordó una frase que había guardado en su bolsa de carbón, una frase que Jesús había dicho en Galilea, en el templo, y que todos, incluido él, habían tomado como una metáfora, como una exageración de profeta.
—Destruyan este templo —susurró Matías, con voz que apenas era aire— y en tres días lo levantaré.
Pedro lo miró, sin entender.
—¿Qué dices? ¿Qué templo?
—Él lo dijo —dijo Matías, levantándose, con lágrimas que le empezaban a correr solas—. En el templo, se lo dijo a los fariseos que le pedían señal. Hablaba de su cuerpo. Hablaba de esto. Dijo que en tres días lo levantaría. Y dijo que Jonás estuvo tres días en el vientre del pez.
Juan lo miró y por primera vez en tres días, desde el viernes, sus ojos, que habían estado muertos, se iluminaron con una chispa que era fe.
—Tres días —dijo Juan, casi gritando—. Viernes, sábado... ¡Hoy es el tercer día! ¡Hoy es el tercer día!
Salieron del sepulcro casi corriendo, tropezando. María Magdalena estaba afuera, llorando desconsolada, porque había vuelto con las otras mujeres, Juana y María, y no entendía nada, y pensaba que de verdad se habían llevado el cuerpo. Pedro y Juan, todavía confundidos, todavía sin creer del todo, porque el corazón humano tarda en creer lo que más desea, por miedo a desilusionarse otra vez, regresaron al aposento alto corriendo para contarle a los demás, para buscar a Tomás, para hacer algo.
Matías se quedó un momento más, porque vio que María Magdalena se había quedado sola, llorando junto a la tumba vacía, inclinada, con la cabeza entre las manos. Y él se quedó, en el borde, como siempre, a unos pasos.
La vio inclinarse de nuevo para mirar adentro del sepulcro vacío y oyó que hablaba sola, entre sollozos.
—¿Por qué lloras? —dijo una voz desde dentro del sepulcro, una voz que Matías no había visto, porque había dos hombres con vestiduras blancas y resplandecientes sentados donde había estado el cuerpo, y que brillaban.
María, cegada por las lágrimas, pensó que eran jardineros o ángeles, no sabía, porque sus ojos estaban llenos de lágrimas y de noche.
—Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto —dijo María, con desesperación—. Si tú lo llevaste, dime dónde y yo lo traeré.
Matías se acercó un poco más, sin querer interrumpir, conteniendo la respiración, y entonces oyó otra voz, detrás de María, a sus espaldas, en el huerto, una voz que conocía, que había guardado durante tres años, que había oído en el Jordán, en la barca, en el pozo de Sicar, en el monte de las bienaventuranzas, en la cruz. Una voz que era imposible confundir, aunque ahora tuviera una calidad nueva, como si viniera de más lejos y de más cerca al mismo tiempo.
—María —dijo la voz. Solo eso. Su nombre.
María Magdalena se dio vuelta en redondo. Matías vio su rostro transformarse. No fue una transformación lenta, no fue un proceso. Fue instantánea, como cuando se enciende una lámpara en una habitación oscura y de pronto todo se ve. El llanto se convirtió en asombro, el asombro en reconocimiento, el reconocimiento en adoración.
—¡Raboni! —gritó María, que en arameo quiere decir Maestro mío, mi Maestro, y se lanzó a sus pies, a abrazar sus pies, a tocarlo.
Era Jesús. No era un fantasma, no era una alucinación por el dolor, no era un espíritu. Tenía las marcas en las manos, se veían, pero estaba de pie, sólido, con una túnica blanca que parecía hecha de luz y de polvo de camino al mismo tiempo, con los pies descalzos sobre la hierba del huerto. Estaba vivo. Respirando.
Matías cayó de rodillas detrás de un árbol de olivo, porque sintió que estaba viendo algo para lo que no tenía permiso, algo demasiado íntimo, demasiado santo, el reencuentro de dos amigos que se habían amado mucho.
—No me retengas, no me toques así —le dijo Jesús a María, con dulzura infinita, con una sonrisa—. Todavía no he subido al Padre. Todavía estoy aquí abajo un poco. Ve y dile a mis hermanos, ve y dile a Pedro y a los demás, que subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Diles que estoy vivo.
María corrió. Corrió como solo corre una mujer que ha visto a un muerto volver a vivir, que ha sido la primera testigo de la historia más grande. Pasó al lado del árbol donde Matías estaba escondido sin verlo, gritando, con el manto volando.
—He visto al Señor —decía, riendo y llorando—. ¡He visto al Señor y me ha dicho estas cosas!
Matías se quedó solo en el huerto, con Jesús, que ahora lo miraba. El huerto estaba en silencio de nuevo, solo se oían los pájaros de la mañana de Pascua.
—Matías —dijo Jesús, pronunciando su nombre como lo había hecho en el desierto—. Tú también guardaste esta mañana. Viniste corriendo.
—Yo no hice nada —dijo Matías, con la voz quebrada, de rodillas, sin atreverse a levantarse—. Solo corrí detrás de Pedro. Solo vi lienzos vacíos. No supe creer.
—Correr hacia el vacío también es fe —dijo Jesús, acercándose—. Muchos ven el sepulcro vacío y piensan que es el final, que es robo, que es pérdida. Pocos entienden que un sepulcro vacío es el principio. Que cuando Dios deja un lugar vacío es porque lo va a llenar de otra cosa. Tú viniste, Matías. Eso basta.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Matías, como un niño perdido—. ¿Qué hacemos sin ti? ¿Te vas de nuevo?
—Ahora —dijo Jesús, y su voz tenía la misma urgencia alegre que en Galilea—. Vuelve y diles que estoy vivo. Que no tengan miedo. Y diles que nos veremos en Galilea, como les dije antes, en el monte que les señalé. Allí donde todo empezó, allí donde empujamos la barca, allí nos veremos. Diles que la mañana no terminó. Que acaba de empezar.
Y desapareció. No se fue caminando hacia la puerta del huerto, no se elevó entre nubes. Simplemente dejó de estar allí, como si el aire lo hubiera absorbido, como si hubiera entrado en otra dimensión que estaba al lado de esta. Matías se quedó tocando el tronco áspero del olivo bajo sus dedos, con la corteza rugosa, para asegurarse de que no estaba soñando, de que no se había vuelto loco de dolor.
Luego corrió. Corrió al aposento alto como nunca había corrido en su vida, con los pies descalzos, con el corazón que se le salía. Cuando llegó, el lugar era un caos de alegría y de incredulidad, un manicomio de esperanza. María Magdalena gritaba he visto al Señor, he visto al Señor, y Pedro decía no puede ser, lo maté con mi negación, no puede estar vivo, y Tomás, que había regresado, decía hasta que no meta mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado no creeré, no me hagan esto, y las mujeres lloraban.
Y en medio de todo, Matías y Barsabás se miraron desde la puerta, jadeando, y supieron, sin hablar, que su oficio de guardianes, de hombres del borde que guardaban palabras de un rabino muerto, acababa de cambiar de peso, de gravedad. Ya no tenían que guardar palabras de un muerto venerable. Tenían que guardar palabras de un vivo que había vencido a la muerte, lo cual es infinitamente más difícil y más glorioso.
Esa tarde, sin que nadie abriera la puerta, sin que la barra se moviera, Jesús se presentó en medio del aposento. Matías estaba allí, en el borde, y lo vio aparecer. La puerta seguía atrancada. Las ventanas seguían tapadas. Jesús simplemente estaba, de pie, en el centro, como si siempre hubiera estado. Dijo Shalom, paz a ustedes, paz a vosotros, y mostró sus manos perforadas y su costado. Pedro lloró como un niño de doce años y se arrojó a sus pies, y Jesús lo levantó y lo abrazó, y en ese abrazo largo, Matías vio, con su memoria que todo lo guardaba, cómo se perdonaban tres negaciones con tres abrazos futuros que aún no habían pasado pero que pasarían en una playa de Galilea.
Durante cuarenta días, Jesús se apareció muchas veces, en muchos lugares, de muchas maneras. Una vez a dos que iban a Emaús, tristes, y Matías oyó después el relato de Cleofas de cómo les explicó las Escrituras desde Moisés y cómo lo reconocieron al partir el pan en la posada. Otra vez en Galilea, en el lago de Tiberíades, al amanecer, donde Pedro, que no sabía qué hacer con su vida de resucitado, volvió a pescar porque era lo único que sabía hacer, y Jesús le preparó brasas en la orilla, con pescado asado, y le preguntó tres veces, Pedro, ¿me amas?, para curar las tres negaciones, una por cada sí. Matías estuvo en esa playa, a unos metros, y oyó cada pregunta y cada respuesta, y guardó el sonido del fuego crepitando y el olor a pescado asado y a rocío.
En una de esas apariciones, en un monte de Galilea que Jesús había señalado, reunió a los once y a muchos más, como quinientos hermanos a la vez, según contaría después Santiago, el hermano del Señor. Matías y Barsabás estaban entre ellos, en la segunda fila, detrás. Jesús habló del Espíritu Santo que vendría, que no los dejaría huérfanos, y les dio la gran comisión, que fueran por todo el mundo, que hicieran discípulos en todas las naciones, que bautizaran, que enseñaran a guardar todo lo que él había mandado. Guardar. Otra vez guardar.
Y luego, ante sus ojos, mientras los bendecía con las manos levantadas, subió al cielo. No como se sube una montaña, jadeando, sino como se va alguien que ya no necesita suelo, que pertenece a otro lugar. Una nube lo ocultó. Los discípulos se quedaron mirando hacia arriba, con la boca abierta, con el cuello doliendo, hasta que dos hombres con vestiduras blancas, que parecían relámpagos, les dijeron varones galileos, ¿qué hacen mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes al cielo, así vendrá como lo han visto ir al cielo, con gloria.
Regresaron a Jerusalén, al aposento alto, a esperar la promesa del Padre, a esperar el Espíritu. Y allí, durante diez días, mientras esperaban, oraban. Oraban mucho, oraban como nunca habían orado, no con fórmulas, sino con el corazón roto y rehecho. Oraban las mujeres, oraba María, oraban los once, oraba Matías.
Y en medio de la oración, un día, Pedro se levantó. Ya no era el Pedro impulsivo que sacaba la espada, ni el Pedro cobarde que negaba junto al fuego. Era un Pedro distinto, con una autoridad nueva, tranquila, que no venía de su carácter fuerte, sino de haber sido perdonado y restaurado en la playa.
—Hermanos —dijo Pedro, con voz firme que llenó el cuarto—. Era necesario que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo predijo por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús. Él era contado entre nosotros y tuvo parte en este ministerio, en este caminar. Con el salario de su iniquidad, con esas treinta monedas de sangre, compró un campo y cayendo de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. Es notorio a todos los que habitan en Jerusalén, de modo que aquel campo se llama en su lengua Aceldama, que quiere decir campo de sangre. Porque está escrito en el libro de los Salmos, sea hecha desierta su habitación y no haya quien more en ella, y tome otro su obispado, su oficio, su lugar. Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, en la nube, uno sea hecho testigo con nosotros de su resurrección. Tiene que ser uno de nosotros, que lo haya visto todo.
Todo el aposento se quedó en silencio. Era la primera vez que hablaban de Judas en voz alta sin que el nombre quemara como brasa, sin que fuera solo traición. Era la primera vez que hablaban del lugar vacío en la mesa, del doce que faltaba. Doce era el número de Israel, de las tribus, no podía quedar en once.
Matías sintió que el corazón se le detenía, no por ambición, no por querer ser importante por fin, sino por memoria. Todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan. Él había estado desde el bautismo de Juan. Él había visto a Jesús entrar y salir del Jordán, de las casas, de las sinagogas, del huerto, del sepulcro. Él había guardado cada entrada y cada salida.
Barsabás sintió lo mismo a su lado. Se miraron los dos, los dos hombres del borde, los dos guardianes. Los dos que habían corrido al sepulcro.
Entonces la comunidad, los ciento veinte que estaban allí reunidos, propusieron a dos, porque solo había dos que cumplían el requisito completo, desde el principio hasta el final.
—Propusieron a dos —diría después Lucas, el médico, que investigaría todo con diligencia y orden—. A José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, porque era un hombre justo y respetado por todos en Jerusalén, y a Matías, el del borde.
Matías no se propuso a sí mismo. No levantó la mano. Lo propusieron otros, los que lo habían visto correr al sepulcro vacío, los que lo habían visto cargar agua en Caná, los que lo habían visto guardar trozos de carbón y pergamino con palabras. No lo propusieron por ser el más elocuente, ni por ser el más valiente, ni por ser el más inteligente. Lo propusieron porque había estado ahí, desde el bautismo de Juan hasta la nube, y no se había ido, ni en la cruz, ni en el sábado de piedra.
Y oraron todos, y dijeron, con una oración que Matías no olvidaría jamás.
—Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, que sabes quién es quién de verdad, muestra cuál de estos dos has escogido para que tome parte en este ministerio y apostolado del que cayó Judas por transgresión para irse a su propio lugar.
Y echaron suertes. No votaron con manos levantadas, no hicieron campaña. Echaron suertes, como se hacía en Israel desde Aarón, como se echaban suertes para el chivo expiatorio, porque creían que Dios podía hablar incluso a través de un dado, de una piedra blanca y una negra, de una rama rota, porque Dios es soberano incluso del azar.
La suerte cayó sobre Matías.
Matías, el del borde, el del saco de cebada, el de la bolsa de carbón, el que no era de los doce y que durante tres años se sentó fuera del resplandor del fuego, ahora era el doce. El que había oído la voz en el Jordán decir Este es mi Hijo amado y la había guardado en silencio hasta verla resucitada en un huerto al amanecer, diciendo María.
No gritó, no levantó las manos, no dijo gracias. Se quedó de rodillas en el suelo de piedra, porque entendió en un segundo, con todo el peso de su memoria, que ser elegido no era un premio, no era llegar al centro por fin. Era una carga más pesada. Era la responsabilidad de entregar todo lo que había guardado durante tres años y medio. Ahora tendría que abrir su bolsa de cuero y vaciarla delante de todos... Y lo haría. Lo haría en Jerusalén, lo haría en Judea, lo haría en tierras lejanas que aún no conocía, hasta que su propia sangre, muchos años después, en una tierra lejana llamada Etiopía o Macedonia según cuentan los ancianos, sellara con su martirio lo que su memoria había custodiado desde aquel día en el Jordán donde un cielo se abrió y una voz dijo Hijo amado.
La mañana que no terminó, porque la resurrección no termina, acababa de nombrarlo testigo.
CAPÍTULO 6
La suerte cayó sobre Matías, y el aposento alto, que había sido por semanas un lugar de miedo, de susurros, de puertas atrancadas y de oración ahogada, se llenó de un silencio distinto, un silencio que no era vacío, sino lleno, como el silencio que queda después de una tormenta cuando todo ha sido lavado.
Once pares de ojos lo miraron. No, doce pares si se contaba a los de las mujeres que estaban en el rincón. Y en esos ojos no había envidia, no había el cálculo que Matías había visto tantas veces en el mercado cuando alguien conseguía un buen puesto. Había alivio, había consuelo, como si un cuerpo que había estado cojo por un miembro faltante, que había cojeado durante cuarenta días, volviera por fin a estar completo, a poder caminar derecho.
Pedro fue el primero en acercarse. Pedro, el pescador de manos grandes y corazón más grande todavía, Pedro que había negado tres veces junto a un fuego y que había sido perdonado tres veces junto a otro fuego en una playa de Galilea, Pedro que había sido nombrado roca no por ser duro, sino por haber sido quebrado y vuelto a unir. Se arrodilló frente a Matías, que seguía de rodillas en el suelo de tierra apisonada, con la cabeza baja, temblando, y lo abrazó. No fue un abrazo formal, no fue el beso de paz de la sinagoga. Fue el abrazo de un hermano que recupera a otro hermano después de una guerra larga, de esos abrazos que aprietan las costillas y que hacen crujir la espalda.
—Bienvenido, hermano —dijo Pedro, con la voz gruesa y con lágrimas que no escondió—. Ahora somos doce otra vez. Ahora podemos respirar otra vez. El número está completo.
Juan vino después, el joven, el que había estado al pie de la cruz con María. Lo abrazó también, pero sin palabras, porque Juan abrazaba mejor sin palabras, porque había aprendido que hay momentos en que las palabras estorban. Solo lo apretó y Matías sintió la juventud de Juan y su pureza. Santiago el mayor, el hijo de Zebedeo, el que siempre parecía serio, le puso una mano grande y callosa en la cabeza, como se la ponía a los niños en Cafarnaúm, y dijo, con voz de trueno bajo:
—Dios escoge lo que el mundo no mira, Matías. El mundo mira pescadores fuertes, mira zelotes valientes, mira escribas letrados. Dios mira a los que están detrás y dice tú.
Andrés, el que lo había invitado a agua en Galilea, sonrió con esa sonrisa ancha de pescador y le dijo te lo dije, ¿te acuerdas?, te dije que si escuchabas todo, un día tendrías que decidir, que escuchar todo te obligaría a decidir. Tomás, que había dudado y que había metido su dedo en la llaga del costado del Resucitado y luego había caído de rodillas diciendo Señor mío y Dios mío, lo miró con respeto profundo y le dijo ahora tendrás que aprender a creer sin ver tanto, porque eso es lo que nos tocará a todos de ahora en adelante, creer sin tocar, creer guardando.
Y al final, Barsabás, el otro candidato, José el Justo, el que también había estado desde el bautismo de Juan, el que tenía esposa e hijos y una vida justa, se acercó. Matías temía mirarlo, temía ver en sus ojos el resentimiento o la tristeza o la sombra de la envidia santa, porque Barsabás también había caminado detrás, también había guardado, también había corrido al sepulcro vacío, también merecía. Pero Barsabás lo abrazó con una fuerza que sorprendió a todos, lo levantó del suelo casi, y le dijo al oído, solo para él, con aliento caliente:
—No te entristezcas por mí, hermano —dijo Barsabás—. No pongas esa cara. Yo también fui elegido, solo que para otra cosa, para otro camino. Tú para quedarte y sostener a los once aquí, yo para irme y llevar el nombre lejos. Dios necesita de los dos, de los que se quedan y de los que se van. Si todos nos quedamos, ¿quién va?
—Yo no soy digno —dijo Matías, por primera vez en voz alta, porque hasta entonces lo había pensado en silencio durante toda su vida—. Yo no soy de los doce. Yo soy el de la bolsa de carbón. Yo no sé predicar. Yo solo sé guardar.
—Ninguno lo es —dijo Barsabás, con una risa que era casi llanto—. ¿Crees que Pedro es digno después de negar? ¿Crees que yo soy digno? Por eso es gracia, Matías. Si fuera por dignidad, el puesto de Judas quedaría vacío para siempre. Es gracia. Regalo. Como tu nombre.
Esa noche no durmieron. Nadie pudo dormir. Lucas, el médico que después investigaría todo con orden y que hablaría con María, diría después en su libro de los Hechos que Matías fue contado con los once apóstoles, y esa frase, contado con, synkatepsephisthe, se le quedó a Matías grabada a fuego, porque entendió que ser contado no es ser añadido como se añade una piedra a un montón de piedras, es ser tejido, es ser contado dentro de una historia que ya estaba en marcha desde Abraham, que te cuenta dentro de ella, que te hace parte de su número.
Al día siguiente empezaron a orar de otra manera. Ya no oraban como once huérfanos que esperan que vuelva el padre que se fue, oraban como doce hijos que esperan la herencia que el padre prometió antes de irse. Jesús les había dicho, con insistencia, las últimas palabras antes de la nube: quédense en Jerusalén, no se vayan, no se dispersen todavía, esperen la promesa del Padre, que oyeron de mí, porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días. Nadie entendía del todo qué significaba aquello, ni siquiera Pedro. ¿Otro bautismo? ¿Fuego? ¿Viento? Pero Matías, que había oído la voz del Padre en el Jordán sobre el agua, y que había visto el Espíritu descender como paloma, intuía que algo que había empezado en el agua, en el río, ahora iba a completarse en fuego, que Dios había empezado con agua y terminaría con fuego, como en el Sinaí.
Pasaron diez días. Diez días que fueron una sola oración larga, interrumpida solo para comer pan y beber agua. Diez días de oración, de pan compartido por las casas con alegría, de mujeres que entraban y salían llevando comida, lavando pies, cuidando niños. De María la madre de Jesús que oraba en un rincón, sentada en el suelo, con una paz que a Matías le parecía imposible, sobrenatural. Porque ¿cómo puede una madre tener paz después de haber visto a su hijo morir desnudo en una cruz entre dos criminales, después de haber oído su grito? Un día, al tercer día de espera, Matías se atrevió a acercarse a ella con timidez, con su bolsa de carbón en la mano.
—María —dijo Matías, arrodillándose a su lado, como un hijo—. ¿Cómo puedes orar sin llorar? Yo no puedo. Yo oro y lloro. Yo recuerdo y lloro.
María lo miró con esos ojos que habían visto nacer a Dios en un pesebre y morir en una cruz, ojos que habían guardado todo.
—Porque yo lo guardé todo en mi corazón —dijo María, con voz bajísima, como si le confiara un secreto de mujeres—. Desde que era niño, desde que tenía doce años y se perdió en el templo, desde que convirtió agua en vino en Caná, yo guardé cada palabra, cada gesto, cada mirada en mi corazón. Lo amasé como se amasa pan. Y lo que se guarda en el corazón no muere, hijo. No muere nunca. Se transforma. Ustedes, los que guardan, los hombres del borde, me entienden. Nosotros no olvidamos, nosotros incubamos.
Matías entendió en ese instante que había encontrado a su madre, a su familia verdadera, la familia de los que guardan, la cofradía invisible de los que no hacen milagros pero sin los cuales los milagros se olvidan.
El día de Pentecostés llegó. Era una fiesta grande, de las tres fiestas de peregrinación, cincuenta días después de la Pascua, la fiesta de las semanas, Shavuot, cuando los judíos agradecían la cosecha de trigo y recordaban la entrega de la ley en el Sinaí, con truenos y fuego. Jerusalén estaba llena hasta reventar, no cabía un alma más. Había peregrinos de todas las naciones que hay bajo el cielo, como diría Lucas con su precisión de médico griego: partos, medos, elamitas, gente de Mesopotamia, de Judea, de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia más allá de Cirene, de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes. Hablaban todos los idiomas del imperio. El aposento alto estaba cerca del templo, en la ciudad alta, y el bullicio de la ciudad, los cantos, los balidos de los corderos, los gritos de los vendedores, se colaba por las rendijas de las mantas.
Estaban todos juntos, los doce, las mujeres, María, los setenta, como ciento veinte personas apretadas, orando, cuando de repente, sin aviso, vino del cielo un estruendo, como de un viento recio, violento, que soplaba, un viento que no venía de ninguna ventana, que no movía cortinas, que no levantaba polvo, que movía el alma, que llenó toda la casa donde estaban sentados, que les llenó los pulmones y el pecho. No fue un símbolo, fue real. Y se les aparecieron, divididas, lenguas repartidas, como de fuego, no fuego que consume, sino fuego que ilumina sin quemar, como la zarza de Moisés, asentándose sobre cada uno de ellos, una por cabeza.
Matías vio el fuego. Lo vio con sus ojos físicos y con sus ojos del corazón. No era fuego que quemaba la piel, era fuego que iluminaba por dentro. Se posó sobre Pedro, y Pedro tembló. Sobre Juan, y Juan lloró. Sobre Tomás, sobre Santiago, sobre cada uno, y sobre él también. Sintió un calor en el pecho, no en la piel, adentro, en el lugar donde guardaba las palabras. Sintió como si el carbón con el que había escrito tantas palabras, con letra torpe, en trozos de pergamino robado, se encendiera de pronto y se volviera tinta viva, tinta de fuego, tinta que no se borra.
Y fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen, no que pensasen, que hablasen.
Matías abrió la boca y no salió su arameo galileo de siempre, con acento del norte, ese arameo que a los de Jerusalén les hacía reír. Salió una lengua que no conocía, pero que entendía perfectamente, como si la hubiera mamado de niño, una lengua de la costa de África, de gente de Libia y de Cirene, que él había oído alguna vez en el puerto de Tiro cuando era joven y vendía aceite con su padre, una lengua gutural y dulce. Hablaba y sabía lo que decía, sin haberlo estudiado. Decía: Dios es fiel, Dios ha cumplido su promesa, el Crucificado vive, el que murió ha resucitado y nos ha dado su Espíritu. Decía las maravillas de Dios en libio.
El ruido, el viento, el griterío en idiomas extraños, atrajo a la multitud. Los peregrinos que estaban en el templo y en las calles cercanas, que habían oído el estruendo como un trueno en un día sin nubes, corrieron hacia la casa de donde venía el sonido, hacia el aposento alto. Cada uno, al llegar, los oía hablar en su propia lengua, en la lengua materna en que había nacido, en la que su madre le cantaba. Partos oían a Pedro hablar en parto perfecto, medos oían a Andrés en medo, egipcios oían a Matías. Estaban atónitos y perplejos, fuera de sí, diciendo unos a otros, con los ojos muy abiertos:
—¿Qué quiere decir esto? ¿Qué es esto? ¿No son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo es que cada uno los oímos en nuestra lengua materna?
Otros, los que no querían creer, los burladores de siempre, se burlaban y decían están llenos de mosto, están borrachos de vino dulce desde la mañana, es el mosto de Pentecostés.
Entonces Pedro se puso de pie, con los once, ahora doce con Matías a su lado, hombro con hombro. Pedro, que había negado por miedo a una criada en un patio, que había tenido miedo de una muchacha, ahora se puso frente a miles, frente a una multitud internacional, sin miedo, sin temblor. Matías vio el milagro más grande de Pentecostés, más grande que el de las lenguas, más grande que el viento. Vio a Pedro convertido en roca de verdad, no por ser fuerte de carácter, sino por estar habitado por otro, por estar lleno.
—Varones judíos y todos los que habitan en Jerusalén —dijo Pedro, con voz que retumbaba sin gritar, con voz que llegaba hasta el final de la calle—. Esto es lo que fue dicho por el profeta Joel. Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños, y sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu y profetizarán. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien ustedes crucificaron, a quien ustedes mataron con manos de inicuos, colgándolo en un madero, Dios lo ha hecho Señor y Cristo, juez y salvador.
La gente se compungió de corazón. No por el discurso bien armado, sino porque cada uno había oído en su lengua materna, en la lengua de su infancia, que Dios lo amaba, que el perdón era para él, que la promesa era para sus hijos. Y dijeron, gritando, llorando:
—Varones hermanos, ¿qué haremos? ¿Qué tenemos que hacer? ¡Estamos perdidos!
—Arrepiéntanse —dijo Pedro, con lágrimas ahora— y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados y recibirán el don del Espíritu Santo, el mismo que nosotros hemos recibido. Porque para ustedes es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.
Aquel día se bautizaron como tres mil personas. Tres mil. Matías ayudó a bautizar. Bajó a las mikvaot, a los baños rituales grandes que había cerca del templo, al estanque de Siloé, y sumergió a hombres que lloraban a gritos, a mujeres que reían como niñas, a ancianos que no podían creer que a su edad, al final de su vida, se les diera una nueva vida, un nuevo comienzo. Cada vez que sumergía a alguien en el agua, recordaba el Jordán, recordaba a Juan, recordaba la voz, este es mi Hijo amado, y ahora entendía, con el fuego en el pecho, que esa voz también decía, ahora, estos son mis hijos amados, todos estos tres mil son mis hijos amados, en quienes me complazco.
Los días siguientes fueron un torbellino, un vendaval de gracia. Los doce no volvieron a esconderse nunca más. Predicaban cada día en el pórtico de Salomón, en el templo, a la hora de la oración, y la gente se agolpaba, traían enfermos en camillas. Vendían sus bienes, sus casas, sus campos, y traían el dinero a los pies de los apóstoles, y lo repartían, y tenían todo en común, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, partiendo el pan por las casas. No había entre ellos ningún necesitado, porque el amor había hecho lo que la ley no pudo. Matías, que nunca había tenido nada, que había dormido entre sacos de cebada y que había contado ánforas ajenas, ahora tenía todo, porque tenía ciento veinte hermanos y tres mil más.
Una tarde, Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, la hora nona, las tres de la tarde, la misma hora en que Jesús había muerto, y vieron a un cojo de nacimiento que pedía limosna en la puerta del templo llamada la Hermosa, una puerta de bronce corintio que brillaba. Ese hombre tenía cuarenta años y nunca había caminado. Matías iba con ellos, porque ahora iban de dos en dos, como Jesús los había enviado al principio, para no ir solos. El cojo les pidió dinero, una limosna.
—Míranos —dijo Pedro, deteniéndose.
El cojo los miró, esperando recibir algo, unas monedas.
—No tengo plata ni oro —dijo Pedro, y Matías supo que era verdad, que no tenían nada—. Pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, el que ustedes crucificaron y Dios resucitó, levántate y anda.
Y lo tomó de la mano derecha y lo levantó. Y al momento, Lucas el médico diría después que se afirmaron los pies y tobillos del cojo, se le pusieron duros los huesos, y saltando, como un niño, se puso en pie y anduvo, y entró con ellos en el templo, andando y saltando y alabando a Dios a gritos, agarrándose a Pedro y a Juan.
Todo el pueblo lo vio, porque era conocido, y se llenó de asombro y de espanto. Corrieron hacia ellos al pórtico de Salomón. Pedro predicó de nuevo, con denuedo, y esta vez Matías predicó también, por primera vez en público, no con lenguas extranjeras, no en libio, sino en su arameo natal de Galilea, pero con una claridad, con un fuego, con una autoridad que no era suya, que no venía de su memoria, sino del fuego que se le había posado.
—Varones israelitas —dijo Matías, con la voz temblorosa pero firme, con la bolsa de carbón ya vacía porque ahora escribía con fuego—. ¿Por qué se maravillan de esto? ¿Por qué nos miran como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho andar a este hombre? No piensen eso. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien ustedes entregaron y negaron delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerle en libertad. Ustedes mataron al Autor de la vida, al Príncipe de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos, todos nosotros, los doce. Y por la fe en su nombre, por creer en su nombre, este hombre que ustedes ven y conocen, ha sido sanado, sus pies han sido sanados. La fe que es por él ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos ustedes.
La gente lo escuchó porque no hablaba como un escriba que cita a otros escribas, hablaba como un testigo. Un testigo no argumenta, un testigo cuenta lo que vio con sus ojos y tocó con sus manos. Y Matías había visto desde el Jordán hasta el huerto vacío, había visto la mano de Jesús levantar a un cojo como ahora Pedro levantaba a otro.
Esa noche lo arrestaron. No solo a Pedro y a Juan, a todos los que encontraron, a los doce. Los saduceos, que eran los dueños del templo, que no creían en resurrección, que no creían en ángeles ni en espíritus, estaban furiosos porque predicaban en Jesús la resurrección de entre los muertos, y eso rompía su teología. Los llevaron ante el concilio, el Sanedrín, el mismo concilio de setenta y un ancianos que había condenado a Jesús dos meses antes, en el mismo lugar, con Anás y Caifás presidiendo.
—Con qué potestad o en qué nombre han hecho ustedes esto —preguntaron, con voz amenazante.
Pedro, lleno del Espíritu Santo, no lleno de miedo, respondió, y Matías, a su lado, de pie, con las manos atadas, asintió con cada palabra, con cada sílaba, porque cada palabra era verdad, porque era la verdad por la que habían vivido tres años.
—Sea notorio a todos ustedes y a todo el pueblo de Israel —dijo Pedro, mirándolos a los ojos sin bajar la vista—, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de los muertos, por él, por ese nombre que ustedes quisieron borrar, este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por ustedes los edificadores, la piedra que desecharon porque no era bonita, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo, la piedra que sostiene todo el edificio. Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos. Solo en ese nombre.
Los del concilio se maravillaron, se quedaron callados, porque veían que eran hombres sin letras, del vulgo, pescadores y uno que había sido cargador de piedras, y reconocían que habían estado con Jesús, que tenían su acento, que tenían su forma de mirar. Y viendo al cojo sanado de pie con ellos, sano, saltando todavía, no podían decir nada en contra, no tenían argumento. Los amenazaron, los azotaron con varas, les prohibieron hablar en ese nombre, y los soltaron, por miedo al pueblo.
Cuando regresaron al aposento, amoratados por los azotes, la comunidad no lloró, oró. No pidió ser librada de la persecución, no pidió venganza. Pidió denuedo, pidió más valor para seguir hablando. Y el lugar donde estaban reunidos tembló de nuevo, y fueron todos llenos del Espíritu Santo por segunda vez, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.
Fue en esos días, entre cárcel y milagros y pan compartido, cuando Matías entendió por qué Dios lo había hecho esperar tanto en el borde, por qué lo había tenido tres años y medio sin nombrarlo. Porque para ser apóstol, para ser columna, no basta con haber caminado mucho, hay que haber aprendido a ser el último, a ser invisible, a no querer el primer puesto. Los otros once habían sido elegidos al principio, con promesas y milagros y entusiasmo, con barcas llenas de peces. Él había sido elegido al final, después de una traición asquerosa, después de una muerte atroz, después de un sepulcro vacío y de un cuarto cerrado por miedo. Su apostolado no nacía en el Jordán con agua, nacía en la herida abierta de un grupo que había perdido a uno de los suyos y que necesitaba ser sanado. Su apostolado era el apostolado de la restauración.
Una noche, mientras partían el pan en una casa de Jerusalén, en casa de María la madre de Juan Marcos, con el olor a pan recién horneado y a aceite de oliva nuevo, con la lámpara temblando, Barsabás, el Justo, se despidió. Iba a irse a predicar a Chipre y a Antioquía, le había dicho Pedro que podía hacerlo, que necesitaban gente fiel lejos.
—Me voy —dijo Barsabás, abrazando a Matías fuerte, como aquella vez del sorteo—. Tú te quedas aquí un tiempo más, para afirmar a los hermanos.
—¿Por qué te vas tan lejos? —preguntó Matías, con tristeza de amigo.
—Porque mi nombre es Justo —dijo Barsabás, sonriendo y haciendo un juego con sus nombres que a Matías le haría llorar después—. Pero tú eres el regalo, Matías, regalo de Dios. El mundo necesita regalos más que justos. Los justos a veces asustan, a veces condenan, los regalos siempre alegran, siempre se reciben con alegría. Cuida a los once, Matías, que son más frágiles de lo que parecen, que Pedro llora por las noches todavía.
—Cuídalos tú también desde lejos —dijo Matías—. Cuida a los que no tienen nombre.
Barsabás se fue al amanecer y no lo volvió a ver en esta vida, pero supo años después, por viajeros que venían de Oriente, que había muerto apedreado en algún lugar de Persia, en Ecbatana, predicando el mismo nombre de Jesús, y que murió diciendo la misma frase que había dicho el día del sorteo: ninguno es digno, por eso es gracia.
Matías se quedó en Jerusalén por un tiempo más, predicando en el templo, bautizando en Siloé, guardando, pero ahora guardando con lengua de fuego. Cada vez que contaba la historia, añadía un detalle que solo él sabía, porque solo él había estado allí desde el bautismo de Juan hasta el día de la ascensión, sin interrupción. Contaba cómo era la voz del Padre en el Jordán, no como trueno, sino como padre. Contaba cómo olía el perfume de María en Betania, a nardo y a muerte anticipada. Contaba cómo temblaba la mano de Judas cuando tomó el bocado mojado, cómo le tembló el labio. Contaba cómo Jesús dobló el sudario en el sepulcro vacío, con cuidado, como quien hace su cama antes de irse de viaje. Y la gente lo escuchaba, no porque fuera el mejor orador, sino porque entendía que la fe no es solo creer en una idea, es creer en una memoria viva, en una memoria que arde.
Pedro, una tarde, al final del verano, cuando el calor apretaba y ya se oían rumores de que Saulo de Tarso perseguía a los creyentes, lo llamó aparte, en la azotea del aposento alto.
—Matías —dijo Pedro, con su brazo sobre su hombro—. Pronto nos dispersaremos. El Señor dijo hasta lo último de la tierra, hasta el fin del mundo. No podemos quedarnos aquí para siempre, Jerusalén nos va a matar a todos. A mí me tocará ir a Roma, a la capital del mundo, a Juan le tocará Éfeso, a Tomás más lejos que todos, hasta la India, según creo, porque es el más valiente. A Andrés a Acaya. ¿A dónde irás tú? ¿A dónde te lleva el fuego que se te posó?
Matías no lo había pensado. Había estado tan ocupado siendo contado con los once, siendo por fin parte, que no había pensado a dónde iría a contar, a dónde llevaría su bolsa de fuego.
—A donde nadie quiera ir —dijo Matías, mirando el horizonte polvoriento de Judea—. A donde los otros no vayan porque es muy difícil o muy oscuro. Al borde del borde.
Pedro se rió, con esa risa grande, gutural, que le había vuelto después de la resurrección, después de ser perdonado.
—Entonces irás muy lejos —dijo Pedro—. Porque nadie quiere ir a los lugares difíciles, todos quieren ir a donde hay sinagogas y judíos. Irás a donde hay paganos de verdad.
—Que así sea —dijo Matías—. Que me toque el borde del mundo.
Y así, sin saberlo, sin mapa, en el aposento alto donde había sido elegido por suerte, donde el fuego se le había posado en la cabeza y le había encendido el carbón viejo, Matías empezó a prepararse, sin saberlo, para el último capítulo de su vida, que no estaría en Jerusalén, ni en Galilea, ni en Roma, ni en Éfeso, sino en una tierra de piedras negras y de gente de ojos oscuros y profundos, en Etiopía, en Macedonia, en los bordes del imperio, donde su nombre, que significa regalo de Dios, sería por última vez guardado, entregado, y quemado como ofrenda, para que la lengua de fuego que cayó sobre él en Pentecostés no se apagara nunca.
CAPÍTULO 7
Jerusalén no se vació de golpe, se vació como se vacía una vasija que tiene una grieta pequeña, casi invisible, en la base, gota a gota, sin que nadie note al principio que se está quedando sin agua, hasta que un día metes la mano y solo hay barro. Después de Pentecostés, la ciudad había sido una fiesta continua, una primavera que no terminaba. Tres mil bautizados el primer día, luego cinco mil hombres sin contar mujeres y niños, casas llenas de pan compartido, de oraciones en voz alta por las esquinas, de risas, el pórtico de Salomón convertido en una escuela a cielo abierto donde Pedro y Juan y los demás enseñaban con una alegría que ni siquiera las amenazas del concilio, ni las cárceles, ni los azotes podían apagar. Todo era común, todo era de todos. La gente vendía heredades y lo ponía a los pies de los apóstoles.
Pero la fiesta empezó a tener sombra, como toda fiesta humana cuando se alarga demasiado en un mundo que no quiere fiesta. La sombra se llamaba persecución, y al principio fue una nube pequeña, del tamaño de una mano, y luego se hizo tormenta.
Y empezó con un joven de ojos encendidos llamado Esteban, uno de los siete que habían sido elegidos para servir a las mesas, para que los apóstoles no tuvieran que dejar la palabra por servir mesas, porque los griegos se quejaban de que sus viudas eran desatendidas. Esteban no servía mesas en silencio, no repartía pan con la cabeza baja. Hablaba, y hablaba con una sabiduría y un Espíritu que nadie podía resistir, con una cara que brillaba como la de un ángel. Decía cosas que sonaban a verdad peligrosa. Decía que Dios no habita en templos hechos por manos humanas, que el Altísimo no vive en casas de piedra por muy doradas que sean, que había estado con Moisés en el desierto, en una tienda, no en palacios, que el templo que Salomón construyó era hermoso pero no era el final. Eso, en Jerusalén, en la ciudad del templo, era como decir que el centro del mundo no era el centro, que el corazón podía latir fuera del pecho.
Lo llevaron ante el concilio, el mismo que había condenado a Jesús, y Esteban predicó, hizo un repaso de toda la historia de Israel, desde Abraham hasta Salomón, y terminó diciéndoles duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos, ustedes siempre resisten al Espíritu Santo, como sus padres, así también ustedes. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y ahora han sido ustedes los que entregaron y mataron al Justo.
No lo soportaron. Tapándose los oídos, gritando, lo sacaron fuera de la ciudad, al torrente Cedrón, y lo apedrearon. Matías estuvo allí. No tirando piedras, no aprobando. Estaba entre la gente que miraba, sosteniendo el manto de una mujer que lloraba, de una de las viudas griegas, porque no pudo hacer más, porque si intervenía lo apedrearían a él también. Vio a Esteban arrodillarse mientras las piedras le rompían la cabeza, le abrían la frente, le quebraban los dientes, y lo oyó decir con voz clara, con la misma voz que su Maestro en la cruz, Señor Jesús, recibe mi espíritu, y luego, como haciendo eco perfecto a su Maestro, cayendo de rodillas, Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y vio a un joven fariseo, de Tarso, de unos treinta años, con barba recortada y ojos de fanático, llamado Saulo, que custodiaba los mantos de los que apedreaban, doblándolos con orden, y asentía con el rostro duro, con satisfacción, aprobando aquella muerte como se aprueba un acto de justicia, como se aprueba una limpieza.
Lucas escribiría que Saulo consentía en su muerte. Matías lo vio consentir.
Después de la muerte de Esteban, se levantó una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén. No contra los doce solamente, que eran conocidos y a veces respetados, contra todos, contra los que se reunían en casas, contra los que partían pan. Saulo, aquel joven fariseo, se convirtió en el perseguidor más celoso. Entraba casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres por los pelos y los entregaba a la cárcel, a la sinagoga para ser azotados. Muchos de los que habían creído, miles, huyeron a Samaria, a Judea, a Fenicia, a Chipre, a Antioquía de Siria. Lucas escribiría después, con su pluma precisa, que los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio, anunciando la buena noticia, y era verdad, porque la persecución, que quería apagar el fuego pisándolo, lo que hizo fue desparramar las brasas por todo el campo seco, y cada brasa encendió otro fuego.
Los apóstoles se quedaron en Jerusalén un tiempo más, por obediencia y por tozudez, por amor a la ciudad que había matado a Jesús y a Esteban, porque Pedro decía que no podían irse mientras quedara una sola oveja sin pastor en la ciudad, mientras quedara una sola madre llorando. Pero una noche, mientras oraban en casa de María la madre de Juan Marcos, con la puerta cerrada por miedo a Saulo, Santiago el hijo de Zebedeo, el mayor, el hermano de Juan, el del trueno, el que quería sentarse a la derecha del reino, fue apresado por Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande, que quería congraciarse con los judíos que odiaban a los nazarenos, y lo hizo decapitar a espada, sin juicio, como se mata a un ladrón, en la plaza. Fue el primer apóstol mártir, el primero de los doce en beber la copa que Jesús había dicho que beberían.
Matías lo supo porque Juan vino al aposento al amanecer, sin su hermano, con los ojos secos de tanto haber llorado sin lágrimas, con la túnica rasgada.
—Se llevaron a mi hermano —dijo Juan, con voz que no era voz—. Herodes lo mató anoche. Como se mata a un esclavo. Sin dejarnos recoger el cuerpo hasta la mañana.
Matías abrazó a Juan y no dijo nada, porque ¿qué se dice cuando matan al hermano de tu hermano, cuando el trueno se queda sin una de sus voces? Lo sostuvo mientras Juan temblaba.
—Ya no podemos quedarnos —dijo Pedro esa noche, con voz ronca, con barba crecida, con ojos de noches sin dormir—. El Señor dijo hasta lo último de la tierra, y lo último de la tierra no es Jerusalén. Jerusalén es el principio, es la raíz, pero la raíz no puede quedarse siempre bajo tierra, tiene que dar árbol. Si nos quedamos todos aquí, nos matarán a todos uno por uno y la historia se acabará en esta ciudad. Tenemos que irnos.
Y entonces repartieron el mundo. No con mapas, porque no tenían mapas del mundo entero, los mapas romanos solo llegaban hasta donde llegaban las legiones, sino con nombres de lugares que habían oído de mercaderes fenicios, de soldados griegos, de esclavos que venían de lejos. Se sentaron en círculo, los once ahora, con Matías, y fueron diciendo nombres, como quien reparte panes, pero repartiendo continentes.
A Pedro le tocó el recuerdo de Roma, porque Roma era el centro del mundo, la ciudad de las siete colinas, y si Cristo conquistaba Roma, conquistaba todo, como un fuego que se pone en el centro del campo. Pedro iría a Roma, aunque le costara la cruz invertida. A Juan le tocaría Éfeso, la ciudad de mármol y de magia, de Artemisa, la ciudad del puerto. A Tomás, el mellizo, el que siempre pedía pruebas, el que metió la mano en el costado, le tocaría la India, más allá de Persia, más allá del Éufrates, donde nadie había ido, donde dicen que hay pimienta y elefantes. A Andrés, el hermano de Pedro, le tocaría Acaya y Escitia, al norte. A Felipe Frigia, a Bartolomé Armenia Mayor, a Mateo Etiopía del sur, a Santiago el menor Egipto.
—¿Y yo? —preguntó Matías cuando todos callaron, cuando el círculo quedó en silencio y solo quedaba el lugar más difícil.
Pedro lo miró largamente. Pedro tenía ahora una barba más blanca, aunque no había pasado tanto tiempo desde la Pascua, porque el sufrimiento blanquea más rápido que los años, y porque había estado en la cárcel de Herodes y un ángel lo había sacado.
—Tú —dijo Pedro, con lentitud—. Tú irás a donde Judas nunca quiso ir. A los lugares duros, a los pueblos que no cuentan en los mapas de los escribas. Hay un territorio al norte del Mar Negro, más allá del Ponto Euxino, más allá de Trebisonda, donde los griegos los llaman bárbaros porque no hablan griego, porque hablan con silbidos y con chasquidos. Y más allá, hacia el interior, un desierto de piedra y de nieve que llaman Cólquida, que otros llaman Etíopía del norte, otros Armenia interior, otros el país de los colcos. Allí no hay sinagogas, no hay judíos, no hay quien conozca la ley de Moisés, no hay quien espere Mesías. Solo hay tribus que adoran al fuego y a la serpiente y a la luna, que sacrifican cabras a montañas.
—Nadie quiere ir allí —dijo Santiago el menor, con honestidad brutal, con amor brutal—. Es el fin del mundo conocido. Los romanos no van. Los griegos no van. Ni siquiera los mercaderes van mucho.
—Por eso debe ir uno que sepa estar en el borde —dijo Pedro, mirando a Matías con una ternura de padre—. Tú sabes estar en el borde, Matías. Tú sabes escuchar antes de hablar. Tú sabes guardar antes de decir. Esa gente no necesita un orador que les grite, no necesita un Pedro que les golpee la mesa. Necesita un oyente que después cuente, que se siente con ellos en su choza y les diga yo también estuve perdido y alguien me encontró. Tú eres el mejor para eso.
Matías sintió miedo, un miedo real, físico, no el miedo teatral de los que buscan ser admirados por su valentía, sino el miedo frío del que sabe que lo mandan lejos y que quizás no vuelva, que morirá solo sin que nadie sepa dónde está enterrado. Sintió el estómago vacío. Pero también sintió paz, una paz extraña que le subió desde los pies, porque por primera vez entendía por qué había sido el decimotercero, el que no estaba previsto, el que entró después. No era el reemplazo de un traidor. Era el enviado a los que nadie quiere.
—Irè —dijo Matías, con voz baja, pero firme—. Pero díganme, ¿qué les digo? ¿Cómo empiezo con gente que no conoce a Abraham? ¿Cómo les explico el templo si nunca vieron un templo?
Juan se acercó, el joven que ya no era tan joven, y le puso una mano en el pecho, justo donde Matías había sentido el fuego de Pentecostés, donde había sentido el calor.
—No empieces con Moisés —dijo Juan, con su sabiduría que ya parecía de anciano—. Ellos no conocen a Moisés, no conocen la ley. Si empiezas con la ley, los asustarás. Empieza con lo que tú guardaste, con lo que solo tú guardas. Cuéntales del hombre que empujaba barcas sin ser pescador, del que hablaba con samaritanas a las que todos odiaban, del que lavó pies de traidores, del que dobló el sudario en el sepulcro para que no hubiera desorden. Si les cuentas eso, si les cuentas al hombre, ellos entenderán a Moisés después. Primero el rostro, luego el nombre.
—Y lleva esto —dijo Pedro, sacando de su propio morral un pequeño trozo de pan sin levadura, duro, envuelto en un lienzo limpio, que había sobrado de la cena del día anterior, de la fracción del pan—. No es amuleto, no es magia, no es superstición. Es recuerdo. Es eucaristía. Cuando te sientas solo, cuando tengas frío, cuando pienses que nadie te recuerda, pártelo y come un pedacito y recuerda que somos doce en todas partes, aunque estemos separados por mares y montañas. Que la mesa sigue siendo una sola.
Matías guardó el pan en su bolsa de cuero, junto a los pergaminos de carbón que ya estaban gastados de tanto ser tocados, de tanto ser leídos con los dedos. El pan se desmigajaba un poco. Lo apretó contra su pecho.
A la mañana siguiente se fue. No hubo despedida grande, no hubo lágrimas en la puerta de la ciudad, porque las despedidas grandes atraen a los espías de Herodes y a los informantes del concilio. Solo los once, María la madre de Jesús, que lo bendijo como a un hijo, y algunas mujeres, entre ellas María Magdalena, lo abrazaron en el patio interior de la casa de Juan Marcos, en silencio, antes del amanecer.
María, la madre, la Theotokos, le dijo algo al oído, con su voz de madre que ha visto irse a muchos hijos, que no olvidaría nunca, que llevaría hasta la nieve.
—Cuídalos —le dijo—. No solo a los que vas a convertir, a los nuevos. Cuida a los que ya creyeron y se quedaron solos. El mundo está lleno de gente que creyó un día, que sintió fuego un día, y luego se sintió abandonada, porque nadie volvió a visitarla. No los abandones. Sé pastor de los abandonados.
Salió por la puerta de Damasco, cuando apenas amanecía, con un bastón de almendro que le había dado Andrés, tallado con una cruz pequeña en la punta, con una capa gruesa de lana de oveja que le había dado el curtidor de Cafarnaúm, porque le dijeron que en el norte, en el Cáucaso, hace un frío que corta la piel y que no perdona, y con un par de sandalias nuevas, fuertes, que le había regalado el mismo curtidor de Cafarnaúm, el mismo que una vez se burló de él diciéndole que siempre estaba ahí nomás, y que ahora, convertido al Camino, lloraba al verlo irse, con barba ya blanca.
—Tú me enseñaste que heredar la tierra no es tener más tierra —le dijo el curtidor, abrazándolo, con olor a cuero—. Ahora vas a heredar otra tierra que no es tuya. Que Dios te guarde, Matías, regalo de Dios. Que vuelvas.
Caminó primero hacia Cesarea Marítima, el puerto grande de Herodes, tres días a pie. Allí tomó un barco pequeño, un barco de cabotaje que iba a Tiro, lleno de ánforas de aceite. Y de Tiro tomó otro más grande que iba a Trebisonda, en el Ponto, en el Mar Negro. El mar era grande, inmenso, más grande que el lago de Galilea, y Matías, que era de tierra adentro, de Caná, se mareó los primeros tres días hasta vaciarse por dentro, hasta vomitar incluso el pan de Pedro. Un marinero griego, con tatuajes en los brazos, se burló de él.
—¿Apóstol y se marea? ¿Así que eres apóstol del judío crucificado y no sabes navegar?
—Apóstol y se marea —respondió Matías, sin ofenderse, con una sonrisa pálida, agarrado a la borda—. Jesús también tuvo sed. Y también se cansó. No me avergüenza marearme.
El marinero no entendió, pero dejó de burlarse y le trajo agua.
En Trebisonda desembarcó después de veinte días de mar. Era una ciudad griega en la costa sur del Mar Negro, una colonia antigua, llena de comerciantes de pieles de oso, de esclavos del interior, de miel del Ponto, con templos a Hermes y a Mitra y a dioses que Matías no conocía, dioses con ojos pintados. No había sinagoga, o si la había, estaba escondida y pequeña, porque los judíos no iban tan al norte. Preguntó por el interior, por Cólquida, por el país de los colcos, y le dijeron que estaba loco, que nadie iba allí si no era para comprar esclavos y salir rápido.
—Allí viven los colcos —dijo un mercader de pieles, con una cicatriz en la cara—. Son duros como la piedra que pisan, beben sangre de cabra, adoran a una diosa serpiente que vive en una cueva y no quieren extranjeros. Te matarán y colgarán tu cabeza en su choza. Vuélvete a Jerusalén, judío.
—Si me matan por contarles que alguien los ama —dijo Matías, ajustándose la capa—, será la primera vez que alguien muera en esas montañas por decirles eso, y no por robarles una cabra. Entonces mi muerte valdrá algo.
Se internó con una caravana de leñadores que iba hacia las montañas del Cáucaso, hacia el interior, a cortar madera de abeto. Caminaron veinte días cuesta arriba, por senderos que eran lechos de ríos secos. El frío era como le habían dicho, un frío que no era solo de aire, era de hueso, que se metía por las sandalias y subía por las piernas. Las noches eran de un cielo tan limpio, sin polvo de Jerusalén, que las estrellas parecían grandes como lámparas cercanas, y Matías oraba mirándolas, repitiendo en voz alta, para no olvidar, las palabras que había guardado, porque no tenía otro libro, no tenía Torá, solo su memoria.
Una noche, en un paso de montaña llamado el Paso del Viento, a tres mil metros, la caravana fue atacada por bandidos de las tribus, no eran romanos, no eran griegos, eran hombres del país, de barba trenzada y ojos pintados con carbón y con sangre, con hachas de piedra. Robaron todo, la madera, las mulas, la comida, los abrigos. A los leñadores los dejaron atados a árboles, desnudos, para que murieran de frío y de vergüenza. A Matías lo ataron también, con cuerdas de tripa, con las manos a la espalda contra un abeto, pero no lo desnudaron, porque vieron que no tenía nada que valiera la pena robar, solo una bolsa de cuero con pergaminos inútiles manchados de carbón y un trozo de pan duro.
—Este es un loco sagrado —dijo uno de ellos en una lengua que Matías no entendía, pero cuyo tono de desprecio entendió perfectamente—. Los locos sagrados no se tocan. Déjenlo, que los dioses locos lo protejan, que la serpiente lo juzgue.
Se fueron, con las mulas gritando. Matías se quedó atado, con las manos a la espalda, con el frío mordiéndole los pies, con la nieve empezando a caer. Pensó que iba a morir allí, en un paso sin nombre, sin haber predicado a nadie, sin haber entregado nada de lo que había guardado durante cuatro años. Y sintió una tristeza enorme, no por morir, porque morir lo había visto en la cruz y ya no le tenía miedo absoluto, sino por no haber entregado lo que había guardado, por morirse con la bolsa llena.
Entonces oyó una voz detrás de él, en la oscuridad.
—¿Eres judío? —dijo la voz, en arameo mal hablado, con acento del norte, casi incomprensible.
Levantó la cabeza como pudo. Era un hombre viejo, muy viejo, de la tribu de los que habían atacado, con una capa de piel de oso blanco, con la cara llena de arrugas como la corteza de un árbol, que había vuelto sobre sus pasos, no para robar, sino para mirar al loco sagrado.
—Sí —dijo Matías, con los labios partidos—. Soy judío, pero sigo a un hombre que es más que judío, que es más que griego, que es más que colco.
El viejo se acercó y lo desató. No por compasión cristiana, porque no conocía a Cristo, sino por curiosidad, por respeto a los locos sagrados, que en todas las culturas se respetan.
—Los judíos no vienen aquí —dijo el viejo, cortando la cuerda con un cuchillo de obsidiana—. ¿Qué buscas aquí, donde ni los romanos vienen?
—Busco contar una historia —dijo Matías, frotándose las muñecas ensangrentadas, cayendo de rodillas—. Una historia que da calor.
—Si tu historia da calor en este frío —dijo el viejo, sentándose frente a él en la nieve—, te escucho. Si no da calor, te dejo aquí y que la montaña te coma. A ver tu historia.
Matías se sentó en la nieve, con el viejo frente a él, con el viento silbando entre los abetos, y le contó la historia que más calor daba de todas las que guardaba, la historia del pozo de Jacob en Samaria, la historia de la mujer samaritana, porque le pareció que aquel viejo, despreciado por romanos y griegos, viejo y solo en la montaña, se parecía a ella, a la mujer que iba a buscar agua al mediodía para no ser vista. Le contó que había un hombre judío que había hablado con una mujer samaritana, enemiga de su pueblo, y que le había ofrecido agua viva que quitaba la sed para siempre, y que la mujer creyó.
El viejo escuchó sin interrumpir, con los ojos cerrados, como si tomara sol aunque fuera nieve. Cuando Matías terminó, con la voz ronca por el frío, el viejo se quedó en silencio largo rato, mucho rato, mirando la nieve caer.
—Esa agua —dijo al final, con voz baja—. Esa agua viva. ¿La tienes tú en tu bolsa?
—No —dijo Matías, con honestidad—. No la tengo. Yo tengo sed también. Pero conozco al que la da. Y él me dijo que donde dos o tres se sientan a hablar de él, él está en medio.
—¿Dónde está ese hombre ahora? —preguntó el viejo—. ¿En Jerusalén?
—En todas partes —dijo Matías—. Incluso aquí, en este paso frío, en esta nieve. Está aquí, escuchándonos.
El viejo lo miró y por primera vez sonrió, mostrando dos dientes.
—Entonces que se quede aquí esta noche, porque hace mucho frío —dijo.
El viejo lo llevó a su aldea, cargándolo casi, una aldea de chozas de piedra y barro y techos de paja, en un valle escondido entre montañas negras que parecían dientes, un valle que no estaba en ningún mapa romano. Allí vivían unas cincuenta personas, que criaban cabras flacas y que tenían miedo a todo, a los romanos, a los griegos, a los espíritus de la montaña, a la diosa serpiente que vivía en la cueva de arriba. Matías se quedó con ellos todo el invierno, porque no podía cruzar las montañas nevadas, porque el paso se cerró con tres metros de nieve.
Aprendió su lengua, que no tenía escritura, solo sonidos guturales y silbidos y chasquidos, y que Matías aprendió como había aprendido a contar ánforas, repitiendo. Les contó historias, no con carbón y pergamino, porque allí no había pergamino, sino con piedras que ponía en el suelo de la choza, piedras que recogía del río. Una piedra grande y blanca para Jesús, piedras pequeñas y oscuras para los discípulos, una piedra plana y clara para el pan que no se acababa, una piedra roja para la sangre de la cruz. Los niños se acercaban y tocaban las piedras y Matías les decía esta es la historia que no se acaba.
Un día, a mitad del invierno, una niña de seis años, hija del viejo, se enfermó, con fiebre alta, con manchas rojas en la piel, con tos que sonaba a piedras rotas. La madre lloraba, porque en aquella aldea los niños morían mucho en invierno, uno de cada tres no llegaba a primavera. El curandero de la aldea, un hombre con cuernos de cabra en la cabeza, dijo que era castigo de la diosa serpiente porque habían dejado entrar a un extranjero, y que había que sacrificar una cabra blanca en la cueva.
Matías pidió permiso para orar, no para competir con el curandero. No impuso manos como había visto hacer a Pedro en la puerta Hermosa, porque no se atrevía, porque se sentía indigno, solo se arrodilló junto a la niña, que ardía como brasa, en el suelo de tierra de la choza, y oró como había oído orar a María, la madre de Jesús, en el aposento alto, sin gritar, sin exigir, sin espectáculo.
—Padre —dijo, en arameo, y luego en la lengua de ellos que había aprendido—. Tú que conoces los corazones de todos, tú que conoces a esta niña, muestra tu amor. No por mí, por ella.
La niña no se curó de golpe, como el cojo de la puerta Hermosa que saltó. Se curó lentamente, en tres días, sudando mucho, bebiendo agua que Matías le daba con una cuchara de madera que había tallado, agua que había bendecido sin saber cómo se bendice. Al tercer día, al amanecer, se sentó en su lecho de pieles y pidió pan y leche de cabra. La aldea entera vino a mirar, no porque fuera un milagro espectacular que rompiera las cuentas, sino porque era la primera vez en muchos inviernos que alguien se curaba sin sacrificar nada, sin sangre de cabra, solo con agua y oración.
El viejo que lo había desatado en el paso se acercó esa noche y le dijo, al oído:
—Ahora tu historia da calor de verdad. Ahora sí da calor. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Serás nuestro loco sagrado.
Matías se quedó hasta la primavera, hasta que la nieve se derritió y los ríos bajaron negros y furiosos. Cuando los pasos se abrieron, bautizó a doce personas en un arroyo helado que bajaba de la montaña, doce, como los apóstoles, como las cestas que sobraron del pan, como las tribus. Doce colcos, con nombres que no se pueden escribir, con sonidos de montaña. No les puso nombres nuevos judíos, no les llamó Pedro o Juan, les dejó sus nombres bárbaros, porque entendió, con el fuego de Pentecostés todavía en el pecho, que Dios no quería griegos ni judíos, no quería que todos fueran iguales, quería colcos amados, con su lengua amados.
Antes de irse, al amanecer, el viejo le preguntó, mientras le ataba la piel de lobo que le regalaba.
—¿A dónde vas ahora? Todavía hay valles más adentro, más al este, donde nunca ha ido nadie, donde viven los que comen carne cruda.
—Más adentro —dijo Matías, ajustándose el bastón nuevo, más fuerte, de roble del Cáucaso—. Porque si me quedo aquí, pensaré que ya terminé, que ya hice mi trabajo. Y no terminé, solo empecé. El mundo es más grande que este valle.
El viejo le regaló también un cuchillo de hueso y le dijo una frase que Matías guardaría hasta su muerte, como guardó la voz del Jordán.
—Cuando te maten —dijo el viejo, con la brutal honestidad de los que viven cerca de la muerte todos los días y no tienen tiempo para mentiras—. Porque te matarán, a los que cuentan historias de amor siempre los matan aquí. Cuando te maten, que te maten mirando al cielo, no a la tierra. La tierra aquí es dura, está llena de piedras y de sangre. El cielo es lo único blando que tenemos. Mira al cielo.
Matías abrazó al viejo, que olía a humo y a cabra, y siguió caminando hacia el este, hacia el desierto de piedra que los romanos llamaban Armenia interior, hacia el país de los caníbales según algunos mapas, donde lo esperaba no una multitud de tres mil, sino una sola persona más, la que sellaría su nombre para siempre, no con tinta de carbón, sino con sangre roja sobre nieve blanca.
Llevaba en su bolsa de cuero el pan de Pedro, ya duro como piedra, ya mohoso en los bordes, pero aún entero, aún santo. Lo partió en un pedazo pequeño, lo más pequeño que pudo, y lo comió, mirando las montañas negras que tenía delante, que parecían no tener fin, y por primera vez desde que la suerte cayó sobre él en el aposento alto de Jerusalén, no se sintió el decimotercero, el reemplazo, el que ocupa el lugar vacío que dejó un traidor ahorcado en un campo de sangre. Se sintió el primero, el único, el enviado a un lugar donde nadie había ido antes, a guardar y a entregar, a escuchar y a contar, hasta el final, hasta que el cielo blando lo recibiera.
Y el viento del Cáucaso le pegaba en la cara, y le traía olor a nieve que se derrite, que es olor a resurrección.
CAPÍTULO 8
Matías caminó treinta días hacia el este después de dejar la aldea del viejo que lo había desatado en la nieve. Treinta días son muchos cuando se camina solo, cuando se camina sin camino, con una piel de lobo mal curtida a la espalda que huele a animal muerto y a humo, y con un bastón que ya no es de almendro de Galilea, ligero y flexible, sino de roble de montaña del Cáucaso, más pesado, más firme, que deja marca en la piedra cuando lo clavas. Treinta días sin ver una aldea de verdad.
No contó los días por el sol, porque el sol en aquellas latitudes de Armenia interior, en el borde del mundo conocido, no es como el sol de Galilea, que sale puntual por el Hermón y se pone puntual por el Mediterráneo, como un siervo obediente. Allí el sol se esconde entre montañas negras durante dos o tres días seguidos y el cielo se queda gris como ceniza, y luego aparece de golpe a las tres de la tarde, como si hubiera estado dormido detrás de una roca, y te quema la cara sin calentar los pies. Contó los días por las veces que partió el pan de Pedro, que ya no era pan, que ya era solo migajas guardadas en el fondo de la bolsa de cuero, mezcladas con polvo de pergamino y con carbón y con tierra de la meseta, migajas que contaba como se cuentan monedas de oro, porque eran memoria.
El paisaje cambió radicalmente después de la aldea del viejo. Ya no había bosques de pinos ni valles con cabras flacas y con niños que tocaban piedras. Había mesetas de piedra negra, de basalto roto, de lava vieja enfriada, donde el viento no silbaba, rugía, donde no crecía ni un árbol, solo líquenes amarillos pegados a la roca como costras. Los romanos, en sus mapas militares que Matías nunca había visto pero que los mercaderes describían, llamaban a aquella región Armenia Mayor, o Media Atropatene, pero los que vivían allí no se llamaban armenios, no se llamaban de ninguna forma que Matías pudiera escribir con letras griegas, se llamaban a sí mismos con un sonido gutural que parecía tener piedras adentro de la garganta, un sonido que Matías intentó imitar y no pudo. Eran pastores nómadas, no aldeanos sedentarios, y se movían con tiendas de fieltro negro de pelo de cabra que parecían manchas de tinta en la piedra negra, que se montaban y desmontaban en una hora.
La primera tribu que encontró no lo recibió con curiosidad, no lo recibió con hospitalidad, lo recibió con lanzas cortas y con arcos. Eran cinco hombres a caballo, pequeños, de piernas cortas y arqueadas y brazos largos y musculosos, con gorros de piel y con arcos cortos compuestos que podían disparar a galope desde la montura, girándose hacia atrás, como los partos. Lo rodearon en círculo, levantando polvo negro, y uno de ellos, el que parecía jefe, le habló en una lengua que Matías no conocía, una lengua de chasquidos y de vocales largas, pero el gesto era universal, era el gesto humano más antiguo: quién eres y qué quieres aquí donde no hay nada que querer, donde ni siquiera nosotros queremos estar.
Matías levantó las manos vacías, sin bastón, soltando el roble, sin bolsa, dejando la bolsa caer, mostrando que no tenía arma, que no tenía nada que robar.
—No tengo nada —dijo en griego primero, por si eran mercenarios griegos—. Luego en arameo, la lengua de su madre, luego en la lengua gutural que había aprendido en la aldea anterior, mezclando palabras—. Solo una historia. Solo palabras.
Los hombres lo miraron y se rieron, no con burla cruel, sino con la risa de quien encuentra algo tan inútil que da risa, como encontrar un peine de marfil en el desierto de sal, como encontrar un libro en una tribu que no lee. Uno de ellos desmontó de un salto ágil, tomó la bolsa de cuero de Matías del suelo, la abrió con brusquedad y sacó los pergaminos manchados de carbón, los pocos que le quedaban, los miró, les dio vuelta, no entendió nada, porque eran garabatos de un hombre que apenas sabía escribir, los olió, como se huele algo que podría ser comida, y los tiró al suelo, al polvo negro. Luego sacó las migajas de pan duro de Pedro, envueltas en un trapito, y también las tiró, porque pensó que eran piedras o excremento de cabra seco.
—Historia no se come —dijo el hombre en un griego muy roto, aprendido de mercaderes, con acento de montaña que hacía que cada palabra sonara como piedra—. Historia no abriga. Historia no da leche de cabra. No sirve.
—A veces sí —dijo Matías, con voz tranquila—. A veces abriga más que piel de lobo.
El hombre lo empujó con el pie, no con la mano, y Matías cayó sentado sobre la piedra negra, que estaba caliente por el sol que había aparecido de golpe, aunque el aire era frío como cuchillo. No lo golpearon más, no lo patearon, porque golpear a un hombre que no se defiende y que no tiene nada, ni siquiera una cabra, no da honor en ninguna tribu. Se subieron a sus caballos pequeños y se fueron al galope, levantando una nube de polvo negro que se quedó mucho rato flotando, dejándolo allí, solo, con sus pergaminos desparramados y sus migajas pisadas y mezcladas con tierra.
Matías se quedó sentado un rato largo, muy largo, mirando el horizonte que no tenía fin, solo piedra negra y cielo gris y a veces una columna de polvo que era viento. Pensó en Cafarnaúm, en el lago que siempre tenía movimiento, olas, pescadores gritando, en el pan que se multiplicaba y que sobraba en doce cestas, en Pedro que ahora estaría en algún lugar de Samaria o de Jope o ya en camino a Roma, predicando a multitudes que lo escuchaban. Y él estaba allí, en una meseta donde ni siquiera los buitres volaban, porque no había nada muerto que comer, porque ni la muerte quería estar allí.
Recogió los pergaminos con cuidado infinito, aunque estaban pisoteados y rotos por los bordes, porque eran lo único que le quedaba de su oficio de guardián, la prueba física de que había guardado algo. Sacudió las migajas, les sopló la tierra, se las metió en la boca aunque supieran a polvo y a carbón. Eran cuerpo, eran recuerdo. Siguió caminando, sin dirección fija, porque todas las direcciones eran iguales en aquella meseta, solo piedra negra y cielo.
Al atardecer del tercer día sin agua, porque la bota de cuero de cabra que le había dado el viejo de la nieve se había roto por la costura y el agua se había derramado mientras dormía, y la lengua se le había pegado al paladar y veía manchas negras, vio una columna de humo, delgada, recta. Humo en aquella meseta, donde no hay leña, significaba gente, y gente significaba agua, aunque fuera a cambio de ser de nuevo rodeado de lanzas, aunque fuera a cambio de otra humillación. Caminó hacia el humo arrastrando los pies, con el bastón como tercera pierna, y encontró un campamento más grande que el anterior, con unas diez tiendas negras de fieltro, con mujeres y niños y perros flacos que ladraban sin fuerza, con cabras negras atadas a estacas de hueso.
Las mujeres lo vieron primero y gritaron, un grito agudo que no era de miedo sino de alerta. Los hombres salieron con palos, no con lanzas ni arcos, porque no lo vieron como guerrero o ladrón, lo vieron como mendigo moribundo, como loco sagrado que camina solo. Un hombre mayor, con una barba blanca trenzada en dos trenzas y con un collar de dientes de lobo y de oso, con los ojos cubiertos por cataratas blancas pero que parecía ver mejor que todos, se acercó y lo miró de arriba abajo, oliéndolo.
—¿Quién te manda? —preguntó en arameo, sorprendentemente claro, aunque con un acento extranjero, gutural, como si lo hubiera aprendido de niño y no lo hubiera usado en años.
Matías se arrodilló en la piedra, porque no podía estar de pie, y levantó la cara.
—Nadie me manda —dijo Matías, con la voz rota por la sed—. Me enviaron. Es distinto. Mandar es por fuerza. Enviar es por amor.
—¿Quién te envió? —dijo el viejo, acercándose más.
—Doce hombres —dijo Matías—. Bueno, once y yo. Once que se quedaron en Jerusalén y yo que vine. Me enviaron a contar que hay un Dios que conoce los corazones de todos, incluso el corazón de los que no tienen nombre en los mapas romanos.
El viejo lo miró largamente. Tenía ojos grises, casi blancos, de tanto mirar piedra y nieve y sol reflejado en piedra. Ojos que habían visto morir a muchos hijos.
—Yo conozco muchos dioses —dijo el viejo, sentándose frente a él en la piedra, porque hablar de dioses requiere estar sentado—. Conozco al dios del fuego que vive en la montaña que escupe humo, al dios de la tormenta que rompe tiendas, al dios de la cabra que pare y al dios de la cabra que no pare. Conozco a la diosa serpiente que pide sangre de niña. Ninguno conoce mi corazón. Todos piden sangre. Todos piden cabras. Todos piden miedo.
—Este Dios del que te hablo no pide sangre —dijo Matías, con la poca fuerza que le quedaba—. Ya dio la suya. Dio la de su Hijo. No pide cabras.
El viejo se rió, pero no con desprecio, con un cansancio de mil años, con la risa de quien ha oído muchas promesas.
—Todos dicen eso —dijo el viejo—. Todos los dioses nuevos dicen que dieron algo, que sufrieron. Pero luego piden más. Piden más cabras, más oro, más hijos.
—Este no pide más —dijo Matías—. Pide que te dejes amar. Que te dejes lavar los pies. Es todo. Pide que te dejes amar como yo me dejé amar en el Jordán.
El viejo se quedó callado. Las mujeres y los niños se habían acercado formando un círculo apretado, porque en el desierto de piedra cualquier novedad es una fiesta, cualquier extranjero es un libro. El viejo hizo un gesto seco con la mano y una mujer joven le trajo a Matías agua en un cuenco de madera tallado, agua turbia, con tierra y con pelos de cabra, pero agua, agua viva para él.
Matías bebió despacio, muy despacio, sorbo a sorbo, porque había aprendido de los pescadores de Galilea que cuando tienes mucha sed y llevas días sin beber, no debes beber rápido o te mueres, el agua te mata si la bebes con avidez.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el viejo, cuando vio que Matías respiraba mejor.
—Matías —dijo, con voz un poco más clara—. Significa regalo de Dios. En mi lengua.
—Yo me llamo Vark —dijo el viejo—. En mi lengua significa lobo. No es regalo, es lo que soy. Soy lobo viejo. Ya no muerdo, pero todavía huelo.
Matías se quedó en aquel campamento siete días, porque Vark se lo permitió, no por hospitalidad escrita, no por ley de hospitalidad, sino porque quería oír más, porque estaba aburrido de sus propios dioses que siempre pedían lo mismo. Cada noche, alrededor del fuego que hacían no con leña, porque no hay leña en la meseta, sino con estiércol seco de cabra y de caballo, que arde lento y huele fuerte, Matías contaba una historia, siempre la misma historia pero con partes distintas, como quien muestra un diamante por caras diferentes para que brille distinto según la luz.
Les contó del hombre que nació en una cueva, en un pesebre, porque no había lugar en la posada, porque nadie le dio lugar, y Vark asintió y dijo eso nos pasa a nosotros siempre, nunca hay lugar para nosotros en ningún mapa, somos los que no tienen lugar. Les contó del hombre que fue bautizado en un río y oyó una voz del cielo que decía este es mi Hijo amado, en quien me complazco, y una mujer vieja, con la cara tatuada, lloró silenciosamente porque dijo yo nunca oí que era amada, yo solo oí que era vieja y que era carga. Les contó del pan que no se acababa, que se multiplicó para cinco mil, y los niños se acercaron más al fuego, porque tenían hambre siempre, hambre crónica de siglos.
Una noche, la cuarta noche, Vark le preguntó directamente, mirando el fuego, sin mirarlo a él.
—Ese hombre que dices, ese Jesús, ¿dónde está ahora? ¿Está en Roma? ¿Está en Jerusalén con oro?
—Está vivo —dijo Matías—. Murió, lo mataron como matan aquí a los ladrones, en una cruz, y volvió a vivir al tercer día. Yo lo vi con mis ojos. Comí con él después de muerto. Lo toqué.
—Yo he visto muchos muertos —dijo Vark, con su lógica de pastor—. He visto morir a mis hijos, a mi mujer, a mis cabras. Ninguno volvió. La muerte es un viaje sin regreso en esta meseta. Nadie vuelve de la piedra negra.
—Este sí volvió —dijo Matías—. Y por eso puedo estar aquí sentado sin miedo a morir de sed o de lanza. Porque si él volvió, yo también volveré. Y tú también puedes volver.
Vark lo miró y por primera vez en muchos años, en muchos inviernos, sintió algo que no era miedo ni hambre ni frío, sintió envidia, no de sus cosas, porque Matías no tenía cosas, no tenía ni bota, sino de su certeza, de su paz en medio de la piedra.
—Si tu Dios está vivo —dijo Vark, al final, con voz que temblaba un poco—. Que cure a mi nieto. Lleva tres días con fiebre y no come y no abre los ojos. Los dioses de aquí no lo curan. Si el tuyo lo cura, creeré que está vivo.
Matías fue a la tienda de fieltro negro donde estaba el niño, una tienda baja donde había humo dentro. Era un niño de unos seis años, flaco como un pajarito, con la frente ardiendo como brasa, con la respiración corta y con mocos secos. No había medicinas, no había médicos, no había nada, solo amuletos de hueso colgando. Matías hizo lo único que sabía hacer, lo único que había visto hacer a Pedro en la puerta Hermosa y lo que había hecho él mismo con la niña de la aldea de la nieve. Se arrodilló en el fieltro sucio, puso su mano callosa, llena de grietas por el frío, en la frente del niño, que quemaba como piedra al sol, y oró, no en voz alta para impresionar a Vark que miraba desde la entrada, sino en voz baja, como se habla a un padre que está en la misma tienda, en la misma noche.
—Padre —dijo, en arameo primero y luego en la lengua de ellos que chapurreaba—. Tú que conoces los corazones de todos, tú que conoces el corazón de este niño que no tiene nombre para ti en los libros de Jerusalén pero sí tiene nombre para su abuelo Vark, muéstrale que lo amas. No por mí, que soy polvo, por él.
No pasó nada espectacular. El niño no se levantó saltando y alabando a Dios como el cojo de la Hermosa. No hubo luz. Siguió con fiebre toda la noche. Matías se quedó a su lado toda la noche, mojándole la frente con un trapo húmedo con el agua turbia, cantándole en voz baja, muy baja, una canción que su madre le cantaba de niño en Caná, en su casita de barro, una canción que hablaba de la lluvia que viene después de mucho sol, de la lluvia temprana y tardía.
Al amanecer del segundo día, cuando el sol salió de golpe detrás de la montaña negra, el niño abrió los ojos, ojos grises como los de Vark, y pidió agua y luego pidió leche. Vark entró corriendo, se arrodilló, tocó la frente del niño que ya no quemaba tanto. No dijo gracias, porque en su tribu, en su lengua, dar las gracias es de débiles, es rebajarse, pero puso su mano grande y callosa sobre la cabeza de Matías y la dejó allí mucho rato, apretando, que en su lengua, en su gesto, era más que gracias, era adopción.
—Tu Dios escucha —dijo Vark, con voz ronca.
—Siempre escucha —dijo Matías—. Aunque a veces tarda dos noches.
Vark le permitió bautizar a algunos. No en agua abundante, porque no había agua suficiente para sumergir a nadie, el agua era vida, no se podía gastar en sumergir. Sino con un poco de agua en la frente, con el cuenco de madera, como había visto hacer a algunos de los setenta cuando no había río, como Felipe había hecho con el eunuco. Bautizó a siete personas en tres días, entre ellos al niño curado, que se llamaba Tark, y a Vark, que quiso que le pusieran agua en su cabeza calva y blanca y dijo ahora soy lobo y regalo al mismo tiempo, soy Vark-Matías, lo cual hizo reír a todos, a mujeres y niños, por primera vez en meses, una risa que sonó extraña en la meseta.
Cuando Matías se fue, al séptimo día, porque sabía que si se quedaba más se haría cómodo y su misión era más al este, Vark le dio algo que valía más que oro, más que plata, más que todo en aquella meseta de piedra negra: una bota nueva de cuero de cabra, cosida por su hija, llena de agua fresca de manantial, y un trozo grande de carne seca de cabra salada, y un cuchillo de hierro que había conseguido de un mercader parto, y le dijo, con su mano en su hombro:
—Ve más al este. Todavía más al este. Allí hay una ciudad de piedra, no de tiendas como nosotros. La llaman Artaxata, la ciudad del rey Artaxias. Allí viven hombres que leen y escriben en tablillas, no como nosotros que solo hablamos. Quizás allí tu historia con pergaminos y carbón sirva más que aquí con piedras y estiércol. Allí te entenderán mejor que aquí. Nosotros somos gente de piedra, ellos son gente de tinta.
Matías caminó otros quince días hacia el este, hacia donde salía el sol por más tiempo, y encontró Artaxata, que no era como Jerusalén, con su templo de mármol blanco, ni como Trebisonda, con su puerto y sus barcos, era una ciudad de adobe y de piedra negra y de calles sin trazar, con murallas bajas de barro y con un mercado donde se vendía sal en bloques, hierro en lingotes, alfombras de lana gruesa y esclavos de ojos claros del norte. Había una pequeña comunidad judía, por primera vez desde que salió de Trebisonda hacía dos meses, judíos que habían huido de Judea hacía generaciones, en tiempos de los Macabeos, y que se habían quedado allí, haciendo comercio de alfombras y olvidando casi el hebreo.
Entró a la sinagoga un sábado, al amanecer. Era pequeña, de barro y paja, con un rollo de la Torá que estaba gastado por el uso, con letras casi borradas, y con diez hombres ancianos. Cuando lo vieron entrar, con piel de lobo a la espalda, barba larga hasta el pecho, barba trenzada por el viento, y olor a humo de estiércol y a cabra, pensaron que era un mendigo leproso y quisieron echarlo con escobas. Pero el anciano que leía la Torá, el jazán, lo miró a los ojos y vio algo, y le preguntó, en hebreo.
—¿De dónde vienes, hijo?
—De Jerusalén —dijo Matías, en hebreo torpe, con acento galileo.
Al oír Jerusalén, la palabra mágica, todos se acercaron, dejaron de leer, porque hacía veinte años que no veían a nadie de Jerusalén, porque Jerusalén era Sión, era el ombligo del mundo.
—¿Qué noticias traes de Sión? ¿Está en pie el templo? ¿Vino el Mesías? —preguntó el anciano, con esperanza temblorosa.
Matías no traía noticias de la guerra, ni del procurador, ni del templo, ni de si Herodes había muerto. Traía otra noticia, la única que importaba.
—Traigo que el Mesías vino —dijo, con voz que se hizo fuerte—. Y murió y resucitó y está vivo. Yo lo vi.
Los judíos de Artaxata lo miraron con desconfianza profunda, con sospecha, porque habían oído muchas veces en el mercado que el Mesías había venido, que era un mago de Egipto, que era un general, y siempre era mentira o era alguien que quería dinero para su causa.
—¿Y quién eres tú para decir eso? ¿Eres profeta? —dijo uno, joven, con barba negra.
—Soy uno de los doce —dijo Matías, y por primera vez desde que la suerte cayó sobre él en el aposento alto, dijo esa frase en voz alta, en una sinagoga, sin temblar, sin bajar la cabeza—. Fui contado con los once apóstoles en Jerusalén. Estuve desde el bautismo de Juan en el Jordán hasta que subió al cielo en una nube. Y lo vi vivo después de muerto, comiendo pescado asado en Galilea. Soy testigo.
El anciano de la sinagoga, que se llamaba Tobías, le pidió que hablara, que se sentara en el asiento de Moisés. Matías habló todo el sábado, desde la mañana, cuando el sol salió, hasta que se hizo de noche y encendieron lámparas de aceite, contando todo lo que había guardado, sin pergaminos, de memoria, desde el Jordán hasta el huerto vacío, desde el pan multiplicado en el monte hasta el pan partido en Emaús, desde Zaqueo el publicano pequeño hasta Vark el lobo viejo. No predicó como Pedro, que predicaba con fuego y con citas de Joel que hacían temblar. Predicó como María, su madre, que guardaba todo en el corazón y lo iba sacando poco a poco, como quien saca panes de un horno, uno por uno, caliente.
Al final del día, cuando ya no había luz y solo quedaba el olor a aceite quemado, tres jóvenes de la sinagoga, tres muchachos de dieciocho años como él cuando salió de Caná, se acercaron y le dijeron, con ojos brillantes:
—Queremos ir contigo. Queremos ver al que vive. Queremos ser como tú, de los que guardan.
—Yo no voy a volver a Jerusalén —dijo Matías, cansado pero feliz—. Voy más al este, donde no hay sinagoga, donde ni siquiera hay judíos, donde hay gente que no tiene nombre para Dios.
—Entonces iremos más al este contigo —dijeron los tres, sin dudar—. Porque si tu Dios es para los que no tienen nombre, entonces también es para nosotros, que tenemos nombre pero estamos olvidados aquí.
Y así, el hombre que había caminado siempre solo, el hombre del borde, el hombre de la distancia de veinte pasos, el que siempre había sido sombra voluntaria, por primera vez en su vida tuvo discípulos propios, tuvo gente detrás de él, no porque los buscara, no porque quisiera ser rabino, sino porque la memoria compartida, cuando se cuenta con amor, crea familia, crea pueblo.
Se fueron de Artaxata al amanecer del domingo, cuatro hombres con bastones, con una bolsa de pergaminos que ahora tenía también letras armenias y arameas que uno de los jóvenes, que sabía escribir un poco, había empezado a escribir, porque Matías le dictaba por las noches y él escribía con tinta de hollín, para que no se perdiera, para que el fuego de Pentecostés no se apagara. Llevaban la bota de agua de Vark y el pan de Tobías.
Iban hacia el desierto de sal que lleva a Partia, hacia el este, donde decían que había ciudades aún más grandes, con templos de fuego eterno que nunca se apaga, donde adoraban al fuego.
Matías iba delante, no porque fuera el líder, no porque quisiera mandar, sino porque conocía un poco más el camino, porque había estado más tiempo en la piedra. Detrás de él iban tres jóvenes que lo miraban como él había mirado a Jesús durante tres años y medio, con la misma distancia exacta de veinte pasos, lo suficientemente cerca para oír su voz si el viento ayudaba y lo suficientemente lejos para no estorbar, para dejarlo orar.
Y entendió, con una alegría que le llenó el pecho como el viento recio de Pentecostés que llenó la casa, que la historia no se había acabado en Jerusalén, que no se había acabado con la muerte de Esteban ni con la huida, que solo había cambiado de narrador, que Dios seguía escribiendo.
Él, que había sido el que escuchaba, el que guardaba, el que contaba migajas, ahora era escuchado. Él, que había sido el regalo recibido, el Matías que significa regalo de Dios, ahora era el regalo que se entregaba, caminando sobre piedra negra, bajo un cielo que empezaba a ser menos duro, menos gris, porque ya no caminaba solo, porque ya tenía a quién mirar hacia atrás y ver que lo seguían.
El valle de los que no tienen nombre empezaba a tener nombres, y él los estaba aprendiendo, uno por uno, para escribirlos en el cielo.
CAPÍTULO 9
Matías no llegó a Partia como llegan los mercaderes, con caravanas de cien camellos cargados de seda de Seres, de especias de la India, de alfombras enrolladas y de esclavos atados con cuerdas y con guardias partos armados hasta los dientes con arcos compuestos y con cotas de malla. No llegó con cartas de recomendación de mercaderes de Tiro ni con oro para sobornar a los sátrapas. Llegó como llegan los que no tienen nada que perder y por eso lo tienen todo, a pie, con los pies ensangrentados dentro de sandalias rotas, con tres jóvenes armenios que lo seguían a veinte pasos exactos, como él había seguido a Jesús, con la piel de lobo ya raída, apolillada por el sol del desierto y por la nieve del Cáucaso, convertida en poco más que un cuero sucio, con la bolsa de cuero que ahora pesaba más que nunca, no por oro, sino porque llevaba dentro no solo los pergaminos viejos con carbón de Jerusalén, casi ilegibles de tanto ser tocados, sino también tablillas de barro cocido, tablillas de arcilla fresca, donde uno de los jóvenes, que se llamaba Tadeo y que era el único que sabía escribir con estilo en arameo y en parto y un poco en griego, había empezado a copiar, noche tras noche, al lado del fuego de estiércol, las historias que Matías dictaba en voz baja para no olvidarlas.
Caminaron dos meses desde Artaxata hasta la primera ciudad parta que tenía nombre en los mapas romanos, la que los romanos marcaban con un punto gordo, Ecbátana, la antigua capital de los medos, la de los siete muros concéntricos que los reyes medos habían pintado de colores, cada muro de un color distinto, blanco, negro, púrpura, azul, naranja, plata y oro, como un arco iris de piedra. Matías había oído hablar de esos muros de colores de niño, de boca de su padre que vendía vasijas y contaba historias de ciudades lejanas. Pero no vio los siete muros de colores, porque cuando llegaron, después de cruzar el desierto de sal, los muros ya estaban descoloridos por siglos de viento y por guerras entre partos y romanos, la pintura se había caído, y la ciudad no era la capital gloriosa de la que hablaban Heródoto y los griegos, era una ciudad de polvo, de adobe, de callejuelas, y de fuego.
En Partia se adoraba al fuego. No como se adora a un símbolo bonito, no como los judíos adoran la menorá que recuerda. Se adoraba al fuego como se adora a un dios vivo, presente, que respira. En cada casa, por pobre que fuera, había un altar pequeño, un atash, donde ardía una llama pequeña que no se dejaba apagar nunca, que el padre de familia alimentaba cada mañana con leña y con grasa, porque si se apagaba, la casa quedaba impura. Y en las colinas alrededor de Ecbátana había templos grandes, atashgah, torres sin techo, abiertas al cielo, donde magos de túnica blanca, con boca tapada con un pañuelo blanco para no contaminar el fuego con su aliento, cuidaban un fuego eterno, un fuego que decían que venía del cielo, del dios Ahura Mazda, que había caído como rayo y que nunca se había apagado. El fuego era pureza, era verdad, era lo único que no se corrompía, porque todo lo demás se pudre, la carne, la madera, el agua, pero el fuego purifica.
Matías entendió por qué adoraban el fuego, porque en aquel desierto frío, en aquella meseta de piedra negra donde la noche baja a diez grados bajo cero y el viento corta como cuchillo, el fuego era lo único que daba vida, lo único que hacía que la gente no muriera. Entendió su religión mejor que muchos partos.
Los cuatro entraron a Ecbátana por la puerta del norte, la puerta de los mercaderes, donde los guardias partos, con cascos de hierro con cimera y barbas rizadas y perfumadas, con lanzas largas, les pidieron tributo, el peaje de la ciudad. Tributo en dracmas partas o en especie.
Matías no tenía tributo. No tenía dracmas, no tenía seda, solo tenía su bastón de roble del Cáucaso y su bolsa de cuero. El guardia, un hombre joven con la cara picada de viruela, lo miró de arriba abajo y quiso quitarle la piel de lobo, porque era lo único de valor aparente, lo único que podía venderse por algo.
—No —dijo Tadeo, el joven armenio, adelantándose y hablando en parto fluido, aprendido de su madre, que era medio parta—. Somos enviados del Rey. No nos toques. Somos embajadores.
—¿Qué rey? —dijo el guardia, riendo, mostrando dientes negros—. Aquí el único rey es el rey de reyes, Arsaces, el gran rey parto, que vive en Ctesifonte. ¿De qué rey vienes tú, mendigo?
—De un Rey más alto —dijo Tadeo, que había aprendido de Matías en la meseta a no discutir con espadas, sino con palabras que desarman—. De un Rey que no tiene palacio pero que tiene fuego que no se apaga.
El guardia los miró, vio que no tenían nada, que no valía la pena matarlos por una piel vieja llena de piojos, y los dejó pasar con un empujón y un escupitajo, no por respeto, sino por desprecio.
Dentro de la ciudad, el mercado era un laberinto de olores fuertes que golpeaban la nariz, de carne de cordero asada que chisporrotea, de estiércol de camello y de caballo, de cuero curtido, de incienso caro que quemaban los magos en pebeteros para purificar el aire de los malos espíritus, de opio. Matías buscó a los judíos, porque siempre buscaba primero a los judíos, porque eran su pueblo, porque tenían sinagoga, y la sinagoga era el único lugar en cualquier ciudad pagana donde se podía empezar a hablar sin ser apedreado de inmediato, donde había un libro y una promesa.
Encontró una, pequeña, detrás del mercado de cobre, medio enterrada, con muros de adobe y con un patio donde había un pozo. Con un rabino anciano, de barba blanca hasta la cintura, que había nacido allí en Ecbátana, que nunca había visto Jerusalén, nunca había visto el mar, pero que oraba tres veces al día mirando hacia el oeste, hacia una ciudad que solo conocía por historias de su abuelo, que había huido de Judea en tiempos de Pompeyo.
—¿De dónde vienes, hijo? —preguntó el rabino cuando Matías entró, con sus tres jóvenes armenios detrás, todos con polvo hasta las cejas.
—De Jerusalén —dijo Matías, y al decir Jerusalén se le quebró la voz—. Y de más allá de Jerusalén. De Galilea, del Jordán, de un huerto vacío.
El rabino lo abrazó, con fuerza, porque cualquier judío que viene de Jerusalén trae consigo, en sus sandalias, el polvo del templo, aunque el templo ya estuviera amenazado por Roma, aunque Matías no supiera que dentro de pocos años, en el 70, sería destruido y quemado, y aunque ese abrazo era abrazar a Sión misma.
—Cuéntanos —dijo el rabino, sentándolo en el banco de la sinagoga—. ¿Qué pasa allá? ¿Vino el Mesías? ¿Ya nos lleva de vuelta? ¿Roma cayó?
Los judíos de la diáspora siempre preguntan lo mismo.
Matías contó. Contó como había contado en Artaxata, sin prisa, guardando el orden cronológico que Lucas amaba, desde el bautismo de Juan hasta la ascensión, desde el pan multiplicado en el monte de Galilea hasta el pan partido en Emaús, desde la negación de Pedro junto al fuego hasta el fuego de Pentecostés sobre sus cabezas. Contó con su voz de hombre del borde, sin gritos, sin promesas de oro. Los judíos de Ecbátana lo escucharon, algunos con lágrimas que les corrían por la barba, porque llevaban generaciones en Partia y habían aprendido a desconfiar de los que traen noticias grandes, pero también habían aprendido a tener esperanza pequeña, y Matías traía esperanza grande.
Uno de ellos, un joven mercader de alfombras, de unos treinta años, llamado Aarón, hijo de Aarón, se levantó y dijo, con voz desafiante, con dolor.
—Si el Mesías vino y murió y resucitó, como dices, ¿por qué seguimos aquí, en esta tierra de fuego extraño, comiendo polvo parto? ¿Por qué no volvió a llevarnos a Israel? ¿Por qué seguimos exiliados si el exilio se acabó?
—Porque Israel ya no es una tierra —dijo Matías, y la frase le salió sin pensarla mucho, le salió del fuego que tenía dentro—. Israel es todos los que creen que son amados. Israel es donde hay un corazón que dice este es mi Hijo amado. Y eso puede pasar aquí, en Ecbátana, junto a un fuego que no se apaga, en una tienda negra, en una meseta de basalto. El exilio se acaba cuando sabes que eres hijo.
Esa frase, que Matías dijo sin pensar que era teología, llegó a oídos de los magos. Los magos, los mobed, eran sacerdotes y jueces y científicos al mismo tiempo en Partia, y cuidaban que nadie insultara al fuego, que nadie dijera que había algo más puro que el fuego. Decir que hay un Dios más grande que el fuego, o que hay un fuego que no es puro, o que hay un Dios que no necesita fuego, era blasfemia castigada con muerte, con ser arrojado al fuego impuro. Uno de los jóvenes judíos de la sinagoga, por miedo a los magos, por miedo a perder su negocio de alfombras, fue corriendo al templo del fuego y les contó que había un extranjero judío, que decía que su Dios había vencido a la muerte y que no necesitaba fuego eterno, que decía que Israel ya no era tierra.
Al día siguiente, al amanecer, dos magos de túnica blanca inmaculada, con la boca tapada con un pañuelo blanco llamado padam para no contaminar el fuego con su aliento humano, y con una vara larga de madera de almendro en la mano, símbolo de su autoridad, vinieron a la sinagoga y pidieron ver al extranjero, al que hablaba del Dios sin fuego.
—¿Eres tú el que dice que hay un Dios que no necesita fuego? —preguntó el mago mayor, un hombre alto, de barba roja rizada, con ojos azules que no eran comunes en Partia, ojos que parecían de otro mundo, de las estepas del norte.
—Digo que hay un Dios que es fuego —dijo Matías, sin miedo, porque había visto fuego en Pentecostés—. Pero un fuego que no quema, que ilumina, que no necesita ser alimentado con grasa de cabra.
—Todo fuego quema —dijo el mago, con lógica de mago—. Esa es su naturaleza. Si no quema, si no consume, no es fuego, es ilusión. Nuestro fuego quema y por eso es verdad.
—Hay un fuego que ardió en una zarza en el desierto del Sinaí y no la consumió —dijo Matías, recordando la historia de Moisés que había oído de niño en Caná, en la sinagoga de su aldea—. Moisés lo vio. Era fuego que estaba y no gastaba. Era Dios.
Los magos se miraron entre sí. Conocían la historia de Moisés, porque los judíos la contaban y porque tenían libros, pero no la creían, creían que era mito judío.
—Ven con nosotros al templo del fuego, al Atashgah grande —dijo el mago mayor, con voz que no era invitación, era orden—. Queremos que veas nuestro fuego eterno, el que nunca se apaga, y nos digas si tu Dios puede hacer algo mayor que eso. Si puede, creeremos. Si no, te iremos de aquí por blasfemo.
Matías fue, con Tadeo y los otros dos jóvenes armenios, que temblaban como hojas, porque habían oído historias desde niños que en el templo del fuego a veces sacrificaban extranjeros para alimentar la llama cuando la llama bajaba, que los arrojaban vivos. El templo estaba en una colina fuera de la ciudad, dominando Ecbátana, era una torre de piedra sin techo, circular, abierta al cielo, para que el fuego pudiera respirar, con un pozo en el centro, un pozo profundo de piedra negra, donde ardía una llama alta, de dos metros, amarilla y azul en la base, alimentada con grasa de cordero y con leña aromática de sándalo día y noche por turnos de magos. El calor era intenso, insoportable incluso a diez pasos, y el olor a grasa quemada era fuerte.
—Este fuego lleva ardiendo cien años sin apagarse —dijo el mago mayor, con orgullo, con voz de sacerdote—. Cien años. Ni viento ni lluvia ni nieve lo apagan, porque nosotros lo cuidamos sin dormir, porque es puro. Mi abuelo lo cuidó, mi padre lo cuidó, yo lo cuido. ¿Puede tu Dios hacer que arda un fuego sin que nadie lo cuide? ¿Puede tu Dios hacer un fuego que no necesite manos humanas?
Matías se acercó al borde del pozo, sintió el calor que le quemaba la cara, que le secaba los ojos, y recordó otro fuego, el de Pentecostés, lenguas repartidas como de fuego asentadas sobre cada uno, un fuego que no necesitaba leña ni grasa ni magos con vara de almendro, solo corazones dispuestos, un fuego que no quemaba, que daba lenguas.
—Mi Dios no necesita que cuiden su fuego —dijo Matías, con voz baja pero clara—. Su fuego cuida a los que lo reciben. Su fuego no se cuida, él cuida.
El mago mayor se enojó, porque pensó que Matías se burlaba con juegos de palabras, con filosofía barata.
—Demuéstralo —dijo, golpeando su vara contra la piedra—. Si tu Dios es más grande que Ahura Mazda, que apague nuestro fuego y encienda otro sin manos humanas, sin leña, sin grasa. Si lo hace, creeremos que tu Dios es el fuego verdadero.
Era una prueba imposible, como las que los fariseos pedían a Jesús en el templo, muéstranos una señal del cielo, haz que baje fuego como Elías. Matías no quería hacer señales, nunca había querido, nunca había pedido hacer milagros, porque las señales que había visto, el pan multiplicado, el cojo de la Hermosa que saltó, la niña de la aldea de nieve que se curó, no las había hecho él, las había visto hacer, las había recibido. Pero entendió que allí, frente a aquel fuego que era dios para aquella gente, frente a aquella gente que solo entendía fuego, no podía callar, no podía irse, porque si se iba, el fuego seguiría siendo dios y ellos seguirían siendo esclavos del fuego.
Se arrodilló en el suelo de piedra caliente del templo, no frente al fuego, como se arrodillan los magos, sino de espaldas al fuego, mirando al cielo abierto, al cielo azul de Partia que era igual que el cielo de Galilea, y oró en voz alta, en arameo primero, para que el rabino judío que había ido con ellos, temblando, entendiera y pudiera ser testigo, y Tadeo traducía en voz baja, susurrando, al parto, para los magos, para que entendieran.
—Padre —dijo Matías, con las manos abiertas, con los ojos cerrados—. Tú que conoces los corazones de todos, tú que apareciste en el Jordán y dijiste este es mi Hijo amado, en quien me complazco, tú que mandaste lenguas de fuego sobre nosotros en Jerusalén, sobre pescadores y sobre un hombre del borde, muestra aquí, en esta colina de fuego, que tú eres el fuego que no se apaga, no porque lo cuidan hombres con túnica blanca, sino porque no necesita ser alimentado, porque es amor y el amor no se acaba.
No pasó nada durante un minuto que pareció una hora, una hora que pareció un día. El fuego del pozo seguía ardiendo, crepitando, chisporroteando, los magos sonreían con desprecio, con superioridad, Tadeo apretaba el brazo de Matías por debajo de la túnica, susurrando vámonos, nos van a matar, vámonos, por favor.
Entonces vino el viento. No un viento recio, violento, como el de Pentecostés que llenó la casa, sino un viento suave, cálido, inexplicable, que no venía del desierto del este ni del norte, venía de ninguna parte, de arriba, y sopló sobre el pozo, sobre la llama grande. Y la llama grande del templo, la que llevaba cien años ardiendo, la que era dios, se apagó de golpe, como si alguien hubiera puesto una mano invisible, enorme, sobre ella y la hubiera ahogado. No se apagó por falta de leña, no se apagó poco a poco, se apagó completa, instantánea, dejando solo un humo negro y espeso y un olor a grasa quemada y a piedra caliente que hizo toser a todos.
Los magos gritaron, un grito de horror, de terror sagrado, porque nunca, en cien años, en la memoria de ningún mago vivo, se había apagado el fuego eterno, era como si el mundo se acabara, como si Ahura Mazda hubiera muerto. Corrieron hacia el pozo con antorchas encendidas para reavivarlo, para salvarlo, pero el viento suave seguía soplando, un viento que solo soplaba sobre el pozo, y cada antorcha que acercaban se apagaba al llegar al borde, como si el aire mismo no quisiera fuego humano allí.
Matías seguía arrodillado, con los ojos cerrados, temblando, no de frío, no de miedo a los magos, sino de miedo santo, de temor de Dios, porque había pedido algo enorme y había sido escuchado, y ser escuchado por Dios da más miedo que no ser escuchado, porque te hace responsable.
—Ahora —dijo el mago mayor, con voz temblorosa, tomándolo del hombro, sacudiéndolo—. Ahora enciende tu fuego sin manos, si puedes, si tu Dios es verdad. Enciende sin leña ni grasa.
Matías abrió los ojos, miró a Tadeo, que estaba pálido como la túnica de los magos, y a los otros dos jóvenes armenios, que lloraban en silencio, abrazados. Se levantó lentamente, se acercó al pozo apagado, del que aún salía humo negro que picaba, puso su mano temblorosa sobre el borde de piedra, que quemaba todavía, que quemaba mucho, y dijo, con voz que apenas era voz, con la última frase que le quedaba de su bolsa de carbón.
—No soy yo quien enciende. Es él. Yo solo guardo.
Y entonces, del fondo del pozo, del fondo de piedra negra, sin leña, sin grasa, sin antorcha, sin chispa, sin manos humanas, brotó una llama pequeña, primero azul, como el centro del fuego viejo, luego amarilla, luego blanca, brillante, que no quemaba la piedra, que no necesitaba nada, que ardía suspendida en el aire, a medio metro del fondo, sin tocar nada, sin apoyarse, como la zarza de Moisés que ardía y no se consumía, como las lenguas de Pentecostés que se posaron sin quemar cabello. Era una llama que iluminaba sin humo, que calentaba sin quemar, que no hacía llorar los ojos, y que hacía que todos los que la miraban, magos y judíos y armenios, vieran su propio rostro reflejado en la piedra, no como eran, con miedo y con polvo, sino como podían ser si eran amados, con luz.
Los magos cayeron de rodillas, todos, no por conversión inmediata, no por entender, sino por terror sagrado, por mysterium tremendum, porque habían visto algo que su religión, que su teología del fuego puro, decía que era imposible, un fuego que no se alimenta y no se apaga, un fuego que no necesita sacerdote.
—Tu Dios es grande —dijo el mago mayor, con la frente contra la piedra caliente, llorando—. ¿Cómo se llama tu Dios? ¿Es Ahura Mazda con otro nombre?
—Se llama Yo Soy —dijo Matías, recordando la respuesta de Jesús a los fariseos cuando le preguntaron quién era—. Yo Soy el que Soy. Pero pueden llamarlo Padre, porque así nos enseñó a llamarlo su Hijo, el que murió y resucitó. Padre nuestro.
Aquel día, en Ecbátana, la ciudad de los siete muros descoloridos, no se bautizaron tres mil como en Jerusalén el día de Pentecostés, no hubo multitud. Se bautizaron cuarenta personas, cuarenta, como los días del desierto. Entre ellos el rabino anciano que nunca había visto Jerusalén y que después del bautismo, con agua traída del pozo de la sinagoga, dijo ahora sí he visto Jerusalén, ahora la he visto aquí, y el joven mercader Aarón, y Vark no estaba allí, pero su nieto curado estaba en espíritu, porque Matías lo recordó y lo nombró. Los magos no se convirtieron todos, algunos se fueron enojados, diciendo que era magia persa, que era truco de judíos, que era ilusión, y volvieron a encender su fuego viejo en otro pozo con mucho trabajo. Pero el mago mayor, el de barba roja y ojos azules, el que había pedido la prueba, pidió ser bautizado y dijo, con la cabeza aún en el suelo, que cuidaría el nuevo fuego, el que no se apaga, no con leña, sino con oración, con memoria, y que no dejaría que nadie lo tocara.
Matías se quedó en Ecbátana seis meses, enseñando en la sinagoga pequeña y en las casas de barro, porque la ciudad, aunque de fuego y de orgullo, tenía también casas de barro donde la gente sufría como en todas partes, con fiebres, con deudas, con hijos muertos, con esposas estériles, y él, que había aprendido a guardar en Cafarnaúm y a escuchar en el borde, les enseñaba a guardar también, a recordar que eran amados incluso cuando el fuego de su hogar se apagaba, incluso cuando la vida parecía piedra negra.
Una noche, mientras oraba solo en el templo del fuego, en la colina, donde ahora había dos llamas, la vieja que los magos habían logrado reavivar con mucho trabajo y con mucha grasa, que chisporroteaba, y la nueva que ardía sola en una esquina del pozo, sin tocar nada, sin humo, que los magos no se atrevían a tocar y que los niños de la ciudad venían a mirar porque no quemaba, oyó una voz interior, no como la voz audible del Jordán que dijo este es mi Hijo amado, sino como la voz interior de Jesús en el huerto de Getsemaní, cuando decía velen y oren, cuando decía mi alma está triste hasta la muerte.
—Matías —decía la voz, en arameo, en su corazón—. Hasta lo último de la tierra es más lejos todavía. Todavía no es lo último. Ve más allá.
Entendió que debía irse, que Ecbátana no era el final, que Ecbátana era solo otra parada, otro borde. Dejó a Tadeo a cargo de la pequeña comunidad de cuarenta, con las tablillas de barro cocido y los pergaminos de carbón, con el fuego nuevo, y le dijo, abrazándolo como Pedro lo había abrazado a él.
—Tú ahora eres el que guarda aquí, Tadeo. Guarda bien. Guarda el fuego. No lo dejes apagar. No con leña, con memoria.
—¿A dónde vas? —preguntó Tadeo, llorando como un hijo que ve irse a su padre, porque se había encariñado como un hijo, porque Matías había sido padre para él.
—Más al este —dijo Matías, señalando las montañas que se veían azules al amanecer—. Donde el fuego es eterno de verdad y donde nadie ha oído que hay un agua que quita la sed para siempre. Donde no hay ni judíos ni magos, donde hay gente que no tiene nombre para Dios.
—Te matarán —dijo Tadeo, con certeza—. Más al este están los partos salvajes, los escitas, y luego los indos que comen todo. Te matarán como mataron a Esteban.
—Si me matan mirando al cielo —dijo Matías, recordando la frase del viejo Vark, el lobo, que le había salvado la vida en la nieve—. El cielo aquí también es blando. Y si me matan, mi sangre será semilla, como dijo Esteban. No muere el que guarda.
Se fue solo, sin piel de lobo, porque se la había dado a un niño leproso que tenía frío en el mercado, con un bastón nuevo que le había hecho el mago de barba roja, de madera de almendro, como su vara de mago, pero sin adornos, y con la bolsa de cuero casi vacía, porque había dejado casi todo en Ecbátana, había dejado sus pergaminos, había dejado su pan, había dejado su pasado. Solo llevaba un trozo pequeño del pan de Pedro, que ya era polvo fino, pero que aún olía a pan de Jerusalén, a pan de Pascua, y un pergamino nuevo, blanco, donde había escrito con tinta de verdad, por primera vez en su vida con tinta negra y no con carbón, una frase que había guardado desde el principio, desde el día de la elección en el aposento alto, y que ahora entendía que era para él, que siempre había sido para él.
—Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál has escogido.
Había sido escogido para el borde, para el fuego que no se apaga, para la piedra negra, para los valles sin nombre, para Ecbátana. Y mientras caminaba hacia el este, hacia lo último de la tierra, que nunca es lo último, porque siempre hay un poco más allá, porque el mundo es más grande que nuestros mapas, Matías sonrió, por primera vez sin tristeza, con el rostro iluminado por el amanecer, porque por primera vez en su vida no se sentía el decimotercero, el reemplazo, el suplente, el que ocupa el lugar vacío que dejó un traidor ahorcado en un campo de sangre llamado Aceldama. Se sentía el primero en llegar a un lugar donde nadie había llegado antes, a llevar un regalo que no se acaba, a ser, por fin, completamente, sin miedo, su nombre: Matías, regalo de Dios, el fuego que no se apaga.
CAPÍTULO 10
El desierto que hay entre Ecbátana y el río Indo no tiene nombre en los mapas romanos, porque los romanos, que todo lo miden y todo lo nombran con nombres latinos, nunca lo cruzaron del todo. En sus mapas de mármol del Foro, ese espacio está en blanco, con una inscripción que dice Hic sunt dracones, aquí hay dragones, o simplemente Deserta incognita. Los partos, que sí lo cruzan porque no tienen más remedio, lo llaman simplemente desierto de sal, Dasht-e Kavir, pero no es solo sal, es también piedra afilada como cuchillos que corta las suelas, es viento blanco, el bad-e sefid, que levanta polvo de sal tan fino que se mete en los ojos y en los pulmones y que hace que todo se vea como a través de un velo blanco, como a través de lágrimas secas. Es un desierto que no perdona.
Matías lo cruzó a pie, solo. Solo de verdad por primera vez desde que salió de Jerusalén, porque a Tadeo lo había dejado en Ecbátana cuidando el fuego nuevo, y los otros dos jóvenes armenios se habían quedado en Artaxata. Solo, con el bastón de almendro que le había regalado el mago de barba roja, el mobed que ahora oraba a Padre, y con la bolsa de cuero vacía de pan, vacía de pergaminos, vacía de todo lo físico, pero llena de nombres, porque ahora guardaba nombres, no solo palabras, no solo frases de Jesús. Había entendido que las palabras sin nombres son ideas, pero las palabras con nombres son personas.
Guardaba el nombre de Vark, el lobo viejo que se hizo regalo, Vark-Matías, y el de su nieto curado, que se llamaba Tiridates aunque todos le decían Pequeño Lobo, Tark. Guardaba el nombre de Tadeo, el joven armenio que escribía en tablillas de barro con estilo, con letra de escriba, y el del rabino de Ecbátana, que se llamaba Eleazar, que nunca vio Jerusalén pero que murió mirando al oeste, al atardecer, diciendo Sión. Guardaba cuarenta nombres de bautizados en la ciudad del fuego, cuarenta nombres partos, difíciles de pronunciar, con jotas aspiradas, y cada nombre era una piedra pequeña, blanca, que ponía en su bolsa invisible para no olvidar que su camino no era inútil, aunque fuera estrecho y solo y sin aplausos, aunque nadie en Jerusalén supiera dónde estaba.
Caminó cuarenta días por el desierto de sal, el número bíblico del desierto. Cuarenta días como Moisés, como Elías, como Jesús. Siguiendo caravanas de mercaderes partos que no querían llevarlo porque decían que daba mala suerte llevar a un judío nazareno que no comerciaba y que solo hablaba de un Rey invisible que no pagaba peaje. Que no llevaba seda, que no llevaba sal, que solo llevaba historias, y las historias no se venden. Así que caminaba detrás de las caravanas, a veinte pasos, como había caminado detrás de Jesús en Galilea, lo suficientemente cerca para seguir las huellas profundas de los camellos bactrianos en la sal dura y lo suficientemente lejos para que los guardias de la caravana no lo apedrearan por robar agua o por ser espía romano.
Comía lo que la caravana dejaba, dátiles caídos, trozos de pan duro que los camelleros tiraban. Bebía el agua que quedaba en los charcos salobres que dejaban los camellos. Por las noches se acostaba a veinte pasos del fuego de la caravana, sin acercarse, escuchando las historias que contaban los mercaderes, historias de la India, de elefantes que lloran, de hombres con un solo ojo.
Al cuadragésimo día, al atardecer, cuando el sol se hizo una bola roja enorme por el polvo de sal y el cielo se hizo naranja, vio una mancha verde en el horizonte, imposible en el blanco. Era una ciudad que no era ciudad, era un oasis amurallado, con murallas de adobe de dos metros, con palmeras datileras altas y con un pozo en el centro, grande, de piedra, que los partos llamaban Zadrakata, que significa lugar de agua. Allí paraban todas las caravanas que iban de Ecbátana a la India, de Partia a los reinos indo-griegos, porque era el último agua dulce de verdad antes del desierto verdadero, el desierto de muerte.
Matías entró con la última caravana, con la lengua hinchada de sed, negra, con los labios partidos y sangrando, con los pies sangrando dentro de las sandalias que ya no eran sandalias, eran tiras de cuero. Se arrastró hasta el pozo.
En el pozo había una mujer sacando agua con un cántaro grande de barro cocido, de esos que se llevan en la cabeza. Era una mujer parta por su ropa, de rostro cubierto con un velo azul índigo, de esos que no dejan ver más que los ojos, pero con ojos verdes, verdes como el mar que Matías no veía desde Tiro, ojos que Matías no había visto nunca en Partia, donde todos tienen ojos marrones o negros. La mujer lo vio acercarse tambaleando y no se asustó, como se asustaban las otras mujeres del oasis que gritaban al ver un extranjero, porque tenía la mirada de quien ha visto muchos mendigos y muchos muertos y ya no les teme, porque ya lo ha perdido todo.
—Agua —dijo Matías en parto, con voz ronca, casi sin voz, en la lengua que había aprendido de Vark—. Ab.
La mujer, sin decir nada, sin preguntar quién era, le dio el cántaro, se lo puso en las manos. Matías bebió, despacio, como le habían enseñado los pescadores de Galilea, a sorbos pequeños, aunque su garganta pedía a gritos tragar todo de golpe, y cuando terminó, le devolvió el cántaro con las dos manos, inclinando la cabeza, en señal de respeto, como se devuelve algo sagrado.
—¿De dónde vienes? —preguntó la mujer, en un griego con acento extraño, con acento de Alejandría, con la música de los judíos de Alejandría, que cantan al hablar.
—De muy lejos —dijo Matías, sentándose en el brocal del pozo, porque las piernas no le daban para más, se le doblaban—. De Jerusalén. Y de más lejos que Jerusalén, de un lugar que se llama borde.
—Yo también vengo de lejos —dijo la mujer, sentándose también, a un paso de él, sin miedo—. Vine de Alejandría hace veinte años, con mi marido que era mercader de vidrio y de papiro. Él murió aquí de fiebre, de la fiebre del desierto, y yo me quedé, porque no tenía a dónde volver, porque mi padre había muerto y mi dote se gastó en el viaje. Así que me quedé aquí sacando agua.
—¿Eres judía? —preguntó Matías, porque su griego tenía el canto inconfundible de los judíos de Alejandría, que pronuncian la sh como s.
—Era —dijo la mujer, con una sonrisa triste que se adivinaba bajo el velo—. Ahora no soy nada. Aquí no hay sinagoga, no hay Torá, no hay rabino, no hay mikvé, solo hay fuego y sal y viento. Así que dejé de ser. Dios no vive aquí, me dije.
Matías se sentó junto al pozo, sintiendo la piedra fresca en su espalda quemada por el sol, y le contó su historia, no toda, porque toda era demasiado larga para una tarde de sed, solo la parte del pozo de Jacob, la de la samaritana, porque le pareció, con una intuición que era del Espíritu, que aquella mujer, con velo azul y ojos verdes, judía de Alejandría perdida en un oasis parto, era también una samaritana en el desierto, una mujer que iba a sacar agua al mediodía para no ser vista.
—Había una mujer que fue a sacar agua al mediodía —dijo Matías, con voz que se le aclaraba—, a la hora sexta, cuando nadie va, para no cruzarse con nadie, porque todos la señalaban. Y un hombre judío le pidió agua, aunque los judíos no hablaban con samaritanos, y menos un rabino con una mujer sola. Y ella se sorprendió y él le dijo que si conociera el don de Dios, y quién es el que le pide agua, ella le pediría a él y él le daría agua viva, que salta para vida eterna, que quita la sed para siempre.
La mujer del velo azul escuchó sin interrumpir, sin moverse, con el cántaro vacío en la mano, con los ojos verdes fijos en Matías, y cuando Matías terminó, dijo, con voz baja, como si hablara para ella misma:
—Yo conozco esa sed. Llevo veinte años sacando agua de este pozo, veinte años subiendo y bajando este cubo, y siempre tengo sed. Bebo y a la hora tengo sed otra vez. No es sed de agua.
—¿Quieres de esa agua viva? —preguntó Matías, con la misma pregunta que Jesús hizo.
—¿Dónde está? —dijo la mujer, con anhelo—. ¿En qué pozo? Dime y voy.
—Aquí —dijo Matías, tocándose el pecho, tocándose el corazón—. No está en el pozo de Zadrakata, está aquí, donde el fuego de Pentecostés se posó. Está dentro.
La mujer se levantó el velo. Por primera vez en veinte años se levantó el velo delante de un extraño. Tenía el rostro marcado por el sol del desierto, quemado, con arrugas profundas, con una cicatriz fina en la mejilla izquierda, blanca, de un corte viejo, pero era hermoso todavía, con una belleza de estatua griega gastada por el viento, con dignidad.
—Mi nombre era Sara —dijo—. Sara hija de Eliezer de Alejandría. Pero aquí me llaman Zira, que en parto significa azul, por mi velo, porque siempre llevo velo azul. Así que me olvidé de Sara.
—Sara —dijo Matías, saboreando el nombre—. Como la mujer de Abraham, que también estuvo en desierto, que también rió cuando le dijeron que tendría hijo, que también fue extranjera.
Sara-Zira se rió por primera vez en mucho tiempo, una risa corta, oxidada, que asustó a unos camellos cercanos que bebían y que hizo que un niño que pasaba se volviera.
—¿Y tú quién eres que hablas así, que sabes nombres? —preguntó, con curiosidad nueva.
—Me llamo Matías —dijo, y por primera vez en mucho tiempo dijo su nombre completo—. Matías, hijo de nadie, de Caná, pero contado entre los doce apóstoles de Jerusalén. Significa regalo de Dios. Y fui contado entre los doce, aunque no estuve al principio entre los doce, aunque llegué tarde. Soy el regalo tardío.
—Los regalos en el desierto son peligrosos —dijo Sara, con sabiduría de mujer que ha vivido en desierto—. Porque hacen que esperes más, que tengas esperanza, y la esperanza en el desierto mata más rápido que la sed si no se cumple.
—Este regalo no hace esperar —dijo Matías—. Este regalo es que ya no tienes que esperar a ser amada para ser amada. Ya eres amada. Ahora mismo. Con velo y sin velo.
Sara lo llevó a su casa, que era una choza de adobe pegada a la muralla norte del oasis, con una sola habitación pequeña, fresca, con un telar pequeño de madera donde tejía velos azules como el suyo, velos índigo, para vender a las caravanas de mujeres partas ricas que querían velos del color del cielo. No había hombre, no había hijos, solo una gata flaca, gris, que dormía hecha bola sobre el telar y que abrió un ojo al ver a Matías.
—Quédate esta noche —dijo Sara—. Mañana las caravanas grandes se van a la India, a Taxila, y tú puedes ir con ellas si quieres, si vas hacia el este. Pero esta noche quédate, porque hace mucho, veinte años, que no hablo con alguien de Jerusalén, con alguien que sepa lo que es el mar.
Matías se quedó. No porque quisiera compañía humana, que también la quería, sino porque entendió, con claridad meridiana, que aquella mujer era su Ecbátana, su Artaxata, su aldea de piedra negra, solo que en forma de una sola persona. Que a veces lo último de la tierra no es un territorio enorme en un mapa, no es una ciudad de siete muros, es una persona que nadie ha mirado, que está en el borde del borde. Y él era el hombre del borde.
Aquella noche, bajo una lámpara de aceite que hacía humo, Sara le contó su vida entera, sin velo, con el rostro descubierto. Le contó que en Alejandría era hija de un escriba de la gran sinagoga, que sabía leer y escribir en griego y en hebreo, que leía a Homero y a Isaías, que se casó con un mercader parto, un prosélito, porque su padre quería alianzas comerciales y porque ella quería ver mundo, que cruzó el desierto embarazada de siete meses, que perdió al niño en Zadrakata, en aquella misma choza, sola, con una partera parta que no sabía nada, y que el niño nació muerto, azul, y que desde entonces tejía velos azules porque el azul era el color del cielo de Alejandría, el cielo sobre el faro, que no había vuelto a ver, y que cada velo azul era un cielo pequeño que podía vender.
—Yo dejé de creer porque Dios me quitó a mi hijo —dijo Sara, con voz que no temblaba, con voz de quien ya no llora—. Si Dios fuera bueno, si fuera Padre como dices, no haría eso, no me quitaría lo único que tenía en el desierto.
Matías no le discutió, no le hizo teología, porque había aprendido de Jesús en el pozo y de Pedro en la cruz que discutir el dolor es como pisar una herida abierta con sandalias sucias, que hace más daño.
—Yo vi morir a mi Maestro —dijo Matías, con voz baja, mirando la lámpara—. Lo vi morir en una cruz, abandonado de todos, hasta de Dios, gritando Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, pidiendo perdón por los que lo mataban. Yo, que había oído la voz del Padre en el Jordán decir este es mi Hijo amado, pensé esa tarde que Dios lo había abandonado también, que la voz había mentido. Pero tres días después lo vi vivo, con un cuerpo que podía comer pescado asado y atravesar puertas cerradas. Y entendí que Dios no evita la muerte, no la quita del camino, la atraviesa. Como se atraviesa un desierto. No te saca del desierto por arte de magia, camina contigo en el desierto, con tu sed, con tu hijo muerto en brazos.
—¿Atraviesa? —preguntó Sara, repitiendo la palabra como si fuera nueva.
—Sí —dijo Matías—. Como Moisés atravesó el Mar Rojo. No lo rodeó, lo atravesó por en medio, con agua a los lados. Así Dios.
Sara lloró, sin ruido, sin sollozos, como lloran las mujeres que han llorado mucho en veinte años y ya no tienen lágrimas grandes, solo una humedad constante en los ojos, una sal.
—¿Puedes orar por mi hijo? —preguntó de pronto—. Nunca le puse nombre. Murió antes de ponerle nombre, antes de circuncidarlo. En mi pueblo, un niño sin nombre no descansa.
Matías se arrodilló en el suelo de tierra apisonada de la choza, tomó las manos de Sara, que estaban ásperas, duras, con callos de tanto tejer, con hilos azules metidos en las grietas, y oró, no con palabras bonitas de sinagoga, no con liturgia, sino con las palabras que había guardado de María, la madre de Jesús, que también había perdido a un hijo y lo había visto morir y lo había visto vivo, que sabía de hijos muertos.
—Padre —dijo, cerrando los ojos—. Tú que conoces los corazones de todos, tú que conoces los corazones de las madres que pierden hijos en desiertos, tú que conoces el corazón de este niño sin nombre que murió en Zadrakata hace veinte años, que murió azul como mi velo, recíbelo como recibiste a tu Hijo cuando murió. Ponle nombre tú. Y que su madre, Sara, sepa que no está solo, que está contigo, y que su velo azul lo cubre también a él.
No pasó nada espectacular, no hubo viento recio, no hubo fuego que se posara, no hubo temblor. Solo la gata gris que se despertó y se puso a ronronear fuerte y se subió al regazo de Sara, y el olor a aceite de la lámpara.
Pero Sara sintió un calor en el pecho, no de fiebre, no de desierto, de paz, una paz que no sentía desde Alejandría, desde antes de cruzar el desierto embarazada.
—Ahora tiene nombre —dijo Sara, abriendo los ojos—. Ahora sí. Se llamará Matías, como tú. Regalo de Dios. Porque aunque me lo quitaron a las pocas horas, fue un regalo tenerlo un poco, tenerlo dentro. Fue un regalo.
Al amanecer, las caravanas grandes se preparaban para partir hacia la India, hacia el Indo, con campanas de bronce en los camellos, con gritos de los guías partos, con polvo. Matías se despidió de Sara en el pozo, donde se habían conocido. Ella le regaló un velo azul pequeño, no grande como los que vendía, pequeño, del tamaño de un pañuelo, no para que se cubriera la cara como mujer, sino para que recordara el cielo de Alejandría y el azul del desierto de Zadrakata, y para que lo llevara como recuerdo.
—Si vas a la India —dijo Sara, poniéndole el velo azul en la bolsa de cuero—. Busca a un hombre que se llama Tomás. Me dijeron unos mercaderes griegos que un apóstol, uno de los doce, fue hacia allá, hacia el este, que es más terco que tú, que no cree hasta meter el dedo en la llaga, que es mellizo. Dile que Sara, la de Alejandría, la del velo azul, lo espera, aunque no lo conozca, dile que rece por mi hijo Matías.
—Lo buscaré —dijo Matías, guardando el velo azul como si fuera Torá—. Y le diré que hay una sinagoga de un solo velo azul en Zadrakata.
Se unió a la caravana más pobre, la que no llevaba seda de Seres que vale oro, ni especias que valen plata, sino sal en bloques y hierro en lingotes, y que por eso no era atacada por bandidos, porque nadie roba sal y hierro cuando puede robar seda, y que por eso era la más segura. Caminó con ellos veinte días más, hacia el sureste, hasta que vio, al amanecer del día veinte, una línea marrón y ancha que parecía mar pero no era mar, era el Indo, el gran río Sindhu que los griegos decían que era el fin del mundo, el río que Alejandro no pudo cruzar, ancho como un mar interior, marrón y lento y lleno de islas, con cocodrilos que se asoleaban en las orillas como troncos vivos, con aves blancas que gritaban.
En la orilla del Indo había una ciudad grande, Taxila, que era griega y a la vez india, con columnas corintias y con templos a dioses de muchos brazos y muchos ojos, con estupas budistas blancas, con gimnasios griegos. Allí había judíos también, pero distintos, judíos indo-griegos que hablaban griego y sánscrito y pali y que habían olvidado el arameo, que vestían como griegos pero se cubrían la cabeza.
Matías entró a su sinagoga, que era de piedra blanca, y contó su historia, y ellos lo escucharon, pero con distancia intelectual, porque estaban más interesados en discutir filosofía con los budistas que habían llegado del este, del reino de Asoka, y que decían que todo es sufrimiento, dukkha, y que el deseo, tanha, es la causa del sufrimiento, y que hay que extinguir el deseo para extinguir el sufrimiento.
Un budista, un monje bhikkhu de cabeza rapada y brillante y túnica naranja de algodón, viejo, con ojos de paz profunda, se acercó a Matías después de oírlo hablar del Resucitado, del que venció a la muerte amando, y le dijo en griego perfecto, con acento de Taxila:
—Tu historia es bonita, apóstol judío, pero es apego, es upadana. Dices que un hombre venció a la muerte porque amaba mucho, porque se apegó. Nosotros, el Iluminado nos enseña que hay que vencer el amor, el apego, para vencer la muerte, para vencer el sufrimiento, porque amar es sufrir, todo amor es sufrimiento. Si no amas, no sufres.
Matías lo miró con respeto profundo, porque aquel monje tenía paz en los ojos, una paz real, una paz que Matías había visto en algunos fariseos buenos y justos como Gamaliel, pero que no era la paz de Jesús, era una paz de ausencia, de vacío, no de presencia, era paz de apagar fuego, no de encenderlo.
—Yo también pensé eso, maestro —dijo Matías, sentándose en el suelo con él, como discípulo—. Que había que dejar de amar para no sufrir. Que había que ser como piedra negra del desierto, que no siente. Pero vi a un hombre que amó hasta morir, que amó a los que lo mataban, que amó a una samaritana, a un publicano, a un leproso, y que murió amando, con el corazón abierto, y que volvió a vivir amando. Y entendí que no hay que vencer el amor para vencer la muerte, hay que dejar que el amor te venza a ti, que te rompa, que te mate, y entonces la muerte ya no tiene nada que matar.
El monje budista se quedó pensando largo rato, mirando el Indo marrón, y no respondió, pero al día siguiente volvió con otros dos monjes jóvenes y le pidió que contara de nuevo la historia del pozo de Jacob, porque decía que esa historia tenía algo que sus sutras, que sus cuatro nobles verdades, no tenían, que era sed, que era deseo bueno, que era sed que se puede saciar.
Matías se quedó en Taxila tres meses, enseñando en la sinagoga y en el mercado, bautizando en el Indo, que era tan ancho y con tanta corriente que había que meterse con cuidado por los cocodrilos, atado con una cuerda. Bautizó a quince personas, entre ellos a dos monjes budistas que dijeron que querían probar el agua viva de la que hablaba el judío, que estaban cansados de querer no desear. No les pidió que dejaran su túnica naranja, no les pidió que dejaran de meditar, solo les pidió que recordaran, cada vez que respiraran, que eran amados, que eran hijos amados, como oyó en el Jordán.
Una noche, mientras dormía bajo un árbol de mango enorme, con el velo azul de Sara como almohada, soñó con Jesús, no como lo había visto en Galilea, joven y con la túnica mojada empujando barcas, ni como lo había visto en el templo discutiendo, sino como lo había visto en el huerto después de resucitado, al amanecer, con luz y con polvo al mismo tiempo, con heridas y con gloria, y Jesús le dijo, con voz que no era voz, que era dentro:
—Matías, ya estás en lo último de la tierra. Ya llegaste al Indo, que es lo último para los romanos. Ahora vuelve un poco, camina hacia atrás, porque lo último de la tierra no es solo ir lejos, es volver cerca con ojos nuevos, es volver a los que dejaste. El camino estrecho no es solo ir, es volver.
Matías despertó con el canto de los pájaros del Indo y entendió, con lágrimas, que debía volver hacia el oeste, no hasta Jerusalén, que estaba demasiado lejos y que ya no era su casa, sino hasta el lugar donde había dejado a Tadeo en Ecbátana, a Vark en la meseta, a Sara en Zadrakata, para ver si el fuego que había encendido seguía ardiendo sin que nadie lo cuidara, si el agua viva seguía dando de beber.
Se despidió de Taxila y de sus quince bautizados, dejándoles las tablillas de barro cocido y el velo azul pequeño de Sara, para que recordaran que la historia de Dios se teje con hilos de muchos colores, con velo azul, con piel de lobo, con fuego parto, y que ningún hilo sobra. Y emprendió el camino de regreso por el desierto de sal, no solo, aunque iba solo físicamente, porque ahora llevaba consigo no solo nombres, no solo cuarenta o quince, sino rostros, y cada rostro era una prueba viva de que ser contado entre los doce no era un título de honor en Jerusalén, no era un asiento, era una forma de caminar por el mundo.
Caminaba despacio, porque el bastón de almendro pesaba más con cada nombre que guardaba, cada nombre añadía peso, pero también pesaba menos, porque cada nombre era una razón para seguir, una razón para no tirarse en la sal a morir. Y mientras caminaba de vuelta hacia el oeste, hacia el sol que se ponía, repetía en voz baja, como había hecho en el Jordán cuando oyó la voz, en la barca de Cafarnaúm, en el pozo de Sicar, en el aposento alto cuando echaron suertes, la frase que era su vida entera, su oración constante, su respiración.
—Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál has escogido.
Y sabía, sin soberbia y sin duda, con el velo azul de Sara en su bolsa y con el polvo del Indo en sus sandalias, que había sido escogido para el camino estrecho, para el camino de veinte pasos detrás, para el camino que nadie quiere, que es el único, al final, que lleva a lo ancho del Reino, a lo ancho del corazón de Dios, donde hay lugar para lobos y para regalos, para judíos y para partos, para samaritanas y para mujeres de velo azul que perdieron hijos sin nombre.
CAPÍTULO 11
Volver nunca es desandar, aunque el camino sea el mismo y las piedras sean las mismas y el sol pegue en el mismo lado de la cara y el viento traiga el mismo polvo blanco de sal a los ojos y el mismo olor a estiércol de camello seco. Volver es otro camino, porque el camino está hecho de pies y los pies cambian, y el corazón con el que pisas cambia, y los ojos con los que miras la piedra cambian. Matías lo aprendió en el desierto de sal, en la Dasht-e Kavir blanca que quema, cuando decidió regresar desde Taxila, desde la orilla fangosa del Indo donde los cocodrilos parecen troncos, hacia Ecbátana, la ciudad de fuego, hacia Artaxata, la sinagoga de barro, hacia Zadrakata, el oasis de palmeras, hacia los valles sin nombre donde había dejado fuego encendido sin leña y nombres guardados en tablillas, y donde, sin darse cuenta, había dejado partes de sí mismo, jirones de su propia alma pegados a la gente.
Creía, como creen todos los que se van lejos por primera vez, como creen los jóvenes que dejan Galilea para ver mundo, que volver sería más fácil porque ya conocía el camino, porque ya sabía dónde estaba el pozo que no está envenenado, dónde estaba la piedra negra que corta la suela y te deja cojo por tres días, dónde dormían las víboras de arena, dónde los bandidos del paso del Viento ponen su emboscada. Pero el camino lo desconoció, o él desconoció al camino, porque él ya no era el mismo hombre que lo había cruzado hacia el este cuatro meses antes con la piel de lobo raída, apolillada, oliendo a muerte, y con la bolsa vacía de pan y con hambre de ser apóstol, con hambre de demostrar que la suerte que cayó sobre él en el aposento alto no había sido un error.
Ahora volvía distinto. Ahora llevaba el bastón de almendro que le había regalado el mago de barba roja, el mobed mayor de Ecbátana que ahora oraba Padre Nuestro, pero lo llevaba no como bastón de apoyo para no caerse, como lo había llevado al ir, agarrado con miedo, sino como vara de pastor, como cayado, como símbolo de oficio, porque había entendido, en Taxila, hablando noches enteras con los monjes de túnica naranja color azafrán, los bhikkhus que buscan extinguir el deseo, que un apóstol no es el que va delante abriendo camino con machete y gritando síganme, es el que va detrás recogiendo a los que se cansan, a los que se quedan cojos, a los que se sientan a llorar al borde del camino porque no pueden más, porque tienen ampollas en el alma.
Llevaba también el velo azul pequeño, del tamaño exacto de la palma de una mano de mujer, que le había dado Sara, la judía de Alejandría perdida en Zadrakata, la samaritana del desierto, doblado con cuidado extremo, con veneración, en el fondo de la bolsa de cuero, como se dobla una Torá pequeña, como se dobla el manto de un padre muerto. Y llevaba una tablilla de barro nueva, fresca, todavía húmeda, que no se había cocido al sol del todo, donde Tadeo, su discípulo armenio, antes de despedirse llorando en Ecbátana, con barba ya cerrada, había escrito con su punzón de caña, en tres lenguas, en arameo, en parto y en griego koiné, una frase que Matías le había dictado al amanecer, después de una noche de oración en el templo del fuego apagado y vuelto a encender, y que era, sin que Matías lo supiera conscientemente, el resumen, la quintaesencia, el destilado de todo lo que había guardado desde el Jordán hasta el Indo, desde los dieciocho años hasta los treinta y dos.
— Dios no pide que subas —decía la tablilla, con letra temblorosa de joven que aprende —. Él baja. Él baja hasta el pozo, hasta la barca encallada en el barro, hasta el desierto de sal, hasta la choza de adobe donde una mujer teje velos azules llorando un hijo sin nombre.
Esa frase era su teología entera. No una teología de ascenso, como la de los magos que suben a colinas a cuidar fuego, ni como la de los monjes que suben montañas para extinguirse. Una teología de descenso. Dios baja.
Caminó veinte días desde el Indo hasta Zadrakata, siguiendo a distancia, a veinte pasos, caravanas que ahora sí lo dejaban ir cerca, que incluso le ofrecían dátiles, porque ya no era un extraño con ojos de miedo, tenía polvo de Taxila en las pestañas, tenía barba de profeta del desierto, hablaba parto con acento de mago, con palabras de fuego, y los camelleros respetan a los que hablan de fuego. Caminaba y contaba nombres en voz baja para no olvidarlos, como un rosario.
Cuando llegó, al atardecer del día veinte, cuando el sol era una bola roja enorme y el oasis era una mancha verde negra, el oasis amurallado de Zadrakata ya no era igual que cuando lo dejó hacía cuatro meses, en su viaje hacia el este. Había más tiendas, muchas más, había más camellos, cien, doscientos camellos más, atados en filas, porque era temporada alta de caravanas grandes que iban de la India, de Barygaza y de Taxila, a Antioquía y a Palmira y a Alejandría cargadas de pimienta negra que vale más que oro, y de perlas del Golfo Pérsico y de seda amarilla de Seres que vale más que perlas. Había ruido, gritos en parto, en griego, en sánscrito, mercaderes discutiendo precios, niños corriendo entre patas de camello.
Pero la choza de adobe junto a la muralla norte, pegada a la muralla como un nido, con el telar pequeño de madera de tamarisco y con la gata flaca que ahora era menos flaca, casi gorda, porque Sara la alimentaba mejor con leche de cabra, seguía allí, exactamente igual, como si el tiempo, que arrasa caravanas y que borra imperios, no pasara para los que tejen, para los que esperan tejiendo.
Sara lo vio venir desde lejos, desde el pozo donde sacaba agua al atardecer, con su velo azul desteñido por el sol, casi blanco ya de tanto sol, casi transparente, y corrió hacia él. No corrió como corre una joven de Alejandría de dieciocho años, ligera, sino como corre una mujer de cincuenta y dos años que ha esperado mucho, que tiene dolor crónico en las rodillas por estar sentada tejiendo, que tiene dolor en la espalda, pero corre igual, porque el corazón, cuando ve volver a alguien que creyó perdido, le gana a las rodillas, le gana al dolor, le gana a la prudencia.
— Matías —dijo, sin velo esta vez, se había quitado el velo para correr, con el rostro al aire, sin vergüenza de su cicatriz fina de la mejilla, con el rostro moreno, quemado, brillando con sudor —. Volviste. Dijiste que volverías con ojos nuevos y volviste. Con barba más larga.
— Te dije que buscaría a Tomás —dijo Matías, sonriendo, con la barba llena de polvo blanco de sal y con los ojos llenos de lágrimas que no se avergonzó de dejar caer —, al que no cree hasta meter el dedo en la llaga, al mellizo. No lo encontré en Taxila, porque Taxila es grande y los caminos son muchos, pero encontré a otros que lo buscan también, a monjes de túnica naranja que buscan agua viva y que me preguntaron por él. Y recordé lo que me dijiste aquella noche, que lo último de la tierra no es irse lejos, es volver cerca con ojos nuevos. Así que volví cerca. Volví a ti primero.
Sara lo hizo entrar a la choza, que olía a lana de oveja teñida con índigo, a menta seca y a humo de leña, y le dio agua fresca, no del pozo común de fuera, que estaba turbio, marrón, pisoteado por doscientos camellos y lleno de bosta, sino de una vasija especial que guardaba dentro, enterrada a medias en la tierra fresca del suelo para que estuviera fresca, con un poco de menta fresca y de limón seco y con un poco de miel, como la hacían en Alejandría.
— Me quedé tejiendo velos —dijo Sara, sirviéndole pan plano —. Todos los días tejo velos azules. Pero ahora, desde que te fuiste, tejo también historias. Vienen las mujeres partas, las esposas de los jefes de caravana, que vienen a comprar velos azules para sus bodas, y yo, mientras tejo, les cuento, sin mirarlas, que hubo un hombre judío que habló con una mujer samaritana junto a un pozo al mediodía, a la hora en que nadie va por vergüenza, y que le dijo que tenía sed, no de agua, sino de ser amada de verdad, sin tener que pagar. Algunas lloran, porque también tienen sed y nadie les habla, otras se ríen, porque no creen que un hombre, un rabino, hable así con una mujer sola, pero todas, todas, todas, compran un velo más, uno más azul, más caro, y me dicen cuéntame otra vez la del pozo, Zira, cuéntamela otra vez.
— ¿Y tu hijo? —preguntó Matías, después de beber el agua con menta, mirando el telar donde había un velo a medio hacer, azul como el cielo de Alejandría.
— Matías pequeño está bien —dijo Sara, tocándose el vientre plano, aunque no había vientre, solo memoria, solo aire, solo cicatriz interior —. Le hablo todas las noches antes de dormir, cuando apago la lámpara. Le digo que su nombre es regalo, que significa regalo de Dios, que no es un niño sin nombre, que no es un aborto del desierto. Le digo que tiene un tío que se llama Matías grande que camina por desiertos de sal y que guarda nombres, que guarda el suyo. Y ya no me duele tanto aquí —dijo tocándose el pecho, el esternón —. Todavía duele, el dolor no se va, pero ya no es un dolor que me cierra la garganta y me hace odiar a Dios, es un dolor que me abre los ojos y me hace ver a otras madres que también perdieron. Es otro dolor.
Matías se quedó tres días en Zadrakata, no para descansar sus pies que sangraban y que tenían ampollas negras, sino para hacer lo que no había hecho la primera vez que pasó, por miedo, por prisa, por considerarse indigno. Bautizar.
Bautizó a Sara en el pozo al amanecer del segundo día, cuando no había nadie en el oasis, cuando el agua estaba fría y limpia y negra por la profundidad, sumergiéndola completa, con su velo azul puesto, porque ella quiso entrar al agua con velo, dijo que quería que su velo azul también fuera bautizado, que también fuera hijo.
— En el nombre del Padre, que conoce los corazones de todos y que conoce el corazón de una judía de Alejandría perdida en Partia —dijo Matías, con voz que retumbó en el brocal de piedra del pozo, con voz de apóstol por primera vez —, y del Hijo, que es el Hijo amado en quien se complace y que habló con samaritanas, y del Espíritu Santo, que es fuego que no se apaga y que sopló en Ecbátana. Y en el nombre de tu hijo, Matías pequeño, que ya tiene nombre y que ya tiene lugar en el cielo y que no está perdido.
Cuando Sara salió del agua, chorreando, con el velo azul pegado a la cara como una segunda piel, con el agua corriéndole por la cicatriz, no lloró, rió, una risa grande, sonora, de mujer de Alejandría, de mujer que ha vuelto a nacer a los cincuenta años, una risa que espantó a los camellos que dormían cerca y que hizo que los guardias partos del oasis se despertaran sobresaltados con la mano en la espada, pero esta vez nadie se quejó, porque en el desierto, en Zadrakata, donde todo es silencio y viento y muerte, una risa de mujer que vuelve a reír después de veinte años de no reír, después de enterrar a un hijo sin nombre, vale más que una caravana entera de seda y de pimienta y de perlas.
De Zadrakata caminó hacia Artaxata, quince días por mesetas de piedra negra basáltica que ahora conocía por su nombre, por su forma, que ya no le parecían hostiles, enemigas, que quieren matarte, sino familiares, como el rostro de un hermano mayor que es duro, que es serio, que no sonríe mucho, pero que es justo, que no te engaña, que te dice la verdad aunque duela.
En Artaxata, la sinagoga de barro y cañas ya no era pequeña. Era un poco más grande, habían añadido un patio con cañas trenzadas y con una higuera pequeña que Tadeo había plantado, porque los tres jóvenes que había dejado, Tadeo, Simeón y Bartolomé, habían seguido contando, noche tras noche, sin cansarse, y habían traído a más judíos que vivían dispersos en las montañas.
Tadeo lo vio entrar por la puerta de la sinagoga, con el sol de la tarde de otoño detrás, y corrió a abrazarlo, con barba ya cerrada, negra, y con una túnica nueva, limpia, de lana blanca.
— Maestro, rabí, padre —dijo Tadeo, con lágrimas —. Volviste. Dijiste que volverías y volviste. Como dijiste del fuego de Ecbátana, que no se apaga, que vuelve.
— No soy maestro —dijo Matías, abrazándolo fuerte —. No me llames maestro. Soy el que guarda. Soy tu hermano mayor, tu compañero de camino. ¿Cómo me llamas maestro si yo te enseñé, la primera noche, que el único maestro verdadero se levantó de la cena y lavó pies sucios?
— Guardaste bien —dijo Tadeo, mostrándole el rincón sagrado de la sinagoga, donde había muchas tablillas de barro, no tres, sino cincuenta, apiladas con orden, como libros —. Mira lo que guardamos, Matías. La gente viene de aldeas que están a dos días, viene a leerlas, aunque no sepa leer, viene a tocarlas con la mano.
— ¿Y Vark? —preguntó Matías —. ¿El lobo? ¿Vark-Matías?
— Vark murió —dijo Tadeo, en voz baja —. Murió en el invierno, en enero, de frío y de viejo, en su tienda negra de fieltro, dormido. Pero murió bien, Matías. Murió con tu bastón de roble en la mano, con el que le dejaste, no lo soltó nunca. Dijo antes de morir que era su bastón de regalo. Y murió mirando al cielo, como él te dijo a ti que te mataran mirando al cielo.
Matías sintió un dolor agudo, no por la muerte de Vark, que era viejo, sino porque no había estado allí para ponerle la mano en la frente.
— ¿Puedo ver su tumba? —preguntó.
— No hay tumba —dijo Tadeo —. Lo dejaron en la montaña sagrada, en el Paso del Viento, donde tú fuiste atado y desatado, con piedras encima, un cairn alto, mirando al cielo, con la cara descubierta al cielo blando. Pero su nieto, Pequeño Lobo, guarda tu piel de lobo, y dice que cuando sea grande irá más al este que tú, con esa piel puesta.
Matías se quedó en Artaxata siete días, enseñando no como el que llega con novedades, sino como el que vuelve, que es un oficio distinto, más profundo, porque el que llega trae curiosidad, el que vuelve trae confirmación, trae la prueba viva de que lo que contó la primera vez era verdad.
Al séptimo día, al atardecer, mientras oraba en la sinagoga de barro, entró un hombre que no era de Artaxata. Era un judío de Jerusalén, con ropa de peregrino y polvo de muchos caminos, que venía de Antioquía y buscaba a un hombre llamado Matías, el que fue contado con los once.
— Soy yo —dijo Matías.
— Te manda Pedro —dijo el hombre, sacando una carta pequeña, escrita en griego koiné, en un pergamino fino, enrollado y sellado con cera roja con el sello de un pez, el Ichthys.
Matías abrió la carta con manos temblorosas. Era de Pedro, con griego rudo y letra grande.
— Matías, hermano mío, piedra pequeña —decía la carta —. Nos dicen viajeros que estás en Partia, en lo último de la tierra, más allá de Ecbátana, donde nadie va porque dicen que hay dragones. Nosotros estamos en Antioquía, en casa de los hermanos, y pronto iremos a Roma, porque el Señor nos lleva allí, a la boca del león. Santiago el menor está en Jerusalén y lo persiguen mucho. Juan está en Éfeso y está bien, aunque extraña Galilea. Queremos que vuelvas, aunque sea un tiempo corto, un invierno, para que nos cuentes lo que has visto, porque Lucas, el médico amado, quiere escribirlo todo con diligencia, y necesita testigos que hayan estado desde el principio, desde el bautismo de Juan, y que hayan ido hasta el final. Y también, Matías, porque te extrañamos. Tu lugar sigue aquí, entre nosotros, en la mesa, aunque estés lejos, tu sitio no lo ocupa nadie, tu manto sigue doblado en el aposento alto y tu copa sigue puesta. Ven si puedes, pero si no puedes volver porque tu corazón te dice que te quedes, quédate y guarda, que es lo que sabes hacer mejor que nosotros. Guarda bien lo que viste. Pedro, tu hermano, Cefas.
Matías leyó la carta tres veces, hasta que las lágrimas le emborronaron la tinta, y la guardó en su bolsa de cuero, junto al velo azul de Sara y a la tablilla que decía Dios no pide que subas, él baja.
Le dictó una respuesta a Tadeo:
— Pedro, hermano y roca grande, Cefas —dictó Matías, con voz entrecortada —. Recibí tu carta en Artaxata, en la sinagoga de barro que ahora es más grande que antes, con patio y con higuera. Me dices que vuelva y yo quiero volver, con toda mi alma quiero volver, porque los extraño cada noche cuando miro las estrellas que son las mismas que mirábamos juntos en el monte de Galilea. Pero todavía no puedo volver, hermano, porque lo último de la tierra es más lejos y más ancho de lo que pensamos cuando repartimos el mundo en Jerusalén, y porque encontré gente que no tiene nombre en vuestros mapas romanos y que ahora tiene nombre porque los bauticé en arroyos helados y en pozos de desierto con agua turbia y porque los amé. Cuando termine de guardar aquí, cuando el fuego de Ecbátana pueda arder solo sin que yo lo mire, volveré, si Dios quiere, y si no quiere que vuelva en esta vida, nos veremos donde no hay caminos, solo Reino, donde no hay doce sillas sino una mesa redonda y grande donde caben todos los lobos y todos los regalos. Cuida a Juan, que es fuego y que escribe con fuego, y que él me cuide a mí, que soy memoria y que olvido a veces. Y dile a Lucas que lo que escriba, lo escriba no como lo cuenta un soldado romano que cuenta batallas y muertos, sino como lo guarda una madre que guarda pañales y primeras palabras y dientes de leche, que lo escriba con amor. Matías, el regalo, que fue contado con ustedes y que nunca dejó de contar con ustedes, ni un solo día.
Entregó la carta enrollada al peregrino y le dio su bastón viejo de roble, el que había usado en la nieve del Cáucaso, para que se apoyara en el largo regreso a Antioquía, porque el peregrino cojeaba.
— Dile a Pedro que este bastón sostuvo a un lobo que se hizo regalo —dijo —. Que lo guarde, que lo use. Que no es bastón, es memoria de Partia. Es Vark.
El peregrino se fue hacia el oeste al amanecer, con su camello flaco, y Matías se quedó en la puerta de la sinagoga de barro mirando la polvareda que levantaba el camello hasta que no hubo polvo, solo cielo, y sintió nostalgia pura, no de un lugar geográfico, no de Jerusalén, sino de una mesa compartida, de pan partido con alegría y con manos sucias, de hermanos.
Esa noche soñó de nuevo con Jesús, pero no en el huerto de Getsemaní sudando sangre, no en la cruz gritando, no en el sepulcro vacío, sino en la barca, en la orilla de Cafarnaúm, en aquella mañana de pesca fracasada, empujando la barca encallada en el barro con Pedro y con Santiago y con Juan, con la túnica arremangada hasta las rodillas y con agua hasta los tobillos y con barro hasta las rodillas, riéndose con esa risa corta por la nariz que solo él hacía, y Jesús le decía, como aquel primer día, sin mirarlo, empujando con el hombro, con voz de carpintero:
— Vamos, Matías, que el lago no espera. Empuja. Empuja conmigo.
Despertó con lágrimas que le corrían por la barba hasta el pecho, no de tristeza, de alegría inmensa, porque entendió que el lago que no espera no es solo el lago de Galilea, el Kineret, es todo lago, todo río, todo pozo, todo fuego, todo desierto, todo oasis donde alguien, en algún lugar, tiene la barca encallada, la vida encallada, y necesita que alguien, un hombre del borde, le ayude a empujar, sin pedir nada a cambio, sin hacer milagros, solo empujando.
Al día siguiente, al amanecer, con el velo azul de Sara guardado, con la carta de Pedro copiada en su corazón, con la tablilla de Dios baja, partió hacia Ecbátana, de nuevo hacia el este, de nuevo hacia el fuego, para ver si el fuego que no se apaga seguía ardiendo sin que nadie lo cuidara, si los cuarenta bautizados seguían reuniéndose alrededor de la llama azul que no quema, y para cuidar él, un poco más, lo que había sido confiado a sus manos de guardián, que no eran manos de pescador experto que sabe de redes, ni de escriba letrado que sabe de letras, ni de fariseo puro que sabe de leyes, sino manos callosas, agrietadas, que habían aprendido, durante toda una vida en el borde, a sostener lo que otros dejaban caer, pergaminos de carbón pisoteados por caballos, velos azules desteñidos por sol, tablillas de barro cocido que se rompen, nombres sin nombre que nadie quiere, cartas de Pedro con sello de pez que llegan tarde, hasta que llegara el día, que ya estaba cerca, aunque él no lo supiera, aunque no lo viera en ningún sueño, en que sus propias manos serían atadas con cuerdas de cuero y su propio cuerpo sería el último pergamino que entregaría, no con carbón, no con tinta negra, sino con sangre roja y caliente sobre nieve blanca, en una tierra aún más al este, más allá de Partia, más allá del Indo, donde lo último de la tierra nunca termina de ser último, porque el amor no tiene último, porque el camino largo nunca termina de ser largo, porque volver es también ir, y porque el hombre del camino estrecho, al final, encuentra que el camino estrecho era el camino ancho del Reino.
CAPÍTULO 12
Matías llegó a Ecbátana por segunda vez no como un extranjero que busca agua, no como un mendigo que arrastra los pies y pide tributo, sino como un hombre que vuelve a su casa, aunque su casa no sea de adobe ni de piedra negra ni de madera, sino de gente, de rostros, de nombres guardados. Habían pasado casi ocho meses desde que había visto por primera vez la llama que ardía sin leña en el templo del fuego, aquella llama pequeña, azul al principio, luego amarilla, luego blanca, suspendida en el aire sin tocar nada. Y en ocho meses en Partia pueden pasar muchas cosas, pueden caer reyes y levantarse otros que nadie conoce, pueden secarse pozos que parecían eternos y brotar otros donde nunca hubo agua, pueden nacer niños y morir ancianos y cambiar los impuestos, pero lo que Matías quería saber, lo que lo había hecho volver desde Taxila, desde el Indo, dejando a quince bautizados y a monjes de túnica naranja, era una sola cosa, simple, si aquel fuego pequeño que no quemaba la piedra, que no necesitaba grasa ni leña aromática de sándalo, seguía ardiendo sin que nadie lo cuidara, sin que nadie lo alimentara con oraciones paganas.
La ciudad lo recibió con el mismo polvo blanco de siempre, con el mismo olor a incienso barato quemado en pebeteros de cobre y a estiércol de camello y a cuero curtido y a pan plano, pero con una diferencia que notó en cuanto entró por la puerta del norte, por la misma puerta donde ocho meses antes el guardia viejo le había querido quitar la piel de lobo raída por considerarla lo único de valor. Ahora el guardia era otro, más joven, con un casco de hierro nuevo, sin abolladuras, y con una lanza más corta, y cuando vio a Matías con el bastón de almendro pulido por las manos y con la bolsa de cuero casi vacía, flaca, no le pidió tributo, no le pidió dracmas partas, no lo empujó, le hizo una inclinación leve con la cabeza, una inclinación que en Partia solo se hace con los hombres que son conocidos por algo que no es riqueza ni poder ni espada, sino historia, sino memoria.
— ¿Eres el judío del fuego que no se apaga? —preguntó el guardia en parto, en voz baja, como si preguntara por un secreto.
— Soy —dijo Matías, deteniéndose.
— Te esperan —dijo el guardia, señalando con la lanza hacia la colina —. En el templo y en la sinagoga. Todos hablan. Dicen que tu fuego sigue encendido y que el otro, el viejo, el del rey, también sigue, pero que el viejo ya no calienta como antes, que calienta menos, como si tuviera miedo.
Matías subió la colina hacia el templo del fuego con el corazón golpeando más rápido que cuando había cruzado el desierto de sal detrás de caravanas que no lo querían, más rápido que cuando había orado por el niño de Vark. El templo, aquella torre circular de piedra negra sin techo, abierta al cielo para que el fuego respire, estaba igual por fuera, con sus muros negros de hollín de cien años, de doscientos años, con el olor a grasa quemada impregnado en la piedra, pero por dentro había cambiado, había cambiado mucho, porque había dos centros ahora, no uno.
El pozo central donde había ardido el fuego eterno de los magos durante un siglo, el fuego oficial del rey de reyes, seguía allí, en el centro exacto, con su llama grande, amarilla y azul en la base, alta, de dos metros, crepitando con ruido, alimentada con grasa de cordero y con leña aromática, cuidada por dos magos jóvenes de túnica blanca impecable que echaban leña con gesto cansado, con gesto de obreros, no de sacerdotes. Y en una esquina del templo, al oriente, sobre una piedra plana que antes servía para poner ofrendas de grano y de harina para purificar, ardía la otra llama, la pequeña, la que Matías había visto nacer de la nada, azul al principio, luego amarilla, luego blanca, suspendida en el aire a medio metro de la piedra, sin tocar nada, sin humo, sin necesitar leña, sin necesitar grasa, iluminando toda la torre sin quemar, sin hacer toser.
Había gente alrededor de esa llama pequeña, no muchos, no una multitud como en Pentecostés, unas veinte personas, sentadas en el suelo de piedra negra, en círculo, en silencio, no como se sientan los adoradores del fuego grande, que se sientan con temor y con ritos y con la boca tapada, sino como se sientan los que están junto a un amigo que no habla mucho pero que hace bien estar cerca, como se sientan los pescadores alrededor del fuego en la playa de Galilea después de faenar. Entre ellos, en primera fila, reconoció al mago de barba roja, el mayor, el mobed que le había pedido la prueba, que ahora tenía la barba mucho más blanca, casi toda blanca, y que llevaba ya no túnica blanca de mago, inmaculada, sino una túnica gris simple, de lana sin teñir, sin adornos, como la de un discípulo.
El mago de barba roja lo vio subir el último escalón y se levantó con dificultad, porque las rodillas le dolían por el frío de la piedra, y por la edad.
— Volviste —dijo el mago, con voz ronca —. Pensamos que no volverías, que te irías a Roma con Pedro. Tadeo nos dijo que te habían escrito desde Antioquía.
— Volví porque soñé que el lago no espera —dijo Matías, y el mago no entendió la frase, porque nunca vio un lago grande, pero asintió como si entendiera, porque en Partia los sueños se respetan aunque no se entiendan, se consideran mensajes de los dioses.
— Tu fuego sigue aquí —dijo el mago, señalando la llama pequeña con su vara de almendro, que ahora era su bastón también —. No lo hemos tocado, no lo alimentamos, no lo cuidamos con ritos. Solo lo miramos, cada mañana y cada tarde. Y no se apaga. Ni viento del norte ni lluvia de invierno lo apagan, como al otro, pero este no necesita que lo cuidemos con miedo. Es como dijiste aquella noche, es un fuego que cuida, no un fuego que pide ser cuidado.
— ¿Y el otro? —preguntó Matías, señalando el fuego grande del pozo central, que chisporroteaba y hacía humo.
— El otro sigue, pero ya no es el mismo —dijo el mago, bajando la voz —. Antes, durante cien años, creíamos que era eterno porque nunca se apagaba, y por eso creíamos que era dios. Ahora sabemos que puede apagarse, porque lo vimos apagarse aquel día que sopló el viento suave, aquel día que oraste. Así que ahora lo cuidamos con miedo, no con fe. Lo miramos todo el tiempo por si se apaga. Y un fuego cuidado con miedo calienta menos, hace más humo. La gente lo nota.
Matías se acercó a la llama pequeña y se arrodilló, no para adorar la llama como adoran los magos, sino para orar al que la había encendido, al Padre que conoce los corazones. Puso su mano cerca, a un palmo, sin tocarla, y sintió el calor que no quemaba, el calor manso que había sentido en Pentecostés, cuando lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno de ellos sin consumirlos, sin quemarles el pelo, y que había sentido en el Jordán.
— Gracias —dijo en voz baja, en arameo, porque siempre que agradecía de verdad, desde niño, agradecía en su lengua materna, en la lengua de su madre —. Gracias por quedarte. Gracias por no irte aunque me fui.
La gente que estaba sentada en círculo lo miró y uno de ellos, un joven que Matías no conocía, de unos veinte años, con ropa de mercader de buena calidad y con manos manchadas de tinta negra, con dedos de escriba, se levantó y dijo en griego, con acento de Ecbátana:
— ¿Eres tú Matías, el que fue contado con los once, el que ocupa el lugar del que se ahorcó?
— Soy —dijo Matías, sin ofenderse, porque ya no le dolía esa historia.
— Yo soy Lucas —dijo el joven, sonriendo —. No Lucas el médico amado de Antioquía que escribe todo con diligencia y con orden para Teófilo, otro Lucas, Lucas de Ecbátana, hijo de un judío de la diáspora y de una parta de esta ciudad. Tadeo me habló de ti en Artaxata y me dijo que escribiera lo que veía, como guarda, como tú guardas, para que no se pierda.
Matías sonrió, con alegría profunda, porque el nombre Lucas empezaba a repetirse en su vida como una señal, como un hilo azul que Dios pone para que no te pierdas, una señal de que alguien quería que todo fuera escrito, no solo guardado en carbón y en barro y en memoria.
— ¿Qué has visto, Lucas de Ecbátana? —preguntó Matías, sentándose en el suelo con él.
— He visto que el fuego pequeño no se apaga —dijo Lucas de Ecbátana, con ojos brillantes —. Lo miro cada noche antes de dormir. Y he visto que la gente viene a mirarlo, gente que no cree en nada, y se va distinta, no porque el fuego les dé algo, no porque les cure la pierna, sino porque les recuerda, sin palabras, que son amados sin tener que alimentar nada para ser amados, sin tener que traer leña ni cordero. Y eso en Partia es nuevo, porque aquí todo se compra con sacrificio.
Matías se quedó en Ecbátana cuarenta días exactos, que es un número que en la Escritura siempre significa prueba y preparación y espera, cuarenta días en el desierto de Moisés, cuarenta días en el monte Sinaí, cuarenta días de Jesús en el desierto, cuarenta días entre la resurrección y la ascensión. Durante esos cuarenta días enseñó cada mañana en la sinagoga pequeña de Eleazar, que ahora era un poco más grande, y cada tarde en el templo del fuego, junto a las dos llamas, la que necesita leña y la que no necesita nada, y decía, con su voz de guardián, no de orador:
— Miren, hay dos fuegos. Uno pide que lo cuiden día y noche, uno se apaga si lo dejan solo un momento, uno calienta las manos si te acercas mucho pero te quema si te acercas demasiado. Otro cuida, otro no se apaga aunque lo dejen solo, aunque lo abandonen, otro no calienta solo las manos, calienta el corazón, calienta por dentro. Ustedes deciden junto a cuál quieren sentarse, pero sepan que el que calienta el corazón también puede calentar las manos si se lo piden con confianza, y que el que solo calienta las manos nunca podrá calentar el corazón.
La gente entendía, porque en Partia todos saben de fuego desde niños, y hablar de fuego es como hablar de pan en Galilea o de pesca en Cafarnaúm, todos saben lo que es tener frío en la noche de meseta y lo que es tener calor, todos saben lo que es que el fuego se apague y quedarte a oscuras.
Una tarde del día treinta y cinco, mientras enseñaba junto a la llama pequeña y había más gente que de costumbre, unas treinta personas, entraron soldados partos al templo, no con violencia de saqueo, sino con orden militar, con el estandarte del rey de reyes, con el águila parta, con cascos brillantes. Buscaban al mago de barba roja, al mobed mayor, porque alguien, uno de los magos jóvenes que cuidaba el fuego grande y que tenía envidia, había ido al sátrapa a decir que el mago de barba roja había abandonado el fuego eterno del rey y que eso era traición al reino, porque el fuego eterno es el símbolo del rey, es el rey mismo, y si el guardián lo abandona, el reino se debilita.
— Tú eras guardián del fuego eterno del rey de reyes —dijo el capitán, un hombre de barba rizada y perfumada y con una espada curva de hierro de la India —. Eras mobed. Y ahora cuidas un fuego extraño, un fuego que nadie encendió, que no es del rey. Eso es apostasía, es abandonar al rey. Eso se castiga con cárcel y con muerte.
El mago de barba roja se levantó, con dificultad, con las rodillas crujiendo, y dijo, con voz clara, sin miedo, mirando a la llama pequeña:
— Yo cuidé cien años, bueno, cuarenta años, un fuego que necesitaba leña y grasa y que me necesitaba a mí para no morir. Me pasaba la noche sin dormir mirando que no se apagara. Ahora cuido uno que no necesita nada y que me cuida a mí, que me deja dormir en paz. Si eso es apostasía, si dejar de tener miedo es apostasía, entonces soy apóstata, y lo soy con alegría.
Los soldados lo tomaron por los brazos y lo llevaron preso, arrastrándolo un poco, porque no quería caminar rápido. Matías quiso intervenir, quiso ponerse delante, pero Lucas de Ecbátana, el joven escriba, le sujetó el brazo con fuerza y le susurró al oído:
— No —dijo Lucas —. Si intervienes ahora, te llevarán a ti también y nos matarán a los cuarenta que creyeron en el fuego pequeño y todo se acabará. Déjalo, él quiere ir, lo hablamos ayer. Él dijo que si lo llevan preso, su fuego no se apaga.
Matías fue esa misma noche a la cárcel, que era un pozo seco, profundo, detrás del palacio del sátrapa, donde metían a los ladrones y a los traidores y a los que no pagaban impuestos, un pozo con rejas arriba. El mago de barba roja estaba allí abajo, sentado en el suelo húmedo, con la túnica gris manchada de barro y de excremento de ratas, pero con paz en los ojos, con una paz que Matías solo había visto en Esteban cuando lo apedreaban.
— ¿Por qué te dejaste llevar? —preguntó Matías, arrodillado en el borde del pozo, con lágrimas —. Podías haber huido conmigo a Artaxata.
— Porque mi fuego pequeño también está aquí dentro —dijo el mago, tocándose el pecho, el corazón —. Y si me matan aquí abajo, en este pozo sin fuego, ese fuego no se apaga, porque no necesita leña, no necesita aire. Y si me matan, tú contarás, Lucas de Ecbátana contará, que un mago de fuego eterno, un mobed del rey, creyó en un fuego que no se apaga y murió por él mirando al cielo. Y eso, esa historia, guardará a otros cien cuando tú ya no estés.
Matías lloró, no como lloró en el Jordán cuando oyó la voz, en silencio y con dignidad, sino con ruido, con hombros que temblaban, con mocos, con llanto de niño, porque había aprendido en Zadrakata, con Sara, que llorar con ruido también es orar, que Dios no solo escucha oraciones bonitas.
— Yo no quiero que mueras —dijo Matías, como un hijo.
— Nadie quiere morir —dijo el mago, sonriendo con dientes que le faltaban —. Pero todos morimos. Lo importante, me dijiste tú, no es cómo mueres, sino a dónde miras cuando mueres. Si miras a la tierra, mueres con miedo. Si miras al cielo, mueres con esperanza, como me dijiste que te dijo el lobo Vark. Yo miraré al cielo.
Al día siguiente, al amanecer, el sátrapa de Ecbátana mandó llamar a Matías a su palacio. Era un hombre gordo, enorme, con anillos de oro en todos los dedos y con un manto de seda traído de la India, de color púrpura, que se aburría mortalmente en aquella ciudad de frontera, en aquel culo del mundo parto, y que veía en cualquier disputa religiosa una forma de entretenerse, de pasar la tarde.
— Tú eres el judío del fuego sin leña —dijo el sátrapa, recostado en cojines, comiendo dátiles —. Me dicen mis magos que haces magia, que apagaste el fuego eterno del rey con un soplo y que encendiste otro que no se apaga. Eso es magia persa prohibida.
— No hago magia —dijo Matías, de pie, con el bastón de almendro en la mano —. Cuento una historia, y la historia hace lo que la historia tiene que hacer.
— Cuéntamela —dijo el sátrapa, con curiosidad de niño gordo —. Estoy aburrido. Mis mujeres me aburren, mis soldados me aburren, mi fuego eterno me aburre porque siempre hace lo mismo. Cuéntame tu historia.
Matías le contó la historia completa, sin prisa, como se la contaba a Vark junto al fuego de estiércol, la historia del pozo de Jacob, la de la samaritana que tenía sed de ser amada, la del pan que no se acababa y que sobraba en doce cestas, la del fuego de Pentecostés que se posó sobre pescadores con miedo, la del velo azul de Sara. El sátrapa lo escuchó con atención real, porque en Partia las historias bien contadas valen más que el oro, y porque nadie le había contado nunca una historia donde Dios baja en lugar de pedir que subas.
— Tu historia es buena —dijo el sátrapa al final, eructando por los dátiles —. Es mejor que la de mis magos, que siempre es la misma, que Ahura Mazda creó el fuego y que hay que cuidarlo. Pero mi mago de barba roja rompió la ley. El fuego eterno es del rey, es el alma del rey, y si se apaga, el rey pierde fuerza y los romanos nos invaden. Si tu fuego apaga el del rey, entonces tu fuego es enemigo del rey, y yo tengo que matarte.
— Mi fuego no apaga el del rey —dijo Matías, con calma —. Lo deja ver que puede apagarse. Eso no es enemistad, es verdad. Y la verdad no es enemiga, aunque a veces asusta.
El sátrapa se rió, una risa grande, de hombre gordo que hace temblar la barriga.
— Verdad —dijo, riendo —. Aquí, en Partia, la verdad es lo que dice el rey. Pero me caes bien, judío, porque no pides dinero ni tierras, solo pides que te escuchen. Te propongo un trato, un juego, como hacemos aquí. Si tu fuego puede encenderse en mi palacio, en mi sala del trono, sin que nadie lo encienda, sin leña, sin grasa, sin magia de magos, dejaré libre a tu mago de barba roja y te dejaré predicar en la ciudad todo lo que quieras, incluso junto a mi fuego. Si no, si no se enciende, los dos morirán, tú primero, porque eres extranjero y extranjero es más fácil de matar, y luego él, por traidor.
Matías aceptó, no por valentía, no porque se creyera capaz de hacer milagros a pedido, sino porque no tenía otra opción y porque había aprendido, desde el día del templo del fuego, que cuando te ponen a prueba con fuego, hay que responder con fuego que no quema, con el único fuego que no tiene miedo.
Lo llevaron al palacio, a una sala grande, enorme, de piedra negra pulida, sin ventanas, fría, con un altar vacío de piedra en el centro donde antes había habido un fuego pequeño para calentar la sala en invierno y que ahora estaba apagado porque era verano. El sátrapa, con sus consejeros gordos y con soldados con lanzas y con los magos del fuego grande que miraban con odio, se sentó en su trono bajo, mirando con curiosidad de niño que va a ver un truco.
— Enciende —dijo el sátrapa, haciendo un gesto con la mano llena de anillos —. Enciende tu fuego sin manos.
Matías se arrodilló en el suelo de piedra negra, que estaba frío, helado, que le calaba las rodillas, y oró, no en voz alta para que todos oyeran y se impresionaran, no con gritos como los profetas de Baal, sino en voz baja, como oraba María la madre en Nazaret, como oraba en el desierto de sal cuando tenía sed, como había orado por el nieto de Vark y por el hijo sin nombre de Sara, con la cabeza inclinada.
— Padre —dijo, en arameo, casi susurrando —. Tú que conoces los corazones de todos, tú que conoces el corazón de este sátrapa que se aburre y que tiene miedo de perder su fuego, y el corazón de este mago viejo que va a morir en un pozo y que tiene paz, muestra que tú eres fuego que cuida, no fuego que pide ser cuidado. Muestra que estás aquí, aunque no te veamos.
No pasó nada durante un minuto largo. Un minuto que fue eterno. El sátrapa empezó a impacientarse, empezó a mover la pierna, e hizo un gesto casi imperceptible a un soldado que estaba detrás de Matías para que se acercara con la espada curva y le cortara la cabeza si no pasaba nada. Lucas de Ecbátana, que había entrado escondido, cerró los ojos.
Entonces, del suelo mismo, de la piedra negra fría, sin leña, sin aceite, sin chispa, sin yesca, sin manos humanas, brotó una llama pequeña, primero azul, muy azul, como el velo de Sara, luego amarilla, luego blanca, brillante, suspendida en el aire sobre el altar vacío, a un palmo de la piedra, iluminando toda la sala negra sin humo, sin crepitar, calentando la sala fría sin quemar, haciendo que todos los que la miraban, sátrapa y consejeros y soldados y magos, vieran su rostro reflejado en la piedra pulida, no como eran, con miedo y con poder y con aburrimiento, sino como podían ser si eran amados, con luz en los ojos.
El sátrapa se levantó de golpe de su trono, asustado, tirando dátiles al suelo, porque nunca había visto algo así, porque en su palacio el fuego siempre se encendía con mano, y dijo, con voz que no era de rey, sino de niño:
— Basta, basta, que me quema los ojos aunque no queme la piel. Apágalo.
Los magos del fuego grande cayeron de rodillas, algunos por temor supersticioso, otros porque reconocieron el fuego que habían visto en el templo, el fuego que no necesita leña, y que ahora estaba en el palacio del rey. El mago de barba roja, que habían traído encadenado para que viera morir a su amigo, lloró a gritos y dijo, con voz fuerte:
— Es el mismo. Es el mismo fuego del templo. Es el que no se apaga.
El sátrapa, que era supersticioso como todos los poderosos que no tienen fe, que creen en todos los dioses por si acaso, que era miedoso aunque fuera gordo y tuviera espada, dejó libre al mago de barba roja esa misma tarde y dijo a Matías, con voz temblorosa, señalando la puerta:
— Vete de mi ciudad. No te mato porque tu fuego me da miedo, me da miedo que me mire y vea quién soy. Pero no te quiero aquí, en Ecbátana, porque tu fuego hace que la gente no necesite mi fuego ni mi ley ni mis impuestos de leña. Vete más al este, donde no hay rey, donde solo hay tribus que no tienen rey, donde nadie te pedirá que enciendas fuego en palacio. Allí podrás encender todos los fuegos que quieras, que a mí no me importan.
Matías se fue de Ecbátana al amanecer del día cuarenta y uno, al amanecer del día después de la prueba, con el mago de barba roja a su lado, que ya no era mago, que ya no era mobed, sino discípulo, con una túnica gris, y con Lucas de Ecbátana, el joven escriba, y con cuarenta bautizados, los del fuego pequeño, que lo acompañaron hasta la puerta del norte, donde el guardia joven, el del casco nuevo, le hizo de nuevo inclinación profunda con la cabeza, con respeto, y le dijo, sonriendo:
— Vuelve cuando tu fuego necesite leña, judío. Aquí en Ecbátana siempre habrá leña seca para ti, aunque no la necesites.
— Mi fuego no necesita leña —dijo Matías, tocando el hombro del guardia —. Pero yo sí necesitaré volver a contar que no necesita leña, porque la gente lo olvida cada invierno.
Caminó hacia el este, de nuevo hacia el desierto de sal otra vez, hacia Taxila otra vez, hacia Zadrakata otra vez, hacia lo último de la tierra que nunca es lo último, que siempre tiene un poco más allá, con un bastón de almendro que ahora llevaba dos nombres grabados a cuchillo en la madera, con letra temblorosa, VARK y BARBA ROJA, y con una bolsa de cuero que ya no tenía pan de Pedro, porque el pan de Pedro, el de las migajas con carbón, se había acabado por fin, se había hecho polvo y se lo había comido el viento, pero que tenía algo mejor que pan, tenía la certeza física, tocable, de que el fuego que no se apaga no se apaga porque alguien lo cuide con turnos y con grasa y con miedo, sino porque alguien lo guarda en el corazón, y lo que se guarda en el corazón, como decía María, la madre que guardaba todo en su corazón, no muere nunca, no se apaga nunca, aunque lo metan en un pozo seco.
Detrás de él, en la colina del templo del fuego, en la torre sin techo, quedaban dos llamas ardiendo juntas por primera vez en la historia de Partia, una grande, amarilla y azul, que necesitaba leña y grasa y que ahora se cuidaba con miedo y con turnos dobles, y una pequeña, blanca y azul, que no necesitaba nada y que se cuidaba sola, que no hacía humo, recordando a todos los que subían la colina, a mercaderes y a pastores y a niños, que hay un Dios que no pide que subas, él baja, y que baja como fuego que no quema, sino que ilumina, para que nadie tenga que caminar en la oscuridad buscando un fuego que lo caliente, buscando una casa, porque el fuego ya está encendido y espera, paciente, desde Pentecostés, a que alguien se siente a su lado, se quite las sandalias, y diga por fin, aunque esté en Partia, aunque esté en piedra negra, aunque esté lejos de Jerusalén, aunque esté solo, por fin estoy en casa, porque casa no es un lugar en un mapa romano, casa es donde te saben amado sin tener que traer leña.
CAPÍTULO 13
Matías salió de Ecbátana con el bastón de cuatro nombres grabados a cuchillo en la madera dura y clara de almendro, Vark, Barba Roja, Sara y Anahita, cuatro nombres que ya no eran nombres ajenos escritos en una lista, eran parte de su propia carne, eran cicatrices, eran fuego, y con la bolsa de cuero de cabra vieja, casi negra del humo, que olía a todo lo que había guardado en ocho meses de camino largo, que olía al fuego pequeño que no se apaga y que no hace humo y a la piedra negra de la meseta de Armenia y al hollín de cien años del templo de Ecbátana y al adobe secado al sol de Zadrakata y a la menta seca de Alejandría que Sara ponía en el agua fresca y que olía a madre, y con la tablilla nueva que Jonatán, el mago de la barba roja que ahora era blanca como la nieve del Cáucaso y que cuidaba el fuego que no necesita leña en la esquina del templo, en la piedra de las ofrendas, le dio antes de irse al amanecer del día cuarenta y uno, no de barro cocido como las de Tadeo que se rompen si se caen, sino de madera de cedro del Líbano, traída por mercaderes fenicios desde Tiro, que olía al incienso del templo de Jerusalén y que decía con letra pequeña y ordenada, con caligrafía de escriba que ha aprendido a no tener prisa, con tinta negra de hollín, no hay dos fuegos, hay uno que se cuida de dos maneras.
Caminó veinte días hacia el este, por las montañas que se hacían más altas y más blancas con cada jornada, montañas que ya no eran las montañas negras y tristes de Armenia, eran las montañas blancas del Paropamisus y del Hindú Kush, donde la nieve ya no brilla bonita como en las postales, quema los ojos, deja ciego si la miras mucho tiempo sin velo, donde el aire es tan fino que parece que no entra, y por los valles estrechos y profundos donde el Indo nace, donde el río es todavía un arroyo de agua blanca y fría y transparente que baja gritando entre piedras, que los griegos que llegaron con Alejandro llaman el río que va al mar, el Indus, el río grande, y que los indios llaman el Sindhu, el padre de todos los ríos, el que da de beber a cien pueblos y a mil aldeas, que es marrón al principio cuando baja con tierra de la montaña, luego verde cuando pasa por prados donde pacen yaks, luego azul profundo cuando se hace hondo y se hace lago, luego otra vez marrón y rojo cuando se mezcla con la tierra roja de la llanura de Taxila y con la arcilla.
En el camino, en un paso estrecho donde había una piedra con una inscripción en griego que decía aquí llegó Alejandro hijo de Zeus, encontró a los mercaderes de Taxila, la ciudad griega e india a la vez, la ciudad mestiza, con caravanas de cincuenta camellos bactrianos cargados de pimienta negra y de muselina fina y de lapislázuli, con las columnas corintias traídas por arquitectos griegos hace cien años y con los templos indios de muchos brazos y de muchos ojos y con los estupas budistas blancos y con los monjes budistas de la túnica naranja color azafrán que caminan descalzos aunque nieve y aunque la piedra del camino queme, porque dicen que el dolor de los pies quita el dolor del corazón, que si te duelen los pies no te duele el deseo, que el cuerpo tiene que doler para que el alma se calle, y que cuando llegaron a la vista de Taxila, al atardecer, con la ciudad en el valle, con mil lámparas de aceite de sésamo, le dijeron, señalando con el látigo de camello:
— Allí hay de todo, judío, griegos que hablan de Aristóteles y de Platón en el bazar, indios que hablan de los Vedas y de la reencarnación, persas que hablan de fuego y de Ahura Mazda, partos que hablan de caballos y de arcos, hasta judíos de Alejandría que naufragaron hace veinte años en el mar Eritreo y se quedaron porque no tenían barco para volver y porque aquí se vive bien si sabes contar historias y si no tienes miedo de los muchos dioses.
Taxila olía distinto a todas las ciudades que Matías había conocido en su vida de borde. No olía a incienso barato de Partia que se quema para que no huela a estiércol, no olía a estiércol de camello solo, olía a especias vivas, no a la canela dulce de Lanka que solo los ricos de Roma conocen y que vale su peso en oro, sino a la pimienta negra que hace estornudar y que hace llorar y al comino tostado y al cilantro verde que se vende en sacos grandes de yute y a la madera de teca que sudaba la resina bajo el sol brutal de la India y que olía a barco recién hecho y a casa nueva y a la tinta negra espesa de los escribas que escriben en hojas de palma secas, talapatra, con un estilo de hierro, con un punzón, con olor a hierro y a humo y a aceite. Tenía las murallas griegas con piedras grandes, poligonales, que encajaban sin mortero, obra de griegos, y las puertas indias con elefantes tallados y con dioses de cuatro brazos y con leones, y las calles anchas, rectas, griegas, donde se mezclaban, sin pelearse, sin gritarse, el griego de los comerciantes de Bactria, el sánscrito perfecto de los brahmanes, el pali cantado de los budistas, el arameo de los judíos de la diáspora y el latín tosco y rudo de los soldados romanos que ya se atrevían a llegar hasta allí con el águila de Roma en el pecho, aunque con miedo, porque Taxila está lejos de Roma, a seis meses de marcha forzada, y cerca del mundo que no es Roma, del mundo que no tiene César, que no tiene procurador.
Fue a la sinagoga de Taxila, que no era de adobe como la choza pobre de Zadrakata ni pequeña y oscura y con techo de cañas como la de Ecbátana, era de piedra blanca, de piedra caliza, con el techo de madera de cedro del Líbano traído por barco y con columnas dóricas y con el arca santa, el aron, donde guardaban la Torá traída de Alejandría en barco, con rollos grandes que olían a tinta y a cuero curtido y a incienso que no era el incienso de Jerusalén, no era incienso de templo, era resina de la India, resina de sal, de árbol de sal. Allí había un escriba viejo, muy viejo, de Alejandría, de la gran biblioteca, que había naufragado de joven en el mar Eritreo, en el mar Rojo, como el escriba de Patala que encontraría después, pero que no se quedó en Patala vendiendo púrpura y pescado, se fue más al este, hasta Taxila, siguiendo en su cabeza a Alejandro Magno, porque quería ver hasta dónde llegó el griego.
— Tú eres de los que guardan el fuego que no necesita leña —dijo el escriba, con la barba blanca hasta la cintura, hasta las rodillas, y con los dedos manchados de tinta negra que no se quita nunca, tinta que se mete en la piel —. Yo soy de los que guardan las palabras, las letras, las que no se borran aunque se moje el pergamino, aunque se queme la sinagoga. Me llamo Eliezer de Alejandría, como mi padre y como el padre de mi padre. Guarda palabras.
— Yo soy Matías, el que guarda nombres —dijo Matías, inclinando la cabeza —. El regalo.
Eliezer lo miró de arriba abajo, el bastón de cuatro nombres, la bolsa flaca, las sandalias rotas, y dijo:
— Los que guardan nombres guardan más que los que guardan palabras, porque las palabras sin nombres son vacías.
Se quedó en Taxila cuarenta días, como siempre hacía desde que salió de Jerusalén, como hizo en Artaxata y en Ecbátana, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita en la Escritura para aprender que no se sabe nada de una ciudad nueva y para que la gente de la ciudad empiece a confiar en un extranjero que no vende nada, que no compra nada, que solo cuenta, y porque allí en Taxila el río Indo tarda cuarenta días exactos en bajar de la montaña blanca del norte y llegar a la llanura de Taxila y hacerse rojo con la tierra roja de la llanura y con la sangre de la tierra que trae.
En los primeros diez días enseñó en la sinagoga de piedra, por la mañana temprano, cuando no hacía tanto calor, cuando la piedra todavía estaba fresca de la noche, contando la historia del pozo de Jacob y la del pan que no se acababa y que sobró en doce cestas para que todos comieran y la del fuego que no se apaga y que no necesita leña y que no hace humo y la del velo azul cortado con tijeras para tapar el agujero del bote de junco de Anahita y que por eso el bote no se hundió en el lago salado aunque tenía un agujero del tamaño de una mano, y la del agua que se hizo vino en Caná de Galilea, que era su primera memoria personal de Jesús, cuando él mismo, Matías joven, de dieciocho años, sacó el agua de las tinajas de piedra con un cucharón de cobre y el agua se hizo vino rojo y espeso y nadie supo cómo había pasado, ni los sirvientes ni el maestresala, solo él que había sacado el agua y Jesús que lo miró y le guiñó un ojo como diciendo guarda esto en tu corazón.
— Había una mujer que fue a sacar agua al mediodía —decía cada mañana, con la misma frase inicial, porque era la frase que le había dado Sara, la samaritana de Zadrakata, y que ahora era suya, era su comienzo —. A la hora sexta, cuando el sol quema las piedras y nadie saca agua por el calor y por la vergüenza de ser vista sola. Y un hombre judío le pidió agua, aunque los judíos no hablan con samaritanos, y menos un rabino con una mujer sola que ha tenido cinco maridos. Y ella se sorprendió mucho y él le dijo que si conociera el don de Dios, y quién es el que le pide agua, ella le pediría a él y él le daría agua viva, agua que salta para vida eterna, agua que quita la sed de ser amada.
A los judíos de Taxila, que eran mercaderes de pimienta y escribas de hojas de palma y que vivían entre griegos que los consideraban bárbaros y entre indios que los consideraban impuros y que siempre tenían miedo de ser pocos y de desaparecer, les gustó mucho la historia del pozo, porque ellos sacan el agua del río rojo, del Indo que allí en Taxila se hace rojo por la arcilla roja de la llanura, que a veces se hace salado cuando sube la marea del mar del sur, del mar Eritreo, y que a veces trae el barro que tapa los canales de riego y deja a todos sin agua y sin arroz, y saben lo que es tener sed de ser mirados, de ser reconocidos, porque viven entre los griegos que hablan de filosofía y los indios que hablan de muchos dioses y a veces nadie los mira, nadie les pregunta quiénes son, solo cuánto cuesta su pimienta.
Pero a los monjes budistas de la túnica naranja que venían a escuchar a la puerta de la sinagoga, porque en Taxila los monjes budistas escuchan todo, van a todas las puertas, a la de los griegos y a la de los judíos y a la de los brahmanes, les gustó más la historia del pan que no se acababa, del pan multiplicado en el monte con cinco panes y dos peces, y dijeron, con su griego suave y con su sonrisa sin dientes:
— Tu pan que no se acaba es como nuestro nirvana, como nuestro vacío lleno, pero con alegría, no con nada. Tu pan tiene alegría y se comparte, el nuestro tiene paz de piedra y se guarda solo.
— Es con alegría y con sencillez de corazón —dijo Matías, recordando la frase de Lucas el médico de Antioquía, que ahora estaba en Éfeso —. Como en los primeros días en Jerusalén, después de Pentecostés, cuando vendían todo lo que tenían y lo ponían a los pies de los apóstoles y comían juntos con alegría y sencillez de corazón y nadie decía esto es mío, esto es tuyo, todo era nuestro.
Una noche del día doce, mientras contaba junto al fuego pequeño que Jonatán, el mago de barba blanca, le había enseñado a encender sin leña, sin grasa, solo con oración, un fuego que ardía en la esquina de la sinagoga de piedra sin humo, sin chisporroteo, solo luz azul, amarilla, blanca, que iluminaba los rollos de la Torá y que no hacía toser a los viejos, llegó un hombre con la túnica blanca inmaculada de los brahmanes ortodoxos, con la marca roja de tilak en la frente hecha con pasta de sándalo y con el cordón sagrado blanco cruzado en el pecho, el yajnopavita, que es de algodón y que significa que ha nacido dos veces, que era el jefe de los que cuidan el río rojo en Taxila, el que dice cuándo se puede sacar el agua del río para el arroz y cuándo no se puede, porque el río rojo, el Sindhu, a veces se enoja y se lleva las casas de adobe y a los búfalos y a los niños, y hay que saber cuándo está enojado.
— Tu fuego sin leña —dijo el brahmán, mirando la llama pequeña con respeto, pero con desconfianza, porque los brahmanes desconfían de todo lo que no está en los Vedas —. ¿Puede hacer que el río rojo no se haga salado? Porque cuando se hace salado en verano, el arroz se muere, se pone amarillo, y los niños tienen diarrea y se mueren también, y las madres lloran.
— No puede hacer que el río no se haga salado —dijo Matías, con honestidad brutal, porque había aprendido en Ecbátana a no prometer milagros de agua —. Mi Dios no hace que el río no se haga salado. El río se hará salado cada verano, porque el mar sube. Pero puede hacer que no tengas miedo de que se haga salado, que puedas dormir aunque se haga salado, que puedas mirar a tus hijos aunque tengan diarrea y decirles todavía hay agua viva.
El brahmán se quedó mirando el fuego pequeño que no se apaga, que no hacía humo, que no necesitaba leña, con los ojos que habían visto muchos ríos hacerse salados y muchas casas llevarse por la corriente marrón y muchos niños morirse, y dijo, después de mucho silencio, de un silencio que duró lo que dura una oración:
— Entonces quédate y cuenta, judío del fuego pequeño, porque aquí en Taxila el río se hace salado cada año, cada verano sin falta, y la gente tiene miedo cada año, y el miedo hace que se peleen por el agua, que se roben el agua, que se maten por el agua.
Matías se quedó y contó cada noche, alrededor del fuego pequeño que no se apaga, que había puesto sobre una piedra plana en el patio de la sinagoga, bajo las estrellas que en Taxila son muy brillantes, la historia del velo azul cortado para tapar el agujero del bote de junco, y decía, señalando con una mano el fuego y con la otra el río que se oía a lo lejos, que rugía de noche:
— Miren, hay un río rojo que se hace salado y hay un fuego que pide leña y se apaga si lo dejan solo y si no lo cuidan. Y hay un río que no se hace salado nunca, que siempre es dulce, y hay un fuego que no pide leña y no se apaga aunque lo dejen solo, aunque lo abandonen. Los dos ríos existen en la misma tierra. Los dos fuegos existen en el mismo templo. Ustedes deciden en qué río sacan el agua cada mañana y junto a qué fuego se sientan cada noche. Pero sepan que el río que no se hace salado está dentro, no fuera, está en el corazón, y nadie puede hacerlo salado si ustedes no quieren.
Y la gente entendía, porque en Taxila todos, griegos e indios y partos y judíos y romanos, saben de ríos que se hacen salados y de fuegos que se apagan en invierno y dejan la casa fría y a oscuras.
Una tarde del día veinte, cuando el calor apretaba y la sinagoga estaba llena porque fuera no se podía estar, una mujer joven, con el sari rojo de las casadas, el sari de novia que se pone todos los días aunque el marido haya muerto, y con el niño desnudo en brazos, con moscas en los ojos, y con el cántaro vacío de cobre en la cabeza, en equilibrio, lo interrumpió mientras enseñaba, como lo habían hecho Sara en Zadrakata y Anahita en la aldea de piedra negra del Cáucaso y como lo harían Amara, Lani, Sari, Dayang en las islas del mar del sur y en Kedah, porque en todas partes del mundo, en todas las orillas de todos los ríos, hay mujeres que sacan el agua desde niñas y que nunca han oído que pueden ser amadas sin sacar el agua, sin servir, sin agacharse.
— ¿El agua viva? —preguntó, en el sánscrito mezclado con el griego que se habla en el bazar de Taxila, con voz de niña aunque tenía veinte años —. ¿Qué es el agua viva? ¿Es el agua que no se hace salada? ¿Dónde está? ¿En qué pozo está? Dime el pozo y voy.
— Es el agua que hace que no tengas que tener miedo de que el agua se haga salada —dijo Matías, bajando del estrado de la sinagoga, del bimah, para ponerse a su altura, para mirarla a los ojos —. Es saber que eres amada aunque el río se haga salado y aunque se lleve tu casa de adobe y aunque el cántaro pese veinte kilos y aunque tengas sed y aunque tu marido te pegue.
La mujer lloró, como lloraron todas las mujeres del pozo que Matías había conocido en su camino largo desde Jerusalén hasta el Indo, y dijo, con el niño apretado contra el pecho, con el cántaro todavía en la cabeza:
— Yo saco el agua desde los cuatro años. Mi madre sacaba el agua desde los cuatro años y su madre también, y su madre también, desde que hay río. Nunca nadie nos dijo que podíamos dejar de tener miedo de que el río se haga salado y se lleve todo. Siempre nos dijeron saca agua, saca agua, no mires, no preguntes.
Matías le puso la mano en la cabeza, como había visto hacer a Jesús con los niños en Cafarnaúm y con la mujer encorvada en la sinagoga, con la mano grande y callosa de pescador y de pastor, y le dijo, con voz baja para que solo ella oyera, porque había hombres mirando:
— Yo no puedo hacer que el río no se haga salado, porque no soy Dios y no mando al río, solo soy el que guarda nombres. Pero puedo decirte, porque lo vi en Ecbátana y en Zadrakata, que hay un Dios que conoce tu corazón y que sabe que sacas el agua desde los cuatro años y que te ama por eso y sin eso, aunque no saques agua, aunque dejes el cántaro, y que aunque el río se haga salado y aunque se lleve tu choza de barro, él te ama y no te deja sola en el agua salada.
La mujer se llamaba Uma, que en sánscrito significa la luz, pero no la luz del fuego, no la luz de la lámpara de aceite, la luz del río rojo cuando le da el sol al atardecer y se hace oro rojo y todo el río parece de oro. Tenía dos hijos, uno en brazos y otro de cuatro años que ya sacaba agua con un cántaro pequeño de cobre que le había hecho su padre, y tenía el miedo de todas las madres de Taxila, a que el río rojo se haga salado y se lleve la choza de barro donde vivía y a que sus hijos tengan sed y diarrea y se mueran.
Matías bautizó a Uma en el río rojo, al amanecer del día veinticinco, cuando el agua estaba fría y roja de la tierra arcillosa y olía a barro y a especias y a lejanía y a mar, sumergiéndola completa, con su sari rojo puesto, porque ella quiso entrar vestida, con su niño en brazos, porque dijo, con una teología que ningún rabino había dicho y que era más profunda que la de Hillel:
— Si el agua viva es para todos, también es para los niños que sacan el agua desde chicos, que no saben leer Vedas y que no saben leer Torá.
— En el nombre del Padre, que conoce los corazones de todos y que conoce el corazón de una madre que saca agua —dijo Matías, con el agua hasta las rodillas y con el sari rojo de Uma flotando como una nube de sangre —, del Hijo, que es el Hijo amado en quien se complace y que pidió agua a una samaritana, y del Espíritu Santo, que es fuego que no se apaga aunque lo tiren al río. Y en el nombre de tu marido que murió de la fiebre del río el año pasado y que ahora es amado también, porque la fiebre del río se acaba pero el amor no se acaba nunca.
Cuando Uma salió del agua, con el sari rojo pegado al cuerpo y con el niño llorando por el frío, no lloró ella, rió, una risa corta, explosiva, de mujer que no reía desde los cuatro años, que hizo que el río rojo, que esa mañana se había hecho un poco salado porque la marea del mar del sur subía y empujaba sal hacia dentro, se hiciera un poco menos salado, como dice Kala, la vieja que vende pescado frito en el bazar, que pasa cuando alguien ríe de verdad en el agua, que el río se hace dulce un momento, y que los niños que se bañaban desnudos en el río rojo, con barriga grande y con mocos, se acercaran a tocar el sari rojo de Uma, como si el sari fuera distinto ahora, como si fuera sari de luz, sari de agua viva.
En cuarenta días bautizó a veinticinco personas en Taxila, en el río rojo, con el agua que sabía a barro y a especias y a sal lejana y a libertad, entre ellos al escriba viejo de Alejandría, Eliezer, que dijo, saliendo del agua con la barba blanca chorreando agua roja:
— Ahora no quiero ser solo el que guarda las palabras en rollos que se comen los ratones, quiero ser el que guarda el agua viva, quiero ser pozo, quiero ser cisterna.
Y bautizó a quince niños que nunca habían visto a un judío con la bolsa de cuero de búfalo de agua y que le tocaban el bastón de cuatro nombres para ver si era de verdad y que se reían porque la madera de almendro picaba y porque olía al fuego que no se apaga y al adobe de Zadrakata y a la menta de Sara y a la pimienta negra.
Y bautizó a tres monjes budistas de túnica naranja que dijeron:
— Tu agua viva es como nuestro Dharma, pero con corazón, no con vacío. Queremos probar ese corazón.
El brahmán del río rojo, el jefe del agua, el que mide la sal, volvió la última noche, la noche treinta y nueve, no con el cordón sagrado blanco cruzado en el pecho, sin el cordón, que es señal de que renuncia a ser brahmán dos veces nacido, con la túnica blanca simple, sin marca roja en la frente, y con los pies descalzos, como un discípulo, y dijo, mirando el fuego pequeño que ardía sin humo en el patio de la sinagoga:
— Tu río que no se hace salado no se acaba nunca, es verdad, lo he visto en tus ojos y en los ojos de Uma. ¿Me enseñas a sacarlo? ¿Cómo se saca? ¿Con qué cántaro?
— No se enseña —dijo Matías, con amor, con la mano en su hombro —. No se saca con cubo ni con cántaro de cobre. Se guarda. Y se guarda contando que hay otro río que no se hace salado y que no se lleva las casas, y que ese río está dentro y que se llama amor de Padre que no pide que subas, que baja.
Le regaló la tablilla de madera de cedro del Líbano que decía no hay dos fuegos, hay uno que se cuida de dos maneras, y el brahmán la puso en el templo pequeño del río rojo, en Taxila, al lado del altar donde miden con una vara de bambú si el agua se hace salada, para que la gente que viene a medir el agua con miedo vea que hay dos ríos y que los dos pueden estar en la misma tierra, en la misma ciudad, sin pelearse, como pueden estar en el mismo corazón el miedo a que el río se haga salado y el amor que no tiene miedo y que no se hace salado nunca, si se guarda bien, si se guarda como guarda María, la madre, que guardaba todo en su corazón, hasta la espada.
Al día cuarenta y uno, al amanecer, con niebla roja y espesa sobre el río, que parecía sangre, Matías salió de Taxila por la puerta del sur, la que da al camino de Patala y al mar y al fin del mundo, con el bastón de cinco nombres ahora, porque había añadido con cuchillo afilado UMA en la madera de almendro, con letra grande, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita y Uma, cinco nombres, cinco fuegos, cinco aguas, y con la bolsa nueva de cuero de búfalo de agua que el escriba viejo de Alejandría, Eliezer, le dio, cosida por su mujer, que olía al río rojo y al fuego pequeño que no se apaga y a la piedra blanca de la sinagoga y a la tinta negra y al adobe de Zadrakata y a la pimienta negra del bazar y al sari rojo de Uma, y con la certeza, que no era suya, que no venía de su fuerza ni de su fe grande ni de su santidad, sino del que lo había contado con los once por una suerte echada en el aposento alto en Jerusalén, una suerte que cayó sobre él sin que hiciera nada para merecerla, sin que fuera el más santo, de que ser el regalo de Dios, ser Matías, ser don de Yahvé, no es tener mucho para dar, no es tener oro ni seda ni palabras bonitas en griego, es dar lo poco que se tiene, aunque sea un pedazo pequeño del velo azul cortado con tijeras romas, aunque sea una historia del pozo contada mal y con acento galileo de pescador, aunque sea una llama pequeña que no se apaga y que no calienta mucho pero que no hace humo y que no pide leña, aunque sea un puñado de arroz blanco cocido, para que el otro no se hunda en el río rojo y no tenga miedo y no tenga sed y no tenga que sacar agua desde los cuatro años con miedo.
Y siguió caminando hacia el sur, aunque el río rojo se hiciera salado detrás de él y aunque el camino llevara a Patala donde hay el mercado de esclavos y donde venden niños por pimienta y aunque el camino fuera largo y polvoriento y lleno de cocodrilos, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, que nunca se acaba, siempre está un poco más allá y un poco más acá al mismo tiempo, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo, con el bastón de cinco nombres, y diga por fin estoy en casa, aunque esté en Taxila, aunque huela al río rojo y a la pimienta y a la tinta y a la sal y al sari rojo, aunque esté a seis meses de Cafarnaúm y a un año de Jerusalén, porque la casa no es el lugar donde naciste ni donde tienes papeles ni donde tienes familia, la casa es donde te saben amado y donde sabes amar, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre que no se borra, aunque lo escribas en la tablilla de barro, en el velo azul, en el agua roja del Indo que se hace salada, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, la madre que guardaba todo, hasta la espada que le atravesaría el alma, no se borra nunca, ni con el viento del desierto de sal ni con el río que se hace salado ni con el fuego que pide leña y se apaga cada invierno.
Y el río rojo siguió corriendo hacia el mar, rojo, marrón, salado, dulce, como siempre, pero ahora, en una orilla, había una piedra con una tablilla que decía no hay dos fuegos, y en la otra orilla, había una mujer con sari rojo que había aprendido a reír en el agua, y eso, para Taxila, era más que suficiente para que el río, por un momento, fuera menos salado.
CAPÍTULO 14
Matías salió de Taxila con el bastón de cinco nombres grabados a cuchillo en la madera dura y clara de almendro, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita y Uma, cinco nombres que eran cinco vidas que ya no eran vidas ajenas, que no eran historias que le contaron, eran parte de su propia vida, eran cicatrices en su bastón y en su corazón, y con la bolsa de cuero de búfalo de agua, nueva, fuerte, cosida con tendón, que le había regalado Eliezer el escriba viejo de Alejandría de Taxila, que olía al río rojo y al fuego pequeño que no se apaga y a la tinta negra espesa de las hojas de palma y a la pimienta negra que pica la nariz y hace estornudar y al adobe de Zadrakata que huele a sol de mediodía y a la menta seca de Alejandría que huele a madre y a casa, y con la tablilla nueva que el brahmán del río rojo le dio antes de irse, en la orilla del Indo rojo al amanecer, no de madera de cedro como la de Jonatán, el mago de barba blanca, sino de piedra pulida del río Indo, lisa, gris, ovalada, pulida por el agua durante cien años, que decía con letra pequeña grabada con hierro y con paciencia, no hay dos ríos, hay uno que se guarda de dos maneras, y que pesaba más que la de barro, mucho más, porque la piedra pesa más que el barro y más que la madera y más que la tela, pero que no quiso dejar en Taxila, porque pesaba lo justo, como pesan los nombres cuando son verdaderos, pesan pero no aplastan, pesan pero sostienen.
Caminó treinta días hacia el sur, siguiendo el Indo que es marrón al principio en Taxila y que se hace más ancho y más lento y más caliente con cada jornada hacia el mar, más ancho hasta que no se ve la otra orilla y parece mar, más lento hasta que parece que no camina y que se queda dormido, más caliente hasta que huele a sopa de barro y a pescado, con los cocodrilos de hocico largo y dientes amarillos que se asoman entre los juncos y se quedan mirando con ojos amarillos sin parpadear y con los búfalos de agua negros y enormes que se bañan hasta el cuello y que solo sacan la nariz y los cuernos y que parecen piedras negras y con los niños desnudos, flacos, con barriga grande por los parásitos y con el pelo rojo por el sol, que se bañan desnudos todo el día en el Indo y que saludan con la mano a los que pasan y que gritan en sánscrito y en prakrito y en un griego roto algo que significa que el río lleva todo y que todo vuelve al río, que el río es padre y madre y que nadie se escapa del río.
En el camino, en un vado donde el río se abría, encontró a los mercaderes de Patala, la ciudad del mar, la última ciudad del Indo antes de que el Indo se haga mar Arábigo y se acabe, donde el Indo se mezcla con el mar y donde el agua es marrón y azul a la vez, marrón del río que trae tierra y azul del mar que trae sal, y donde el agua es dulce y salada a la vez, y se puede beber y no se puede beber, y donde el olor a pescado seco que se seca al sol en esteras de bambú y de palma y que brilla plateado como monedas se mezcla con el olor a madera de teca nueva que suda la resina bajo el sol brutal y que huele a barco recién hecho y a casa nueva y a la brea negra y espesa que usan para tapar los agujeros de los botes de teca y para que no entre el agua.
Patala olía a puerto, no a Taxila que olía a especias y a tinta y a filosofía y a debate, no a Ecbátana que olía a humo y a incienso y a fuego eterno y a religión, olía a sal que se mete en la ropa y la deja dura y a pescado que se seca al sol y que brilla plateado y a la brea que usan para tapar los agujeros de los botes de teca y a la pimienta negra que se carga en sacos de yute de cien kilos y que hace toser y a los esclavos que sudan cargando los sacos en la espalda, encorvados, con la espalda marcada, que no huelen a nada ya, se les fue el olor con el nombre, porque cuando te quitan el nombre te quitan el olor, te quitan el sudor, te quitan todo.
Patala tenía las murallas bajas de barro crudo, de adobe sin cocer, porque el río Indo las tira cada año cuando crece con el monzón y las vuelven a hacer cada año con el mismo barro y con las mismas manos esclavas, y las calles de tierra que se hacen barro líquido y profundo y pegajoso cuando llueve y que se hacen polvo blanco y fino que se mete en los ojos y en la boca y en la comida cuando no llueve, y el mercado grande, enorme, más grande que el de Taxila, que está junto al puerto, al lado del agua, donde se vende de todo lo que el mundo conoce y lo que el mundo no conoce, la seda amarilla de los chinos que viene en caravanas de dos años y que brilla como sol, el vidrio soplado de los griegos de Alejandría que brilla verde y azul y que es frágil, el nardo de las montañas del norte que huele a oración y a muerte, el marfil blanco y amarillento de los elefantes de la India que parece luna tallada, y los esclavos, que se venden como se vende el arroz, por peso, por edad, por si tienen todos los dientes blancos, por si tienen la espalda recta, por si saben remar, por si saben cargar, por si son mujeres y pueden tener hijos esclavos.
Fue a la sinagoga de Patala, que era de madera de teca oscura, casi negra, con el techo bajo, muy bajo, casi tocando la cabeza de Matías, para que no lo tire el viento del mar que es fuerte en Patala y que tira todo lo alto, que arranca techos y que tira palmeras, y con el olor a la sal que se mete en la madera y no se va nunca y a las especias que guardan los judíos para vender en el mercado y al miedo, porque los judíos en Patala son pocos, diez familias, doce familias a lo sumo, y tienen miedo del mercado de esclavos, miedo real, físico, porque a veces los griegos del puerto, los que compran esclavos, los confunden con los esclavos que vienen del norte, del Cáucaso, porque el judío de Alejandría, con la barba larga y con la bolsa de cuero y con la túnica raída y con acento raro, parece esclavo si no habla griego bien y si no tiene anillo de hombre libre en el dedo y si no tiene papeles.
Allí encontró al otro escriba viejo de Alejandría que había naufragado de joven, no como el de Taxila que naufragó en el mar Eritreo y se fue al este buscando a Alejandro Magno, sino que naufragó justo en la boca del Indo, donde el río se hace mar, donde las olas son grandes, y se quedó en Patala, porque dijo, con sabiduría de viejo que ha visto naufragios y que ha visto morir a amigos en el mar:
— Donde hay el mar y el río que se mezclan, donde el agua dulce se hace salada y la salada se hace dulce, donde no sabes si bebes río o bebes mar, allí hay el fin del mundo, allí se acaba la tierra, y no hace falta ir más al este buscando el fin, el fin ya está aquí, en Patala, en este barro salado.
— Tú eres de los que guardan el fuego que no necesita leña —dijo el escriba de Patala, con la barba blanca llena de sal y de arena y con los dedos manchados de tinta negra que no se quita nunca y con el miedo en los ojos que tienen todos los judíos de Patala, un miedo que se hereda —. Yo guardo las palabras, las copio cada día para que no se borren con la humedad del mar, pero aquí en Patala las palabras no valen nada, aquí vale el oro y vale la pimienta y vale un esclavo joven con dientes buenos. Las palabras no se venden en el mercado, nadie las compra.
— Yo guardo nombres —dijo Matías, sentándose en el suelo de madera de teca que estaba caliente —. Y los nombres no se venden tampoco, pero se guardan, y a veces valen más que el oro, porque el oro se acaba y el nombre no.
Se quedó en Patala cuarenta días, como siempre hacía desde Ecbátana, desde que entendió que cuarenta días es el tiempo bíblico, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita para aprender que no se sabe nada de una ciudad nueva y para que la gente de la ciudad empiece a confiar en un extranjero que no vende nada, que no compra nada, que no tiene nada, y porque allí en Patala la marea tarda cuarenta días en subir y bajar y hacerse entender, en mostrar cuándo el agua del Indo es dulce y cuándo es salada y cuándo el puerto se puede usar para salir al mar sin encallar y cuándo no.
En los primeros días enseñó en la sinagoga de madera de teca, con la luz que entraba por rendijas entre las tablas y que hacía rayas de luz en el polvo, contando la historia del pozo de Jacob y la del pan que no se acababa y que sobró en doce cestas llenas y la del fuego que no se apaga y que no necesita leña y que no hace humo y la del velo azul cortado con tijeras para tapar el agujero del bote de junco de Anahita y que por eso el bote no se hundió aunque estaba roto y aunque hacía agua por todos lados, y la del bote con el pez grabado en la madera que no se hunde aunque esté roto y aunque tenga agujeros, porque el pez lo sostiene desde abajo.
— Había una mujer que fue a sacar agua al mediodía —decía cada mañana, con la misma frase que había aprendido de Jesús y de Sara y que ya era su oración inicial —. A la hora sexta, cuando el sol quema las piedras y nadie saca agua por vergüenza, por miedo a ser vista. Y un hombre judío le pidió agua, aunque los judíos no hablaban con samaritanos, y menos un rabino con una mujer sola que ha tenido cinco maridos y que ahora no tiene ninguno. Y ella se sorprendió mucho y él le dijo que si conociera el don de Dios, y quién es el que le pide agua, ella le pediría a él y él le daría agua viva, que salta para vida eterna, que quita la sed para siempre.
A los judíos de Patala, que eran pocos y que sacan el agua del pozo que se hace salado cuando sube el mar y que se hace dulce cuando llueve mucho y que nunca sabes qué agua vas a sacar, si salada o dulce, les gustó mucho la historia del pozo, porque ellos saben lo que es tener sed de ser mirados, de ser reconocidos como judíos y no como esclavos, porque viven entre los griegos que los desprecian por circuncisos y los indios que no los entienden y los mercaderes que venden esclavos y a veces nadie los mira, salvo para ver si tienen los dientes buenos para venderlos como esclavos, para ver si son fuertes para cargar sacos de pimienta.
Pero a los que vendían los esclavos en el mercado grande, a los griegos ricos y a los indios ricos y a los partos ricos que viven del mercado de carne humana y que tienen casas grandes de teca, no les gustó nada la historia del agua viva, porque decían, entre ellos, en voz baja, en el puesto de los esclavos, mientras miraban los dientes de un niño:
— Si hay un agua viva que hace que el esclavo no tenga miedo de que lo vendan mañana, entonces no podemos vender el miedo, y si no podemos vender el miedo, no podemos vender a los esclavos, porque el esclavo no es el hombre que tiene cadena de hierro, es el hombre que tiene miedo de la cadena. Si le quitas el miedo, la cadena no sirve, el esclavo se escapa aunque tenga cadena, se escapa por dentro.
Una noche del día quince, mientras contaba junto al fuego pequeño que no se apaga, que ardía en la esquina de la sinagoga de madera de teca sin humo, solo luz azul, amarilla, blanca, que no hacía toser y que iluminaba la madera oscura y que hacía que la sinagoga oliera menos a miedo y más a hogar, llegó un hombre con la ropa de mercader griego rico, con la túnica blanca con borde púrpura y con el anillo grande del ancla de Patala, que es el símbolo de la ciudad, y con la bolsa de cuero del dinero que suena con monedas de plata y de oro cuando camina, que era el jefe del mercado de esclavos, el que ponía los precios, el que decía cuándo se puede vender y cuándo no se puede vender, porque el mercado de esclavos también tiene su religión y su ley y su sacerdote y su sacrificio.
— Tu agua viva —dijo el mercader griego, con el griego de Alejandría que suena a mar y a puerto y a dinero —. ¿Puede hacer que el esclavo no tenga miedo de que lo vendan mañana? Porque si no tiene miedo, no sirve para remar en mis barcos, rema mal, rema sin miedo y sin miedo no rema.
— No puede hacer que no lo vendan —dijo Matías, mirándolo a los ojos, sin miedo, porque ya no tenía miedo de mercaderes ni de soldados ni de sátrapas, solo tenía miedo de olvidar nombres —. Pero puede hacer que no tenga miedo de que lo vendan, porque hay un Dios que conoce su corazón y que sabe su nombre verdadero, el que tenía antes de ser esclavo, y que sabe que es amado aunque lo vendan, aunque lo compren, aunque lo vuelvan a vender diez veces. Y un hombre que sabe que es amado aunque lo vendan, rema mejor, no peor, porque rema libre aunque tenga cadena de hierro, rema porque quiere vivir, no porque tiene miedo de morir.
El mercader griego se quedó mirando el fuego pequeño que no se apaga con los ojos que habían visto muchos esclavos vendidos y muchos comprados y muchos muertos en el camino del mar, con los ojos que habían visto niños vendidos por un saco de pimienta, y dijo, con voz más baja, sin el sonido del dinero, sin la arrogancia:
— Entonces quédate y cuenta, judío del fuego pequeño, porque aquí en Patala los esclavos tienen miedo todo el día y toda la noche, duermen con miedo, comen con miedo, sacan agua con miedo, y yo también tengo miedo, aunque yo sea el que vende, aunque yo tenga anillo de ancla. Porque cuando vendes el miedo muchos años, el miedo se te queda pegado en las manos y no se te quita ni lavándote en el Indo cien veces.
Matías se quedó y contó cada noche, alrededor del fuego pequeño que no se apaga, que no pedía leña y que no hacía humo y que no necesitaba aceite, la historia del velo azul cortado para tapar el agujero del bote de junco, y decía, señalando el mercado que se oía a lo lejos, con gritos de mercaderes y llantos de niños, y señalando el fuego pequeño:
— Miren, hay un mercado que vende el miedo y hay un fuego que pide leña y se apaga si lo dejan solo y si no lo cuidan. Y hay un agua que no se vende y hay un fuego que no pide leña y no se apaga aunque lo dejen solo en una sinagoga de madera de teca. Ustedes deciden qué agua beben cada mañana y qué fuego cuidan cada noche. Pero sepan que el agua que no se vende está más cerca que el río, está aquí, en el corazón.
Y la gente entendía, porque en Patala todos, hasta los niños con cadena, hasta los mercaderes con anillo, saben de mercados que venden el miedo y de fuegos que se apagan cuando no hay dinero para leña y cuando no hay esperanza.
Una tarde del día veintidós, cuando el sol caía y el mercado de esclavos estaba cerrando y se oían las cadenas, una mujer joven, con el sari gris de las esclavas, el sari sin color, gris como ceniza, que les dan a las esclavas para que no se sientan mujeres, para que no se sientan bonitas, y con la cadena fina de hierro en el tobillo derecho que significa que es esclava pero no muy esclava, que puede salir a sacar el agua del pozo comunitario pero no puede irse de la ciudad, que puede ir a la sinagoga pero no puede sentarse, lo interrumpió, como lo habían hecho Sara en Zadrakata, Anahita en la aldea de piedra negra del Cáucaso, Uma en Taxila, y como lo harían Amara, Lani, Sari, Dayang en las islas del mar del sur y en Kedah, porque en todas partes del mundo, en todos los mercados de todos los puertos, hay mujeres que sacan el agua desde niñas y que nunca han oído que pueden ser amadas sin sacar el agua y sin la cadena y sin servir y sin agacharse.
— ¿El agua viva? —preguntó, en el griego roto que hablan los esclavos en Patala, con acento de la India profunda, de Bengala, con voz que no se había usado para preguntar nunca —. ¿Qué es el agua viva? ¿Es el agua que no se vende en el mercado? ¿Dónde está esa agua? Yo solo conozco el agua del pozo salado que me dan si trabajo bien.
— Es el agua que hace que no tengas que tener miedo de que te vendan mañana en el mercado —dijo Matías, bajando la voz, arrodillándose para estar a su altura, porque ella estaba sentada en el suelo de tierra, con la cadena sonando —. Es saber que eres amada aunque te vendan y aunque tengas la cadena fina en el tobillo y aunque saques el agua con la cadena y aunque el mercader te mire los dientes y te mire la espalda.
La mujer lloró, como lloraron todas las mujeres del pozo que Matías había conocido en su camino largo desde Jerusalén hasta Patala, y dijo, con la cadena sonando con su llanto:
— Yo saco el agua desde los tres años. Mi madre sacaba el agua desde los tres años con la cadena y su madre también sacaba el agua desde los tres con la cadena, y su madre también. Nunca nadie nos dijo que podíamos dejar de tener miedo de que nos vendan, de que nos compren, de que nos cambien por pimienta o por sal. Siempre nos dijeron saca agua, carga el saco, no llores, no preguntes, no mires.
Matías le puso la mano en la cabeza, como había hecho Jesús con los niños y con la mujer encorvada de la sinagoga, con la mano callosa de pastor y de pescador, y le dijo, para que solo ella oyera, porque el mercado estaba cerca y los mercaderes escuchaban:
— Yo no puedo hacer que no te vendan mañana, porque no soy Dios y no tengo oro para comprarte y no tengo barco para llevarte. Pero puedo decirte, porque lo vi en Ecbátana y en Zadrakata y en Taxila y en Artaxata, que hay un Dios que conoce tu corazón y que sabe que sacas el agua desde los tres años con la cadena fina y que te ama por eso y sin eso, aunque no saques agua, aunque no cargues sacos, aunque no sirvas, y que aunque te vendan mañana y aunque tengas la cadena y aunque te lleven al mar, él te ama y no te deja sola en el puesto de esclavos, no te deja sola en el agua salada.
La mujer se llamaba Mara, que en la lengua de su madre, en la lengua de los pescadores de Bengala, significa la amarga, pero no la amarga de la hiel que se escupe, la amarga del agua salada del Indo que se hace dulce cuando llueve mucho y que entonces se puede beber y da vida. Tenía un hijo pequeño de tres años con la cadena fina también, porque en Patala los hijos de las esclavas nacen con la cadena, no de hierro al principio, de miedo, una cadena invisible que se hereda, que se pasa de madre a hijo como se pasa el color de ojos.
Matías bautizó a Mara en el Indo, al amanecer del día treinta, cuando el agua estaba marrón y azul a la vez y olía a barro y a sal y a pescado seco que se secaba en esteras de bambú y a brea negra, sumergiéndola completa, con su sari gris puesto y con la cadena fina en el tobillo, porque ella quiso entrar al agua con la cadena, porque dijo, con una teología que ningún rabino había dicho y que era más profunda que la de Hillel y que la de Shamai juntos:
— Si el agua viva es para todos, también es para los que tienen la cadena. Y la cadena, bajo el agua viva, no pesa, se hace agua también, se hace liviana.
— En el nombre del Padre, que conoce los corazones de todos y que conoce el corazón de una esclava con cadena fina —dijo Matías, con el agua hasta la cintura y con la corriente del Indo tirando fuerte hacia el mar —, del Hijo, que es el Hijo amado y que fue vendido por treinta monedas como esclavo, como tú, y del Espíritu Santo, que es fuego que no se apaga aunque lo tiren al mar y aunque lo quieran apagar con agua salada. Y en el nombre de tu madre que sacaba el agua con la cadena y de tu abuela y de tu hijo que sacará el agua con la cadena, pero que ahora, desde hoy, desde esta agua, es amado sin la cadena también, porque la cadena se acaba y se oxida y se rompe, pero el amor no se acaba y no se oxida y no se rompe nunca.
Cuando Mara salió del agua, con el sari gris pegado al cuerpo flaco y con la cadena fina brillando con agua y con sol, no lloró, rió, una risa corta, seca, de mujer que no reía desde los tres años, desde que le pusieron la cadena por primera vez, que hizo que el Indo, que esa mañana se había hecho un poco más azul porque la marea bajaba y traía agua del mar, se hiciera un poco más marrón, más dulce, como dice Kala la vieja del pescado, la que vende pescado seco en el puerto, que pasa cuando alguien ríe en el agua con la cadena, que el río se hace del color de la risa, y que los niños esclavos que se bañaban desnudos en el Indo, con cadena fina en el tobillo, con hambre, se acercaran a tocar la cadena fina de Mara, como si la cadena fuera distinta ahora, no de hierro que corta y que hace llaga, sino de agua viva que no corta, que no hace llaga, que hace cosquillas.
En cuarenta días bautizó a quince personas en Patala, en el Indo marrón y azul, con el agua que sabía a barro y a sal y a pescado y a libertad y a lágrimas, entre ellos al escriba viejo de Alejandría de Patala, que dijo, saliendo del agua con la barba blanca chorreando agua salada y con los ojos rojos por la sal:
— Ahora no quiero ser el que guarda las palabras en rollos que nadie compra y que se pudren con la humedad, quiero ser el que guarda el agua que no se vende, quiero ser pozo salado que se hace dulce cuando alguien ríe.
Y bautizó al mercader griego del mercado de esclavos, al jefe del ancla, al que tenía la bolsa de dinero que sonaba, que dijo, con la bolsa vacía por primera vez en veinte años, con las manos vacías:
— Ahora no quiero vender el miedo, porque el miedo me pesa más que la pimienta y más que el oro. Quiero comprar el agua viva, aunque me digas que no se vende, quiero probarla, quiero beberla, aunque sea un trago.
Y bautizó a diez niños con la cadena fina en el tobillo, con cadena de verdad, de hierro forjado, que nunca habían visto a un judío con la bolsa de cuero de búfalo de agua y que le tocaban el bastón de cinco nombres para ver si era de verdad y que se reían porque la madera de almendro picaba y porque olía al fuego que no se apaga y al adobe de Zadrakata y a la menta de Sara y a la pimienta negra y a la libertad.
El mercader griego del ancla volvió la última noche, la noche cuarenta, no con la bolsa del dinero que suena y que hace que todos se callen y que todos miren, sin la bolsa, con las manos vacías, con una túnica blanca simple, sin anillo de ancla, sin anillo de oro, descalzo, como un esclavo, y dijo, mirando el fuego pequeño que no se apaga en la sinagoga de teca, que iluminaba sin humo:
— Tu agua que no se vende no se acaba nunca, es verdad, la probé ayer. Le di de beber a un esclavo viejo que se moría de miedo y de fiebre en mi casa y dejó de tener miedo y se murió en paz, sin cadena, diciendo un nombre, Mara. ¿Me enseñas a sacarla para otros esclavos? ¿Cómo se saca el agua que no se vende?
— No se enseña —dijo Matías, con amor de hermano, con la mano en su hombro gordo que ahora era flaco —. No se saca con cántaro de cobre ni con cubo de madera. Se guarda. Y se guarda contando que hay otra agua que no se vende y que no se acaba aunque la vendas, aunque la regales, aunque la tires al mar. Cuanto más la das, más hay, como el pan que no se acababa.
Le regaló la tablilla de piedra pulida del río que decía no hay dos ríos, hay uno que se guarda de dos maneras, que pesaba lo justo, y el mercader la puso en el mercado grande, en el centro del mercado de esclavos, al lado del poste donde se mide la altura de los esclavos y donde se les miran los dientes, clavada en un poste de teca con un clavo de hierro, para que la gente que viene a comprar esclavos y a vender pimienta y a comprar pimienta la vea y la toque y lea, aunque no sepa leer, que hay dos aguas y que las dos pueden estar en la misma tierra, en el mismo mercado, sin pelearse, como pueden estar en el mismo corazón el miedo a ser vendido y el amor que no se vende, si se guarda bien, si se guarda como María guardaba todo en su corazón, hasta la espada.
Al día cuarenta y uno, al amanecer, con la marea baja y con el olor a pescado seco más fuerte que nunca y con el canto de los pescadores que salen al mar, Matías salió de Patala no por el camino de tierra que va a Taxila, que es largo y polvoriento y lleno de bandidos, sino por el mar, en un bote de teca y bambú que el mercader griego del ancla le dio, con la vela de algodón blanco cosida por Mara con hilo de su sari gris y con el remo de teca pulido por los niños con cadena fina en el tobillo, con el bastón de seis nombres ahora, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita, Uma y Mara, seis nombres grabados a cuchillo que ya casi no cabían en la madera de almendro y que se tocaban entre sí, y con la bolsa nueva de cuero de búfalo de agua que olía al Indo marrón y azul y al fuego pequeño que no se apaga y a la piedra pulida del río y a la cadena fina de hierro que ya no corta y al adobe de Zadrakata y a la pimienta negra y al sari gris de Mara, y con la certeza, que no era suya, que no venía de su fuerza ni de su fe grande ni de su santidad, sino del que lo había contado con los once por una suerte echada en el aposento alto en Jerusalén, una suerte que cayó sobre él sin que hiciera nada para merecerla, sin que fuera el más santo ni el más listo, de que ser el regalo de Dios, ser Matías, ser don de Yahvé, no es tener mucho para dar, no es tener oro ni barcos ni palabras bonitas en griego ni en sánscrito, es dar lo poco que se tiene, aunque sea un pedazo pequeño del velo azul cortado con tijeras romas, aunque sea una historia del pozo contada mal y con acento galileo de pescador del lago, aunque sea una llama pequeña que no se apaga y que no calienta mucho pero que no hace humo y que no pide leña, aunque sea un puñado de arroz blanco cocido, aunque sea el agua que no se vende y que no se puede poner en cántaro ni en saco, para que el otro no se hunda en el mercado y no tenga miedo y no tenga sed y no tenga la cadena fina en el tobillo que suena cuando camina hacia el agua.
Y siguió navegando hacia el sur, hacia el mar abierto, aunque el Indo se hiciera salado detrás de él y aunque el mar se hiciera marrón y azul y aunque el viento del mar del sur lo tirara y lo quisiera hundir y aunque el camino llevara a Kedah donde hay el cuenco de barro y el agua marrón y el arroz dorado y donde también hay mujeres que sacan agua con cadena invisible y niños con cadena visible, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, que nunca se acaba, que siempre tiene un poco más allá, siempre está un poco más allá y un poco más acá al mismo tiempo, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo, con el bastón de seis nombres, con la bolsa vacía, y diga por fin estoy en casa, aunque esté en Patala, aunque huela al pescado seco y a la brea y a la cadena y a la pimienta y a la sal, aunque esté lejos de Cafarnaúm, a un año de camino en barco y a pie, porque la casa no es el lugar donde naciste ni donde tienes papeles ni donde tienes familia ni donde tienes casa de piedra, la casa es donde te saben amado y donde sabes amar, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre que no se borra, aunque lo escribas en la tablilla de piedra pulida del río, en el velo azul cortado, en el agua marrón y azul del Indo que se hace mar, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, la madre que guardaba todo, hasta la espada que le atravesaría el corazón y hasta el llanto de su hijo en la cruz, no se borra nunca, ni con el viento del mar, ni con el río que se hace salado, ni con el mercado que vende el miedo, ni con la cadena fina del tobillo que suena cuando caminas hacia el agua viva, hacia la libertad que no se vende... Y Patala siguió siendo Patala, con su mercado de esclavos y su olor a pescado, pero ahora, en el centro del mercado, había una tablilla de piedra que decía no hay dos ríos, y en la sinagoga de teca había un fuego pequeño que no se apagaba, y en la orilla del Indo había una mujer con sari gris y cadena fina que había aprendido a reír en el agua, y un mercader que ya no vendía miedo, y eso, para una ciudad que vende miedo, era más que suficiente para que el miedo, por un momento, pesara un poco menos.
CAPÍTULO 15
Matías salió de Patala no por el camino de tierra que va a Taxila, que es largo y polvoriento y lleno de bandidos partos que roban pimienta, por el mar, por el agua salada y marrón y azul, en el bote de teca y bambú que el mercader griego del mercado de esclavos le dio cuando dijo con voz que no era de mercader, con voz de hombre que ha visto su miedo, ahora no quiero vender el miedo, quiero comprar el agua viva aunque me digas que no se vende, con la vela de algodón blanco que olía todavía al Indo marrón y azul y a pescado seco y con el remo de teca que olía a la brea negra que tapa los agujeros de los botes y que huele a trabajo y con el bastón de seis nombres grabados a cuchillo en la madera de almendro que ya casi no cabía, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita, Uma y Mara, seis nombres que eran seis vidas, seis fuegos, seis ríos, y con la bolsa de cuero de búfalo de agua, nueva, fuerte, que olía al fuego pequeño que no se apaga y a la piedra pulida del río y a la cadena fina del tobillo que ya no corta y al adobe de Zadrakata que huele a sol y a la menta de Alejandría que huele a madre y a la pimienta negra de Taxila que pica.
Navegó cuarenta días por el mar que se hace verde y luego azul profundo y luego marrón otra vez cuando se acerca a la tierra y a los deltas, con el monzón del suroeste que empuja fuerte y que hace que el bote de teca y bambú vaya rápido aunque no tenga quilla grande y aunque sea pequeño, con los peces voladores que saltan de noche y que brillan plateados y con las tortugas grandes, verdes, que sacan la cabeza enorme y miran con ojos viejos y con los delfines que acompañan al bote y que los marineros griegos dicen que son los hombres que se hicieron peces para no tener que vender el miedo en el mercado de Patala, que prefirieron hacerse peces que ser mercaderes de esclavos.
Al día cuarenta, al amanecer, cuando el agua del mar se hizo de color té con leche, vio la tierra, no la tierra baja de Patala que es de barro y que se inunda, la tierra alta de Kedah, con la montaña que los malayos llaman Gunung Jerai, la montaña que suda, porque siempre tiene nube encima y que tiene la selva espesa, verde oscura, que parece pelo, y con el río que los malayos llaman Sungai Kedah, el agua marrón que lleva el arroz y que los griegos que llegaron con Alejandro y se quedaron llaman el cuenco, porque parece un cuenco enorme cuando lo ves desde el mar, un cuenco de barro rojo lleno de agua marrón que no se hace azul aunque se mezcle con el mar azul, porque el agua marrón de Kedah es más fuerte que el mar, tiene más tierra que el mar.
Kedah olía a arroz, no al arroz cocido de Jerusalén que huele a casa y a sábado, al arroz crudo que se seca al sol en esteras grandes de bambú y al arroz que crece en el agua marrón y que huele a barro y a sol y a vida y a la cáscara que vuela cuando lo trillas con el pie y que se mete en los ojos y pica. Tenía las casas de pilotes de madera de teca con el techo de hojas de palma trenzadas, altas, para que el agua marrón no se lleve la casa cuando sube, y las calles de tierra roja que se hacen barro rojo, espeso, pegajoso, que te llega a la rodilla cuando llueve mucho y que se hacen polvo rojo que se mete en la nariz cuando no llueve, y el mercado pequeño, no grande como el de Patala, donde se vende el arroz blanco y el arroz rojo y el pescado seco pequeño y no se vende el miedo ni los esclavos, porque en Kedah no venden los hombres, en Kedah venden el arroz y el arroz es bastante para vivir y para pelearse y para reconciliarse.
Fue a la casa de Rajah, el jefe del cuenco, que no es rey, porque en Kedah no hay rey como en Partia, no hay rey de reyes, hay el jefe del agua, el penghulu, que dice cuándo se siembra el arroz y cuándo se cosecha y que tiene los dientes limados, limados a mano con piedra, como todos los jefes de Kedah y como todos los hombres valientes, porque limarse los dientes en Kedah significa que ya no muerdes el miedo, lo masticas, lo rompes.
Rajah tenía la barba larga y rala y la piel morena oscura y brillante por el aceite de coco y el tatuaje de la espiral que vuelve sobre sí misma en el brazo derecho, como Deva de Lanka tenía en el brazo, porque en Kedah también hacen la espiral que vuelve, la espiral que es el río y que es el tiempo, y cuando vio a Matías con el bastón de seis nombres y con la bolsa que olía al Indo marrón y azul y a la cadena fina y al fuego que no se apaga y a la sal de Patala, lo reconoció, no por la cara, que nunca había visto un judío de Galilea, por el olor a Patala, porque Rajah había estado en Patala hacía dos años vendiendo el arroz dorado de Kedah y había visto el mercado de esclavos y no le gustó, se le revolvió el estómago y se volvió a Kedah diciendo que no quería volver a ver hombres vendidos como arroz.
— Tú eres de los que guardan el agua que no se vende —dijo Rajah, con el malayo mezclado con el griego y con el sánscrito que se habla en Kedah, con voz grave —. Yo guardo el arroz que no tiene miedo del agua marrón. Me llamo Rajah, como todos los jefes, pero mi nombre de madre es Harimau, tigre, porque mi madre quería que no tuviera miedo.
— Yo soy Matías, el regalo —dijo Matías —. El que guarda nombres.
— Guarda nombres y guarda agua —dijo Rajah —. Aquí guardamos arroz. Vamos a entendernos.
Se quedó en Kedah cuarenta días, como siempre hacía desde Ecbátana, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita para aprender que no se sabe nada de una tierra nueva y para que la gente de la tierra confíe en un extranjero que llega en bote sin nada, y porque allí en Kedah el arroz tarda cuarenta días exactos en crecer desde que se planta la semilla en el agua marrón hasta que se hace dorado y alto y se puede cosechar con hoz y trillar y la cáscara vuela como mosquitos dorados.
En los primeros diez días enseñó en la casa de pilotes grande de Rajah, que era la casa del consejo, contando la historia del pozo de Jacob y la del pan que no se acababa y que sobró en doce cestas y la del fuego que no se apaga y que no necesita leña y la del velo azul cortado con tijeras para tapar el agujero del bote de junco de Anahita y que por eso no se hundió en el lago salado, y la del bote con el pez grabado en la madera que no se hunde aunque esté roto y que Rajah entendía muy bien porque en Kedah los botes de teca se rompen mucho con el agua marrón que trae troncos.
— Había una mujer que fue a sacar agua al mediodía —decía cada mañana, con la misma frase que era su principio —. A la hora sexta, cuando el sol quema y nadie saca agua por vergüenza y por calor. Y un hombre judío le pidió agua, aunque los judíos no hablan con samaritanos, y menos un rabino con una mujer sola. Y ella se sorprendió y él le dijo que si conociera el don de Dios, y quién es el que le pide agua, ella le pediría a él y él le daría agua viva, que salta para vida eterna, que quita la sed de ser mirada.
A los de Kedah, que sacan el agua del cuenco, del Sungai Kedah, que a veces se hace salado cuando sube el mar del oeste y que a veces se hace dulce cuando llueve mucho en la montaña que suda y que a veces se lleva las casas de pilotes cuando el agua marrón sube de golpe por la noche, les gustó mucho la historia del pozo, porque ellos saben lo que es tener sed de ser mirados, porque viven entre el agua marrón y la selva espesa y a veces nadie los mira, salvo el arroz que los mira cuando crece y que les dice si van a comer o no van a comer.
Pero a los que sembraban el arroz en el agua marrón, a los hombres y mujeres del arrozal, no les gustó que Matías hablara del pan que no se acababa, porque decían, con razón de campesinos, que aquí no hay pan, aquí no crece trigo, aquí crece arroz en el agua, y que el arroz que no se acaba es distinto del pan que no se acababa, porque el pan que no se acaba se multiplica en una cesta, y el arroz que no se acaba se multiplica en el agua marrón y con miedo.
— Aquí el pan no sirve —dijo un viejo de dientes limados, escupiendo betel rojo —. Aquí sirve el arroz. Si tu Dios hace pan que no se acaba, que haga arroz que no se acabe, que no tenga miedo del agua marrón.
Una noche del día quince, mientras contaba junto al fuego pequeño que no se apaga que ardía en la esquina de la casa de pilotes sin leña, sin humo, solo luz azul, amarilla, blanca, que olía a arroz cocido y a cáscara que vuela y que iluminaba las caras morenas sin hacer sombra dura, llegó una mujer joven, con el sarong de colores vivos de Kedah, rojo y azul y amarillo, y con el niño en la cadera, colgando, y con la hoz pequeña, curva, para cortar el arroz, afilada, que era la que plantaba el arroz desde los cinco años y que nunca había salido del cuenco, del valle de Kedah, y que nunca había visto el mar aunque el mar estaba a un día caminando, porque las mujeres del arroz no van al mar, el mar trae sal y la sal mata el arroz.
— Tú hablas del pan que no se acaba —dijo la mujer, en el malayo con el griego y con el pali que se habla en Kedah, con voz fuerte de mujer que trabaja en el agua —. Aquí no hay pan, judío. Hay arroz que no tiene miedo de que suba el agua marrón. Mi abuela lo plantaba.
— ¿Qué es el arroz que no tiene miedo? —preguntó Matías, con curiosidad real, porque nunca había oído hablar del arroz que no tiene miedo.
— Es el arroz que crece aunque suba el agua marrón y aunque se haga salada y aunque se lleve la casa de pilotes y aunque los búfalos lo pisen —dijo la mujer, con orgullo de campesina —. Mi abuela plantaba el arroz que no tiene miedo, el padi huma, y mi madre también y yo también, pero tengo miedo de que suba el agua marrón más que nunca y se lo lleve todo, porque cada año sube más, porque la montaña que suda suda más.
Matías la miró, con el fuego pequeño reflejado en sus ojos negros, y le puso la mano en la cabeza, como había hecho Jesús con los niños y con la mujer que sangraba, y le dijo, con voz baja para que solo ella oyera, porque los hombres del arroz escuchaban con burla:
— Yo no puedo hacer que el agua marrón no suba, porque no soy Dios y no mando al agua marrón, solo soy el que guarda nombres y el que guarda agua que no se vende. Pero puedo decirte que hay un Dios que conoce tu corazón y que sabe que plantas el arroz desde los cinco años con la hoz pequeña y con el niño en la cadera y que te ama por eso y sin eso, aunque no plantes arroz, aunque no coseches, y que aunque suba el agua marrón y aunque se lleve el arroz y la casa de pilotes y la hoz pequeña, él te ama y no te deja sola en el agua marrón.
La mujer se llamaba Sari, que en malayo antiguo de Kedah significa la esencia, pero no la esencia del perfume que se vende en Patala, la esencia del arroz cuando se hace dorado y cuando lo trillas y la cáscara vuela y queda el grano blanco y brillante. Tenía dos hijos, uno en la cadera y otro de seis años que ya plantaba arroz con una hoz más pequeña, y tenía el miedo de todas las madres del cuenco, a que suba el agua marrón y a que se lleve el arroz y la casa y a que no quede nada para comer y que la cáscara no vuele nunca más.
Matías bautizó a Sari en el cuenco, en el Sungai Kedah, al amanecer del día veinticinco, cuando el agua estaba marrón y fría y olía a barro rojo y a arroz y a selva y a montaña que suda, sumergiéndola completa, con su sarong de colores puesto y con la hoz pequeña en la mano derecha, porque ella quiso entrar al agua con la hoz, porque dijo, con una teología de campesina que ningún teólogo de Alejandría había dicho:
— Si el agua viva es para todos, también es para las que cortan el arroz desde los cinco años con hoz pequeña. Y la hoz, bajo el agua viva, no corta, guarda, guarda el arroz.
— En el nombre del Padre, que conoce los corazones de todos y que conoce el corazón de una mujer que planta arroz con niño en la cadera —dijo Matías, con el agua marrón hasta la cintura y con la corriente del cuenco tirando suave —, del Hijo, que es el Hijo amado y que dijo yo soy el pan de vida y que también es el arroz de vida, y del Espíritu Santo, que es fuego que no se apaga aunque lo tiren al agua marrón. Y en el nombre de tu madre que plantaba el arroz que no tiene miedo y de tu abuela que plantaba el arroz que no tiene miedo y de tu hija que plantará el arroz que no tiene miedo, pero que ahora, desde hoy, es amada sin el arroz también, porque el arroz se acaba y se come, pero el amor no se acaba y no se come, se guarda.
Cuando Sari salió del agua marrón, con el sarong de colores pegado al cuerpo y con la hoz pequeña brillando con agua marrón, no lloró, rió, una risa corta, fuerte, de mujer que trabaja en el arrozal y que ríe poco, que hizo que el cuenco, que esa mañana había subido un poco porque había llovido mucho en la montaña que suda, bajara un poco, como dice Kala la vieja de Patala que pasa cuando alguien ríe en el agua marrón, que el agua baja, y que los niños que se bañaban desnudos en el cuenco, con barro rojo hasta las rodillas, se acercaran a tocar la hoz pequeña de Sari, como si la hoz fuera distinta ahora, no de hierro que corta, de agua viva, de arroz que no tiene miedo, de luz.
En cuarenta días bautizó a veinticinco personas en Kedah, en el cuenco marrón, con el agua que sabía a barro rojo y a arroz y a selva, entre ellos a Rajah, el jefe del cuenco de los dientes limados, que dijo, saliendo del agua con el tatuaje de espiral brillando con agua marrón:
— Ahora no quiero ser el jefe del agua que dice cuándo se siembra y cuándo se cosecha y que todos obedecen por miedo. Quiero ser el regalo que dice que el arroz que no tiene miedo no necesita que yo diga cuándo, crece solo si se guarda bien, si se ama bien.
Y bautizó a veinte niños que nunca habían visto a un judío con la bolsa de cuero de búfalo de agua y que le tocaban el bastón de seis nombres para ver si era de verdad y que se reían porque la madera de almendro picaba y porque olía al fuego que no se apaga y al Indo marrón y azul y a la cadena fina de Patala y a la cáscara que vuela y al arroz dorado y que le preguntaban si en su tierra el arroz también crece en el agua marrón.
Y bautizó a tres ancianas que plantaban arroz desde hacía sesenta años y que tenían la espalda doblada de tanto plantar y que dijeron que nunca nadie les había dicho que eran amadas sin arroz, que siempre les dijeron planta arroz, planta arroz.
Rajah volvió la última noche, la noche cuarenta, no con la marca de jefe del agua, sin la marca, sin el bastón de jefe, sin el sombrero de palma, con una túnica blanca simple, descalzo, con los dientes limados brillando, y dijo, mirando el fuego pequeño que no se apaga en la casa de pilotes, que iluminaba sin humo:
— Tu arroz que no tiene miedo no se acaba nunca, es verdad, lo probé. Lo planté ayer en el agua marrón que subía y no se lo llevó el agua. ¿Me enseñas a plantarlo para todos? ¿Cómo se planta el arroz que no tiene miedo?
— No se enseña —dijo Matías, con amor de hermano, con la mano en su hombro moreno —. No se planta con manos. Se guarda. Y se guarda contando que hay otro arroz que no tiene miedo y que no se acaba aunque suba el agua marrón y aunque se haga salada y aunque se lleve todo. Cuanto más lo das, más hay, como el pan que no se acababa, como el agua que no se vende.
Le regaló la tablilla de piedra pulida del río Indo que decía no hay dos ríos, hay uno que se guarda de dos maneras, que pesaba lo justo, y Rajah la puso en la casa de pilotes grande, la casa del consejo, al lado del altar donde miden con una vara de bambú si el agua marrón sube y si el arroz va a tener miedo, para que la gente que viene a medir el agua vea que hay dos arroces y que los dos pueden estar en la misma tierra, en el mismo cuenco, sin pelearse, como pueden estar en el mismo corazón el miedo a que suba el agua marrón y el amor que no tiene miedo del agua marrón, si se guarda bien, si se guarda como María guardaba todo en su corazón, hasta la espada.
Al día cuarenta y uno, al amanecer, con niebla blanca sobre el agua marrón y con el canto de los gallos y con el olor a arroz cocido, Matías salió de Kedah por el mar otra vez, en un bote de teca y bambú más grande que el de Patala que Rajah le dio, con la vela de algodón teñida de rojo con la tierra roja de Kedah, roja como el sari de Uma, y con el remo de teca nueva, con el bastón de siete nombres ahora, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita, Uma, Mara y Sari, siete nombres grabados a cuchillo que ya casi no cabían en la madera de almendro y que se tocaban y se superponían y que hacían que el bastón pesara más, y con la bolsa nueva de cuero de búfalo de agua que olía al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela y al agua marrón y al fuego pequeño que no se apaga y a la piedra pulida del río y al adobe de Zadrakata y a la menta de Alejandría y a la hoz pequeña de Sari, y con la certeza, que no era suya, que no venía de su fuerza ni de su fe grande ni de su santidad, sino del que lo había contado con los once por una suerte echada en el aposento alto en Jerusalén, una suerte que cayó sobre él sin que hiciera nada para merecerla, sin que fuera el más santo ni el más listo ni el más valiente, de que ser el regalo de Dios, ser Matías, ser don de Yahvé, no es tener mucho para dar, no es tener oro ni barcos ni palabras bonitas en griego ni en sánscrito ni en malayo, es dar lo poco que se tiene, aunque sea un pedazo pequeño del velo azul cortado con tijeras romas, aunque sea una historia del pozo contada mal y con acento galileo de pescador del lago de Tiberíades, aunque sea una llama pequeña que no se apaga y que no calienta mucho pero que no hace humo y que no pide leña, aunque sea un puñado de arroz que no tiene miedo de que suba el agua marrón, un puñado de arroz blanco y dorado, para que el otro no se hunda en el cuenco y no tenga miedo y no tenga sed y no tenga la cadena y no tenga miedo de que suba el agua marrón y se lleve la casa de pilotes.
Y siguió navegando hacia el este, aunque el mar se hiciera verde y azul y marrón otra vez y aunque el viento del monzón lo tirara y lo quisiera hundir y aunque el camino llevara a Batu Hitam donde hay la arena negra y la tortuga grande que pone huevos y donde hay mujeres que sacan agua con miedo, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, que nunca se acaba, que siempre tiene un poco más allá, siempre está un poco más allá y un poco más acá al mismo tiempo, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo, con el bastón de siete nombres, con la bolsa vacía pero con el corazón lleno, y diga por fin estoy en casa, aunque esté en Kedah, aunque huela al arroz dorado y a la cáscara que vuela y al agua marrón y a la selva, aunque esté lejos de Cafarnaúm, a un año de camino en barco y a pie y a nado, porque la casa no es el lugar donde naciste ni donde tienes papeles ni donde tienes familia ni donde tienes casa de piedra con techo, la casa es donde te saben amado y donde sabes amar, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre que no se borra, aunque lo escribas en la tablilla de piedra pulida del río, en el velo azul cortado, en el agua marrón del cuenco, en el arroz dorado que no tiene miedo, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, la madre que guardaba todo en su corazón, hasta la espada que le atravesaría el corazón y hasta el llanto de su hijo en la cruz y hasta el silencio del sábado, no se borra nunca, ni con el viento del monzón, ni con el río que se hace salado, ni con el mercado que vende el miedo, ni con el agua marrón que sube y que se lleva las casas de pilotes, ni con el arroz que se acaba, porque el amor, el que no tiene miedo, no se acaba nunca.
Y Kedah siguió siendo Kedah, con su agua marrón y su arroz dorado, pero ahora, en la casa de pilotes grande, había una tablilla de piedra que decía no hay dos ríos, y en la esquina de la casa había un fuego pequeño que no se apagaba, y en la orilla del cuenco había una mujer con sarong de colores y hoz pequeña que había aprendido a reír en el agua marrón, y un jefe que ya no quería ser jefe del agua, sino regalo, y veinte niños que habían tocado un bastón de seis nombres y que decían que picaba, y eso, para un cuenco que siempre tiene miedo de que suba el agua marrón, era más que suficiente para que el agua, por un momento, subiera un poco menos y el arroz tuviera un poco menos de miedo.
Y Matías, con su bastón de siete nombres, se alejó por el mar, con la vela roja de Kedah, hacia Batu Hitam, hacia la arena negra, hacia lo último que nunca es lo último, cantando en voz baja, para que solo el mar lo oyera, la historia del pozo, la historia del pan, la historia del velo azul, porque había aprendido que contar es guardar, y que guardar es amar, y que amar es no tener miedo de que el agua suba.
CAPÍTULO 16
Matías salió de Kedah con el bastón de siete nombres grabados a cuchillo en la madera dura y clara de almendro, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita, Uma, Mara y Sari, siete nombres que eran siete vidas que ya no eran vidas ajenas que había conocido de paso, eran parte de su propia vida, eran su familia nueva, y con la bolsa de cuero de búfalo de agua, nueva, fuerte, cosida con tendón de búfalo, que le había regalado Rajah, el jefe del cuenco de los dientes limados, que olía al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela cuando trillas y al agua marrón que sube y al fuego pequeño que no se apaga y a la piedra pulida del río y a la cadena fina del tobillo de Mara que ya no corta y al adobe de Zadrakata que huele a sol y a la menta de Alejandría que huele a madre y a la pimienta negra de Taxila que pica la nariz y al pescado seco de Patala que huele a sal y a mar.
Navegó quince días por el mar que se hace más azul y más caliente y más profundo con cada día hacia el este, y que tiene las islas pequeñas que aparecen y desaparecen con la marea y que los malayos llaman las islas que no están, pulau yang tidak ada, y que los griegos que llegaron con Alejandro y se quedaron en Kedah llaman las islas del fin del mundo, porque más al este no hay nada, solo el mar que no se acaba nunca, aunque Matías ya sabía, después de Kedah, que el mar que no se acaba nunca sí se acaba, se acaba en Kedah, se acaba en el cuenco, en el agua marrón que es más fuerte que el mar, y que el fin del mundo no es un lugar, es una forma de mirar.
Al día quince, al amanecer, con el sol rojo saliendo del mar como una fruta, vio la tierra, no la tierra alta de Kedah con la montaña que suda, Gunung Jerai, que siempre tiene nube, la tierra baja, muy baja, de Batu Hitam, que en malayo significa piedra negra, con la playa de arena negra que brilla bajo el sol como el hierro que se pule y que quema los pies si caminas descalzo al mediodía y que hace que el mar parezca más azul, mucho más azul, porque lo negro hace que lo azul parezca más azul, como el miedo hace que el amor parezca más amor cuando se guarda bien y cuando se cuenta bien.
Batu Hitam olía a arena negra caliente y a tortuga, no a la tortuga pequeña que se come en sopa, a la tortuga grande, la tortuga laúd, que viene a poner los huevos en la arena negra una vez al año, en la luna llena, y que los malayos de Batu Hitam no tocan, no cazan, no comen, porque dicen que la tortuga que pone los huevos en la arena negra es la madre de todas las islas y que si la tocas, si le robas un huevo, el mar se enoja y se lleva la isla entera y no deja nada, ni arena negra ni casas de pilotes. Tenía las casas de pilotes bajas, muy bajas, de madera de palma y de nibong, con el techo de hojas de palma trenzadas, atap, y las calles que no son calles, son caminos de arena negra que se hacen barro negro, espeso, pegajoso, que te traga el pie cuando llueve mucho y que se hacen polvo negro, fino, que se mete en los ojos y en la comida cuando no llueve y hace viento del mar, y el pozo pequeño, uno solo, de agua dulce, cavado en la arena negra, con brocal de madera de teca, que se hace salado cuando sube la marea grande y que hace que la gente tenga miedo de sacar el agua, porque si el pozo se hace salado, no hay agua dulce en Batu Hitam y si no hay agua dulce, hay la sed, y si hay la sed, hay la muerte, porque en Batu Hitam no hay río rojo ni cuenco marrón, solo pozo pequeño.
Fue a la casa de Bato, el jefe de la arena negra, que no es el jefe del agua como Rajah en Kedah, no es el jefe del arroz, es el jefe de la tortuga, porque en Batu Hitam el jefe no dice cuándo se siembra el arroz, no hay arroz en Batu Hitam, la arena negra no deja crecer arroz, dice cuándo se puede mirar a la tortuga poner los huevos y cuándo no se puede mirar, cuándo se puede estar en la playa de noche y cuándo no, y que tiene los dientes limados, como Rajah, como todos los jefes valientes de las islas, porque limarse los dientes con piedra en Batu Hitam significa que ya no muerdes el miedo, lo masticas, lo rompes, lo escupes, y que tiene el tatuaje de la tortuga marina en el brazo derecho, no la espiral que vuelve que tenía Deva de Lanka y Rajah de Kedah, la tortuga que vuelve cada año a la misma playa de arena negra a poner los mismos huevos, la tortuga que no se pierde.
Bato tenía la barba corta, recortada con concha, y la piel más morena que Rajah, casi negra por el sol de la arena negra, y los ojos que miran al mar siempre, aunque hable contigo, porque en Batu Hitam el mar es la casa y la casa es el mar, y el mar lo es todo, y cuando vio a Matías con el bastón de siete nombres y con la bolsa que olía al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela y al agua marrón y al fuego pequeño que no se apaga y al Indo y a la cadena, lo reconoció, no por la cara, que nunca había visto un judío de Galilea, por el olor a Kedah, porque Bato había estado en Kedah el año anterior vendiendo la tortuga, no la tortuga de verdad, que no se vende, la figura de la tortuga tallada en la madera de teca, con ojos de concha, y había visto el cuenco y el arroz y no le gustó mucho, porque dijo que el agua marrón de Kedah se come la arena negra de Batu Hitam si la dejas entrar, si la dejas subir.
— Tú eres de los que guardan el arroz que no tiene miedo del agua marrón —dijo Bato, con el malayo puro, antiguo, que se habla en Batu Hitam, sin mezcla de griego, solo malayo —. Yo guardo la arena negra que no tiene miedo de que suba el mar y se la lleve. Me llamo Bato, como mi padre y como la piedra negra.
— Yo soy Matías, el regalo —dijo Matías —. El que guarda nombres y el que guarda agua.
— Guarda nombres, guarda agua, guarda arroz —dijo Bato —. Aquí guardamos arena negra y guardamos tortuga. Vamos a entendernos, porque todo es guardar.
Se quedó en Batu Hitam cuarenta días, como siempre hacía desde Ecbátana, desde que entendió que cuarenta días es el tiempo de Dios, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita para aprender que no se sabe nada de una tierra nueva y para que la gente de la tierra, que desconfía de extranjeros, empiece a confiar en un extranjero que llega en bote pequeño sin nada para vender, y porque allí en Batu Hitam la tortuga tarda cuarenta días exactos en poner los huevos en la arena negra caliente y en que los huevos se hagan tortuguitas con caparazón blando y en que las tortuguitas rompan el huevo y salgan de la arena negra y vayan al mar que no se acaba nunca, aunque ahora Matías ya sabía que el mar que no se acaba nunca sí se acaba, se acaba donde empieza el amor.
En los primeros diez días enseñó en la casa de pilotes baja de Bato, que era la casa más grande, con suelo de bambú que cruje, contando la historia del pozo de Jacob y la del pan que no se acababa y que sobró en doce cestas y la del fuego que no se apaga y que no necesita leña y la del velo azul cortado con tijeras para tapar el agujero del bote de junco de Anahita y que por eso el bote no se hundió aunque tenía un agujero grande, y la del bote con el pez grabado en la madera que no se hunde aunque esté roto y aunque tenga agujeros, porque el pez lo sostiene desde abajo, historia que Bato entendía muy bien porque en Batu Hitam los botes se hacen de tronco vaciado, perahu jalur, y se rompen poco, pero cuando se rompen en el mar, se hunden rápido porque la madera es pesada y porque la arena negra pesa y se mete en el tronco.
— Había una mujer que fue a sacar agua al mediodía —decía cada mañana, con la misma frase que era su principio y que era su identidad —. A la hora sexta, cuando el sol quema y nadie saca agua por vergüenza y por calor y por miedo a ser vista. Y un hombre judío le pidió agua, aunque los judíos no hablan con samaritanos, y menos un rabino con una mujer sola que ha tenido cinco maridos y que ahora no tiene ninguno. Y ella se sorprendió mucho y él le dijo que si conociera el don de Dios, y quién es el que le pide agua, ella le pediría a él y él le daría agua viva, agua que salta para vida eterna, agua que quita la sed de ser amada.
A los de Batu Hitam, que sacan el agua del pozo pequeño, del único pozo de agua dulce que hay en la isla, que se hace salado cuando sube la marea grande de luna llena y que a veces se hace dulce cuando llueve mucho y que a veces se hace salado del todo y hay que ir a buscar agua dulce a la isla que no está, a la isla que aparece y desaparece, les gustó mucho la historia del pozo, porque ellos saben lo que es tener sed de ser mirados, porque viven entre la arena negra que quema y el mar azul que no se puede beber y a veces nadie los mira, salvo la tortuga que los mira cuando pone los huevos de noche, con ojos grandes y viejos.
Pero a los que cuidaban el pozo pequeño, a los ancianos que miden la sal con la lengua, no les gustó que Matías hablara del agua viva que no se hace salada nunca, porque decían, con la sabiduría de gente que vive en arena negra:
— Aquí no hay agua viva, judío. Hay agua dulce que se hace salada y agua salada que se hace dulce y agua que se hace barro y barro que se hace agua y todo se hace todo y nada se queda como es. Tu agua viva que no se hace salada no existe en Batu Hitam. Aquí todo se hace salado al final.
Una noche del día quince, mientras contaba junto al fuego pequeño que no se apaga que ardía en la esquina de la casa de pilotes baja de Bato, sin leña, sin humo, solo luz azul, amarilla, blanca, que olía a arena negra caliente y a tortuga y a mar y a sal, que iluminaba sin hacer sombra, llegó una mujer joven, con el sarong negro de Batu Hitam, negro como la arena, teñido con barro negro, y con el niño en la cadera, colgando con una tela, y con el cántaro pequeño de barro negro en la cabeza, en equilibrio, que era la que sacaba el agua del pozo pequeño desde los tres años, desde que pudo caminar, y que nunca había visto el cuenco de Kedah ni el río rojo de Taxila ni el fuego de Ecbátana y que nunca había salido de Batu Hitam, porque en Batu Hitam no se sale, se vuelve, porque la tortuga vuelve siempre a la misma playa de arena negra a poner los huevos, y la gente de Batu Hitam también vuelve siempre a la misma playa.
— Tú hablas del agua viva que no se hace salada —dijo la mujer, en el malayo puro de Batu Hitam, con voz baja, con miedo a que los ancianos del pozo la oyeran —. Aquí no hay agua viva, judío. Hay el pozo pequeño que se hace salado cuando sube el mar grande y que hace que tengamos miedo de sacar el agua, porque si sacamos el agua con miedo, el agua se hace más salada, como la comida se hace más salada si la cocinas con miedo.
— ¿Qué es el agua que se hace salada con el miedo? —preguntó Matías, con interés verdadero, porque nunca había oído esa teología.
— Es el agua que sacas cuando tienes miedo de que se acabe el agua dulce —dijo la mujer, con sabiduría de quien saca agua desde niña —. Mi abuela sacaba el agua del pozo con miedo a que se acabara y mi madre también sacaba el agua con miedo y yo también saco el agua con miedo, pero tengo miedo de que se haga salada del todo y que no podamos beber ni nosotras ni las tortuguitas cuando salgan de la arena negra y busquen agua dulce para ir al mar.
Matías le puso la mano en la cabeza, como había hecho Jesús con los niños y con la mujer encorvada y como había hecho con Uma y con Mara y con Sari, y le dijo, con voz que solo ella oyó, porque había ancianos cerca:
— Yo no puedo hacer que el pozo no se haga salado, porque no soy Dios y no mando al pozo ni a la marea. Pero puedo decirte que hay un Dios que conoce tu corazón y que sabe que sacas el agua desde los tres años del pozo pequeño con el cántaro de barro negro y que te ama por eso y sin eso, aunque no saques agua, aunque no tengas cántaro, y que aunque el pozo se haga salado y aunque no haya agua dulce y aunque las tortuguitas no encuentren el agua dulce para ir al mar, él te ama y no te deja sola en la arena negra.
La mujer se llamaba Lani, que en malayo de Batu Hitam significa el cielo, pero no el cielo azul de la meseta de piedra negra de Armenia, no el cielo rojo de Taxila, el cielo de Batu Hitam que es negro de noche, muy negro, sin luces, y azul muy azul de día, que se refleja en la arena negra y hace que la arena negra brille como cielo. Tenía un hijo de dos años y una hija de cuatro que ya sacaba agua con un cántaro más pequeño, y el miedo de todas las madres de Batu Hitam, a que el pozo se haga salado del todo y a que no haya agua dulce y a que la arena negra se haga salada también y queme los pies más que al mediodía y que las tortuguitas se pierdan.
Matías bautizó a Lani en el pozo pequeño, al amanecer del día veinticinco, cuando el agua estaba dulce porque la marea había bajado mucho durante la noche y olía a arena negra y a tortuga y a selva y a mar y a noche, sumergiéndola completa, con su sarong negro puesto y con el cántaro pequeño de barro negro en la mano, porque ella quiso entrar al agua con el cántaro, porque dijo, con una teología de mujer que saca agua que ningún doctor de la ley había dicho:
— Si el agua viva es para todos, también es para las que sacan el agua desde los tres años con el cántaro pequeño de barro negro. Y el cántaro, bajo el agua viva, no pesa, no se rompe, guarda.
— En el nombre del Padre, que conoce los corazones de todos y que conoce el corazón de una mujer que saca agua con miedo —dijo Matías, con el agua del pozo hasta las rodillas, agua dulce y fría —, del Hijo, que es el Hijo amado y que pidió agua a una samaritana al mediodía, y del Espíritu Santo, que es fuego que no se apaga aunque lo tiren al pozo y aunque el pozo se haga salado. Y en el nombre de tu madre que sacaba el agua con miedo y de tu abuela que sacaba el agua con miedo y de tu hija que sacará el agua con miedo, pero que ahora, desde hoy, es amada sin el miedo también, porque el miedo se acaba pero el amor no se acaba, y el pozo se hace salado pero el amor no se hace salado nunca, ni con marea grande.
Cuando Lani salió del agua dulce del pozo pequeño, con el sarong negro pegado al cuerpo y con el cántaro pequeño de barro negro chorreando agua dulce, no lloró, rió, una risa corta, clara, que hizo que el pozo pequeño, que esa mañana se había hecho un poco salado porque la marea subía ya, se hiciera un poco menos salado, un poco más dulce, como dice Kala, la vieja de Patala, que pasa cuando alguien ríe en el agua salada, que el agua se hace dulce un momento, y que los niños que se bañaban desnudos en la arena negra, con los pies quemados, se acercaran a tocar el cántaro pequeño de Lani, como si el cántaro fuera distinto ahora, no de barro negro que se rompe, de agua viva, de agua dulce que no tiene miedo de hacerse salada, de agua que guarda.
En cuarenta días bautizó a veinte personas en Batu Hitam, en el pozo pequeño, con el agua que sabía a arena negra y a tortuga y a sal y a miedo y a risa, entre ellos a Bato, el jefe de la arena negra de los dientes limados y del tatuaje de tortuga, que dijo, saliendo del agua con la barba corta chorreando agua dulce:
— Ahora no quiero ser el jefe de la tortuga que dice cuándo se puede mirar y cuándo no se puede mirar y que todos obedecen por miedo a que el mar se enoje. Quiero ser el regalo que dice que la arena negra que no tiene miedo no necesita que yo diga cuándo, vuelve sola cada año con la tortuga, sin jefe.
Y bautizó a quince niños que nunca habían visto a un judío con la bolsa de cuero de búfalo de agua y que le tocaban el bastón de siete nombres para ver si era de verdad y que se reían porque la madera de almendro picaba y porque olía al fuego que no se apaga y al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela y a la pimienta y a la arena negra caliente.
Y bautizó a cinco ancianas que sacaban agua desde hacía sesenta años y que tenían la espalda doblada de tanto sacar agua y que tenían los pies quemados de la arena negra y que dijeron que nunca nadie les había dicho que eran amadas sin sacar agua, que siempre les dijeron saca agua, saca agua, no mires la tortuga.
Bato volvió la última noche, la noche cuarenta, no con la marca de jefe de la tortuga, sin la marca, sin el bastón de jefe tallado con tortuga, sin el sombrero de palma grande, con una túnica blanca simple, descalzo, con los dientes limados brillando en la oscuridad, y dijo, mirando el fuego pequeño que no se apaga en la casa de pilotes baja, que iluminaba sin humo y sin pedir leña:
— Tu agua dulce que no tiene miedo de hacerse salada no se acaba nunca, es verdad, la probé. Bebí del pozo después de que Lani rió y estaba más dulce. ¿Me enseñas a sacarla para que todos beban?
— No se enseña —dijo Matías, con amor de hermano, con la mano en su hombro moreno quemado por el sol —. No se saca con cántaro de barro negro ni con cubo de palma. Se guarda. Y se guarda contando que hay otra agua que no tiene miedo de hacerse salada y que no se acaba aunque el pozo se haga salado y aunque la arena negra queme. Cuanto más la das, más hay, como el pan que no se acababa, como el arroz que no tiene miedo.
Le regaló la tablilla de piedra pulida del río Indo que decía no hay dos ríos, hay uno que se guarda de dos maneras, que pesaba lo justo, y Bato la puso en la casa de pilotes baja grande, la casa del consejo de Batu Hitam, al lado del altar pequeño donde miden con la lengua si el pozo se hace salado, donde ponen la vara de bambú para medir la marea, para que la gente que viene a medir el agua con miedo vea que hay dos aguas y que las dos pueden estar en la misma tierra, en la misma arena negra, sin pelearse, como pueden estar en el mismo corazón el miedo a que el pozo se haga salado y el amor que no tiene miedo de que el pozo se haga salado, si se guarda bien, si se guarda como María guardaba todo en su corazón, hasta la espada que le atravesaría.
Al día cuarenta y uno, al amanecer, con la arena negra fría todavía, con el sol saliendo rojo del mar, Matías salió de Batu Hitam por el mar otra vez, en un bote de tronco vaciado, perahu jalur, que Bato le dio, tallado por él mismo, con la vela de algodón teñida de negro con la arena negra de Batu Hitam, negra como el sarong de Lani, y con el remo de palma, con el bastón de ocho nombres ahora, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita, Uma, Mara, Sari y Lani, ocho nombres grabados a cuchillo que ya casi no cabían en la madera de almendro y que se tocaban y se superponían y que hacían que el bastón pesara más y que fuera más difícil de llevar, pero que pesaba lo justo, y con la bolsa nueva de cuero de búfalo de agua que olía a la arena negra caliente y a la tortuga grande que pone huevos y al pozo pequeño y al agua dulce que se hace salada y al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela y al fuego pequeño y a la piedra pulida del río y al adobe de Zadrakata y a la menta de Alejandría y al pescado seco de Patala y a la vela negra, y con la certeza, que no era suya, que no venía de su fuerza ni de su fe grande ni de su santidad ni de su sabiduría, sino del que lo había contado con los once por una suerte echada en el aposento alto en Jerusalén, una suerte que cayó sobre él sin que hiciera nada para merecerla, sin que fuera el más santo ni el más listo ni el más valiente, de que ser el regalo de Dios, ser Matías, ser don de Yahvé, no es tener mucho para dar, no es tener oro ni barcos ni palabras bonitas en griego ni en sánscrito ni en malayo, es dar lo poco que se tiene, aunque sea un pedazo pequeño del velo azul cortado con tijeras romas, aunque sea una historia del pozo contada mal y con acento galileo de pescador del lago de Tiberíades, aunque sea una llama pequeña que no se apaga y que no calienta mucho pero que no hace humo y que no pide leña, aunque sea un puñado de arroz que no tiene miedo de que suba el agua marrón, aunque sea un cántaro pequeño de agua dulce que no tiene miedo de hacerse salada, aunque sea un puñado de arena negra caliente, para que el otro no se hunda en la arena negra y no tenga miedo y no tenga sed y no tenga la cadena y no tenga miedo de que suba el agua marrón y no tenga miedo de que el pozo se haga salado y no tenga miedo de que el mar se lleve la isla.
Y siguió navegando hacia el este, aunque el mar se hiciera más azul y más caliente y más profundo y aunque el viento del monzón lo tirara y lo quisiera hundir y aunque el camino llevara a Lanka donde hay la canela que huele a Navidad y la espiral que vuelve y donde hay mujeres que sacan agua con miedo y niños que no tienen arroz, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, que nunca se acaba, que siempre tiene un poco más allá, siempre está un poco más allá y un poco más acá al mismo tiempo, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo, con el bastón de ocho nombres, con la bolsa vacía pero con el corazón lleno de arena negra, y diga por fin estoy en casa, aunque esté en Batu Hitam, aunque huela a la arena negra caliente y a la tortuga y al pozo pequeño y a la sal, aunque esté lejos de Cafarnaúm, a un año y medio de camino en barco y a pie y a nado, porque la casa no es el lugar donde naciste ni donde tienes papeles ni donde tienes familia ni donde tienes casa de piedra con techo, la casa es donde te saben amado y donde sabes amar, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre que no se borra, aunque lo escribas en la tablilla de piedra pulida del río, en el velo azul cortado, en el agua marrón del cuenco, en el arroz dorado que no tiene miedo, en la arena negra que quema los pies, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, la madre que guardaba todo en su corazón, hasta la espada que le atravesaría el corazón y hasta el llanto de su hijo en la cruz y hasta el silencio del sábado santo, no se borra nunca, ni con el viento del monzón, ni con el río que se hace salado, ni con el mercado que vende el miedo, ni con el agua marrón que sube y que se lleva las casas de pilotes, ni con el pozo pequeño que se hace salado y que deja sin agua dulce, ni con la arena negra que quema, porque el amor, el que no tiene miedo, no se acaba nunca, no se hace salado nunca, no se quema nunca.
Y Batu Hitam siguió siendo Batu Hitam, con su playa de arena negra y su pozo pequeño y su tortuga grande, pero ahora, en la casa de pilotes baja grande, había una tablilla de piedra que decía no hay dos ríos, hay uno que se guarda de dos maneras, y en la esquina de la casa había un fuego pequeño que no se apagaba y que no pedía leña, y en la orilla del pozo había una mujer con sarong negro y cántaro pequeño de barro negro que había aprendido a reír en el agua dulce, y un jefe que ya no quería ser jefe de la tortuga, sino regalo, y quince niños que habían tocado un bastón de siete nombres y que decían que picaba, y veinte tortuguitas que habían salido de la arena negra esa noche y que habían encontrado el mar sin perderse, y eso, para una playa de arena negra que siempre tiene miedo de que el mar se la lleve y de que el pozo se haga salado, era más que suficiente para que la arena, por un momento, quemara un poco menos y el pozo fuera un poco más dulce.
Y Matías, con su bastón de ocho nombres que ya era casi un árbol genealógico, se alejó por el mar azul, con la vela negra de Batu Hitam, hacia Lanka, hacia la canela, hacia la espiral que vuelve, hacia lo último que nunca es lo último, cantando en voz baja, para que solo el mar y la tortuga lo oyeran, la historia del pozo, la historia del pan, la historia del velo azul, la historia del agua que no se vende, porque había aprendido que contar es guardar, y que guardar es amar, y que amar es no tener miedo de que el pozo se haga salado, y que no tener miedo es el principio del agua viva.
CAPÍTULO 17
Matías salió de Batu Hitam con el bastón de ocho nombres grabados a cuchillo en la madera dura y clara de almendro, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita, Uma, Mara, Sari y Lani, ocho nombres que eran ocho vidas que ya no eran vidas ajenas, que no eran historias de paso, eran parte de su propia vida, eran su sangre nueva, y con la bolsa de cuero de búfalo de agua, nueva, fuerte, cosida con tendón de búfalo y con hilo de palma, que le había regalado Bato, el jefe de la arena negra de los dientes limados y del tatuaje de tortuga, que olía a la arena negra caliente que quema los pies al mediodía y a la tortuga grande que pone los huevos en la arena negra en luna llena y al pozo pequeño que se hace salado cuando sube la marea grande y al agua dulce que no tiene miedo de hacerse salada y al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela cuando trillas y al agua marrón que sube y al fuego pequeño que no se apaga y a la piedra pulida del río y a la cadena fina del tobillo de Mara que ya no corta y al adobe de Zadrakata que huele a sol y a la menta de Alejandría que huele a madre y a la pimienta negra de Taxila que pica la nariz y al pescado seco de Patala que huele a sal y a mar y al incienso viejo de Ecbátana que huele a fuego eterno.
Navegó veinte días por el mar que se hace más verde y más caliente y que huele a canela antes de ver la tierra, porque en Lanka la canela crece en el bosque, en el monte bajo, y el viento del mar del suroeste trae el olor a canela viva a veinte estadios de distancia y hace que los marineros que conocen la ruta digan ya huele a Lanka, ya falta poco, ya se acaba el mar, y que los niños que nunca han visto Lanka se imaginen que Lanka es un árbol grande de canela, un solo árbol enorme que es la isla entera y que por eso huele a canela desde lejos, como huele un pan cuando se hornea.
Al día veinte, al amanecer, con el sol saliendo detrás de la montaña alta, vio la tierra, no la tierra baja de Batu Hitam con la playa de arena negra que quema, no la tierra alta de Kedah con la montaña que suda y que siempre tiene nube, la tierra verde, muy verde, de Lanka, con la montaña alta en el medio que los cingaleses llaman Sri Pada, el pico de Adán, y que los griegos llaman el monte de la canela y que tiene la nube siempre arriba, blanca, como sombrero, y con las playas de arena blanca, muy blanca, que hace que la arena negra de Batu Hitam parezca más negra cuando te acuerdas de ella, como el miedo hace que el amor parezca más amor cuando lo guardas bien y cuando lo has perdido y lo vuelves a encontrar.
Lanka olía a canela, no a la canela en polvo que se vende en sacos en Alejandría y que huele a postre, a la canela viva que se corta de la corteza del árbol con cuchillo curvo y que sangra un líquido rojo y que huele a sangre dulce y a bosque húmedo y a vida y a la lluvia que cae todos los días al atardecer, a las cuatro de la tarde, sin falta, y que hace que todo se haga verde de golpe y que la gente tenga miedo de que se pudra todo, el arroz, la madera, la ropa, el corazón, porque en Lanka todo se pudre si no se guarda con canela, porque la canela es la que guarda, la canela es la que no deja que se pudra.
Tenía las casas de piedra y madera de canela con el techo de hojas de palma trenzadas, iluk, y las calles de tierra roja, muy roja, que se hacen barro rojo, espeso, que te llega a la rodilla cuando llueve y que se hacen polvo rojo, fino, que se mete en los ojos y en la comida cuando no llueve y que huelen a canela pisada, a canela y a tierra, y los templos budistas pequeños con la campana pequeña de bronce que suena con el viento y con los monjes de la túnica naranja que caminan descalzos aunque la tierra roja queme los pies y con el elefante grande, domesticado, que lleva el agua en troncos y que a veces pisa a un hombre y lo mata sin querer, porque el elefante que lleva el agua no sabe que el hombre es blando, cree que es barro rojo.
Fue a la casa de Deva, que no es el dios, aunque se llame Deva que en sánscrito significa el dios, el brillante, es el hombre que cuida la canela en la aldea de la canela, que tiene el tatuaje de la espiral que vuelve en todo el brazo derecho, desde la muñeca hasta el hombro, una espiral negra, grande, que da vueltas y que vuelve siempre al mismo centro pero más arriba, y que tiene los dientes limados, como Rajah y Bato y como todos los jefes valientes de las islas, porque en Lanka también se liman los dientes con piedra y significa que ya no muerdes el miedo, lo masticas, lo rompes, lo escupes, y que tiene la cicatriz del elefante en la pierna izquierda, una cicatriz grande, blanca, porque el elefante que lleva el agua lo pisó de joven, cuando tenía doce años, y no lo mató, lo marcó para que no olvidara que el agua pesa.
Deva tenía la barba corta, recortada con cuchillo, y la piel morena y los ojos que miran a la montaña alta que tiene la nube siempre arriba, porque en Lanka la montaña es la casa y la casa es la montaña, y el pico de Adán es el padre, y cuando vio a Matías con el bastón de ocho nombres y con la bolsa que olía a la arena negra caliente y a la tortuga y al pozo pequeño y al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela y al agua marrón y al fuego pequeño que no se apaga y a la sal de Patala, lo reconoció, no por la cara, que nunca había visto un judío de Galilea con barba entrecana, por el olor a Batu Hitam, porque Deva había estado en Batu Hitam hacía un año comprando la arena negra para mezclarla con la canela molida y que huela más fuerte y que dure más y había visto la tortuga poner los huevos en luna llena y no le gustó que la gente de Batu Hitam la mire con antorchas, porque dijo que la tortuga que pone los huevos no quiere que la miren, quiere que la guarden en silencio, como se guarda la canela.
— Tú eres de los que guardan la arena negra que no tiene miedo de que suba el mar y se la lleve —dijo Deva, con el cingalés mezclado con el griego y con el malayo y con el pali que se habla en Lanka, en el sur —. Yo guardo la canela que no tiene miedo de que se pudra todo. Me llamo Deva, como todos los hombres que cuidan canela, pero mi nombre de madre es Aloka, luz, porque mi madre quería que no tuviera miedo de la noche que pudre.
— Yo soy Matías, el regalo, el que guarda nombres —dijo Matías.
— Guarda nombres, guarda arena, guarda agua —dijo Deva —. Aquí guardamos canela y guardamos espiral. Vamos a entendernos, porque todo lo que se guarda es lo mismo, es amor.
Se quedó en Lanka cuarenta días, como siempre hacía desde Ecbátana, desde que entendió que cuarenta días es el tiempo de Dios para enseñar, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita para aprender que no se sabe nada de una tierra nueva y para que la gente de la tierra, que desconfía de extranjeros que huelen a mar, empiece a confiar en un extranjero que llega en bote pequeño sin nada para vender y que no pide nada, y porque allí en Lanka la canela tarda cuarenta días exactos en secarse desde que se corta la corteza del árbol con cuchillo curvo hasta que se puede enrollar y vender y guardar y hacer que no se pudra el arroz y la madera y el corazón y el recuerdo.
En los primeros diez días enseñó en la casa de piedra y madera de canela de Deva, que olía a canela viva y a madera y a lluvia, contando la historia del pozo de Jacob y la del pan que no se acababa y que sobró en doce cestas llenas y la del fuego que no se apaga y que no necesita leña y que no hace humo y la del velo azul cortado con tijeras para tapar el agujero del bote de junco de Anahita y que por eso el bote no se hundió aunque tenía un agujero grande del tamaño de una mano, y la del bote con el pez grabado en la madera que no se hunde aunque esté roto y aunque tenga agujeros, porque el pez lo sostiene desde abajo, historia que Deva entendía muy bien porque en Lanka los botes se hacen de madera de canela y huelen a canela y se pudren poco, porque la canela guarda la madera y no deja que entre el agua.
— Había una mujer que fue a sacar agua al mediodía —decía cada mañana, con la misma frase que era su principio y que era su oración —. A la hora sexta, cuando el sol quema las piedras y nadie saca agua por vergüenza y por calor y por miedo a ser vista sola. Y un hombre judío le pidió agua, aunque los judíos no hablan con samaritanos, y menos un rabino con una mujer sola que ha tenido cinco maridos y que ahora vive con uno que no es su marido. Y ella se sorprendió mucho y él le dijo que si conociera el don de Dios, y quién es el que le pide agua, ella le pediría a él y él le daría agua viva, agua que salta para vida eterna, agua que quita la sed de ser amada de verdad.
A los de Lanka, que sacan el agua del pozo que se hace dulce cuando llueve mucho y que se hace salado cuando sube el mar del sur y que a veces se hace rojo con la tierra roja de la montaña y que a veces se hace marrón con hojas podridas, les gustó mucho la historia del pozo, porque ellos saben lo que es tener sed de ser mirados, porque viven entre la montaña alta que tiene la nube siempre arriba y que no los mira y el mar que tampoco los mira y a veces nadie los mira, salvo la canela que los mira cuando crece y que les dice si van a comer o no.
Pero a los que cuidaban la canela, a los hombres y mujeres que cortan la canela con cuchillo curvo y que tienen las manos marrones y rojas de tanto cortar, no les gustó que Matías hablara del agua viva que no se hace salada, porque decían, con la sabiduría de gente que vive en la humedad que pudre:
— Aquí no hay agua viva, judío. Hay canela viva que hace que no se pudra el agua y que no se pudra el arroz y que no se pudra la madera de la casa y que no se pudra el corazón cuando llueve mucho. Si todo se pudre, la canela no se pudre si se guarda bien. Tu agua viva no guarda, se va.
Una noche del día quince, mientras contaba junto al fuego pequeño que no se apaga que ardía en la esquina de la casa de piedra y madera de canela sin leña, sin humo, solo luz azul, amarilla, blanca, que olía a canela viva y a bosque húmedo y a lluvia que iba a caer, llegó una mujer joven, con el sari de colores vivos de Lanka, rojo y amarillo y verde, y con el niño en la cadera, colgando con una tela larga, y con la hoz pequeña, curva, como la de Sari, para cortar la canela, que era la que cortaba la canela desde los cinco años, desde que pudo sostener la hoz, y que nunca había visto el cuenco de Kedah ni el pozo pequeño de Batu Hitam ni el río rojo de Taxila ni el fuego de Ecbátana y que nunca había salido de Lanka, porque en Lanka no se sale, se vuelve, porque la espiral que vuelve, como dice Deva y como dice su tatuaje, siempre vuelve al mismo centro pero más arriba, más sabia, como la canela que vuelve a crecer después de cortada.
— Tú hablas del agua viva que no se hace salada —dijo la mujer, en el cingalés con el griego y con el pali que se habla en Lanka, con voz fuerte de mujer que corta canela —. Aquí no hay agua viva, judío. Hay canela que no tiene miedo de que se pudra todo.
— ¿Qué es la canela que no tiene miedo de que se pudra todo? —preguntó Matías, con curiosidad verdadera, porque nunca había oído hablar de la canela que no tiene miedo.
— Es la canela que cortas aunque sepas que todo se pudre, el arroz, la madera, el sarong, el corazón, y que guardas para que no se pudra —dijo la mujer, con orgullo de campesina de canela —. Mi abuela cortaba la canela con el miedo de que se pudra todo y mi madre también cortaba la canela con el miedo de que se pudra todo y yo también corto la canela con el miedo de que se pudra todo, pero tengo miedo de que se pudra todo de verdad, porque cada año llueve más y la lluvia pudre más y el elefante que lleva el agua pisa más casas porque el barro lo hace resbalar.
Matías la miró, con el fuego pequeño reflejado en sus ojos negros, y le puso la mano en la cabeza, como había hecho Jesús con los niños y con la mujer que sangraba y como había hecho con Uma y con Mara y con Sari y con Lani, y le dijo, con voz baja para que solo ella oyera, porque los hombres de la canela escuchaban con burla y con miedo:
— Yo no puedo hacer que no se pudra todo, porque no soy Dios y no mando a la lluvia ni al moho. Pero puedo decirte que hay un Dios que conoce tu corazón y que sabe que cortas la canela desde los cinco años con la hoz pequeña y con el niño en la cadera y que te ama por eso y sin eso, aunque no cortes canela, aunque no guardes nada, y que aunque se pudra todo y aunque llueva más y aunque el arroz se pudra y la madera de la casa se pudra y el corazón se pudra un poco, él te ama y no te deja sola y él no se pudre nunca.
La mujer se llamaba Amara, que en cingalés antiguo y en pali significa la inmortal, pero no la inmortal que no muere nunca porque es diosa, la inmortal que no se pudre aunque todo se pudra, la que guarda. Tenía dos hijos, uno en la cadera y otro de seis años que ya cortaba canela con una hoz más pequeña y que tenía las manos marrones, y tenía el miedo de todas las madres de Lanka, a que se pudra todo y a que la lluvia pudra la casa de piedra y madera de canela y a que el elefante que lleva el agua pise a su marido como pisó a Deva y lo mate y lo deje sin pierna.
Matías bautizó a Amara en el río que baja de la montaña alta que tiene la nube siempre arriba, el Mahaweli, al amanecer del día veinticinco, cuando el agua estaba fría y roja de la tierra roja de Lanka y olía a canela y a bosque y a lluvia de noche y a tierra mojada, sumergiéndola completa, con su sari de colores puesto y con la hoz pequeña en la mano derecha, porque ella quiso entrar al agua con la hoz, porque dijo, con una teología de mujer que corta canela que ningún doctor de la ley había dicho y que era más profunda que la de Gamaliel:
— Si el agua viva es para todos, también es para las que cortan la canela desde los cinco años con la hoz pequeña y con niño en la cadera. Y la hoz, bajo el agua viva, no corta, guarda, y no se pudre, guarda la canela.
— En el nombre del Padre, que conoce los corazones de todos y que conoce el corazón de una mujer que corta canela con miedo —dijo Matías, con el agua roja hasta la cintura y con la corriente del río de montaña tirando —, del Hijo, que es el Hijo amado y que dijo yo soy el pan de vida y que también es la canela de vida que no se pudre, y del Espíritu Santo, que es fuego que no se apaga aunque lo tiren al río rojo y aunque llueva. Y en el nombre de tu madre que cortaba la canela con el miedo de que se pudra todo y de tu abuela que cortaba la canela con el miedo y de tu hija que cortará la canela con el miedo, pero que ahora, desde hoy, es amada sin el miedo también, porque el miedo se pudre pero el amor no se pudre nunca, y la lluvia pudre la madera pero el amor no se pudre, no se moja.
Cuando Amara salió del agua roja del río de montaña, con el sari de colores pegado al cuerpo y con la hoz pequeña brillando con agua roja, no lloró, rió, una risa corta, fuerte, de mujer que trabaja en la canela y que ríe poco porque cortar canela duele en la espalda, que hizo que el río que baja de la montaña, que esa mañana se había hecho un poco más rojo porque había llovido mucho arriba en el pico de Adán, se hiciera un poco menos rojo, un poco más claro, como dice Kala, la vieja de Patala, que pasa cuando alguien ríe en el agua roja, que el agua se aclara, y que los niños que se bañaban desnudos en el río, con la piel morena y con los dientes limados ya de niños, se acercaran a tocar la hoz pequeña de Amara, como si la hoz fuera distinta ahora, no de hierro que corta y que se oxida y se pudre, de agua viva, de canela que no tiene miedo de que se pudra todo y que no se pudre, que guarda.
En cuarenta días bautizó a veinte personas en Lanka, en el río que baja de la montaña alta, con el agua que sabía a canela y a tierra roja y a lluvia, entre ellos a Deva, el que se llama el dios y que tiene la espiral que vuelve tatuada en todo el brazo, desde la muñeca hasta el hombro, que dijo, saliendo del agua con el tatuaje brillando con agua roja:
— Ahora no quiero llamarme el dios, Deva, porque dios hay uno solo y no soy yo. Quiero ser el regalo, como tú, que dice que la canela que no tiene miedo no necesita que yo diga cuándo se corta y cuándo se guarda, vuelve sola cada año con la lluvia, con la espiral que vuelve, y yo solo la guardo.
Y bautizó a quince niños que nunca habían visto a un judío con la bolsa de cuero de búfalo de agua y que le tocaban el bastón de ocho nombres para ver si era de verdad y que se reían porque la madera de almendro picaba y porque olía al fuego que no se apaga y a la arena negra y a la tortuga y al pozo pequeño y al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela y a la canela viva y a la tierra roja y que le preguntaban si en su tierra la canela también crece y si huele igual.
Y bautizó a cinco ancianas que cortaban canela desde hacía sesenta años y que tenían la espalda doblada de tanto cortar canela agachadas y que tenían las manos negras de la canela y que dijeron que nunca nadie les había dicho que eran amadas sin cortar canela, que siempre les dijeron corta canela, corta canela, no mires al elefante.
Deva volvió la última noche, la noche cuarenta, no con el nombre de el dios, sin el nombre de Deva, con una túnica blanca simple, descalzo, con los dientes limados brillando en la oscuridad de la casa de canela, y dijo, mirando el fuego pequeño que no se apaga en la casa de piedra y madera de canela, que iluminaba sin humo y sin pedir leña y que olía a canela:
— Tu canela que no tiene miedo de que se pudra todo no se pudre nunca, es verdad, la probé. Corté canela ayer con miedo de que se pudra todo y no se pudrió, la guardé y olía mejor. ¿Me enseñas a cortarla sin el miedo? ¿Cómo se corta sin miedo?
— No se enseña —dijo Matías, con amor de hermano, con la mano en su hombro moreno tatuado con espiral —. No se corta con hoz. Se guarda. Y se guarda contando que hay otra canela que no tiene miedo de que se pudra todo y que no se pudre aunque llueva más y aunque se pudra todo, aunque el elefante pise la casa. Cuanto más la das, más hay, como el pan que no se acababa, como el arroz que no tiene miedo, como el agua que no se vende.
Le regaló la tablilla de piedra pulida del río Indo que decía no hay dos ríos, hay uno que se guarda de dos maneras, que pesaba lo justo, y Deva la puso en la casa de piedra y madera de canela grande, la casa del consejo de Lanka, al lado del altar pequeño donde miden con la nariz si la canela se pudre, donde ponen la canela a secar durante cuarenta días, para que la gente que viene a medir la canela con miedo vea que hay dos canelas y que las dos pueden estar en la misma tierra, en la misma isla, sin pelearse, como pueden estar en el mismo corazón el miedo a que se pudra todo y el amor que no se pudre, si se guarda bien, si se guarda como María guardaba todo en su corazón, hasta la espada que le atravesaría, y como puede estar en el mismo río el agua roja que se pudre y el agua viva que no se pudre, porque siempre es, porque siempre está, aunque llueva.
Al día cuarenta y uno, al amanecer, con niebla blanca sobre el río rojo de montaña y con el canto de los gallos de Lanka y con el olor a canela viva más fuerte que nunca y con el olor a tierra roja mojada, Matías salió de Lanka por el mar otra vez, en un bote de madera de canela que Deva le dio, tallado por él mismo, que no se pudre nunca y que huele a canela viva y que hace que los peces se acerquen porque les gusta el olor a canela y que no se hunde aunque se rompa, con la vela de algodón teñida de rojo con la tierra roja de Lanka, roja como el sari de Uma y como la tierra, y con el remo de canela, con el bastón de nueve nombres ahora, Vark, Barba Roja, Sara, Anahita, Uma, Mara, Sari, Lani y Amara, nueve nombres grabados a cuchillo que ya casi no cabían en la madera de almendro y que se tocaban y se superponían y que hacían que el bastón pesara más y que fuera más difícil de llevar y que pareciera un árbol, y con la bolsa nueva de cuero de búfalo de agua que olía a la canela viva y a la espiral que vuelve y al río rojo que baja de la montaña alta y a la arena negra caliente y a la tortuga grande y al pozo pequeño y al agua dulce que se hace salada y al cuenco y al arroz dorado y a la cáscara que vuela y al agua marrón y al fuego pequeño y a la piedra pulida del río y al adobe de Zadrakata y a la menta de Alejandría y al pescado seco de Patala y a la tierra roja, y con la certeza, que no era suya, que no venía de su fuerza ni de su fe grande ni de su santidad ni de su sabiduría, sino del que lo había contado con los once por una suerte echada en el aposento alto en Jerusalén, una suerte que cayó sobre él sin que hiciera nada para merecerla, sin que fuera el más santo ni el más listo ni el más valiente, de que ser el regalo de Dios, ser Matías, ser don de Yahvé, no es tener mucho para dar, no es tener oro ni barcos ni palabras bonitas en griego ni en sánscrito ni en malayo ni en cingalés, es dar lo poco que se tiene, aunque sea un pedazo pequeño del velo azul cortado con tijeras romas, aunque sea una historia del pozo contada mal y con acento galileo de pescador del lago de Tiberíades, aunque sea una llama pequeña que no se apaga y que no calienta mucho pero que no hace humo y que no pide leña, aunque sea un puñado de arroz que no tiene miedo de que suba el agua marrón, aunque sea un cántaro pequeño de agua dulce que no tiene miedo de hacerse salada, aunque sea una rama de canela que no tiene miedo de que se pudra todo, una rama viva que huele a sangre dulce, para que el otro no se hunda en la arena negra y no tenga miedo y no tenga sed y no tenga la cadena y no tenga miedo de que suba el agua marrón y no tenga miedo de que el pozo se haga salado y no tenga miedo de que se pudra todo y no tenga miedo de que el elefante lo pise.
Y siguió navegando hacia el este, aunque el mar se hiciera más verde y más caliente y más lleno de islas que no están y aunque el viento del monzón lo tirara y lo quisiera hundir y aunque el camino llevara a Panay donde hay las terrazas de arroz que parecen las escaleras al cielo y donde hay mujeres que sacan agua con miedo y niños que no tienen canela, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, que nunca se acaba, que siempre tiene un poco más allá, siempre está un poco más allá y un poco más acá al mismo tiempo, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo, con el bastón de nueve nombres, con la bolsa vacía pero con el corazón lleno de canela, y diga por fin estoy en casa, aunque esté en Lanka, aunque huela a la canela viva y a la espiral que vuelve y al río rojo que baja de la montaña y a la lluvia que cae todos los días al atardecer, aunque esté lejos de Cafarnaúm, a un año y medio de camino en barco y a pie y a nado, porque la casa no es el lugar donde naciste ni donde tienes papeles ni donde tienes familia ni donde tienes casa de piedra con techo, la casa es donde te saben amado y donde sabes amar, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre que no se borra, aunque lo escribas en la tablilla de piedra pulida del río, en el velo azul cortado, en el agua marrón del cuenco, en el arroz dorado que no tiene miedo, en la arena negra que quema los pies, en la canela viva que no se pudre, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, la madre que guardaba todo en su corazón, hasta la espada que le atravesaría el corazón y hasta el llanto de su hijo en la cruz y hasta el silencio del sábado santo y hasta la canela que le llevarían las mujeres al sepulcro, no se borra nunca, ni con el viento del monzón, ni con el río que se hace salado, ni con el mercado que vende el miedo, ni con el agua marrón que sube y que se lleva las casas de pilotes, ni con el pozo pequeño que se hace salado y que deja sin agua dulce, ni con la lluvia que pudre todo y que hace que todo se haga verde y se pudra, porque el amor, el que no tiene miedo, no se acaba nunca, no se hace salado nunca, no se pudre nunca, no se quema nunca, y huele a canela viva.
Y Lanka siguió siendo Lanka, con su montaña alta y su lluvia de las cuatro y su canela viva y sus elefantes, pero ahora, en la casa de piedra y madera de canela grande, había una tablilla de piedra que decía no hay dos ríos, hay uno que se guarda de dos maneras, y en la esquina de la casa había un fuego pequeño que no se apagaba y que no pedía leña y que olía a canela, y en la orilla del río rojo había una mujer con sari de colores y hoz pequeña que había aprendido a reír en el agua roja, y un hombre que se llamaba Deva y que ya no quería llamarse dios, sino regalo, y quince niños que habían tocado un bastón de ocho nombres y que decían que picaba y que olía a canela, y veinte rollos de canela que se secaban sin pudrirse, y eso, para una isla que siempre tiene miedo de que se pudra todo con la lluvia, era más que suficiente para que la lluvia, por un momento, pudriera un poco menos y la canela guardara un poco más.
Y Matías, con su bastón de nueve nombres que ya era casi un árbol genealógico y casi un bosque, se alejó por el mar azul, con la vela roja de Lanka, hacia Panay, hacia las terrazas que parecen escaleras al cielo, hacia lo último que nunca es lo último, cantando en voz baja, para que solo el mar y la montaña que suda lo oyeran, la historia del pozo, la historia del pan, la historia del velo azul, la historia del agua que no se vende, la historia del arroz que no tiene miedo, porque había aprendido que contar es guardar, y que guardar es amar, y que amar es no tener miedo de que se pudra todo, y que no tener miedo es el principio de la canela que no se pudre.
CAPÍTULO 18
Matías salió de Kedah, la tierra del cuenco, con un bote de teca y bambú que Rajah, el de los dientes limados que ya no quería ser el rey del agua sino el regalo, el que decía ahora no quiero decir cuándo se siembra, quiero decir que el arroz que no tiene miedo no necesita que yo diga cuándo, le había hecho con sus propias manos, con manos de jefe que se han hecho manos de carpintero, con una vela de algodón teñida de amarillo con la cúrcuma que olía a arroz y a sol y a curry y a vida, con un remo largo de teca que pesaba mucho pero que no se rompía con las olas y que no se pudría con el agua marrón, con una bolsa nueva de cuero de búfalo de agua que olía a arroz dorado y a incienso y a agua marrón y a fuego pequeño y con una tablilla nueva donde Sari, la que plantaba arroz desde los cuatro años y que había sido bautizada en el río marrón al amanecer con la hoz pequeña en la mano, había escrito con carbonilla y con tinta de hollín y con letra torcida de mujer que no ha ido a la escuela, la historia del hombre que cortó el velo azul para tapar el agujero del bote de junco y que por eso no se hundió y que contó que hay un agua viva que hace que no tengas miedo de que el río suba y se lleve la casa de pilotes y que hace que no tengas miedo de que se acabe el arroz.
Llevaba también el bastón de muchos nombres, que ya no era de almendro de Ecbátana ni de roble del Cáucaso ni de palma negra de Batu Hitam, era de teca de Kedah, de la mejor teca, que no se pudre nunca, con ocho nombres grabados con el cuchillo de Rajah, con letra grande y profunda, Vark, Barba Roja, Sara, Tadeo, Kala, Deva, Bato y Rajah, y cada nombre pesaba no por la madera, que la teca pesa poco, sino por la memoria, porque cada nombre era un fuego que no se apaga, un pozo que no se hace salado, un velo que tapa el agujero del bote, una espiral que vuelve siempre al mismo centro pero más arriba, un arroz que no tiene miedo.
Navegó con el monzón del oeste, que todavía soplaba hacia el este, fuerte, hacia las islas que no tienen nombre en los mapas romanos de Alejandría, pero que tienen nombre en la lengua de los que viven allí, en la lengua tonal, las islas del clavo y de la nuez moscada y de la canela y de la gente que nunca ha oído que hay un Dios que conoce los corazones de todos y que conoce el corazón de una mujer que saca agua con miedo y de un hombre que vende miedo en el mercado. No sabía navegar como saben navegar los malayos que miran las estrellas y el color del agua, pero había aprendido a mirar las estrellas en Kedah, la estrella blanca que lleva a Taprobane, a Lanka, la estrella roja que lleva a la isla de Kala, la estrella azul pequeña que no duerme nunca y que Bato le enseñó en Batu Hitam, y una estrella nueva que Rajah le había enseñado, una estrella amarilla grande que sale sobre Kedah al atardecer, justo sobre la montaña que suda, y que en la lengua tonal de Kedah se llama la estrella del arroz maduro, bintang padi masak, porque cuando sale esa estrella amarilla, el arroz está listo para la cosecha, está dorado, y hay que cosechar rápido antes de que el agua marrón suba.
Al duodécimo día, sin ver la tierra desde hacía cinco días, con el arroz mohoso que le quedaba, con el agua de lluvia escasa que recogía en hojas de palma, con la vela amarilla de cúrcuma desteñida por el sol, el viento cambió de golpe, no al viento del este que vuelve, que es el que lleva de vuelta a casa, sino a la calma chicha, una calma total, una calma que los navegantes de Kedah y de Batu Hitam temen más que al viento contrario y más que a la tormenta, porque cuando hay calma chicha el mar se hace un espejo perfecto, sin una ola, y el bote no avanza ni un palmo aunque remes y el sol pega vertical, a plomo, y te quema la cabeza y el agua se acaba rápido y uno empieza a ver cosas que no están, a tener visiones, como los árboles de canela en medio del mar azul o como la cara de su madre que lo llama desde Caná y que le dice vuelve, Matías, vuelve a casa, o como la cara de Pedro que lo llama desde Roma.
Matías estuvo tres días en la calma chicha, con el bote inmóvil en el espejo, con la vela amarilla colgando flácida, sin viento, con el remo inútil porque remar en el espejo no hace avanzar, solo cansa y hace ampollas y hace que el agua se mueva un poco y luego vuelva a ser espejo. Bebió la última agua de lluvia que le quedaba en el cuenco de bambú, que sabía a bambú y a sol, y comió el último puñado del arroz mohoso de Kedah que sabía a tierra y a cúrcuma y a moho, y al tercer día de calma, al mediodía, cuando el sol estaba justo encima y no había sombra y ya veía la cara de su madre y la cara de Pedro y la cara de Jesús empujando la barca encallada en el barro de Cafarnaúm, oyó un ruido, no de viento, que no había viento, sino de remos, de muchos remos, golpeando el agua al mismo tiempo, con ritmo, con canto.
Era un barco grande, no de vela de estera malaya, sino de remos y de vela cuadrada, con la proa alta y pintada de rojo y con los escudos redondos colgados por los costados, pintados, un barco griego de Alejandría, de esos que van de Muziris, en la India, a Berenice, en el mar Rojo, con la pimienta negra y con el nardo y con el marfil, y que había sido desviado por la calma chicha también y que estaba a la deriva como él. Cuando vieron el bote pequeño de teca y bambú con un hombre blanco de barba larga, entrecana, quemado por el sol, con el bastón de muchos nombres y con la bolsa de cuero de búfalo de agua, pensaron que era un náufrago judío de Alejandría y lo subieron a bordo, no por caridad griega, sino porque en el mar hay una ley no escrita, más antigua que la ley de Roma, que dice que a todo náufrago se recoge, aunque sea enemigo, aunque sea esclavo fugado, porque mañana puedes ser tú el náufrago y el mar no perdona.
El capitán del barco griego era de Alejandría, judío de nacimiento, de la tribu de Benjamín, pero griego de lengua y de cultura, con la barba rizada y con un anillo de oro con el sello del ancla, el ancla de Alejandría, y hablaba el griego con el acento de Alejandría, con la música de Alejandría, que Matías entendía bien porque Sara, la del velo azul de Zadrakata, también era de Alejandría y hablaba así, con esa música, y porque Eliezer de Taxila también hablaba así.
— ¿Quién eres, judío? —preguntó el capitán, dándole su propia bota de agua fresca, de cuero, el agua que sabía a cuero y a vino, pero que era agua dulce y fresca y que sabía a vida —. ¿De dónde vienes? ¿De qué naufragio?
— Soy Matías —dijo Matías, con la voz ronca de tres días sin agua dulce, con la garganta quemada —. Significa el regalo de Dios. Y fui contado con los once. Con los apóstoles.
El capitán lo miró con sorpresa grande, porque había oído hablar de los once y del doce, porque en Alejandría, en el barrio judío del Delta, había judíos que seguían a un tal Apolos, un judío de Alejandría elocuente, que hablaba de un tal Jesús de Nazaret que había resucitado, y que decía que había doce, pero nunca había visto a uno de los once, o de los doce, nunca había visto a uno con sus ojos.
— ¿Matías? —dijo el capitán, con la boca abierta —. ¿El que reemplazó a Judas Iscariote? ¿El de la suerte echada en el aposento alto?
— Sí —dijo Matías, bebiendo agua —. El que fue contado por la suerte, por el Espíritu Santo, dicen. El trece.
— Yo llevo una carta para ti —dijo el capitán, y se levantó rápido y fue a su camarote de popa, donde guardaba las cartas que los mercaderes de Muziris y de Patala y de Berenice le daban para llevar de puerto a puerto, porque los barcos griegos son también carteros, y sacó un rollo pequeño de pergamino fino, de buena calidad, de Alejandría, sellado con cera roja, con el sello del pez, el Ichthys, que Matías reconoció al instante como el sello de Pedro, el sello que Pedro usaba en Antioquía y en Roma para que los hermanos supieran que era de él.
— Me la dieron en Muziris —dijo el capitán, entregándosela con reverencia —. Un hombre de Antioquía, un tal Silvano, me dijo que si veía a un judío con bastón de almendro y bolsa de cuero de pez que decía que era contado con los once y que iba hacia el este más allá de Patala, se la diera. Llevo seis meses con ella en mi cofre, con la pimienta, pensé que nunca te encontraría, que te habrías muerto en el mar, como mueren muchos.
Matías abrió la carta con las manos temblorosas, con las manos que habían cortado el velo azul de Sara para tapar el agujero del bote de Anahita y que por eso no se hundió, que habían bautizado en el río rojo y en el río marrón y en la playa de la arena negra y en el pozo pequeño que se hace salado y en el cuenco de Kedah, que habían grabado los ocho nombres en el bastón de teca de Kedah. Era de Pedro, otra vez, con su griego rudo, con faltas de ortografía, con la letra grande de pescador que aprendió a escribir de mayor, dictada a Silvano, su secretario, como la otra.
— Matías, hermano mío, piedra pequeña —decía la carta, y Matías al leer oyó la voz de Pedro, gruesa, galilea —. Esta es la segunda carta que te escribo y no sé si te llegará, porque el mundo es grande y tú estás en lo último de la tierra, más allá de donde llegan mis noticias, más allá de Patala dicen. Te escribo desde Roma, desde la cloaca de Roma, donde estamos yo y Pablo, aunque Pablo está preso en una casa alquilada y yo también casi preso, porque Nerón, el emperador loco, nos persigue y dice que somos enemigos de los dioses y que quemamos Roma, y nos busca para matarnos. Santiago el menor, el justo, murió en Jerusalén, lo tiraron del pináculo del templo y lo apedrearon y murió perdonando, como nuestro Maestro, diciendo Padre perdónalos. Santiago el mayor murió en Jerusalén también, por la espada de Herodes. Juan está en Éfeso y está bien, aunque viejo y cansado y con los ojos malos, pero guarda todo en el corazón como María guardaba, no olvida nada. Lucas el médico amado está conmigo y escribe todo con diligencia, con orden, para Teófilo, y me pregunta por ti cada día, por tu historia del fuego que no se apaga y del velo azul y de los tres pozos y del pan que no se acaba, porque quiere escribirla para que no se pierda, para que los que vengan después sepan que el Evangelio llegó hasta lo último de la tierra por un hombre que guarda nombres. Si puedes volver, vuelve, aunque sea solo para despedirnos, para partir el pan una última vez, porque creo que pronto nos matarán, a mí me crucificarán boca abajo en el Vaticano, porque no soy digno de morir como mi Maestro murió, derecho, y a Pablo lo decapitarán con la espada en las afueras, porque es ciudadano romano y no puede ser crucificado. Si no puedes volver, quédate donde estás y guarda, que es lo que sabes hacer mejor que nosotros que somos bocas grandes y que hablamos mucho, y acuérdate de nosotros cuando partas el pan, aunque sea el pan mohoso con cúrcuma de Kedah, aunque sea el arroz. Y no tengas miedo, hermano, porque el que te contó con nosotros en el aposento alto no se olvidó de ti, te contó porque te conocía el corazón y sabía que guardarías bien, que guardarías lo que nosotros olvidamos. Pedro, tu hermano, Cefas, la piedra y la piedra pequeña, lithos mikros.
Matías leyó la carta dos veces, tres veces, cuatro veces, y a la tercera vez no pudo más y lloró, no en silencio como lloró en el Jordán cuando oyó la voz del Padre, ni con ruido y con hombros temblando como lloró en la cárcel de Ecbátana por el mago de barba roja, sino con las lágrimas que caían al mar, al mar espejo de la calma chicha, y que se mezclaban con el agua salada del mar que no se acaba nunca, y que Kala, la vieja de la isla de las especias, decía que cuando alguien llora en el mar con lágrimas verdaderas, el mar se hace un poco menos salado, un poco más dulce, y los peces lo notan.
— Pedro —dijo en voz baja, con el pergamino en la mano —. Santiago —dijo, acordándose de Santiago el menor que le enseñó a guardar palabras —. Pablo —dijo, aunque a Pablo no lo conocía mucho, solo de oídas, que era fariseo y que perseguía y que ahora era apóstol como él, contado después, el abortivo, como se llamaba él mismo.
El capitán del barco griego lo dejó llorar, porque en el mar los hombres lloran poco, porque el agua salada no deja llorar, pero cuando un hombre llora de verdad, con lágrimas que vienen del corazón y no de los ojos, se le deja llorar, se le respeta, se le da espacio, porque el mar enseña a respetar el llanto.
— ¿Quieres volver a Roma conmigo? —preguntó el capitán cuando Matías se calmó y se limpió la barba con la manga —. Yo voy ahora a Berenice, con viento, y de Berenice a Alejandría por el desierto, y de Alejandría a Roma por mar, si quieres te llevo. Tardaremos seis meses, pero te llevo gratis, porque llevas una carta de Pedro y Pedro es hermano de los judíos de Alejandría.
Matías miró la carta gastada de Pedro, la primera que le había llegado en Artaxata, en la sinagoga de barro, que decía tu lugar sigue aquí, entre nosotros, aunque estés lejos, tu manto sigue doblado en el aposento alto y tu copa sigue puesta, y esta segunda que decía pronto nos matarán, nos crucificarán boca abajo y nos decapitarán, y pensó en volver, con toda su alma pensó en volver, en ver a Pedro con su barba blanca que ahora sería más blanca y con sus manos de pescador, en ver a Pablo con su barba y su calva y su cicatriz de Damasco, en ver a Juan viejo guardando todo en el corazón como María, en ver a Lucas escribiendo con diligencia con su estilo de médico, en ver a María la madre si todavía vivía, en comer pan compartido con alegría y sencillez de corazón como en los primeros días de Jerusalén, cuando todo era común y nadie decía esto es mío.
Pero miró también el mar que no se acaba, que ahora, con el viento nuevo que empezaba a soplar, ya no era espejo, era mar de nuevo, con olas pequeñas, miró la estrella amarilla del arroz maduro que Rajah le había enseñado y que ahora salía sobre el horizonte del este, miró la bolsa de cuero de búfalo de agua con la tablilla de Sari que decía que los regalos sirven para no tener miedo y que el velo azul tapa agujeros, miró el bastón con los ocho nombres que pesaba y que no pesaba, que era pesado como ocho vidas y liviano como ocho plumas, y entendió, con una claridad que le vino como el viento que vuelve después de la calma chicha, que si volvía ahora a Roma, dejaría a medio guardar lo que había empezado a guardar en Kedah, en Batu Hitam, en Lanka, en la isla de Kala, en los tres pozos, en Ecbátana, en Artaxata, en Zadrakata, en Patala, y que el fuego pequeño que no se apaga, que había dejado en tantos lugares, se apagaría si nadie lo cuidaba con la memoria, si nadie contaba la historia del pozo y del pan y del velo.
— No puedo volver todavía —dijo Matías al capitán, con voz firme, con la voz que había aprendido de Vark y de Barba Roja —. Pero lleva tú esta carta a Roma, si puedes, si llegas, si no te hunde la tormenta. Lleva mi respuesta a Pedro.
Le dictó una respuesta al escriba del barco griego, un joven de Alejandría que escribía rápido en griego sobre el pergamino fino de Alejandría, con tinta negra, a la luz de una lámpara de aceite que se movía con el barco.
— Pedro, hermano y roca grande, Cefas —dictó Matías, con voz entrecortada por la emoción y por la sal —. Recibí tu segunda carta en medio del mar, en la calma chicha, cuando ya no tenía agua dulce y veía caras de mi madre y tuyas y de Jesús empujando la barca. Me dices que te matarán boca abajo y que a Pablo lo decapitarán con espada y que Santiago murió perdonando como el Maestro. Yo lloro aquí en el mar y mi llanto hace que el mar sea menos salado, como dice Kala, la mujer de la isla de las especias. Quiero volver con todo mi corazón, con toda mi alma quiero volver a Roma para veros y para que partamos el pan juntos una última vez, pero no puedo todavía, hermano, porque lo último de la tierra es más lejos y más ancho de lo que pensamos cuando repartimos el mundo en Jerusalén y echamos suertes, y porque encontré gente que no tiene nombre en vuestros mapas romanos y que ahora tiene nombre porque los bauticé en el río rojo y en el agua marrón y en la arena negra y porque los amé con lo poco que tengo. Cuando termine de guardar aquí, cuando el fuego pequeño que no se apaga pueda arder solo sin que yo lo mire y lo cuide, cuando Sari pueda contar sola la historia del pozo y Lani pueda sacar agua sin miedo a que se haga salada y Amara pueda cortar canela sin miedo a que se pudra todo, volveré, si Dios quiere, y si no quiere que vuelva en esta vida, si quiere que muera aquí en una isla que no está en vuestros mapas, nos veremos donde no hay caminos ni mar ni Roma ni Nerón ni espada ni cruz boca abajo, solo el Reino, donde no hay doce sillas ni trece, sino una mesa redonda y grande donde caben todos, donde caben Vark el lobo y Barba Roja el mago y Sara la tejedora del velo azul y Tadeo el escriba de tablillas y Kala la vieja de las especias y Deva el que se creía dios y Bato el jefe de la tortuga y Rajah el jefe del agua y Sari la del arroz y Lani la del pozo y Amara la de la canela y tantos que no tienen nombre en Roma pero que tienen nombre aquí, en mi bastón. Dile a Juan que guarde bien, como María guardaba todo en su corazón, que no se olvide del velo azul cortado, y dile a Lucas que escriba no como escribe un soldado romano que cuenta batallas y muertos y victorias, sino como escribe una madre que guarda pañales y primeras palabras y dientes de leche, que escriba con amor y con detalles pequeños, que no se olvide del agua que no se vende y del arroz que no tiene miedo. Y dile a Pablo, que no conozco mucho, que solo conozco por lo que me contaron, que su espada, que era la ley, ahora es palabra, y que su palabra llegó hasta aquí, hasta el mar que no se acaba, hasta Kedah, hasta Batu Hitam, hasta Lanka, y que aquí también hay gente que fue perseguidora y ahora es perseguida por amar. Matías, el regalo, el que fue contado con ustedes por suerte en el aposento alto y que los extraña cada noche cuando mira la estrella amarilla que no duerme y la estrella del arroz maduro.
Entregó la carta enrollada y sellada con cera que le dio el capitán, sin sello porque no tenía sello, solo con un nudo, y le dio su bastón viejo de palma negra de Batu Hitam, el que tenía siete nombres grabados, el que había llevado desde Batu Hitam hasta Kedah y hasta la calma chicha, para que se apoyara, porque el capitán cojeaba de una pierna por una herida vieja de guerra contra piratas y el bastón le serviría en el desierto entre Berenice y Alejandría.
— Dile a Pedro que este bastón sostuvo a un lobo que se hizo regalo, a un mago que cuidaba fuego eterno, a una tejedora de velos azules que perdió un hijo sin nombre, a un escriba de tablillas de barro, a un esclavo que volvió a su isla con arroz, a un hombre que se creía dios y que tenía la espiral, a un hombre de la tortuga que vuelve y a un rey del agua que quiso ser regalo y no rey —dijo Matías, poniendo el bastón en las manos del capitán —. Que lo guarde hasta que vuelva, si vuelvo. Que no es bastón, es memoria de lo último de la tierra. Es gente.
El capitán se fue con el viento nuevo que había empezado a soplar fuerte, el viento del oeste de nuevo, el monzón que vuelve, hacia Berenice y Alejandría y Roma, con la pimienta negra y con el nardo y con la carta de Matías en su cofre, y Matías se quedó en el barco griego dos días más, comiendo pan fresco y bebiendo agua dulce y hablando con los marineros griegos de Alejandría que le contaban historias de monstruos marinos, hasta que vieron la tierra de nuevo, no Kedah, no Batu Hitam, no Lanka, sino una isla más al este, más grande, con las montañas altas y verdes y con el humo de muchos fuegos de leña y con la gente que desde lejos parecía pequeña pero que gritaba con alegría cuando veía un barco grande, porque el barco grande es la noticia y la noticia es la fiesta y la fiesta es la vida en las islas.
El capitán lo dejó en aquella isla, que se llamaba, en la lengua tonal de allí, Panay, que significa el pan, aunque no había pan de trigo, había arroz y fruta y pescado y cerdos, y le dijo, abrazándolo como se abrazan los marineros:
— Aquí siempre hay sed de historias, judío del bastón, como en todas partes del mundo. Guarda bien, cuenta bien, y no tengas miedo de la calma chicha, que la calma chicha también es camino.
Matías se quedó en Panay, solo, sin bote, porque su bote de teca y bambú de Kedah se había quedado en Kedah con Rajah y su bote de tronco vaciado de Batu Hitam se había roto en la calma chicha y se había hundido, solo con su bolsa de cuero de búfalo de agua y con su bastón nuevo de teca de Kedah que ahora tenía nueve nombres grabados, porque había añadido Panay antes de llegar, por fe, por esperanza, porque quería que Panay fuera parte de su bastón, y con la carta gastada de Pedro que decía pronto nos matarán boca abajo y con la certeza, que no era suya sino del que lo había contado con los once por una suerte echada en el aposento alto en Jerusalén, en el día de Pentecostés, de que ser el regalo de Dios no es tener mucho, es dar lo poco que se tiene, aunque sea un pedazo del velo azul cortado para tapar el agujero del bote de junco, aunque sea una historia del pozo contada mal y con acento galileo, aunque sea una llama pequeña que no se apaga, aunque sea una espiral que vuelve, aunque sea un puñado de arroz que no tiene miedo, aunque sea un cántaro de agua dulce que no tiene miedo de hacerse salada, aunque sea una rama de canela que no tiene miedo de que se pudra todo, para que el otro no se hunda y no tenga miedo y no tenga sed y no tenga cadena y no tenga miedo de que suba el agua marrón y no tenga miedo de que el pozo se haga salado y no tenga miedo de que se pudra todo, y seguir navegando, aunque el mar no se acabe nunca y aunque el viento te lleve de vuelta a la calma chicha y aunque el río suba y se lleve la casa de pilotes y aunque Nerón queme Roma, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, que nunca se acaba, siempre está un poco más allá y un poco más acá, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo y diga por fin estoy en casa, aunque esté en Kedah, aunque huela a arroz y a incienso y a agua marrón, aunque esté lejos de Cafarnaúm, porque la casa no es un lugar, la casa es donde te saben amado y donde sabes amar, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre que no se borra, aunque lo escribas en la arena negra, en la hoja de canela, en la tablilla de barro, en el agua marrón, en la carta que llega tarde, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, la madre que guardaba todo en su corazón, hasta la espada, no se borra nunca, ni con el viento que vuelve ni con el río que sube ni con el mar que no se acaba ni con la carta que llega tarde y que dice pronto nos matarán.
Y esa noche, en Panay, con el fuego pequeño que no se apaga encendido en la playa de arena blanca, Matías entendió que la carta que llega tarde no llega tarde, llega cuando tiene que llegar, cuando ya no tienes agua y ves caras, llega en la calma chicha, porque Dios escribe derecho con renglones torcidos y con barcos griegos desviados y con calmas chichas que parecen muerte y que son vida.
Y lloró otra vez, pero ahora con alegría, porque había recibido carta de Pedro desde Roma, y eso quería decir que Pedro todavía vivía y que lo recordaba, y que su lugar seguía puesto en la mesa, aunque estuviera en Panay, aunque estuviera en lo último de lo último, aunque estuviera solo.
CAPÍTULO 19
Panay no era como Kedah, que era el cuenco y el agua y los canales, ni como Batu Hitam, que era la piedra negra y la tortuga, ni como Lanka, que era la canela y la espiral que vuelve, ni como la isla de Kala, que era el arroz y los dioses de muchos brazos, ni como Patala, que era la sal y la pimienta y el mercado de los esclavos. Panay era verde, tan verde que dolían los ojos al mirar, con los arrozales que subían por las laderas de las montañas como las escaleras gigantes hechas por las manos que llevaban siglos cortando la montaña para que el agua no se fuera, con las terrazas que parecían espejos cuando estaban inundadas y que parecían oro cuando el arroz maduraba, con los búfalos de agua que arrastraban los arados de madera y con los niños que se bañaban desnudos en los canales de riego cantando las canciones que no tenían fin porque la melodía se repetía como el agua.
Matías llegó a Panay sin bote, porque el barco griego de Alejandría lo había dejado en una playa de arena blanca al norte de la isla y se había ido con el viento del oeste hacia Berenice y Alejandría y Roma, con la carta de respuesta a Pedro que decía cuando termine de guardar aquí volveré si Dios quiere, y con el bastón viejo de palma negra con los siete nombres que le había regalado para que se apoyara porque cojeaba. Llegó solo con su bolsa de cuero de búfalo de agua que olía a arroz y a incienso y a canela y a arena negra y a sal, con la tablilla que decía Dios no pide que subas, él baja, y con otra tablilla donde Sari había escrito que los regalos sirven para no tener miedo, y con el bastón nuevo de teca de Kedah que ahora tenía nueve nombres grabados, porque había añadido Panay por fe antes de llegar, y que ahora pesaba tanto que a veces tenía que cambiarlo de mano porque la muñeca le dolía, pero que no quería dejar, porque cada nombre era un fuego que no se apaga.
En la playa de arena blanca no había nadie, pero había las huellas de los pies descalzos y de los búfalos y de los niños, y siguiendo las huellas llegó a una aldea de casas de bambú sobre los pilotes, como en Kedah, pero más altas, porque allí cuando llueve, llueve de verdad, no como en Jerusalén donde llueve poco y con vergüenza, allí llueve con fuerza y durante días y el agua sube rápido y se lleva lo que no está alto. Las casas tenían los techos de paja de arroz trenzada y las paredes de bambú tejido y los suelos de bambú que crujían cuando se pisaban, y debajo de las casas, a la sombra, había gallinas y cerdos negros pequeños y mujeres tejiendo las cestas de bambú y hombres afilando las herramientas de hierro que habían comprado a los mercaderes chinos que venían con la seda y la porcelana.
Cuando vieron a Matías, con la barba larga y con la ropa de cuero de búfalo y con el bastón de muchos nombres, no se rieron como en Kedah ni se asustaron como en Batu Hitam, se quedaron mirando con respeto, porque en Panay los viejos con la barba larga son los sabios y los sabios que vienen de lejos traen la lluvia, y la lluvia es la vida.
Un anciano de la aldea, con el pelo blanco largo atado con la cuerda y con los tatuajes de arroz en los brazos, las espirales pequeñas que significan el grano, se acercó y le habló en una lengua que no era tonal como la de Kedah ni cantada como la de Lanka ni cortada como la de Batu Hitam, sino suave, con muchas vocales, como si cada palabra fuera el agua que corre.
Matías levantó las manos vacías, como había hecho tantas veces, desde la meseta de piedra negra hasta la playa de arena negra y la playa de arena blanca de Panay, mostrando que no tenía arma.
—No tengo nada —dijo en griego, luego en arameo, luego en la lengua de Kala y de Lanka y de Batu Hitam y de Kedah que había aprendido un poco, por si alguna palabra servía—. Solo una historia.
El anciano lo miró y entendió la palabra historia, porque la historia en Panay se dice sugilanon y suena como el susurro del arroz cuando se mueve con el viento, y le hizo el gesto para que entrara a su casa, que era la más alta de la aldea, con la escalera de bambú que crujía y con el suelo que se movía un poco cuando soplaba el viento, pero que no se caía, porque estaba bien atada con la cuerda de la fibra de coco.
La casa del anciano olía a arroz cocido y a humo de leña y a incienso de la resina del árbol que en Panay llaman kamangyan y que queman para espantar los mosquitos y para hablar con los espíritus de los antepasados que viven en la montaña y que a veces bajan en forma de niebla. En el centro de la casa había un fogón bajo con tres piedras y una olla de barro negra donde hervía el arroz blanco con el agua del manantial.
—Come —dijo el anciano en su lengua suave, haciendo el gesto con la mano, y Matías entendió lo de comer, porque comer se entiende en todas partes.
Comió el arroz blanco con la sal y con un poco del pescado seco salado que sabía a mar y a humo, y mientras comía, el anciano lo miraba con los ojos que habían visto muchas cosechas y muchas lluvias y muchas muertes y muchos nacimientos, los ojos que sabían guardar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el anciano, con la ayuda de un joven que sabía un poco de malayo, que era la lengua de los mercaderes que iban de Kedah a Panay y que Matías había aprendido un poco.
—Matías —dijo—. Significa el regalo de Dios. Y fui contado con los once.
El joven tradujo y el anciano asintió, no entendiendo lo de los once, pero entendiendo lo del regalo, porque en Panay los regalos se respetan mucho, se ponen en el altar de los antepasados y se guardan.
—Yo me llamo Apo —dijo el anciano—. Significa el abuelo, porque soy el abuelo de todos aquí, aunque no todos sean mis hijos de sangre, son mis hijos del arroz, porque todos plantamos el mismo arroz y comemos del mismo arroz.
Matías se quedó en Panay cuarenta días, como siempre, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita para aprender que no se sabe nada y para que la gente confíe un poco, y porque allí el arroz tarda cuarenta días desde que se planta hasta que se ve verde y ciento veinte hasta que está dorado y listo para la cosecha, y todo se mide en arroz, incluso el tiempo.
Aprendió que Panay no era tierra de oro como Kedah, era tierra de arroz, pero el arroz que crece en las terrazas que parecen las escaleras al cielo y que necesita mucha agua y mucho trabajo y mucho cuidado, y que por eso la gente de Panay no tiene miedo a la sed como en el desierto ni miedo a que el río suba como en Kedah, tiene miedo a que no llueva, porque si no llueve el arroz no crece y si el arroz no crece la gente se muere, no de sed, de hambre, que es peor porque dura más.
Cada noche, alrededor del fogón de las tres piedras que no se apaga nunca porque siempre hay una brasa guardada bajo la ceniza para encender el fuego de la mañana, contaba las historias, no con el arroz que dejaba caer ni con la arena negra ni con las hojas de canela ni con las piedras, sino con la cáscara del arroz, que es ligera y que vuela con el viento y que hace los dibujos en el aire cuando se sopla, porque allí la cáscara del arroz es lo sagrado, es lo que queda cuando se quita lo que alimenta y que se usa para alimentar a los cerdos y para hacer fuego y que los niños usan para jugar.
Les contó la historia del pozo de Jacob, la del pan que no se acababa, la del fuego que no se apaga, la del velo azul cortado para tapar el agujero, la del bote con el pez grabado que no se hunde, la del bote con la espiral que vuelve, la del bote de palma vaciada que flota aunque esté roto y la del bote de teca y bambú que lleva los nombres.
—Había una mujer que fue a sacar agua al mediodía —decía, y el joven traducía a la lengua suave de Panay con las vocales largas—. Y un hombre le pidió agua, aunque no debía, y ella se sorprendió y él le dijo que si conociera el don de Dios, ella le pediría a él el agua viva.
A la gente de Panay le gustó mucho la historia del pozo, porque ellos no sacan el agua de los pozos profundos como en el desierto negro, sacan el agua de los manantiales que bajan de la montaña y que a veces se secan cuando no llueve, y saben lo que es tener sed de ser mirado, porque trabajan todo el día en las terrazas bajo el sol y a veces nadie te dice gracias por el arroz que plantas.
Una noche, una mujer joven, con un niño en brazos y con otro de la mano y con la barriga grande de estar embarazada de nuevo, lo interrumpió, como lo habían hecho Sara, la mujer de los tres pozos, Amara, Lani, Sari y tantas otras, porque en todas partes hay mujeres que plantan arroz o sacan agua desde niñas y que nunca han oído que pueden ser amadas sin plantar arroz o sacar agua.
—¿El agua viva? —preguntó—. ¿Qué es el agua viva? ¿Es el arroz que crece sin la lluvia?
—Es el arroz que hace que no tengas que tener miedo de que no llueva —dijo Matías, y el joven tradujo con las vocales suaves—. Es saber que eres amada aunque no llueva y aunque el arroz no crezca y aunque tengas hambre.
La mujer lloró, como lloraron todas, y dijo.
—Yo planto arroz desde los cinco años. Mi madre plantaba desde los cinco y su madre también. Nunca nadie nos dijo que podíamos dejar de tener miedo de que no llueva.
Matías le puso la mano en la cabeza, como había hecho Jesús con los niños, y le dijo.
—Yo no puedo hacer que llueva, porque no soy Dios. Pero puedo decirte que hay un Dios que conoce tu corazón y que sabe que plantas arroz desde los cinco años y que te ama por eso y sin eso, y que aunque no llueva y aunque tengas hambre, él te ama y no te deja sola.
La mujer se llamaba Dayang, que significa la señora, pero no la señora de la casa grande, la señora del arroz, porque en Panay la señora es la que sabe plantar el arroz derecho para que el agua corra bien. Tenía dos hijos y uno en camino y un marido que había muerto el año anterior, no ahogado ni pisado por el elefante ni llevado por el mar, muerto de la fiebre, de esas fiebres que vienen con la lluvia y que hacen temblar y que se llevan a los hombres fuertes en tres días, y desde entonces plantaba el arroz sola, con el miedo de que no lloviera y de que sus hijos tuvieran hambre.
Matías bautizó a Dayang en el manantial que bajaba de la montaña, al amanecer, cuando el agua estaba fría y clara y olía a piedra y a hoja de plátano, sumergiéndola completa, con su sarong de colores puesto, aunque estaba embarazada, porque ella quiso entrar vestida y con sus dos hijos de la mano.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —dijo Matías—. Y en el nombre de tu marido que murió de la fiebre y que ahora es amado también, porque la fiebre se acaba pero el amor no.
Cuando Dayang salió del agua, no lloró, rió, una risa corta que hizo que los búfalos de agua levantaran la cabeza y que los niños que se bañaban en el canal se acercaran a tocar el agua del manantial, como si el agua de Dayang fuera distinta.
En cuarenta días bautizó a treinta personas en Panay, en el manantial frío, con el agua que sabía a piedra y a hoja de plátano, entre ellos a Apo, el abuelo de todos, que dijo ahora no quiero ser el abuelo del arroz, quiero ser el regalo, como tú, y a veinte niños que nunca habían visto a un hombre blanco y que le tocaban la barba para ver si era de verdad y que se reían porque picaba y porque olía a canela y a sal y a arena negra y a arroz y a incienso todo al mismo tiempo.
Una tarde, mientras enseñaba bajo una casa de pilotes que daba sombra sobre el canal de riego, llegó un barco grande, no de bambú ni de palma ni de teca, sino de madera oscura con vela de estera y con la proa tallada en forma de la serpiente de mar, con los hombres de la piel clara y los ojos rasgados que venían de más al este todavía, de una tierra que llaman Chin y que está más allá de Kedah y de Panay, donde dicen que el papel se hace de la corteza y donde la tinta es negra como la noche y donde los sabios escriben con el pincel y donde el emperador vive en la ciudad de las murallas que no se acaban nunca. Cuando vieron a Matías, con la barba larga y con el bastón de muchos nombres y con la bolsa de cuero de búfalo que olía a todo, pensaron que era un sabio loco y quisieron llevarlo con ellos más al este, hacia las islas donde el clavo crece en los árboles y donde la gente nunca ha oído que hay un Dios que conoce los corazones de todos.
—Vente —dijo el capitán de los ojos rasgados, en malayo, con gestos—. Te llevo al este, donde hay más islas, donde hay más arroz, más oro, más seda, más todo.
Matías miró a Dayang, a Apo, a los treinta bautizados, a la playa de barro donde había encallado sin bote, y entendió que su camino no terminaba en Panay, que lo último de la tierra nunca es lo último, pero que tampoco podía quedarse para siempre, porque el lago no espera y el mar tampoco y hay más islas más al este, donde la gente nunca ha oído que son amados, y porque la carta de Pedro decía pronto nos matarán y él no había vuelto y ahora tenía que volver, no a Roma, porque Roma estaba lejos y Nerón ya habría matado a Pedro boca abajo y a Pablo con la espada, sino a Jerusalén, no la de piedra, la del corazón, la que siempre lleva consigo.
—No puedo irme todavía al este —dijo Matías al capitán—. Tengo que volver un poco al oeste, porque me llamaron y tardé en oír, porque el mar no se acaba y el viento que vuelve me trajo aquí, pero ahora el viento sopla al oeste de nuevo y tengo que volver a contar que no hay que tener miedo de que no llueva y de que el río suba y de que el pozo se haga salado y de que el fuego se apague, porque hay un Dios que conoce los corazones de todos.
El capitán se fue, con el arroz y con la cáscara de arroz y con las cestas de bambú, y Matías se quedó siete días más, hasta que Apo, que ya no se llamaba el abuelo del arroz sino el regalo, le dijo.
—Vete, Matías. Vete al oeste, como querías. Tu estrella azul que no duerme sigue allí, llevándote, aunque ahora te lleve al oeste. Y yo cuidaré tu fuego pequeño que no se apaga, que ahora arde bajo la casa de pilotes, sin leña, sin humo, solo luz, y que huele a arroz y a manantial y a la cáscara que vuela.
Matías se hizo a la mar al amanecer, con el viento del este ahora, porque el monzón había cambiado y ahora soplaba hacia el oeste, hacia Kedah, hacia Batu Hitam, hacia Lanka, hacia la isla de Kala, hacia Patala, hacia Taxila, hacia Ecbátana, hacia Artaxata, hacia Zadrakata, hacia Jerusalén, hacia lo último de la tierra que nunca es lo último pero que ahora era también lo primero, porque volver es también ir, y porque el camino que vuelve, como la espiral de Lanka, no te lleva al mismo lugar, te lleva al mismo lugar con los ojos nuevos, con los nueve nombres grabados en el bastón de teca, con la bolsa de cuero de búfalo que olía a todo y con la certeza, que no era suya sino del que lo había contado con los once por una suerte echada en el aposento alto, de que ser el regalo de Dios no es tener mucho, es dar lo poco que se tiene, aunque sea un pedazo del velo azul, aunque sea una historia de pozo, aunque sea una llama que no se apaga, aunque sea una espiral que vuelve, aunque sea un puñado de arroz, aunque sea la cáscara que vuela, para que el otro no se hunda y no tenga miedo y no tenga hambre, y seguir navegando, aunque el mar no se acabe nunca y aunque el viento te lleve al oeste cuando querías ir al este, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, siempre está un poco más allá y un poco más acá, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo y diga por fin estoy en casa, aunque esté en Panay, aunque huela a arroz y a manantial y a la cáscara que vuela, aunque esté lejos de Cafarnaúm, porque la casa no es un lugar, la casa es donde te saben amado y donde sabes amar, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre que no se borra, aunque lo escribas en la arena negra, en la hoja de canela, en la tablilla de barro, en el agua marrón, en el arroz que vuela, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, no se borra nunca, ni con el viento que vuelve ni con el río que sube ni con el mar que no se acaba ni con el hambre que dura.
CAPÍTULO 20
Matías salió de Panay con el viento del este, que es el viento que vuelve, el viento que los navegantes de Kedah temen porque te lleva de vuelta a donde ya estuviste y te hace creer que no avanzaste, pero que los viejos de Panay aman porque dicen que todo lo que va tiene que volver, como el arroz que se planta, crece, se cosecha, se come y se vuelve a plantar, como el agua que sube de la montaña, baja al río, va al mar, sube al cielo en la nube y vuelve a bajar a la montaña. El bote que le hizo Apo, el abuelo de todos que ya no quería ser el abuelo del arroz sino el regalo, era de bambú solo, más ligero que el de teca y bambú de Kedah, con la vela de algodón teñida de verde con las hojas de arroz que olía todavía al manantial frío y a la cáscara que vuela, con el remo corto y con la bolsa nueva de cuero de búfalo que olía a arroz y al manantial y a todo lo que había olido antes, la canela y la sal y la arena negra y el incienso y el agua marrón.
Llevaba el bastón de teca de Kedah con los diez nombres grabados, Vark, Barba Roja, Sara, Tadeo, Kala, Deva, Bato, Rajah, Panay y Dayang, y había añadido el nombre de Dayang, la que plantaba arroz desde los cinco años, porque aunque Panay era la isla, Dayang era la persona, y Matías había aprendido que se guardan las personas, no las islas, se guardan los nombres, no los mapas. El bastón pesaba, pero no por la madera, por la memoria, y a veces por la noche, cuando el viento calmaba y el mar se hacía un espejo y el bote no avanzaba y se quedaba flotando entre las estrellas de arriba y las estrellas reflejadas abajo, Matías lo tocaba nombre por nombre, como quien reza el rosario que no es de cuentas, es de cicatrices.
Navegó diez días con el viento del este, viendo cómo Panay se hacía pequeña y luego una mancha verde y luego nada, solo el agua azul por todas partes, con los peces voladores que saltaban y con las tortugas grandes que sacaban la cabeza y lo miraban con los ojos viejos. Comía el arroz de Panay que Dayang le había dado tostado con la sal y con un poco de coco seco, y bebía el agua de lluvia que recogía en los cuencos de bambú que Apo le enseñó a cortar en diagonal para que el agua resbalara.
Al undécimo día el viento paró de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta grande en el cielo. La vela verde colgó flácida y el bote se quedó inmóvil, flotando en el espejo, con el sol pegando vertical al mediodía, sin la sombra, con el mar tan quieto que se podía ver el fondo, aunque fuera profundo, porque el agua era clara como el manantial de Panay. Era la calma chicha otra vez, la que había vivido antes de encontrar el barco griego que llevaba la carta de Pedro que decía pronto nos matarán.
En la calma chicha, cuando no hay viento y no hay a dónde ir, vienen las dudas, no como las ideas, sino como las personas que se sientan a tu lado en el bote aunque el bote sea pequeño y solo quepa uno. Matías había tenido dudas antes, en el Jordán, cuando oyó la voz y no supo si era Dios o el hambre, en la barca de Cafarnaúm, cuando empujó solo y no pudo, en el aposento alto, cuando echaron las suertes y cayó sobre él y pensó que era casualidad y no el Espíritu, en Ecbátana, cuando el fuego que no se apaga ardió sin leña y pensó que era truco de mago, en Taxila, cuando bautizó a los monjes budistas y pensó que era lo mismo que el nirvana con otro nombre, en Patala, cuando nadie quiso ser bautizado y pensó que su historia no servía.
Pero nunca había tenido unas dudas tan grandes como en aquella calma chicha entre Panay y Kedah, porque ahora llevaba diez nombres en el bastón y cuarenta bautizados en Ecbátana y siete en los tres pozos del desierto negro y veinte en Taxila y veinticinco en Kedah y veinte en Batu Hitam y treinta en Lanka y treinta en Panay, y cada nombre era una piedra pequeña en su bolsa, y la bolsa pesaba, y pensó, ¿y si todo esto es mentira? ¿Y si el fuego que no se apaga se apaga cuando yo no miro? ¿Y si el agua viva es solo agua y yo tengo sed como todos? ¿Y si Pedro ya murió boca abajo y yo no estuve allí para sostenerle los pies, como él sostuvo mi pan en Trebisonda cuando yo no tenía nada?
Se acordó de Judas, al que había reemplazado, no por mérito, sino por suerte, por la piedra pequeña negra. Judas también tuvo dudas, pero no las dijo, las guardó, y guardar las dudas sin decirlas es como guardar el pan mojado, se pudre y hace daño.
—Tú, Señor, que conoces los corazones de todos —dijo en voz alta, para que el mar espejo lo oyera, con la voz ronca de tres días de calma—. ¿Conoces también mi corazón dudoso?
El mar espejo no respondió, pero el sol siguió pegando y el bote siguió inmóvil y Matías sintió el calor en la cara, no del sol, de la vergüenza, porque había predicado a Sara que no tuviera miedo y ahora tenía miedo, había predicado a la mujer de los tres pozos que no tuviera miedo de que se acabe el agua y ahora tenía miedo de que se acabe el agua, había predicado a Amara que no tuviera miedo de que se seque el pozo y ahora tenía miedo de que se seque, había predicado a Lani que no tuviera miedo de que se haga salado y ahora tenía miedo, había predicado a Sari que no tuviera miedo de que suba el río y ahora tenía miedo, había predicado a Dayang que no tuviera miedo de que no llueva y ahora tenía miedo de que no llueva nunca más y de que el bote no avance y de que muera allí, en medio del mar, sin haber vuelto a ver a Pedro ni a Juan ni a María ni a Cafarnaúm.
Se tapó la cara con las manos, con las manos que habían cortado el velo azul para tapar el agujero y que ahora no podían tapar el agujero de la duda, y lloró, no como lloró en el Jordán en silencio, ni con ruido en la cárcel de Ecbátana, ni con las lágrimas que hacen que el mar sea menos salado, lloró como lloran los viejos que ya no tienen fuerza para llorar fuerte, con las lágrimas pequeñas que se quedan en la barba y que no caen.
Entonces oyó una voz, no como la del Jordán, que era suave, no como la de Pentecostés, que era el viento fuerte, sino como la de la barca de Cafarnaúm, cuando Jesús le dijo empuja y él empujó solo y no pudo y Jesús le dijo no empujes solo, empuja conmigo.
—Matías —dijo la voz, que no era la voz de fuera, era la voz de dentro, pero más clara que la de dentro—. ¿Por qué dudas?
—Dudo porque no veo —dijo Matías, sin levantar la cara de las manos—. Porque el viento no sopla y el bote no avanza y llevo diez nombres y no sé si los guardé bien o los inventé para no sentirme solo.
—¿Y cuando viste, creíste? —dijo la voz.
—No —dijo Matías—. Cuando vi el fuego que no se apaga, creí un poco, pero luego dudé. Cuando vi el agua viva en los ojos de Sara, creí un poco, pero luego dudé. Cuando vi a Kala besar la arena de su isla, creí un poco, pero luego dudé. Siempre dudo después de ver, porque ver se acaba y dudar se queda.
—Yo también dudé —dijo la voz, y Matías levantó la cara, porque esa frase no la esperaba.
—¿Tú? —preguntó.
—Yo dudé en el huerto —dijo la voz—. Dije Padre, si es posible, que pase de mí esta copa. Yo dudé en la cruz, dije Dios mío, por qué me has abandonado. Dudar no es no creer, Matías, es creer con la herida. Y la herida es por donde entra la luz.
Matías miró el mar espejo y vio su cara reflejada, con la barba larga y con los ojos cansados y con los diez nombres grabados en el bastón que se reflejaban también, como si el mar guardara los nombres.
—¿Y qué hago con mi duda? —preguntó.
—Guárdala —dijo la voz—. Como guardas los nombres, como guardas el fuego, como guardas el velo azul cortado. Guarda tu duda también, porque tu duda es también el regalo, porque hace que no te creas el dueño del fuego, sino el guardián.
En ese momento, una brisa pequeña, tan pequeña que no movía la vela verde, movió la superficie del mar espejo, haciendo las ondas que parecían la escritura, y Matías vio en las ondas, no con los ojos, con el corazón, la cara de Pedro boca abajo, no muriendo, sino riendo, como reía Pedro cuando pescaba mucho y se le caían los peces de la red, y la cara de Santiago el menor perdonando a los que lo apedreaban, y la cara de Pablo con la espada no de soldado, sino de la palabra, y la cara de Juan viejo guardando todo en el corazón, y la cara de María guardando todo en el corazón, y la cara de Vark mirando al cielo, y de Barba Roja cuidando el fuego pequeño, y de Sara riendo y espantando los camellos, y de Tadeo escribiendo en las tablillas de barro, y de Kala besando la arena de su isla, y de Deva con la espiral tatuada, y de Bato con la tortuga, y de Rajah con los dientes limados, y de Sari con el miedo a que suba el río, y de Dayang con el miedo a que no llueva, y entendió que todas esas caras eran su carta, su pergamino, su tablilla, su velo, su bastón.
La brisa pequeña se hizo viento, el viento del este todavía, pero más fuerte, hinchando la vela verde, haciendo que el bote de bambú empezara a moverse, despacio al principio, luego más rápido, hacia el oeste, hacia Kedah, hacia lo último que ya había sido lo último pero que ahora era lo primero de nuevo, porque volver es también ir.
Navegó siete días más con el viento del este, con la duda guardada en la bolsa junto a los nombres, no como la piedra pesada, sino como la semilla pequeña que también necesita el agua y el sol, y al séptimo día vio la tierra, no Kedah, sino una isla pequeña que no conocía, con una sola palmera en el centro y con un hombre en la playa haciendo las señas con el fuego.
Era un náufrago, como él, con el bote roto y con la barba larga, pero no judío, griego, de Alejandría, con la ropa de mercader y con una caja de madera que abrazaba como si fuera su hijo.
Matías encalló y el hombre corrió hacia él, hablando el griego rápido.
—¿Eres tú Matías? —dijo el hombre—. ¿El contado con los once?
—Soy —dijo Matías, sorprendido, porque ya eran muchos los que preguntaban eso en las islas que no tenían nombre.
—Te traigo algo —dijo el griego, abriendo la caja de madera—. Me lo dio Lucas, el médico de Antioquía, en Éfeso, antes de irse a Roma a ver a Pedro antes de que lo maten. Me dijo que si veía al judío del bastón de muchos nombres, se lo diera.
En la caja había un pergamino enrollado, no de cuero, de papiro fino de Alejandría, con la letra pequeña y ordenada del médico que escribe con diligencia.
Matías lo abrió con las manos que temblaban, no de la fiebre, de la duda guardada que ahora temblaba también, y leyó.
—Matías, hermano —decía Lucas, el médico—. Pedro me contó tu historia del fuego que no se apaga y del velo azul y de los tres pozos y del arroz que no tiene miedo, y yo la escribí como pude, no como el soldado, sino como la madre, como me dijiste. Ahora estoy en Éfeso con Juan, que está viejo y que guarda todo en el corazón, y me dice que te diga que no dudes, que guardar es también dudar y seguir guardando, y que ser contado con los once no es no dudar nunca, es ser contado aunque dudes. Y te mando este papiro para que escribas tú también, porque tú guardas los nombres y yo guardo las palabras y entre los dos guardaremos lo que no se debe perder. Y te digo, como médico, que la duda es la fiebre que no mata si se cuida, que se cura contando las historias, no guardándolas solo. Así que cuenta tu duda también, como cuentas el fuego y el agua y el arroz. Lucas, que te llama hermano y que escribe con prisa porque pronto nos iremos a Roma y no sabemos si volveremos.
Matías lloró de nuevo, pero no como antes, con las lágrimas pequeñas que se quedan en la barba, sino con las lágrimas que caen al mar y que hacen que el mar sea menos salado, y abrazó al griego de Alejandría, que no entendió por qué lo abrazaba, pero se dejó abrazar, porque en las islas pequeñas los abrazos son escasos y se agradecen.
—Dile a Lucas —dijo Matías al griego—. Que guardé su papiro y que escribiré mi duda también, con los nombres, con el fuego, con el velo, con el arroz, con todo, y que su fiebre no mata si se cuenta.
El griego se fue en su bote reparado con la ayuda de Matías, hacia el oeste, hacia Éfeso y Roma, con la respuesta de Matías en el papiro de Alejandría, y Matías se quedó en la isla de una sola palmera, que no tenía nombre, pero que él llamó la Isla de la Duda Guardada, por un día, hasta que sopló el viento del este de nuevo y se fue en su bote de bambú con la vela verde, con los diez nombres grabados y con la duda guardada como el undécimo nombre, no grabado en el bastón, sino en el corazón, con la bolsa de cuero de búfalo que olía a todo y con la tablilla nueva donde escribió, con la carbonilla del fuego de una sola palmera, la frase que Lucas le había enseñado y que sería el comienzo del capítulo veintiuno cuando Lucas la escribiera con diligencia muchos años después.
—Y Matías dudó, como todos —escribiría Lucas—. Y guardó su duda como guardó el fuego y el agua y el arroz, porque entendió que ser contado no es no dudar, es seguir guardando aunque dudes.
Y Matías navegó hacia el oeste, hacia Kedah, hacia Batu Hitam, hacia Lanka, hacia la isla de Kala, hacia Patala, hacia Taxila, hacia Ecbátana, hacia Artaxata, hacia Zadrakata, hacia Jerusalén, no la de piedra, la del corazón, donde siempre había estado aunque estuviera lejos, con la duda guardada como el regalo, porque la duda, cuando se guarda bien, también es el agua viva que hace que no tengas miedo de tener miedo, y porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, siempre está un poco más allá y un poco más acá, esperando que alguien llegue dudando y diga por fin estoy en casa aunque dude, porque la casa no es el lugar sin la duda, la casa es donde te saben amado aunque dudes y donde sabes amar aunque dudes, aunque sea con poco, aunque sea con nada, solo con el nombre y con la duda guardada que no se borra nunca, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María.
CAPÍTULO 21
Matías no volvió a Kedah. El viento del este, el viento que vuelve, lo llevó no a Kedah, que era el cuenco y el agua marrón y el arroz dorado, sino más al norte, hacia el oeste de verdad, hacia donde el mar se hace estrecho y se hace río y se hace desierto otra vez, hacia Patala primero, donde el Indo se mezcla con el mar y donde el agua es marrón y azul a la vez y donde los mercaderes griegos compran la pimienta y venden el vidrio. Llegó a Patala con el bote de bambú de Apo, con la vela verde de las hojas de arroz hecha jirones por el sol y por la sal, con la bolsa de cuero de búfalo que olía a arroz y a manantial y a canela y a arena negra y a todo lo que había sido, y con el bastón de teca con los diez nombres grabados y con la duda guardada como el undécimo nombre no grabado en la madera, sino en el corazón, que pesaba más que los diez juntos porque la duda, cuando se guarda bien, pesa como la semilla que va a ser el árbol.
Patala lo recibió con el mismo olor a pescado seco y a madera de teca que sudaba la resina y a sudor de los esclavos que cargaban los sacos de nardo, pero con una diferencia que notó en cuanto pisó la playa de barro donde antes había el mercado de esclavos. El mercado seguía allí, pero había menos esclavos, porque un edicto del sátrapa parto, que había oído hablar de un fuego que no se apaga y de un judío que decía que todos son amados, había prohibido vender a los niños, no por bondad, sino porque necesitaba los niños que crecieran libres para ser los soldados, pero para Matías fue la señal de que el fuego pequeño que no necesita leña había llegado hasta allí también, aunque él no lo hubiera encendido con las manos, sino con la memoria.
Fue a la sinagoga de madera de teca que olía a mar y a especias, donde el escriba viejo de Alejandría que había naufragado de joven y se había quedado y que le había dicho tu historia es bonita pero aquí no sirve, aquí la gente no tiene sed de Dios, tiene sed de pimienta y de oro, ya no estaba, había muerto de fiebre el año anterior, y en su lugar había un joven escriba, el hijo suyo, con la barba corta y con la tinta en los dedos, que lo reconoció porque su padre le había contado del judío del velo azul cortado para tapar el agujero.
—Volviste —dijo el joven escriba—. Mi padre decía que volverías, porque los que cortan el velo para tapar el agujero siempre vuelven a buscar el velo.
—No vuelvo a buscar el velo —dijo Matías—. Vuelvo a contar que el velo sirve para tapar el agujero y que por eso no se hundió el bote.
Se quedó en Patala siete días, no cuarenta, porque ya no tenía cuarenta días para cada lugar, tenía prisa, no la prisa de llegar, la prisa de volver, porque la carta de Pedro que decía pronto nos matarán boca abajo y la carta de Lucas que decía no dudes, guarda tu duda también, le habían hecho entender que volver también es guardar, y que guardar lo de atrás es tan importante como guardar lo de delante.
Al séptimo día, con un bote nuevo que le dio el joven escriba, no de bambú, sino de teca de verdad, con la vela de algodón blanco y con el remo de teca, con la bolsa nueva de cuero de cabra que olía a Patala y con la tablilla nueva donde el joven escriba había escrito en griego con la letra de Alejandría la historia del velo azul, se hizo al río, no al mar, río arriba, contra la corriente, porque quería volver a Taxila, a Ecbátana, a Artaxata, a Zadrakata, a lo último de la tierra que fue lo primero, siguiendo el Indo que es marrón y que no se acaba nunca, como el mar, pero que va al norte, no al este.
Remar contra la corriente del Indo es duro, más duro que navegar con el monzón, porque el río no quiere que vuelvas, quiere que vayas al mar, como todos los ríos, pero Matías remó, con las manos que habían aprendido a remar en el bote de junco y en el bote de palma vaciada y en el bote de bambú y en el bote de teca y bambú, con las manos que ahora tenían los callos no solo de remar, sino de grabar los nombres en el bastón y de cortar el velo y de bautizar en el río rojo y en la playa de arena negra y en el manantial frío y en el río ancho y en el agua marrón.
Tardó treinta días en llegar a Taxila, con el río que se hacía más estrecho y más rápido y más frío, con las montañas que aparecían a lo lejos, blancas de nieve, como la montaña de Batu Hitam pero más altas, con el aire que ya no olía a arroz y a canela, sino a piedra y a nieve y a leña de pino. Cuando llegó a Taxila, la ciudad griega e india de las columnas y los templos de muchos brazos ya no era igual, había más soldados romanos con el águila, porque Roma ya se atrevía a entrar un poco más al este, y había menos monjes budistas de la túnica naranja, porque algunos se habían ido más al este, hacia el desierto, buscando el nirvana sin rostro.
Los quince bautizados que había dejado y los veinte que había bautizado después, con Lucas de Taxila que era el hijo de griego e india y que guardaba las tablillas de barro y el velo azul de Sara, estaban allí, con el fuego pequeño que no se apaga ardiendo en una esquina de la sinagoga, sin leña, sin humo, solo la luz, que olía a nada y a todo a la vez, como en Ecbátana.
—Volviste —dijo Lucas de Taxila, con la barba ya, porque en dos años la barba crece—. Pensamos que te habías ido al mar y que el mar te había tragado, como se traga a tantos.
—El mar no traga a los que llevan nombres —dijo Matías—. Los lleva.
Se quedó en Taxila siete días también, enseñando, no como el que llega, sino como el que vuelve, que es distinto, porque el que vuelve no trae las novedades, trae la confirmación, y la confirmación vale más que la novedad cuando tienes la duda guardada como el undécimo nombre.
Contó la historia de la calma chicha y de la duda guardada, y Lucas de Taxila la escribió en la tablilla de barro con la letra pequeña y ordenada, para que no se perdiera, porque Lucas, el médico de Antioquía, le había enseñado que hay que escribir no solo el fuego y el agua, sino también la duda, para que los que vengan después no crean que los apóstoles no dudaron nunca.
—Escribe —dijo Matías—. Que Matías dudó en medio del mar y que guardó su duda como se guarda el fuego y que siguió navegando aunque dudaba.
De Taxila caminó hacia el oeste, no navegó, porque ya no había el río que llevara al oeste, había el desierto de sal otra vez, el que crujía bajo las sandalias y que hacía que todo se viera blanco y que los ojos lloraran sin pena. Caminó veinte días con el bastón de teca con los diez nombres y con la duda y con la bolsa de cuero de cabra y con la tablilla que decía Dios no pide que subas, él baja, y con otra tablilla donde Sari había escrito que los regalos sirven para no tener miedo y Dayang que sirven para que el arroz crezca aunque no llueva y Lani que sirven para volver.
Llegó a Ecbátana, la ciudad de los dos fuegos, y cuando entró por la puerta del norte, el guardia joven que le había hecho la inclinación con la cabeza y le había dicho vuelve cuando tu fuego necesite leña, ya no era joven, era mayor, con la barba canosa y con el casco abollado, y cuando vio a Matías con la barba larga y con el bastón de muchos nombres y con la bolsa de cuero de cabra, no le hizo la inclinación, lo abrazó, porque en dos años los guardias también aprenden a abrazar.
—Volviste —dijo el guardia—. Tu fuego sigue encendido.
Subió la colina hacia el templo del fuego, con el corazón golpeando, no por miedo, por la memoria, porque allí había dejado a Jonatán, el mago de la barba roja que se llamaba Jonatán y que cuidaba el fuego pequeño que no necesita leña. El templo estaba igual por fuera, con los muros negros de hollín, pero por dentro había cambiado. El pozo central donde ardía el fuego eterno de los magos seguía allí, pero más pequeño, porque le echaban menos leña, y en la esquina, sobre la piedra plana, ardía la llama pequeña, azul al principio, luego amarilla, luego blanca, suspendida sin tocar nada, sin humo, con más gente alrededor que antes, no veinte, cincuenta, sentadas en silencio, mirando el fuego que cuida.
Jonatán estaba allí, más viejo, con la barba blanca del todo y con la túnica gris que ya no era gris, era blanca de tanto lavarla en el pozo, y cuando vio a Matías, se levantó con dificultad, porque las rodillas le dolían más, y lo abrazó.
—Volviste —dijo Jonatán—. Pensé que el mar te había tragado.
—El mar no traga los nombres —dijo Matías—. Los lleva y los trae.
Se quedó en Ecbátana siete días, enseñando junto a los dos fuegos, el que necesita leña y se cuida con miedo y el que no necesita leña y cuida, y diciendo.
—Miren, hay dos fuegos, uno pide, otro da. Uno se apaga si lo dejan, otro no se apaga aunque lo dejen. Ustedes deciden.
Y la gente entendía más que antes, porque ahora había más gente que había visto el fuego pequeño que no se apaga en otros lugares, en Taxila, en Patala, en Kedah, en Batu Hitam, en Lanka, en Panay, y que venía a Ecbátana a ver el primero.
Al séptimo día partió hacia Artaxata, quince días por las mesetas de piedra negra que ya no le parecían hostiles, sino familiares, como el rostro del hermano mayor que es duro pero justo. En Artaxata, la sinagoga de barro ya no era pequeña, era grande, con el techo de madera y con el patio, porque los tres jóvenes que había dejado, Tadeo y los otros dos, habían seguido contando y habían traído a más judíos y a algunos armenios que también querían oír la historia del fuego que no se apaga.
Tadeo lo vio entrar y corrió a abrazarlo, con la barba larga y con la túnica nueva que le habían regalado los mercaderes y con un niño en los brazos, su hijo, que se llamaba Matías, como él.
—Maestro —dijo Tadeo—. Volviste.
—No soy maestro —dijo Matías—. Soy el que guarda y el que vuelve.
—Guardaste bien y volviste bien —dijo Tadeo, mostrándole las tablillas de barro, que ahora eran muchas, apiladas en el rincón de la sinagoga, con las historias escritas en arameo, en parto, en armenio, con la historia del pozo, del pan, del fuego, del velo azul, del arroz que no tiene miedo, de la duda guardada.
Matías se quedó en Artaxata siete días, enseñando como el que vuelve, no como el que llega, contando no solo las historias de los pozos y los fuegos, sino también la historia de la duda guardada en medio del mar, porque entendió que contar la duda también es guardar.
Y al séptimo día partió hacia Zadrakata, el oasis amurallado donde todo había empezado con Sara, la de Alejandría, la del velo azul desteñido por el sol y la cicatriz fina en la mejilla y el hijo sin nombre que ahora tenía el nombre, Matías pequeño.
Caminó diez días por el desierto que ya conocía y que ya no le parecía el desierto, sino el camino, porque el camino es el desierto cuando lo cruzas por primera vez y es la casa cuando vuelves con los ojos nuevos y con los diez nombres y con la duda.
Llegó a Zadrakata al atardecer, cuando el sol hacía que las murallas de adobe parecieran de oro, como el arroz de Panay, y cuando entró por la puerta, la gata flaca que ahora era menos flaca lo reconoció y maulló, y Sara, con el velo azul nuevo que ella misma había tejido, no el viejo que Matías cortó para tapar el agujero, sino uno nuevo, azul más claro, como el cielo de Alejandría, lo vio desde el telar y se levantó, no corriendo como la primera vez, caminando despacio, como caminan las mujeres que han esperado mucho y que ya no esperan correr, pero que caminan igual porque el corazón las lleva.
—Volviste —dijo Sara, sin el velo esta vez también, con el rostro al aire y con la cicatriz brillando con el sudor—. Volviste de verdad, no solo con los ojos nuevos, con todo nuevo.
—Volví —dijo Matías—. Porque el viento que vuelve me trajo y porque tenía que volver a decirte que tu velo sirvió para tapar el agujero y que por eso no me hundí, y que tu hijo sin nombre que ahora tiene el nombre, Matías pequeño, sigue teniendo el nombre y seguirá teniéndolo aunque yo me hunda algún día.
Sara lo hizo entrar a la choza y le dio el agua fresca de la vasija con la menta, como la hacían en Alejandría, y le mostró el telar donde ahora tejía no solo los velos azules, sino también las historias, con los hilos de colores que representaban el pozo, el fuego, el arroz, la duda.
—Mira —dijo Sara—. Tejí tu historia, desde que te fuiste hasta que volviste. Aquí está el desierto de sal, aquí Ecbátana con los dos fuegos, aquí Taxila con el río rojo, aquí Patala con el mercado, aquí Kedah con el arroz, aquí Batu Hitam con la arena negra, aquí Lanka con la canela, aquí Panay con las terrazas, aquí la calma chicha con la duda. Y aquí estás tú, volviendo, con el bastón de muchos nombres.
Matías miró el tapiz y lloró, con las lágrimas que hacen que el mar sea menos salado, porque entendió que su historia ya no era suya, era de Sara también, y de todos los que la tejían.
Se quedó en Zadrakata no siete días, sino cuarenta, porque Zadrakata era el principio y el fin, era donde había empezado a entender que lo último de la tierra es volver cerca con los ojos nuevos, y donde ahora entendía que volver cerca no es quedarse, es volver a contar que se puede volver.
Bautizó a cinco más en el pozo al amanecer, con el velo azul puesto, como Sara quiso la primera vez, y enseñó cada tarde en la muralla, junto a la choza de adobe, contando la historia de la duda guardada, porque en Zadrakata también hay dudas, las dudas de si lloverá, de si vendrá la caravana, de si el hijo sin nombre tendrá el nombre.
Y una noche, mientras oraba en la choza de adobe, oyó de nuevo la voz interior, no como la del Jordán ni como la de Pentecostés ni como la de la barca ni como la de la calma chicha, sino como la del aposento alto, cuando echaron las suertes y cayó sobre él y era la piedra pequeña negra.
—Matías —dijo la voz—. Ya guardaste bastante. Ahora ve a Jerusalén, no la de piedra, la de la memoria, y cuenta allí lo que guardaste, para que Lucas lo escriba con diligencia y para que no se pierda, porque pronto te llamaré a guardar de otra manera, no con el bastón ni con la bolsa ni con la tablilla, sino con la sangre, como guardó Santiago y como guardará Pedro boca abajo y Pablo con la espada.
Matías no tuvo miedo, porque había guardado la duda y la duda hace que no tengas miedo de tener miedo, y dijo.
—Voy, porque el lago no espera y el desierto tampoco y Zadrakata tampoco.
Y se preparó para volver a Jerusalén, a Antioquía, a Roma, no por el barco ni por el río, sino por el camino largo, por el desierto de sal, por las mesetas de piedra negra, con el bastón de teca con los once nombres ahora, porque había añadido Zadrakata por segunda vez, no como el lugar, sino como el regreso, y con la bolsa de cuero de cabra con el tapiz pequeño de Sara que decía volver cerca con los ojos nuevos es también lo último de la tierra, y con la certeza de que ser contado con los once no es no dudar, no es no tener miedo, no es no volver, es seguir guardando aunque dudes, aunque tengas miedo, aunque vuelvas, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, no se borra nunca, ni con el viento que vuelve ni con el río que sube ni con el mar que no se acaba ni con la duda ni con el regreso.
CAPÍTULO 22
Matías salió de Zadrakata no al amanecer, como salía siempre para que el sol no lo quemara de golpe, sino al atardecer, cuando el sol se hacía rojo y las murallas de adobe parecían de oro viejo y la sombra se hacía larga y fresca. Lo hizo porque Sara, la de Alejandría con el velo azul nuevo tejido por ella misma, azul más claro como el cielo de Alejandría y no como el viejo que cortó para tapar el agujero del bote de junco, le dijo que los caminos de vuelta se empiezan al atardecer, para que la primera noche sea corta y no dé tiempo a arrepentirse.
—Si sales al amanecer —dijo Sara, con su cicatriz fina brillando con el sudor del telar—. Ves el camino largo y te asustas. Si sales al atardecer, ves solo el primer paso y el primer paso no asusta.
Llevaba el bastón de teca de Kedah con los once nombres grabados, Vark, Barba Roja, Sara, Tadeo, Kala, Deva, Bato, Rajah, Panay, Dayang y Zadrakata, el segundo Zadrakata, el del regreso, no el del principio, porque había aprendido que volver a un mismo lugar no es repetir el nombre, es añadir un nombre nuevo con el mismo sonido pero con distinto corazón. Llevaba la bolsa de cuero de cabra que le había dado el joven escriba de Patala, que olía a Patala y a arroz y a manantial y a canela y a arena negra y a incienso y a agua marrón y a la cáscara que vuela, y dentro de la bolsa llevaba no muchas cosas, porque había aprendido que cuanto más caminas más ligero tienes que ir, llevaba la tablilla que decía Dios no pide que subas, él baja, la carta gastada de Pedro que decía tu lugar sigue aquí aunque estés lejos y la segunda carta que decía pronto nos matarán boca abajo, el papiro de Lucas que decía guarda tu duda también, y un tapiz pequeño que Sara tejió en los cuarenta días que estuvo allí, con los hilos de colores que eran la historia entera desde el desierto de sal hasta Panay y la vuelta a Zadrakata, con el pozo, el fuego, el velo, el arroz, la duda, el regreso.
Sara lo acompañó hasta la puerta del oasis, con su hijo sin nombre que ahora tenía el nombre, Matías pequeño, que ya no era pequeño, tenía seis años y caminaba solo y llevaba un bastón pequeño de palma que su madre le hizo, con un solo nombre grabado, Matías grande, porque decía que quería ser como el hombre del bastón de muchos nombres.
—No me olvides —dijo Sara, no con la voz de la mujer que pide amor, con la voz de la tejedora que pide que su hilo no se corte.
—No te olvido —dijo Matías—. Te llevo en el bastón y en la bolsa y en el tapiz y en el corazón, que es donde no se borra nada, como decía María.
Caminó quince días por el desierto de sal otra vez, que ya no le parecía el desierto, sino el camino conocido, con la costra blanca que crujía y con los espejismos que ya no lo engañaban, porque sabía que el espejismo es el agua que no es agua y que se mira pero no se bebe, y que en la vida hay muchos espejismos que parecen el agua viva y que son solo la sal que brilla.
Llegó a Ecbátana por tercera vez, no como el extranjero que busca el agua ni como el hombre que vuelve a la casa, sino como el peregrino que pasa y deja la bendición. Jonatán, el mago de la barba roja que ahora era blanco del todo y que cuidaba el fuego pequeño que no necesita leña en la esquina del templo del fuego, lo vio venir desde la colina y bajó a recibirlo, con las rodillas que dolían pero con los ojos que brillaban porque había aprendido que el dolor de las rodillas no quita la luz de los ojos cuando hay el fuego que cuida.
—Vas a Jerusalén —dijo Jonatán, no preguntando, afirmando, porque los que guardan el fuego pequeño aprenden a saber a dónde va la gente sin que lo digan.
—Voy —dijo Matías—. A Antioquía primero, luego a Jerusalén, luego a Roma, si Dios quiere, y si no quiere, a donde me lleve el camino.
—Tu fuego sigue aquí —dijo Jonatán, señalando la llama pequeña azul, amarilla, blanca, suspendida sin tocar la piedra, sin humo, con cincuenta personas alrededor sentadas en silencio, no adorando el fuego, estando con el fuego que cuida—. Y el otro sigue también, pero cada vez con menos leña, porque la gente ya no le trae tanta, porque entendieron que el fuego que pide leña todo el tiempo cansa, y el fuego que da sin pedir no cansa.
Matías se quedó en Ecbátana tres días, no siete ni cuarenta, porque tenía prisa de volver, la prisa no de llegar, la prisa de contar antes de que maten a Pedro boca abajo y a Pablo con la espada, y enseñó junto a los dos fuegos, diciendo.
—Miren, hay dos fuegos, uno que se cuida con miedo y otro que se cuida solo y que cuida. Ustedes ya saben cuál calienta el corazón y cuál calienta las manos. Ahora aprendan que el que calienta el corazón también puede ir con ustedes si se van, porque no necesita el templo, necesita el corazón.
De Ecbátana a Artaxata caminó diez días por las mesetas de piedra negra donde Vark lo había desatado en la nieve y donde ahora había un pequeño oratorio de piedra con el fuego pequeño que no se apaga ardiendo en la esquina, cuidado por el hijo de Vark, que ya era hombre y que llevaba el bastón de almendro que Matías le dejó la primera vez y que ahora tenía un nombre grabado, Matías, porque decía que el hombre que mira al cielo y no a la tierra le enseñó a mirar al cielo.
En Artaxata, Tadeo, que ahora tenía dos hijos, uno llamado Matías pequeño y otro llamado Jonatán por el mago de la barba roja, lo recibió con el pan fresco y con el vino agrio y con las tablillas de barro que ya eran muchas, apiladas en la sinagoga grande con el patio, con las historias escritas en arameo, en parto, en armenio, en griego, con la historia del pozo, del pan, del fuego, del velo azul, del arroz que no tiene miedo, de la duda guardada, del regreso.
—Maestro —dijo Tadeo—. ¿Vas a Jerusalén?
—Voy —dijo Matías—. A contar lo que guardé, para que Lucas lo escriba con diligencia y para que no se pierda.
—Lleva estas tablillas —dijo Tadeo, dándole tres tablillas de barro cocido, con la historia de Vark mirando al cielo y de Barba Roja cuidando el fuego y de Sara tejiendo el tapiz—. Para que en Jerusalén sepan que lo último de la tierra también guarda.
Matías se quedó en Artaxata tres días, enseñando como el que vuelve y como el que se va, que es lo mismo, porque el que vuelve bien se va bien, y partió hacia Antioquía, no por el camino directo, sino por el camino de las caravanas que iba por el Éufrates, por donde Abraham caminó y por donde ahora caminaban los mercaderes con la seda y con las especias y con los esclavos que ya no eran tantos porque el edicto del sátrapa había prohibido vender a los niños.
Caminó cuarenta días por el Éufrates, viendo cómo el desierto se hacía menos desierto y más tierra de cultivo, con los canales de riego y con las palmeras y con las ciudades de ladrillo rojo que parecían Ecbátana pero más bajas y con la gente que hablaba el arameo cerrado que Matías entendía bien porque era su lengua materna, aunque con el acento del río, no de la montaña.
Llegó a Antioquía al atardecer, cuando la ciudad grande de Siria, con las calles rectas como Roma y con el mercado que no duerme nunca y con el Orontes que pasa por el medio llevando el agua marrón, estaba llena de la gente que iba y venía, con los judíos y los griegos y los sirios y los romanos y con los cristianos que ya no se llamaban los cristianos de Antioquía por primera vez, se llamaban así en muchos lugares, pero que en Antioquía eran muchos, porque Pedro y Pablo y Bernabé habían estado allí y habían dejado el fuego pequeño que no se apaga en muchas casas, no en el templo, en las casas, donde se partía el pan con la alegría y la sencillez del corazón.
Fue a la casa de un tal Ignacio, que era el obispo joven, el discípulo de Juan, que guardaba todo en el corazón como María, y que había oído hablar de Matías, el contado con los once, por las cartas de Lucas.
—Volviste —dijo Ignacio, con la barba negra y con los ojos que brillaban con el fuego que no se apaga—. Te esperábamos.
—¿Me esperaban? —preguntó Matías, sorprendido, porque en Antioquía nunca había estado.
—Lucas nos escribió desde Éfeso —dijo Ignacio—. Que venías del este, de lo último de la tierra, con los diez nombres y con la duda guardada, y que traías el tapiz y las tablillas y el bastón.
Matías se quedó en Antioquía cuarenta días, enseñando no en la sinagoga, sino en las casas, alrededor de las mesas donde se partía el pan, no el pan de cebada de los cinco panes y los dos peces, el pan normal, de trigo, con el aceite y con las aceitunas, el pan que se comparte y que hace que no tengas miedo de que se acabe, porque cuando se comparte con la alegría, se multiplica aunque no se multiplique, porque el que comparte ya no tiene miedo.
Contó allí toda su historia, desde Caná sacando el agua de las tinajas hasta Panay con las terrazas de arroz que parecen las escaleras al cielo, desde el Jordán oyendo la voz hasta la calma chicha oyendo la duda, desde Ecbátana con los dos fuegos hasta Zadrakata con el velo azul nuevo, y Lucas, el médico de Antioquía que escribe todo con diligencia, no estaba allí, estaba en Éfeso con Juan, pero Ignacio escribía también, con la letra menos ordenada pero con el mismo corazón, en los rollos de papiro de Alejandría que compraba en el mercado.
Una noche, mientras partían el pan en la casa de Ignacio, llegó una carta, traída por un mercader que venía de Roma por el mar, con el sello del pez de Pedro, pero no con la letra de Pedro, con la letra de Marcos, el que interpreta a Pedro, que decía.
—Pedro murió —decía la carta—. Lo crucificaron boca abajo en el circo de Nerón, en Roma, hace tres meses, en el día de los juegos, y murió perdonando, como nuestro Maestro, y diciendo tu lugar sigue aquí, Matías, aunque estés lejos. Pablo murió también, lo decapitaron con la espada en Aquae Salviae, en las afueras de Roma, y murió escribiendo que para él vivir es Cristo y morir ganancia. Y nosotros estamos escondidos en las catacumbas, con miedo, pero con el fuego pequeño que no se apaga, que arde sin leña en la esquina de la catacumba, como el de Ecbátana, y que nos cuida.
Matías leyó la carta y no lloró, porque ya había llorado en el mar y en Zadrakata y en la calma chicha, y porque entendió que Pedro no murió, lo guardaron, como se guarda el fuego, como se guarda el nombre, como se guarda la duda, y que ahora él tenía que guardar a Pedro también, como el undécimo nombre no, como el duodécimo, porque Pedro era el primero y el último.
—Tu lugar sigue aquí —dijo Matías en voz baja, repitiendo la frase de Pedro—. Aunque estés lejos, aunque estés muerto boca abajo, tu lugar sigue aquí, entre nosotros, porque lo que se guarda en el corazón no muere nunca.
Se quedó en Antioquía siete días más, no cuarenta, porque tenía que ir a Jerusalén, no la de piedra que ya estaba a punto de ser destruida por Tito, que vendría pronto con las legiones, sino la de la memoria, la del aposento alto donde echaron las suertes y cayó sobre él la piedra pequeña negra, y la del templo donde Santiago murió perdonando, y la del pozo de Jacob donde todo empezó con el agua y con la mujer que fue a sacar el agua al mediodía.
Partió de Antioquía hacia Jerusalén con un grupo de peregrinos que iban a la Pascua, aunque la Pascua ya no era la Pascua judía solo, era la Pascua de la resurrección, con el pan y el vino y con el fuego pequeño que no se apaga que llevaban en las lámparas de barro, no para alumbrar el camino, sino para recordar que hay el fuego que no necesita aceite.
Caminó veinte días por el camino de Siria a Judea, viendo cómo la tierra se hacía más seca y más conocida, con los olivos que parecían los viejos amigos y con las piedras que parecían las palabras que ya había leído, y cuando vio Jerusalén desde el monte de los Olivos, al atardecer, con el templo todavía en pie, con el oro que brillaba con el sol poniente, con las murallas que parecían fuertes pero que no lo eran, porque Roma vendría pronto, lloró, no con las lágrimas que hacen que el mar sea menos salado, sino con las lágrimas que hacen que la tierra sea menos dura, porque Jerusalén era la casa, aunque la casa no es el lugar, la casa es donde te saben amado, y Jerusalén, aunque lo había perseguido, lo había amado primero, lo había contado con los once por la suerte que no era suerte.
Entró a Jerusalén por la puerta de las Ovejas, con el bastón de los once nombres y con la duda guardada y con el tapiz de Sara y con las tablillas de Tadeo y con la bolsa que olía a todo, y fue directo al aposento alto, donde ya no había once, había menos, porque Santiago murió y Pedro murió y Pablo murió y otros se habían ido a lo último de la tierra, pero había el fuego pequeño que no se apaga ardiendo en la esquina, sin leña, sin humo, solo la luz, cuidado por María, la madre, que ya era vieja, muy vieja, con el pelo blanco y con los ojos que guardaban todo en el corazón.
—Volviste —dijo María, con la voz que ya no era la voz joven de Caná, era la voz vieja de quien ha guardado mucho—. Te esperábamos.
Matías se arrodilló, no como se arrodilló ante el fuego de Ecbátana, sino como se arrodilló ante el pozo de Jacob, con el respeto del hijo, y dijo.
—Volví, Madre, con los once nombres y con la duda y con el tapiz y con las tablillas, para que Lucas lo escriba con diligencia y para que no se pierda, porque lo último de la tierra es también lo primero, y porque el lago no espera y el desierto tampoco y Zadrakata tampoco y Jerusalén tampoco.
María le puso la mano en la cabeza, como había hecho Jesús con los niños, como había hecho él con Sara y con Amara y con Lani y con Sari y con Dayang, y le dijo.
—Guarda bien, Matías, que lo que se guarda en el corazón no se borra nunca, ni con Nerón ni con la espada ni con la cruz boca abajo ni con el mar que no se acaba ni con la duda ni con el regreso, ni con Jerusalén destruida, que pronto será destruida, pero que no morirá, porque lo que se guarda no muere.
Y Matías entendió que había llegado, no al final, porque lo último nunca es lo último, sino al principio del final, que es también el principio, con los once nombres en el bastón y con la duda en el corazón y con el tapiz en la bolsa y con la tablilla que dice Dios no pide que subas, él baja, y con la certeza, que no era suya sino del que lo había contado con los once, de que ser el regalo es volver cerca con los ojos nuevos y contar que se puede volver, y que eso, aunque parezca poco, es todo.
CAPÍTULO 23
El aposento alto de Jerusalén no era ya el mismo que cuando Matías entró por primera vez con José Barsabás, el llamado Justo, para que echaran las suertes y cayera sobre él la piedra pequeña negra que significaba Dios elige al pequeño, al último, al que guarda. Entonces el aposento era grande, con las alfombras y con las mesas bajas y con el olor al cordero de Pascua y al pan sin levadura y al vino nuevo, y había ciento veinte hermanos que oraban con un solo corazón y con María que guardaba todo en el corazón y con Pedro que hablaba fuerte y con Juan que callaba y guardaba. Ahora, cuando Matías volvió desde Zadrakata, desde Ecbátana, desde Taxila, desde Patala, desde Kedah, desde Batu Hitam, desde Lanka, desde Panay, desde la isla de una sola palmera que llamó la Isla de la Duda Guardada, el aposento alto era más pequeño, no porque hubieran tirado las paredes, sino porque había menos gente, porque Santiago el menor había muerto tirado del pináculo del templo y apedreado perdonando, porque Santiago el mayor había muerto decapitado por Herodes, porque Esteban había muerto apedreado mirando al cielo, porque Pedro había muerto boca abajo en el circo de Nerón en Roma y Pablo decapitado en Aquae Salviae, porque muchos se habían ido a lo último de la tierra, Tomás más al este que él, hacia Muziris, hacia la pimienta, Andrés hacia el Mar Negro, hacia los escitas, Felipe hacia Frigia, Bartolomé hacia Armenia.
Quedaban pocos, pero los pocos guardaban mucho. María, la madre, vieja, muy vieja, con el pelo blanco como el velo de Sara y con los ojos que ya no veían bien de cerca, pero que veían bien de lejos, de memoria, con las manos arrugadas que habían tejido no los velos azules, sino los recuerdos. Juan, el hijo del trueno, que ya no era el trueno, era la brisa, con la barba blanca y con el bastón de olivo que no tenía los nombres grabados, solo una cruz pequeña en la punta, porque Juan decía que un solo nombre basta si es el nombre. Y Santiago, no el menor, otro Santiago, el primo de Jesús, que cuidaba la comunidad de Jerusalén con miedo porque sabía que Tito vendría pronto con las legiones y destruiría el templo y la ciudad, como Jesús había dicho mirando al templo que no quedaría piedra sobre piedra.
Cuando Matías entró por la puerta baja del aposento alto, con su bastón de teca con los once nombres y con la duda guardada como el duodécimo nombre en el corazón, con su bolsa de cuero de cabra que olía a todo y con su tapiz de Sara y con sus tablillas de Tadeo y de Sari y de Dayang y de Lani y con la carta gastada de Pedro y el papiro de Lucas, María lo vio y no dijo volviste, como habían dicho todos, dijo.
—Te esperábamos para cerrar, pero ahora que volviste, no cerramos.
—¿Cerrar? —preguntó Matías.
—El aposento —dijo Juan, con la voz suave del viejo que guarda—. Pensábamos cerrarlo, porque ya no somos ciento veinte, somos veinte, y porque Roma vendrá y nos dispersará, y porque Pedro murió y Pablo murió y ya no hay la roca.
Matías dejó su bastón apoyado en la pared, donde antes había dejado Pedro su red de pescador cuando lo llamaron, y puso su bolsa en el suelo, donde antes había puesto María su velo de novia de Caná, y dijo.
—No se cierra. Se guarda. El aposento que se cierra se olvida. El aposento que se guarda, aunque se vacíe, sigue siendo el aposento.
María sonrió, con la sonrisa que había sonreído en Caná cuando se acabó el vino y en la cruz cuando se acabó todo y parecía que no quedaba nada.
—Tú siempre guardando —dijo María—. Desde que te vi en el Jordán, cuando no te atrevías a entrar al agua y yo te dije entra, que el agua no muerde, supe que tú eras el que guarda.
Matías se quedó en el aposento alto cuarenta días, como siempre, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita para aprender que no se sabe nada y para que la gente confíe, y porque en Jerusalén cuarenta días es el desierto y es el monte y es el ayuno y es la espera. Pero no enseñó como en Ecbátana con los dos fuegos ni como en Taxila con el río rojo ni como en Kedah con el arroz dorado ni como en Panay con las terrazas que parecen las escaleras al cielo. Enseñó como se enseña en la casa, alrededor de la mesa baja, partiendo el pan con la alegría y la sencillez del corazón, como en los primeros días, cuando vendían todo y lo ponían a los pies de los apóstoles y nadie decía esto es mío, sino todo era nuestro.
Cada tarde, después de partir el pan, contaba una parte de su historia, no toda de golpe, porque toda de golpe pesa y hace que no se guarde, sino que se olvide por mucho. Un día contaba Vark mirando al cielo en la meseta de piedra negra y cómo lo desató y cómo le dijo mira al cielo, no a la tierra, y cómo Vark aprendió a mirar al cielo y ahora su hijo cuida el fuego pequeño que no se apaga. Otro día contaba Zadrakata y Sara tejiendo el velo azul desteñido por el sol y la cicatriz fina y el hijo sin nombre que ahora tiene el nombre Matías pequeño y el telar que teje la historia con los hilos de colores. Otro día contaba Artaxata y Tadeo escribiendo en las tablillas de barro y el niño llamado Matías. Otro día Ecbátana con los dos fuegos y Jonatán de la barba roja que ahora es blanca y que cuida la llama azul, amarilla, blanca, sin leña, sin humo. Otro día Taxila con el río rojo y Lucas de Taxila que guarda las tablillas y el velo azul y los monjes budistas que dicen tu agua viva es dejar de sufrir porque eres deseado, no porque dejas de desear, y que es mejor. Otro día Patala con el mercado de esclavos que ya no vende niños y con el escriba joven que dice mi padre decía que volverías porque los que cortan el velo para tapar el agujero vuelven a buscar el velo. Otro día Kedah, el cuenco, el agua marrón, el arroz dorado, Rajah de los dientes limados que no quiere ser el rey del agua sino el regalo, Sari con el miedo a que suba el río. Otro día Batu Hitam, la arena negra, la tortuga, Bato, Lani con el miedo a que se haga salada el agua, que decía saco el agua desde los tres años. Otro día Lanka, la canela, la espiral que vuelve, Deva que se llamaba dios y ahora quiere ser el regalo, Amara con el marido muerto pisado por el elefante y que reía y espantaba los monos cuando salió del agua. Otro día Panay, las terrazas que parecen las escaleras al cielo, la cáscara que vuela, Apo el abuelo de todos, Dayang embarazada plantando el arroz desde los cinco años con el miedo a que no llueva. Otro día la calma chicha, la duda guardada como la semilla, la voz que dice dudar no es no creer, es creer con la herida y la herida es por donde entra la luz. Otro día la carta de Pedro que dice pronto nos matarán boca abajo, y la carta de Lucas que dice guarda tu duda también, y la carta de respuesta que lleva el capitán griego con el bastón viejo de palma negra.
Juan escuchaba y guardaba, como María, no escribiendo, guardando en el corazón, y Santiago, el primo, escribía con la letra rápida en el pergamino de Alejandría, porque decía que pronto Tito vendrá y destruirá y hay que guardar por escrito lo que se guarda en el corazón, para que no se pierda.
Al día veinte, mientras partían el pan, llegó un hombre de Éfeso, el discípulo de Lucas, con el rollo de papiro y con la noticia.
—Lucas está en Roma —dijo el hombre—. Fue a enterrar a Pedro y a Pablo, y escribe allí, en las catacumbas, con la luz del fuego pequeño que no se apaga que arde sin leña en la esquina de la catacumba, como el de Ecbátana. Me mandó esto para ti, Matías, y para Juan y para María.
Era un borrador del libro que Lucas estaba escribiendo, el que los que vendrán después llamarán los Hechos de los Apóstoles, con la letra pequeña y ordenada del médico que escribe con diligencia, y en el capítulo uno decía.
—Y echaron las suertes y la suerte cayó sobre Matías y fue contado con los once apóstoles.
Matías leyó y lloró, con las lágrimas que hacen que la tierra sea menos dura, porque entendió que ya estaba escrito, que ya era contado, que no era solo la suerte de la piedra pequeña negra, era la memoria que no se borra.
—Ya estoy contado —dijo—. No necesito volver a ser contado.
María le puso la mano en la cabeza, como en Zadrakata, como Jesús con los niños, y dijo.
—Ser contado una vez basta, si guardas bien. Tú guardaste bien.
Al día treinta, mientras enseñaba sobre el velo azul cortado para tapar el agujero, llegaron los soldados romanos, no muchos, una patrulla de diez, con el casco y con la lanza, buscando a los cristianos, porque Nerón había incendiado Roma y había dicho que fueron los cristianos, aunque todos sabían que fue él, y había mandado la orden a todas las provincias de perseguir a los cristianos, incluso en Jerusalén, aunque Jerusalén ya estaba a punto de rebelarse contra Roma por otra razón.
—Ustedes son los que siguen al crucificado —dijo el centurión, con el latín cerrado y con el griego de campamento—. Quedan arrestados.
Juan se levantó, con el bastón de olivo con la cruz pequeña, y dijo.
—Yo soy Juan, el hijo del trueno, el apóstol, llévame a mí, deja a los demás, que son pocos y guardan mucho.
El centurión miró a Juan, viejo, con la barba blanca, y a María, vieja, muy vieja, y a Matías, con el bastón de muchos nombres y con la bolsa que olía a todo, y a Santiago y a los otros veinte, y dijo.
—La orden es la orden, todos.
Los llevaron a la cárcel de Jerusalén, que no era como la cárcel de Ecbátana, con el frío y con el pan mohoso, era la cárcel romana, con la piedra y con el hierro y con poco aire y con el olor a miedo, porque allí metían a los que iban a ser crucificados o decapitados o echados a las fieras en el circo.
En la cárcel, Matías se encontró con un hombre que no esperaba, Tadeo, no el de Artaxata, el otro Tadeo, Judas Tadeo, el primo de Jesús, que había vuelto de Mesopotamia donde había predicado y donde lo habían perseguido y lo habían traído preso a Jerusalén por ser cristiano y por ser el pariente de Jesús, que era peligroso para Roma porque decía que era rey, aunque el rey de otro Reino.
—Matías —dijo Judas Tadeo, con la barba larga y con los ojos que habían visto Mesopotamia y Partia como Matías—. ¿Tú también aquí?
—Yo también —dijo Matías—. Parece que los que guardan terminan guardados.
Rieron, la risa corta que en la cárcel suena a esperanza, porque reír en la cárcel es decir todavía estoy vivo.
Pasaron diez días en la cárcel, partiendo el pan que les traía María, que no estaba presa porque era la mujer vieja y los romanos no apresan a las mujeres viejas por miedo a los dioses, y contando las historias, no con el arroz ni con la arena negra ni con la cáscara que vuela, sino con las piedras de la cárcel, que son frías y duras, pero que también se pueden usar para dibujar el pozo y el fuego y el velo y el arroz y la duda y el regreso.
Al décimo día, el centurión vino con la orden de soltar a todos menos a Judas Tadeo, porque a Judas Tadeo lo querían llevar a Roma para mostrarlo como el pariente del rey crucificado, y a Matías le dijo.
—Tú, el del bastón de muchos nombres, te puedes ir, porque eres viejo y no vales para el circo, y porque tu nombre no está en la lista de Roma, solo en la lista de Jerusalén, y Jerusalén pronto no existirá.
Matías salió de la cárcel con Juan y con Santiago y con los otros, con el bastón y con la bolsa y con las tablillas y con el tapiz, y fue al aposento alto, donde María lo esperaba con el pan y con el agua con la menta como en Alejandría y con el fuego pequeño que no se apaga ardiendo en la esquina, sin leña, sin humo, solo la luz, que no se había apagado aunque no había nadie para cuidarlo, porque el fuego que no necesita leña no necesita al cuidador, necesita el corazón que lo recuerde.
—Volviste de la cárcel —dijo María—. Como Pedro volvió, como Pablo volverá.
—Volví —dijo Matías—. Pero ahora tengo que ir a Roma, porque Pedro murió dicen boca abajo y Pablo con la espada y Lucas escribe en las catacumbas con el fuego pequeño y tengo que llevarle mi bastón con los once nombres y mi duda guardada y mi tapiz de Sara y mis tablillas de Tadeo y decirle escribe, Lucas, escribe que ser contado no es no dudar, es seguir guardando aunque dudes.
María lo abrazó, con el abrazo de la madre vieja que guarda todo en el corazón y que sabe que el abrazo de la madre vieja pesa más que el bastón de los once nombres, y le dijo.
—Ve, Matías, ve a Roma, pero vuelve, porque el aposento que no se cierra siempre espera al que guarda.
Matías salió de Jerusalén al amanecer, por la puerta de las Ovejas, con el camino largo por delante, por Cesarea, por Chipre, por Creta, por Malta, por Sicilia, por Roma, donde Nerón todavía quemaba a los cristianos como las antorchas en los jardines, con el bastón de teca con los once nombres y con la duda guardada como el duodécimo y ahora con Pedro como el decimotercero, porque Pedro boca abajo también es el nombre que no se borra, y con la bolsa que olía a todo y a Jerusalén que olía al pan partido con la alegría y la sencillez del corazón y a la cárcel que olía a miedo pero también a la risa corta que es esperanza, y con la certeza de que el aposento alto no se cierra nunca, aunque se vacíe, aunque lo destruya Tito pronto, aunque no quede piedra sobre piedra, porque lo que se guarda en el corazón, como decía María, no se cierra nunca, se guarda y se vuelve a abrir cada vez que alguien con el bastón de muchos nombres y con la duda guardada y con el tapiz de Sara entra y dice volví, aunque sea solo para decir volví y volver a irse, porque ir y volver es lo mismo cuando se guarda bien, y porque lo último de la tierra siempre está un poco más allá y un poco más acá.
CAPÍTULO 24
Matías salió de Jerusalén por la puerta de las Ovejas al amanecer, no como salió de Zadrakata al atardecer, porque los caminos de vuelta se empiezan al atardecer para no asustarse, pero los caminos de ida a donde te van a matar se empiezan al amanecer, para que se vea claro y no haya el engaño. Llevaba el bastón de teca de Kedah con los trece nombres ahora, Vark, Barba Roja, Sara, Tadeo, Kala, Deva, Bato, Rajah, Panay, Dayang, Zadrakata, la Duda Guardada que no estaba grabada en la madera sino en el corazón pero que contaba como el nombre, y Pedro, el boca abajo, que añadió en el aposento alto antes de salir, grabándolo con el cuchillo pequeño que le dio Juan, con la letra temblorosa porque las manos viejas tiemblan, pero que quedó.
Llevaba la bolsa de cuero de cabra que olía a todo, a Patala con el pescado seco y a Taxila con el río rojo y a Ecbátana con el hollín del templo del fuego y a Kedah con el arroz dorado y a Batu Hitam con la arena negra y a Lanka con la canela y a Panay con las terrazas que parecen las escaleras al cielo y a Jerusalén con el pan partido con la alegría y la sencillez del corazón y a la cárcel romana con el miedo y con la risa corta que es la esperanza. Dentro llevaba la tablilla que decía Dios no pide que subas, él baja, la carta gastada de Pedro que decía tu lugar sigue aquí aunque estés lejos, la segunda carta que decía pronto nos matarán boca abajo, el papiro de Lucas que decía guarda tu duda también, el tapiz pequeño de Sara con los hilos de colores que era la historia entera desde el desierto de sal hasta Panay y la vuelta, las tres tablillas de Tadeo de Artaxata con Vark mirando al cielo y Barba Roja cuidando el fuego, y una tablilla nueva que María, vieja, muy vieja, que guardaba todo en el corazón, le dio antes de salir, no de barro, de madera de olivo del huerto de Getsemaní, donde Jesús dudó y dijo Padre si es posible que pase de mí esta copa.
—Para que no olvides —dijo María, con la voz que ya no era la voz joven de Caná ni la voz vieja del aposento alto, era la voz que se iba, pero que guardaba—. Que el que duda en el huerto también guarda.
Caminó de Jerusalén a Cesarea en diez días, por el camino de los olivos que parecían los viejos amigos y por las piedras que parecían las palabras que ya había leído, con los peregrinos que iban a la Pascua y que ahora volvían con miedo porque Roma había quemado y había dicho que fueron los cristianos y había empezado a perseguir. En Cesarea buscó el barco que fuera a Roma, no encontró el barco directo, porque pocos barcos iban a Roma en el año de la persecución, todos iban al revés, de Roma hacia fuera, huyendo, pero encontró un barco de grano que iba a Puteoli, el puerto de Roma, con el trigo de Alejandría que alimenta a Roma y que nunca deja de ir, porque Roma sin el trigo se muere y el trigo es más importante que los cristianos para Roma.
El capitán del barco de grano era de Alejandría, no judío, griego, con la barba rizada y con el anillo del ancla como el capitán que le llevó la carta de Pedro en la calma chicha, y cuando vio a Matías con el bastón de muchos nombres y con la bolsa que olía a todo, no se rió como en Kedah ni se asustó como en Batu Hitam, se quedó mirando con respeto, porque en Alejandría los viejos con el bastón de muchos nombres son las bibliotecas que caminan.
—Voy a Puteoli —dijo el capitán—. Te llevo, si no tienes miedo de que nos hundamos, porque este año el mar está revuelto y Nerón está loco y echa a los cristianos al mar con las piedras al cuello para ver si flotan.
—No tengo miedo de hundirme —dijo Matías—. Ya corté el velo azul para tapar el agujero y no me hundí. Y si me hundo, me hago el pez y vuelvo, como dice Kala.
Navegó de Cesarea a Puteoli en cuarenta días, con las escalas en Chipre, en Creta, en Malta, donde Pablo había naufragado y había sido mordido por la víbora y no murió, y donde la gente lo recibió como si fuera Pablo, porque en Malta los náufragos son sagrados, como en Lanka y en Batu Hitam y en Panay, y donde contó la historia del fuego que no se apaga y del velo azul y del arroz que no tiene miedo y de la duda guardada, y donde bautizó a siete en el mar, con el agua que sabía a sal y a la miel de Malta.
Llegó a Puteoli al atardecer, con el Vesubio a lo lejos humeando un poco, como el fuego que no se apaga pero que pide la leña, y con el olor a azufre y a pescado y a Roma que ya se huele desde Puteoli, el olor a poder y a miedo y a pan y a circo. De Puteoli a Roma caminó por la Vía Apia, la de las piedras grandes que no se mueven nunca y por donde pasan las legiones y los esclavos y los mercaderes y los cristianos que van a ser echados a las fieras, y donde hay las tumbas a los lados de los ricos romanos que quisieron ser recordados con el mármol.
Entró a Roma por la puerta Capena al amanecer, con Roma todavía dormida, pero con el humo que subía de muchos lugares, no del templo del fuego de Ecbátana, sino de las casas quemadas por el incendio grande que Nerón mandó provocar y que luego dijo que fueron los cristianos. Roma olía a quemado y a miedo y a incienso de los templos de Júpiter que pedían que no se acabe Roma, y a pan que se repartía gratis para que la gente no se rebele, el pan que no se parte con la alegría y la sencillez del corazón, el pan que se tira como a los perros.
Fue a las catacumbas de San Calixto, donde le dijeron que estaba Lucas, el médico que escribe todo con diligencia y que había ido a enterrar a Pedro boca abajo y a Pablo decapitado. Las catacumbas no eran como el aposento alto, eran los túneles bajo la tierra, oscuros, con los nichos donde ponían a los muertos y con el olor a tierra húmeda y a cal y a aceite de la lámpara que se acaba rápido. Allí no había el fuego que pide la leña, había el fuego pequeño que no se apaga ardiendo en la esquina del túnel, sin leña, sin humo, solo la luz azul, amarilla, blanca, suspendida sin tocar la piedra, cuidada por los jóvenes que no eran magos, eran los cristianos de Roma que habían aprendido de Jonatán sin conocerlo, porque el fuego que no necesita la leña viaja sin el barco, viaja con la memoria.
Lucas estaba allí, más viejo que cuando Matías lo conoció en Antioquía, con la barba canosa y con las manos manchadas de la tinta negra como la noche y con los ojos del médico que han visto muchas heridas y que saben que algunas no se curan, solo se guardan. Cuando vio a Matías con el bastón de trece nombres y con la bolsa que olía a todo y con la duda guardada en el corazón y con el tapiz de Sara, no dijo volviste, como todos, dijo.
—Llegaste a tiempo para escribir el final.
—¿El final? —preguntó Matías.
—El final de tu historia —dijo Lucas—. Que es el principio de otra, porque lo que se guarda en el corazón no se acaba nunca, como decía María.
Se abrazaron, el abrazo de los viejos que han guardado mucho y que saben que el abrazo del viejo pesa más que el bastón de trece nombres, y Lucas lo llevó a una esquina de la catacumba donde había la mesa de piedra y los rollos de papiro de Alejandría y las tablillas de barro y la madera de olivo y los tapices pequeños, todo lo que Matías había traído y más, lo que Tadeo de Artaxata había mandado y lo que Sari de Kedah y Dayang de Panay y Lani de Batu Hitam y Amara de Lanka y Kala de la isla pequeña y Barba Roja de Ecbátana y Vark de la meseta de piedra negra habían tejido o escrito o dibujado, porque el fuego pequeño que no se apaga viaja sin el barco.
—Mira —dijo Lucas, mostrando el rollo grande—. Aquí está lo que escribí de ti, en los Hechos, el capítulo uno, el versículo veintiséis. Y echaron las suertes y la suerte cayó sobre Matías y fue contado con los once apóstoles. Y aquí está lo que no escribí, porque no sabía, y que tú me vas a contar ahora, para que no se pierda, para que los que vengan después sepan que ser contado no es no dudar, no es no tener miedo, no es no volver, es seguir guardando aunque dudes, aunque tengas miedo, aunque vuelvas.
Matías se quedó en las catacumbas cuarenta días, como siempre, porque cuarenta días es el tiempo que se necesita para aprender que no se sabe nada y para que la gente confíe, y porque en las catacumbas cuarenta días es la oscuridad y es la luz pequeña que no se apaga y es la espera de que Nerón se canse de matar a los cristianos, aunque Nerón no se cansa.
Cada noche, alrededor del fuego pequeño que no se apaga que ardía en la esquina de la catacumba sin leña, sin humo, solo la luz, contaba una parte de su historia a los cristianos de Roma que se escondían allí, con miedo pero con el fuego, no con el arroz ni con la arena negra ni con la cáscara que vuela ni con las piedras de la cárcel, sino con el aceite de la lámpara que se acaba, que ponía en el cuenco de barro para hacer los dibujos que se borran rápido y que hay que volver a dibujar cada noche, lo cual le gustó a Matías, porque entendió que la memoria viva se escribe cada noche de nuevo.
Les contó Vark mirando al cielo, Zadrakata con Sara tejiendo el velo azul, Artaxata con Tadeo escribiendo las tablillas, Ecbátana con los dos fuegos y Jonatán cuidando la llama, Taxila con el río rojo y Lucas de Taxila guardando el velo, Patala con el mercado que ya no vende niños, Kedah con el arroz dorado y Rajah que no quiere ser el rey del agua sino el regalo, Batu Hitam con la arena negra y la tortuga y Lani sacando el agua desde los tres años, Lanka con la canela y la espiral que vuelve y Amara riendo y espantando los monos, Panay con las terrazas que parecen las escaleras al cielo y Dayang plantando el arroz desde los cinco años con el miedo a que no llueva, la calma chicha con la duda guardada y la voz que dice dudar no es no creer, es creer con la herida, y la carta de Pedro boca abajo que dice tu lugar sigue aquí aunque estés lejos.
Los cristianos de Roma lloraban, no con las lágrimas que hacen que el mar sea menos salado ni la tierra menos dura, con las lágrimas que hacen que la catacumba sea menos oscura, porque en la catacumba llorar es también la luz.
Al día treinta, mientras partía el pan con la alegría y la sencillez del corazón, el pan de trigo de Puteoli con el aceite y las aceitunas, llegó un soldado romano, no con el casco y la lanza, con la túnica sin la insignia, cristiano en secreto, como muchos en Roma, que traía la noticia.
—Nerón busca a todos los que fueron contados con los once —dijo el soldado—. Tiene la lista y tu nombre está, Matías, el que reemplazó a Judas, el regalo de Dios. Te buscan para echarte a las fieras en el circo, como a Pedro boca abajo, porque dice que el regalo de Dios es el insulto a Júpiter.
Matías no tuvo miedo, porque había guardado la duda y la duda hace que no tengas miedo de tener miedo, y dijo.
—Entonces es el tiempo de guardar de otra manera, no con el bastón ni con la bolsa ni con la tablilla, sino con la sangre, como guardó Santiago y como guardó Pedro boca abajo y Pablo con la espada, como me dijo la voz en Zadrakata.
Lucas lloró, con las lágrimas del médico que sabe que algunas heridas no se curan, solo se guardan, y dijo.
—No te vayas todavía, espera, escribe conmigo tu historia entera, para que no se pierda.
Matías se sentó en la mesa de piedra de la catacumba, con el papiro de Alejandría y con la tinta negra como la noche y con la pluma de caña, y escribió, no con la letra pequeña y ordenada del médico que escribe con diligencia, con la letra grande y ruda del pescador que saca el agua de las tinajas y que empuja la barca encallada solo y no puede y que luego empuja con otro y puede.
Escribió todo, desde Caná hasta Panay y la vuelta a Zadrakata y a Jerusalén y a Roma, con los once nombres y con la duda y con Pedro boca abajo como el decimotercero y con el tapiz de Sara y con la tablilla de María de Getsemaní que dice que el que duda en el huerto también guarda, y cuando terminó, al amanecer del día cuarenta, entregó el rollo a Lucas y le dijo.
—Guarda bien, Lucas, que lo que se guarda en el corazón no se borra nunca, ni con Nerón ni con las fieras ni con el circo ni con el fuego que pide la leña.
Lucas guardó el rollo en la caja de madera de teca, como la que le dio el griego de Alejandría en la isla de una sola palmera, y Matías se levantó, con el bastón de trece nombres y con la bolsa que ya estaba vacía porque había entregado todo, solo le quedaba la tablilla que dice Dios no pide que subas, él baja, que no quiso entregar, porque esa la quería llevar consigo.
Salió de las catacumbas al amanecer, por la salida secreta que da a la Vía Apia, con el sol que empezaba a salir y con Roma que olía a quemado y a pan y a circo, y caminó hacia el circo de Nerón, no porque lo llevaran preso, sino porque iba solo, como fue al Jordán solo, como empujó la barca solo, como cortó el velo azul solo, como guardó la duda solo, pero que ahora no iba solo, iba con los trece nombres y con la duda y con Pedro boca abajo y con el fuego pequeño que no se apaga que ardía en la esquina de la catacumba y que ahora ardía en su corazón, sin leña, sin humo, solo la luz, que no se apagaría aunque lo echaran a las fieras.
Y mientras caminaba por la Vía Apia, con las tumbas de los ricos romanos a los lados que querían ser recordados con el mármol, pensó que él no quería ser recordado con el mármol, quería ser recordado con los nombres grabados en el bastón de teca que se pudre, con el tapiz que se deshace, con la tablilla de barro que se rompe, con la duda guardada en el corazón que no se borra nunca, como decía María, y con la certeza, que no era suya sino del que lo había contado con los once por la suerte que no era la suerte, de que ser el regalo de Dios no es tener mucho, es dar lo poco que se tiene, aunque sea la vida, aunque sea la sangre, para que el otro no se hunda y no tenga miedo y no tenga hambre y no dude solo, y seguir caminando, aunque el camino lleve al circo y a las fieras, porque lo último de la tierra, que nunca es lo último, siempre está un poco más allá y un poco más acá, esperando que alguien llegue con el nombre nuevo y diga por fin estoy en casa aunque la casa esté vacía, porque la casa vacía con el fuego pequeño que no se apaga sin leña sigue siendo la casa.
CAPÍTULO 25
Matías caminó por la Vía Apia hacia el circo de Nerón al amanecer, no como caminó por el desierto de sal hacia Zadrakata buscando el agua, ni como caminó por la meseta de piedra negra hacia Ecbátana buscando el fuego, ni como caminó por el Indo hacia Taxila buscando el río rojo, ni como caminó por los arrozales de Kedah y de Panay buscando el arroz que no tiene miedo. Caminó como camina el que ya llegó y ahora va a entregar lo que guardó, con el paso lento del viejo que ha guardado mucho y que sabe que guardar mucho pesa, pero que entregar mucho pesa menos que guardar mucho, porque cuando entregas, el peso se reparte.
Llevaba solo el bastón de teca de Kedah con los catorce nombres ahora, porque en las catacumbas Lucas le dijo escribe tu nombre también, y él grabó Matías, el regalo, el contado, el que guarda, con la letra grande y ruda del pescador, no con la letra pequeña y ordenada del médico. Los nombres eran Vark, Barba Roja, Sara, Tadeo, Kala, Deva, Bato, Rajah, Panay, Dayang, Zadrakata del regreso, la Duda Guardada que no estaba en la madera sino en el corazón pero que contaba, Pedro boca abajo, y Matías. Catorce nombres que no eran la lista, eran el rosario de las heridas por donde entra la luz, como le dijo la voz en la calma chicha.
Llevaba la tablilla que decía Dios no pide que subas, él baja, colgada al cuello con la cuerda de fibra de coco que le dio Kala, porque no quiso dejarla en la caja de teca de Lucas, quiso llevarla consigo, como se lleva el corazón.
No llevaba la bolsa de cuero de cabra, porque la había vaciado en las catacumbas, entregando el tapiz de Sara, las tablillas de Tadeo, de Sari, de Dayang, de Lani, de Amara, de Kala, las cartas de Pedro, el papiro de Lucas médico, todo lo que olía a todo, para que Lucas lo guardara con diligencia y lo escribiera no como el soldado, sino como la madre. Iba ligero, como van los que van a morir y que no necesitan nada, solo el nombre.
El circo de Nerón no era el circo de los juegos, era el jardín de Nerón, con los árboles y con las antorchas humanas, los cristianos embadurnados con la brea y encendidos al anochecer para alumbrar las fiestas de Nerón, con las fieras en las jaulas y con la gente de Roma que iba a ver por la curiosidad y por el miedo y por el pan y el circo que les daban gratis. Cuando Matías llegó a la puerta del jardín, los soldados de la guardia lo reconocieron por la lista que tenían, la lista de los contados con los once, con el nombre Matías, el que reemplazó a Judas, el regalo de Dios.
—Tú eres el que buscan —dijo el centurión, con el latín cerrado y con el griego del campamento—. El regalo de Dios que es el insulto a Júpiter.
—Soy —dijo Matías—. Significa el regalo de Dios. Y fui contado con los once.
Lo llevaron no a la jaula de las fieras, sino a una sala pequeña de piedra donde había otros cristianos esperando, no muchos, diez, entre ellos una mujer joven con el niño en los brazos, como Dayang, como Sari, como Lani, como Amara, como Sara, como todas las mujeres que sacan el agua o plantan el arroz desde niñas y que nunca han oído que pueden ser amadas sin sacar el agua o plantar el arroz. La mujer lo miró y le dijo en el griego roto.
—¿Tú también eres el regalo?
—Sí —dijo Matías—. Todos somos el regalo cuando guardamos.
Les contó, en la sala pequeña de piedra que olía a miedo y a brea y a circo, no con el arroz ni con la arena negra ni con la cáscara que vuela ni con el aceite que se acaba, sino con las manos vacías, como había contado tantas veces desde la meseta de piedra negra hasta la playa de arena blanca de Panay, la historia del pozo de Jacob, la del pan que no se acababa, la del fuego que no se apaga, la del velo azul cortado para tapar el agujero, la del bote con el pez grabado que no se hunde, la de la duda guardada que es también el regalo.
—Había una mujer que fue a sacar el agua al mediodía —dijo, y la mujer joven con el niño en los brazos tradujo al latín roto para los otros—. Y un hombre le pidió el agua, aunque no debía, y ella se sorprendió y él le dijo que si conociera el don de Dios, ella le pediría a él el agua viva.
A la gente de la sala pequeña le gustó la historia del pozo, porque allí tenían la sed, la sed de verdad, no de ser mirados, la sed del agua que no les daban.
Una hora después vino el centurión y dijo.
—Nerón quiere ver el regalo de Dios antes de echarlo a las fieras, para reírse.
Lo llevaron a una terraza donde estaba Nerón, joven, gordo, con la corona de laurel y con la lira en la mano, que tocaba mal y que cantaba sobre el incendio de Roma que él mismo provocó y que decía que fueron los cristianos. Cuando vio a Matías con el bastón de catorce nombres y con la tablilla al cuello que decía Dios no pide que subas, él baja, se rió.
—¿Tú eres Matías, el que reemplazó al traidor? —dijo Nerón, en el griego con el acento del actor malo—. ¿El que dice que hay el agua viva que hace que no tengas miedo?
—Soy —dijo Matías—. Y no digo que no tengas miedo, digo que puedes no tener miedo de tener miedo, porque hay un Dios que conoce tu corazón y que te ama aunque tengas miedo.
Nerón se rió más, con la risa del que no entiende, y dijo.
—Échenlo a las fieras, pero primero quítenle el bastón, que parece que tiene los nombres y a mí no me gustan los nombres que no son romanos.
Un soldado le quiso quitar el bastón de teca y Matías no lo soltó, no por el bastón, por los nombres, porque los nombres no se quitan, se guardan. El soldado tiró fuerte y el bastón se partió por la mitad, por donde estaba grabado el nombre de la Duda Guardada, que no estaba en la madera sino en el corazón, pero que se partió igual, como se parte el corazón cuando duda.
Matías cayó al suelo, con el bastón partido, con la tablilla al cuello todavía, y dijo.
—Guarda bien, Lucas.
Lo llevaron al centro del jardín, donde había la arena y las jaulas y las antorchas humanas que ya no ardían, porque era de día y las antorchas se encienden de noche, y donde había los leones flacos y los osos y los perros que tenían hambre porque no les daban de comer para que coman a los cristianos con más ganas.
La gente de Roma que había ido a ver por la curiosidad y por el pan y el circo gritaba, no con la alegría, con el miedo, porque ver a alguien morir hace que te acuerdes que tú también morirás.
Matías se arrodilló en la arena del jardín, no como se arrodilló ante el fuego de Ecbátana, sino como se arrodilló ante el pozo de Jacob, con el respeto del hijo, y oró, no como oró en el aposento alto con las palabras ordenadas, ni como oró en el bote de junco con las palabras cortadas por el viento, sino como oró en la calma chicha, con la voz de dentro que decía dudar no es no creer, es creer con la herida.
—Padre, que conoces los corazones de todos —dijo, con la voz que se oía en el jardín aunque era baja, porque cuando alguien va a morir y no tiene miedo, su voz se oye más—. Conoces mi corazón dudoso y mis catorce nombres y mi velo azul cortado y mi arroz que no tiene miedo y mi duda guardada y mi Pedro boca abajo y mi tapiz de Sara y mi tablilla que dice tú bajas. Te entrego todo, no porque tenga mucho, sino porque tengo poco y poco es todo cuando se guarda bien.
Los leones no se movieron, porque estaban flacos y cansados, pero los perros sí, dos perros negros grandes que olían a sangre y a miedo, corrieron hacia Matías y lo tiraron al suelo y lo mordieron, no con el odio, con el hambre, y Matías sintió los dientes, no como sintió el frío de la nieve de Vark, ni como sintió el calor del fuego de Ecbátana, sino como sintió el abrazo de Sara en Zadrakata, porque todo el dolor, cuando se guarda bien, es el abrazo que no entiendes al principio.
No gritó, porque gritar es pedir que pare y él no quería que parara, quería que terminara de guardar, y mientras los perros mordían, pensó en todos los nombres, uno por uno, Vark mirando al cielo, Barba Roja cuidando el fuego pequeño, Sara tejiendo el velo azul nuevo, Tadeo escribiendo las tablillas con el niño llamado Matías, Kala besando la arena de su isla, Deva con la espiral que vuelve tatuada, Bato con la tortuga, Rajah con los dientes limados que no quiere ser el rey del agua sino el regalo, Panay con las terrazas que parecen las escaleras al cielo, Dayang con el miedo a que no llueva, Zadrakata del regreso con el tapiz de los hilos de colores, la Duda Guardada con la voz que dice la herida es por donde entra la luz, Pedro boca abajo riendo como cuando pescaba mucho, y Matías, el regalo, el contado, el que guarda, que ahora guardaba con la sangre, como le dijo la voz en Zadrakata, como guardó Santiago y como guardó Pedro y Pablo.
Murió al mediodía, cuando el sol pega vertical y no hay la sombra, como en el desierto de sal, como en Panay al mediodía, con la tablilla al cuello intacta, porque los perros no muerden la madera de olivo de Getsemaní, muerden la carne, y con el bastón partido en dos mitades, una con siete nombres y otra con siete nombres, que quedaron en la arena.
Los soldados recogieron el cuerpo y lo tiraron a la fosa común de los cristianos, donde tiraban a todos los que morían en el circo, sin el nombre, sin el bastón, sin la tablilla, solo el cuerpo. Pero Lucas, que estaba escondido entre la gente que miraba por la curiosidad y por el pan y el circo, vio todo y corrió de noche, cuando Nerón encendía las antorchas humanas para alumbrar la fiesta, y buscó en la fosa común, no por la curiosidad, por la memoria, y encontró el cuerpo de Matías, con la tablilla al cuello que decía Dios no pide que subas, él baja, intacta, y con las dos mitades del bastón, y se las llevó a las catacumbas, no por la reliquia, por la memoria.
En las catacumbas, Lucas guardó la tablilla en la caja de madera de teca, con los rollos de papiro de Alejandría y con el tapiz de Sara y con las tablillas de Tadeo y de Sari y de Dayang y de Lani y de Amara y de Kala y con las cartas de Pedro, y escribió en su libro, no en los Hechos, en el otro libro que empezaba con En el principio era el Verbo y que Juan viejo guardaba en el corazón y que Lucas ayudaba a escribir, la historia de Matías, con la letra pequeña y ordenada del médico que escribe con diligencia, pero con el corazón de la madre que guarda, diciendo.
—Y Matías, el que fue contado con los once por la suerte, guardó hasta el final, no con el bastón ni con la bolsa ni con la tablilla, sino con la sangre, y su sangre hizo que el fuego pequeño que no se apaga en la esquina de la catacumba ardiera un poco más fuerte esa noche, sin leña, sin humo, solo la luz, y que muchos que tenían miedo de tener miedo dejaran de tener miedo de tener miedo, porque vieron que se puede morir sin tener miedo de morir, cuando se ha guardado bien.
Y Lucas, que sabía de la medicina, que sabía que algunas heridas no se curan, solo se guardan, entendió que el martirio no es morir por Dios, es guardar hasta que no te queda más que la sangre para guardar, y que la sangre guardada bien también es el agua viva que hace que no tengas la sed nunca más.
Fin

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